lunes, 11 de julio de 2011

LOS VERDES OJOS DE JACQUELINE

Año 1886 de la era cristiana. Ciudad de Rangún, en el territorio de la invadida Birmania.
Ella caminaba bajo el sol vestida de blanco. Para quien la mirase, no habría en ese instante mujer más bella sobre la faz de la tierra. Su cabellera abundante era de un castaño oscuro con cierto toque rojizo que la hacía aún más llamativa, y coqueteaba sin prejuicios con el viento suave del puerto. Su figura estilizada y generosa, delicada y avasallante, recatada e impúdica, todo a un tiempo, dejaba a su paso amores repentinos y no correspondidos. Tenía esa mujer espléndida aquella simpatía particular, una voz cálida y protectora, y en su sonrisa la llave para abrir la puerta que le viniese en ganas, incluidas las del mismísimo paraíso terrenal. En cuanto a sus ojazos verdes, parecían no tener fin cuando miraban. Daba la sensación de que se podía entrar en ellos, explorarlos, y descubrir un mundo infinito en donde extraviarse voluntariamente, para permanecer cautivo de la sensualidad y la ternura que irradiaban en proporción perfecta.
Jacqueline era francesa, dueña de unos hombros dignos de la excelencia de Michelangelo, alta, joven, culta; definitivamente, una muchacha para permanecer enamorado de ella durante toda la vida y, por sobre todo… la esposa del general inglés Dave Cottle. Podría decirse que para el militar, era ella la conquista más preciada, mucho, pero mucho más que Birmania y su pueblo sujeto al yugo colonial inglés.
El día en que desembarcó en Rangún, Cottle marchaba un paso delante de su mujer. Sus botas lustrosas repugnaban de imperialismo; su porte de superioridad invitaba a subordinarse mansamente o desafiarlo de inmediato; y su arrogante seguridad parecía tener un motivo valedero.
Tras la caída de Mandalay a manos de las fuerzas inglesas, de esto hacía un año, el régimen colonial dispuso que la capital de Birmania fuera Rangún, ciudad que tuvo a partir de aquella decisión, un desarrollo notable como centro del Imperio Británico en la India. Bajo el dominio colonial, los vínculos entre el gobierno y la religión desaparecieron; las órdenes monásticas se desorganizaron, y sus escuelas, hacedoras de hombres cultos en mayor proporción que las inglesas, dejaron de tener preponderancia, a partir de que el idioma inglés se hiciera imprescindible a la hora del progreso social.
En ese contexto, Cottle llegó a la cuidad a fin asegurarle al imperio británico, que la vida allí se desarrollaría según lo dispuesto en Londres, y que la producción de arroz y madera de la zona se incrementaría lo máximo que fuera posible. Para esto, hizo sentir entre la población el rigor de sus botas lustrosas.
De todas formas y a pesar de Cottle, la cultura autóctona persistió en el mundo del pue, es decir, del teatro; en la práctica del budismo y el culto nat; y en la lengua de los campesinos, y si bien el general le restaba importancia a dichas manifestaciones, todo lo contrario ocurría con la bellísima Jacqueline, quien rápidamente se interesó por ellas, y poco a poco fue conociéndolas, con el consentimiento fastidioso y el menosprecio burlón de su esposo.
La muchacha, veinte años menor que Cottle y casada con el general por un acuerdo entre familias que la separó de Antoine, su gran amor de juventud, y la acercó a la fortuna del militar, supo así de la adoración que por los elefantes blancos sentían los budistas, pues según su religión, antes de nacer Buda como Sidharta Gautama y acceder al nirvana, se reencarnó precisamente en uno de aquellos animales; y visitó Jacqueline a la dos veces milenaria pagoda de Shwedagon, donde sus asombrados y asombrosos ojazos verdes contemplaron con ahínco aquella estupa sagrada de noventa y nueve metros de alto, cubierta de oro y adornada con rubíes, topacios, esmeraldas, zafiros e incrustaciones de diamantes, y lugar donde la religiosidad de los creyentes le contó que allí se guardaban ocho cabellos de Buda.
Jacqueline conoció también la variedad de festivales, los mercados y la miríada de etnias, que incluía chinos, indios, bangladeshies, cingaleses y thais; gentes de ojos rasgados, teces oscuras, y largas barbas, que la llevaron tanto al canto de un muecín cuanto al tañer de las campanas budistas. Recorrió la tierra y se encontró con hermosos paisajes verdes, playas y cascadas. Conoció los sabores exóticos de una cocina a medio camino entre China e India, y probó arroces y fideos acompañados por curries picantes con carne o pescado; y desayunó tallarines de arroz en salsa de pescado y tallarines con coco, pollo y curry, el plato más popular de la comida autóctona; y disfrutó también de exquisitos pasteles de plátano al estilo de Myanmar. Sin embargo, el mayor atractivo que Jacqueline encontró en Birmania fue la amabilidad de su pueblo, diametralmente opuesta a la soberbia del general Cottle, y tan así fue, que cierta tarde, cuando un joven de ojos rasgados y oscuros llamado Than, resaltando las diferencias de su pueblo con el inglés, le dijo, “como señal de respeto, ustedes se descubren la cabeza, nosotros los pies", algo cambió en ella para siempre…

Rangún. Un año más tarde.
El general Dave Cottle caminaba por el puerto, molesto por el viento suave de aquella jornada. Luego, las botas lustrosas repugnantes de imperialismo; el porte de superioridad que invitaba a subordinarse mansamente o desafiarlo de inmediato; y la arrogante seguridad que parecía tener un motivo valedero, subían con él a un barco que lo llevaría de regreso a la lejana Inglaterra. Otro general vendría pronto a reemplazarlo. En Londres se lamentaba que hubiera solicitado su traslado, abatido según sus propias palabras, tras la impiadosa enfermedad que se había llevado la vida de la hermosa Jacqueline. Ella había sido su conquista más preciada, mucho, pero mucho más que Birmania y su pueblo.
Mientras tanto, en una en aldea situada a cien kilómetros de Rangún, entre arrozales, historias de elefantes blancos, sabores de cocina exótica y sueños de libertad, aún se comentaba el nacimiento de la hija del joven Than, a pesar de que el alumbramiento había ocurrido hacía ya dos meses. La razón era la hermosura de la niña, y en particular, sus ojazos rasgados, ¡tan verdes!; que parecían no tener fin cuando miraban…

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Fénix

¡Hasta el próximo cuento!

1 comentario:

Adela Inés Alonso dijo...

Hermoso cuento Daniel, el poder que intenta aplastar, versus el amor que de un modo u otro siempre planta su bandera y con ella se queda para honrar la vida, simbolizados en esos ojos tan verdes, que parecían no tener fin cuando miraban...

Me encantó.