viernes, 15 de julio de 2011

RELÁMPAGOS

Después de haber terminado la manta,  la mujer se quedó mirándola en cada uno de sus detalles;  la había comenzado  más de  dos años antes, cuando el hombre  todavía  vivía del otro lado de la cañada y  bajaba entre las piedras una vez por semana.
La miraba en todos sus colores y figuras  con  deleite moderado, templado por el tiempo dedicado,  de quien hace lento  y disfrutando  lo que cada lazada modifica mientras también se  imagina la obra concluida. La intensidad del disfrute de lo simple en el ir haciendo, conllevaba al mismo tiempo ese saber, desde el principio, del vacío que siempre implica terminar lo que se empieza, aunque  a la vez completa.
Al hombre,  lo había visto  la primera vez  un invierno que recordaba bien por la inundación. Había bajado buscando ayuda de algún otro hombre, sin decir para qué. Pero no había ningún hombre en su casa, ni nada en lo   que un hombre pudiese ayudar que ella no pudiera. Había sonreído el rubio, cuando  escuchó a Lena  ofrecerse para la ayuda con  esa firmeza.  El corte de su barba era prolijo y el acento extranjero; por la pinta, podría haber sido un actor de los que a ella le gustaban entonces.  Pero el tiempo se lleva todo, el agua, las pintas, los gustos, las nubes, las ganas. Queda  ahora la manta,  quedan sus libros, y algunos pedazos de recuerdos que no son retazos.

La brisa dulzona que   traían los naranjos  y los jazmines  había llegado  para quedarse un tiempo hasta que  la rotación de las estaciones volviera a manifestarse con otra brisa; abrió las ventanas que daban a la  huerta  y vio el batallón de hormigas  haciendo lo suyo. El  azul del cielo, la escasez de nubes  y el sol radiante fingían  permanencia, pero  ella sabía bien  que llovería esa misma noche.
Volvió a mirar la manta y al doblarla en cuatro respiró todos sus aromas, como si en cada inspirar  retuviese cada momento del proyecto en curso.
El pedaleo  esforzado de Don Matías, por  tanta tierra suelta en la subida le dificultaba la llegada; dejó unos sobres, cerró el buzón,  alzó la mano sin saber  si Lena lo veía, y siguió pedaleando hacia la curva y bajando hasta que Lena lo perdió de vista. Era demasiado viejo para continuar haciendo ese trabajo.
Lena guardó la manta y  desayunó  antes de retirar la correspondencia, sabiendo que entre  el   tres y el ocho de cada mes recibía con puntualidad las facturas de los servicios y algún impuesto.
El primer viernes que  Jef,  como le gustaba que lo llamase,  no había bajado por las piedras desde el otro lado de la cañada,  Lena  pensó que se había demorado. Pero no llegó ni el primero, ni el segundo, ni el tercero.  Al mes de su falta de presencia Lena se dispuso el sábado  a subir  por las piedras hasta llegar a la cabaña de Jef.  Vio  un  hombre leyendo  en el jardín  y una mujer  tendiendo ropa, pero al preguntarles no sabían de quién les hablaba,  sugiriéndole  de un modo educado,  que se habría confundido   de cabaña porque  ellos habían comprado “La Rosita”  cuatro  años atrás. No iba a decirles Lena, que ella conocía bien  esa cabaña  por dentro y por fuera, por aquello de la inundación, y porque Jef vivía ahí.
Lena sabía bien que no se había equivocado,  tan bien,  como lo recordaba todo, tan bien como que a pesar del sol y del cielo despejado,  esa noche llovería.
A los cuatro días de aquel sábado habían llegado a su casa, un hombre y una mujer bastantes jóvenes, en una estanciera vieja en buen estado, parecían forasteros,  preguntando  si ella había visto un hombre con la descripción de Jef; y como Lena les dijo que no,   de un  portafolio sacaron  seis  fotos  de la misma persona  con diferentes nombres,  que coincidían con la figura de Jef. Lena insistió con la negativa y les preguntó, si  el hombre revestía alguna clase de peligro, para poder protegerse si  por casualidad de presentaba.
“–Señora, encontramos muertos ayer  a los dueños de “La Rosita”, sabemos que él, a usted la frecuentaba, sabemos que usted estuvo con los Guimarães días atrás preguntando por él,  sabemos que cuando los Guimarães no venían aquí a descansar, él habitaba la cabaña,  y ahora sabemos que usted nos miente…”
Lena no sabía qué decir ni quiénes eran ellos, aun así,  después de   haberlos escuchado, les contó  lo que sabía, que era nada, aclarándoles que si había ido hasta “La Rosita”, era sólo para saber algo de Jef.   Había algo que no sabía qué,  pero le resultaba extraño, sabiendo sí, que por más que tratara de armar el rompecabezas,  no podría,  porque le faltaban casi todas las piezas. Aquel veinte de agosto al atardecer, volvió a subir por las piedras para intentar divisar “La Rosita”. Y bajó sabiendo que algo más extraño todavía sucedía, la misma pareja que ella había visto cuatro días antes en la cabaña, –a los que suponía los Guimarães asesinados– estaban sentados, conversando  en el jardín con   la pareja  más joven de la estanciera.  Se hizo miles de preguntas aquella noche  queriendo pensar que Jef por algo se habría ido así, y deseando que estuviera bien. Sus modales siempre habían sido tan prolijos como el corte de su barba. Y con ella había sido un hombre verdadero, tan verdadero que como  había llegado un día  sin que lo esperara, del mismo modo se había ido.
El olor de los azahares  refrescaba esa mañana de recuerdos más sentidos que pensados. Seguía mirando el trabajo de las hormigas  y luego abrió la correspondencia.  En uno de los sobres de servicios a pagar  encontró publicidad en exceso  de la que se arroja inmediatamente al cesto sin revisar.
El cielo y el sol  habían dejado de simular, y las nubes comenzaban a anunciar que la lluvia no esperaría la noche. Que Jef se hubiera valido de  una factura de servicios para comunicarse con ella,  aunque fuese para decirle que se encontraba bien y que por el momento era mejor que nada supiese, le había cambiado el día.  Prendió la hornalla,  y acercó las hojas de la publicidad y la nota de Jef a la llama  mirando cómo se consumían. Los pedacitos de partículas negras jugando por el aire en la cocina, le despertaron  ganas de encender su primer cigarrillo de día. Fue a ver la manta, volvió a mirar las figuras y los colores con todos sus detalles,  y sin pensarlo dos veces, la abrazó.

