Después de haber terminado la manta, la mujer se quedó mirándola en cada uno de sus detalles; la había comenzado más de dos años antes, cuando el hombre todavía vivía del otro lado de la cañada y bajaba entre las piedras una vez por semana.
La miraba en todos sus colores y figuras con deleite moderado, templado por el tiempo dedicado, de quien hace lento y disfrutando lo que cada lazada modifica mientras también se imagina la obra concluida. La intensidad del disfrute de lo simple en el ir haciendo, conllevaba al mismo tiempo ese saber, desde el principio, del vacío que siempre implica terminar lo que se empieza, aunque a la vez completa.
Al hombre, lo había visto la primera vez un invierno que recordaba bien por la inundación. Había bajado buscando ayuda de algún otro hombre, sin decir para qué. Pero no había ningún hombre en su casa, ni nada en lo que un hombre pudiese ayudar que ella no pudiera. Había sonreído el rubio, cuando escuchó a Lena ofrecerse para la ayuda con esa firmeza. El corte de su barba era prolijo y el acento extranjero; por la pinta, podría haber sido un actor de los que a ella le gustaban entonces. Pero el tiempo se lleva todo, el agua, las pintas, los gustos, las nubes, las ganas. Queda ahora la manta, quedan sus libros, y algunos pedazos de recuerdos que no son retazos.
La brisa dulzona que traían los naranjos y los jazmines había llegado para quedarse un tiempo hasta que la rotación de las estaciones volviera a manifestarse con otra brisa; abrió las ventanas que daban a la huerta y vio el batallón de hormigas haciendo lo suyo. El azul del cielo, la escasez de nubes y el sol radiante fingían permanencia, pero ella sabía bien que llovería esa misma noche.
Volvió a mirar la manta y al doblarla en cuatro respiró todos sus aromas, como si en cada inspirar retuviese cada momento del proyecto en curso.
El pedaleo esforzado de Don Matías, por tanta tierra suelta en la subida le dificultaba la llegada; dejó unos sobres, cerró el buzón, alzó la mano sin saber si Lena lo veía, y siguió pedaleando hacia la curva y bajando hasta que Lena lo perdió de vista. Era demasiado viejo para continuar haciendo ese trabajo.
Lena guardó la manta y desayunó antes de retirar la correspondencia, sabiendo que entre el tres y el ocho de cada mes recibía con puntualidad las facturas de los servicios y algún impuesto.
El primer viernes que Jef, como le gustaba que lo llamase, no había bajado por las piedras desde el otro lado de la cañada, Lena pensó que se había demorado. Pero no llegó ni el primero, ni el segundo, ni el tercero. Al mes de su falta de presencia Lena se dispuso el sábado a subir por las piedras hasta llegar a la cabaña de Jef. Vio un hombre leyendo en el jardín y una mujer tendiendo ropa, pero al preguntarles no sabían de quién les hablaba, sugiriéndole de un modo educado, que se habría confundido de cabaña porque ellos habían comprado “La Rosita” cuatro años atrás. No iba a decirles Lena, que ella conocía bien esa cabaña por dentro y por fuera, por aquello de la inundación, y porque Jef vivía ahí.
Lena sabía bien que no se había equivocado, tan bien, como lo recordaba todo, tan bien como que a pesar del sol y del cielo despejado, esa noche llovería.
A los cuatro días de aquel sábado habían llegado a su casa, un hombre y una mujer bastantes jóvenes, en una estanciera vieja en buen estado, parecían forasteros, preguntando si ella había visto un hombre con la descripción de Jef; y como Lena les dijo que no, de un portafolio sacaron seis fotos de la misma persona con diferentes nombres, que coincidían con la figura de Jef. Lena insistió con la negativa y les preguntó, si el hombre revestía alguna clase de peligro, para poder protegerse si por casualidad de presentaba.
