jueves, 14 de julio de 2011

REVERENCIA, QUÉ PALABRA...



Nuestros filósofos hablaron de ella, de la tan soñada reverencia, del saberse con poderes, pero nunca éstos eran superiores a los de los dioses. ¡Cuánto tiempo perdido, aprisionado en algún rincón, pensando que este mundo está hecho sólo para el que todo lo puede, para quien todo lo hace! Creyendo a cada paso que la vida nos pertenece, que somos dueños del ocaso y todo cuanto se mece allí afuera.
Y aquí me ves, hundido en mis recuerdos, pensando cuántas veces fui inmortal, cuántas otras infame, cuántas veces no fui. ¿Qué loco, no? Yo que todo lo pude. No advertí el dolor de mi amada, que en mis manos se opacaba, se quedaba sin esencia, sin luz, sin verdad. Y yo inerte en la búsqueda perpleja de la verdad de la vida, del ser, sin razonar que estaba allí, a mi lado, tocándome, mirándome, sintiéndome y que idiotizado, sólo miraba sin ver, tocaba sin sentir.

Ella era tan suave y frágil como la vida misma, llena de miedos y con la fortaleza de un roble añoso, siempre con su sonrisa y su plenitud hecha belleza.
Pero ese viaje la marcó para siempre, la volvió taciturna, el tiempo se le escapaba de entre las manos, entre sus lecturas y sus escritos, los que jamás me mostraba, y mi tonta humanidad que tan sólo se consolaba, pensando que todo era producto de la madurez que le había llegado antes de tiempo. Y así entre distancias impenetrables pasaron los años. Su cara que fue fraguando su dolor, su agonía, sólo era disipada por su eterna sonrisa, siempre a mi lado, tan prolija, tan perfumada, con las curvas perfectas, que descubrían a la mujer que se escondía tras sus trajecitos sastres. Y me pregunto: ¿Cuándo ha muerto la impetuosa joven de la que un día me enamoré? ¿La maté yo? ¿Se dejo morir? O vivió simplemente muy lejos, muy lejos de mí.

Era de noche, y el cielo se había ensañado con la tierra, los rayos iluminaban el oscuro cuarto y me desperté para observarla, tenía la misma cara y el mismo cuerpo de hace tantos años, pero si bien estaban allí me eran tan ajenos, tan distantes y tan fríos... tan frío como el que me la había robado. ¿Por qué ese día? ¿Por qué esa noche? Mis manos querían tocarla pero habían olvidado como hacerlo, mis brazos abrazarla, mi alma decirle que la amaba, que nunca dejé de hacerlo, que conté cada día a su lado, que supe de cada suspiro que escondía, y de aquellas cartas que le llegaban, que siempre soñé con que la mantendrían viva, eternamente joven, aunque yo sólo la observaba. Pero era tarde ella ya no me escuchaba, y jamás podré decírselo.
Y las flores que te llevo, sé que son inútiles... pero al menos me consuela saber que tarde o temprano te las he dado. ¡Qué búsqueda inútil he realizado! Mis ascensos, mis viajes, mi profesión. ¿Y el amor lo maté? Lo olvidé. Pero tú no, tú no te consolaste con la espera, sé que buscaste esa verdad que te mantuvo viva. Que tus viajes tenían nombre y apellido. Que tus poemas no eran producto de una imaginación prodigiosa, sólo mostraban a la mujer que pugnaba por gritar: ¡Necesito amor! Qué poco pedías vida, qué poco. Y él fue el único que te lo dio, llenó ese vacío que mi desamor te dejó, le dio ese brillo a tu mirada. Hoy lo esperé tras tu tumba para recriminarle, el robo de tu amor, de tus suspiros, de tu piel erizada, de tus sonrisas en la ventana. Pero cuando lo vi sobre tu tumba llorando y sonriendo, mientras te leía unos poemas que seguramente te había escrito hace años, supe que sólo debía agradecerle por haberte mantenido viva hasta estos días. No es mas alto que yo, tampoco más elegante, ni más joven, simplemente es quien logró darte el amor que yo nunca te di y pintar en tu rostro esa sonrisa eterna de adolescente feliz.
El error fue creer que mi poder era superior al de los dioses, que yo todo lo podía, y aquí me ves con sesenta años y sin el único ser que he amado en esta tierra, pero con la convicción de que la reverencia será parte del resto de mi vida. Si es que Dios me condena con la misma.


Autor: Mercedes Raquel Enrique.
Texto: Cuento Breve.
Título:”Reverencia, qué palabra…”
Libro: “Los rostros y las tramas”
Editorial: DUNKEN.
Año: 2.006 – Buenos Aires – ARGENTINA.


2 comentarios:

Adela Inés Alonso dijo...

¡Excelente Mercedes! Y triste, como cuando es tarde ante lo definitivo de ese adiós irreversible, y del que se toma consciencia sólo porque ya no hay chance. Amar y no saber amar, o darse cuenta que se amaba cuando el amor ya no está, acaso duela como un puñal que siempre ha de sangrar, por todo lo que pudiendo haber sido, dejamos escapar. Sí, qué palabra reverencia... La dama, una reina, sin saberlo acaso fue amada doblemente y en simultáneo, como acaso en esas circunstancias podría sucederle a toda MUJER.

http://www.youtube.com/watch?v=R5V05pobqsU

Daniel Angel Ríos dijo...

REVERENCIA, QUÉ PALABRA (de Mercedes)
El hombre, dicho esto de un modo genérico, no muere una sola vez durante su vida, muere varias, hasta que una de esas tantas muertes es la última.
En algún momento deja de ser niño y esa es su primera muerte, se habrá quedado sin juguetes, recreos con alfajores, mimos y retos de la “seño”, y sin mentiras dulces que lo colmen de ilusiones cada 6 de enero.
Más tarde se va su adolescencia y fallece por segunda vez. Ya no habrá para él despreocupación, ni obligaciones a medias, ni padres pacientes, ni rebeldía por la rebeldía en sí misma.
Y vuelve a fallecer cuando deja su adultez. Adiós a los sacrificios en del porvenir, a las risitas de sus hijos pequeños y a las protestas de los que eran mayores; y adiós al bastón que a veces significaran sus padres; a las mañanas madrugando, a los mediodías de comer sin restricciones, a las tardes de deporte y a las noches de sexo incansable.
Y muere una penúltima vez cuando al dejar la edad madura, cuando la inocencia de sus nietos ya ha quedado atrás, y algunos amigos se han marchado antes de tiempo, y las últimas fuerzas lo abandonas, y algún aparato nuevo resulta para el hombre un aparatejo imposible de entender y manipular.
Estas muertes no son para todos los hombre a la misma edad. Dependen de muchas cosas que a cada quien le son propias, pero sí coinciden todas en que a cada una le sigue el nacimiento que representa entrar a la próxima etapa, de allí que no necesariamente deben ser traumáticas. Lo traumático sí es llegar a la última y definitiva muerte sin haber hecho en cada pequeña vida lo que se debía hacer. Lo catastrófico es haber desperdiciado alguna de las pequeñas vidas, al punto de no haberla vivido. Y lo peor de todo. Lo que no tiene remedio. Lo que quizás arruine todo al momento de la última muerte, porque ya no hay vuelta atrás, es estar arrepentido.
Me encantó tu cuento y en todo esto me hizo pensar. Felicitaciones