Fin

6 comentarios:

Daniel Angel Ríos dijo...

Un cuento lleno de misterios que no creo equivocarme si digo de él que ya lo había leído, ¿puede ser? De todas formas hiciste muy bien en colgarlo, porque puede leerlo nuevamente, y en toda segunda vez las cosas se aprecian mejor.
El cuento tiene “clima”, y deja ver a una Lena sencilla y sufrida, que ama sencillamente, la mejor de las maneras, porque por más complicado que pueda resultar vivir un amor -como le pasa a la protagonista de Relámpagos- el sentimiento en sí es sencillo, tanto, que no tiene explicación. Sencillamente se ama.
Me gustó mucho.
Daniel

PD: ¡aleluya!... al fin pude colgar un comentario. Ocurrió cuando ya sin saber qué hacer para solucionar el problema, cambié mi contraseña en la cuenta de gmail ¿?

Adela Inés Alonso dijo...

Relámpagos es un cuento que escribí entre anoche y hoy, (quizá tenga alguno con el mismo título, tendría que fijarme) lo que me decís me hace pensar que quizá reitero temática.¡¡¡ He de cambiar entonces!!!

Cuando a mí me pasó lo de que no podía colgar comentario y consulté con los de blogger, me dijeron que estaba sucediendo a muchos usuarios, y me dieron una serie de pasos, que seguí y en una pc, me funcionó el sistema y en otra no. Hasta que luego todo volvió a la normalidad del mismo modo que se había iterrumpido. ¡Como sea lo importante es que ya se ha solucionado!

Daniel Angel Ríos dijo...

Uy!, ¿no lo había leído antes?... Entonces estoy mucho peor de lo que pensaba. ja, ja, ja.
Daniel

Mercedes Raquel dijo...

El misterios claro está seguira su curso, pues nada podemos saber, solo que el esta bien... jajajaj
Muy bueno nos dejaste con a intriga...
Cariños,

Iris Leda dijo...

Buen relato Adeli, una manta que trae recuerdos de alguien casi efímero pero que sin embargo despierta sentimientos puros. Me super gustó.

Un bf.
Iris.

Nuria dijo...

Adela, un cuento que me ha gustado ¡muchísimo! ¡Qué estilo!

Besos,
Alicia :)