“–Señora, encontramos muertos ayer a los dueños de “La Rosita”, sabemos que él, a usted la frecuentaba, sabemos que usted estuvo con los Guimarães días atrás preguntando por él, sabemos que cuando los Guimarães no venían aquí a descansar, él habitaba la cabaña, y ahora sabemos que usted nos miente…”
Lena no sabía qué decir ni quiénes eran ellos, aun así, después de haberlos escuchado, les contó lo que sabía, que era nada, aclarándoles que si había ido hasta “La Rosita”, era sólo para saber algo de Jef. Había algo que no sabía qué, pero le resultaba extraño, sabiendo sí, que por más que tratara de armar el rompecabezas, no podría, porque le faltaban casi todas las piezas. Aquel veinte de agosto al atardecer, volvió a subir por las piedras para intentar divisar “La Rosita”. Y bajó sabiendo que algo más extraño todavía sucedía, la misma pareja que ella había visto cuatro días antes en la cabaña, –a los que suponía los Guimarães asesinados– estaban sentados, conversando en el jardín con la pareja más joven de la estanciera. Se hizo miles de preguntas aquella noche queriendo pensar que Jef por algo se habría ido así, y deseando que estuviera bien. Sus modales siempre habían sido tan prolijos como el corte de su barba. Y con ella había sido un hombre verdadero, tan verdadero que como había llegado un día sin que lo esperara, del mismo modo se había ido.
El olor de los azahares refrescaba esa mañana de recuerdos más sentidos que pensados. Seguía mirando el trabajo de las hormigas y luego abrió la correspondencia. En uno de los sobres de servicios a pagar encontró publicidad en exceso de la que se arroja inmediatamente al cesto sin revisar.
El cielo y el sol habían dejado de simular, y las nubes comenzaban a anunciar que la lluvia no esperaría la noche. Que Jef se hubiera valido de una factura de servicios para comunicarse con ella, aunque fuese para decirle que se encontraba bien y que por el momento era mejor que nada supiese, le había cambiado el día. Prendió la hornalla, y acercó las hojas de la publicidad y la nota de Jef a la llama mirando cómo se consumían. Los pedacitos de partículas negras jugando por el aire en la cocina, le despertaron ganas de encender su primer cigarrillo de día. Fue a ver la manta, volvió a mirar las figuras y los colores con todos sus detalles, y sin pensarlo dos veces, la abrazó.
Fin
6 comentarios:
Un cuento lleno de misterios que no creo equivocarme si digo de él que ya lo había leído, ¿puede ser? De todas formas hiciste muy bien en colgarlo, porque puede leerlo nuevamente, y en toda segunda vez las cosas se aprecian mejor.
El cuento tiene “clima”, y deja ver a una Lena sencilla y sufrida, que ama sencillamente, la mejor de las maneras, porque por más complicado que pueda resultar vivir un amor -como le pasa a la protagonista de Relámpagos- el sentimiento en sí es sencillo, tanto, que no tiene explicación. Sencillamente se ama.
Me gustó mucho.
Daniel
PD: ¡aleluya!... al fin pude colgar un comentario. Ocurrió cuando ya sin saber qué hacer para solucionar el problema, cambié mi contraseña en la cuenta de gmail ¿?
Relámpagos es un cuento que escribí entre anoche y hoy, (quizá tenga alguno con el mismo título, tendría que fijarme) lo que me decís me hace pensar que quizá reitero temática.¡¡¡ He de cambiar entonces!!!
Cuando a mí me pasó lo de que no podía colgar comentario y consulté con los de blogger, me dijeron que estaba sucediendo a muchos usuarios, y me dieron una serie de pasos, que seguí y en una pc, me funcionó el sistema y en otra no. Hasta que luego todo volvió a la normalidad del mismo modo que se había iterrumpido. ¡Como sea lo importante es que ya se ha solucionado!
Uy!, ¿no lo había leído antes?... Entonces estoy mucho peor de lo que pensaba. ja, ja, ja.
Daniel
El misterios claro está seguira su curso, pues nada podemos saber, solo que el esta bien... jajajaj
Muy bueno nos dejaste con a intriga...
Cariños,
Buen relato Adeli, una manta que trae recuerdos de alguien casi efímero pero que sin embargo despierta sentimientos puros. Me super gustó.
Un bf.
Iris.
Adela, un cuento que me ha gustado ¡muchísimo! ¡Qué estilo!
Besos,
Alicia :)
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