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sábado, 17 de septiembre de 2011

LA PRUEBA

Jorge Umberto Malpeli


Por causa de mi retraso y tal como lo hacía cada vez que me demoraba, debí bajar al subsuelo de la facultad para comer un pancho y beber una gaseosa.
Antes de venir a estudiar a la universidad de Buenos Aires, mi padre me dio a elegir entre un internado de monjas o la casa de su hermana mayor, mi tía Baudilia. Elegí esta última opción. Y allí no estaba permitido llegar tarde a la mesa, ni a la misa.
Mi tía se sentaba a las doce en punto en una silla vestida a la cabecera de la mesa, en el comedor de su casona del barrio de Palermo, que mantenía tal cual desde la muerte de su esposo, mi tío Cruz.
Durante la comida reinaba el más absoluto silencio. Sólo se escuchaba el tic-tac o las campanadas del enorme reloj de pie que presidía la ceremonia y la voz de la tía, que como todos los días y a la misma hora, después de escuchar un solo gong, repetía: - Son las doce y media- y a veces agregaba: - No se debe preguntar qué hora son, porque hora es singular; pero está bien contestar, por ejemplo, son las doce y media, por la concordancia ¿vieron?.
Recuerdo que una vez, después de su enésima lección, me atreví a repetir en voz alta; - ¿Qué gusto tiene la sal? Y a responder yo misma : - ¡Salado!. Mi prima hermana Matilde, que se sentaba justo enfrente de mí, se levantó de la mesa y pidió perdón por su espontánea y sonora carcajada. Ese día me quedé sin el postre; arroz con leche y cáscaras de naranjas cubierto con chispas de chocolate, que por otra parte, se reiteraba durante meses.
Por varios días la tía Baudilia no me habló, ni siquiera para desearme los Buenos Días.

Semanas después, ella le concedió a un señor mayor que la pretendía una sola oportunidad de almorzar con nosotras.
Matilde y yo estábamos atentas esperando el momento en que se rompería la simpatía o el tenue hechizo de amor. Y sucedió con la sabrosa sopa de verduras y arroz, y el agregado secreto de una chiquizuela sin carne, “sólo para darle gusto”, según contaba Ramona, la señora que ayudaba en la casa.
Estoy segura de que a mi tía le dolió hasta los huesos escuchar cómo su invitado arrastró la silla vestida cuando ocupó el lugar en la otra cabecera de la mesa; en verdad, no le gustó para nada. Después me miró a los ojos con una mueca crítica cuando observó que el señor había cruzado sus piernas mostrando la suela gastada de los zapatos, eliminando de un plumazo todo el protocolo de elegancia.
Yo temblaba de miedo cuando en ocasiones similares, Ramona traía la vieja sopera Limoges con el cucharón del juego y la tía Baudilia me pedía que sirviera a cada convidado. Si por casualidad rompía algo, debía pensar seriamente en el suicidio.
Y justamente en ese momento la señora se acercaba con la porcelana, la sopa humeante y el pesado cucharón.
Comencé con especial cuidado sirviéndole primero al caballero, por educación y cortesía, como corresponde. Sin embargo, aún no había terminado la ronda cuando todas observamos asombradas que él ya se llevaba la primera cucharada a la boca. -¡Está muy caliente! - exclamó luego de probar sólo la mitad de la cuchara y soplar en el resto. Después continuó soplando sobre el plato, mientras nosotras esperábamos pacientemente que la sopa se enfriara. El invitado llenaba tanto la cuchara que debía abrir la boca exageradamente, mostrar la lengua e ingerir el contenido del utensilio en dos veces. Inclinándose sobre el plato tragaba con tanta rapidez, ruidos y resoplidos que para mi espanto lo asocié a una triste escena cinematográfica de niños con necesidades básicas insatisfechas.
Completó el cuadro cuando a la vista del postre de arroz con leche mencionó algo así como; - no, gracias... tengo intolerancia a la lactosa y me produce gases.
Inmediatamente desapareció de la casa como minúsculo “peditum” que se disipa en el aire.
En otra ocasión, recibió a un señor mucho más joven que el de los gases, aunque mayor que ella. Éste pasó con soltura la prueba de la silla, del cruce de piernas y de la sopa de verduras. Para esta ocasión, Ramona había preparado como plato principal Pierna de Cordero al Romero, presentado en una fuente de barro que mi tío Cruz había traído especialmente de Pereruela, acompañada con papitas a la española y varias ensaladas. Como todo ocurría con normalidad, llegué a pensar que el nuevo pretendiente pasaría la prueba del almuerzo. Pero no pudo ser. Lo eliminó de la competencia una sola palabra: “escarbadientes”. - Señora - le pidió a la cocinera - por favor, ¿me trae los escarbadientes?. El silencio se hizo tan denso que se podía cortar con el cuchillo del juego Solingen.
El señor literalmente voló luego de comer el postre.

Después de terminar el doctorado regresé a mi pueblo a ejercer la profesión de pediatra.
Aún no he vuelto a Palermo, a la casona de la tía Baudilia de la calle Charcas.
En sus cartas, Matilde me cuenta que hasta la fecha ningún pretendiente ha superado la prueba de los almuerzos y que ahora es ella la que sirve la humeante sopa de verduras desde la vieja porcelana de Limoges. ¡Ah!, y me dice también, y esto sí que me alegra; la tía Baudilia me perdonó las
demoras.

viernes, 9 de septiembre de 2011

TIA BAUDILIA

Cuando di el tercer golpe con el llamador de bronce en la puerta de la casa de la calle Charcas, me di cuenta de que habían transcurrido cinco años desde que dejara aquella casona de la Tía Baudilia, en el barrio de Palermo. Bien había disimulado durante todo ese tiempo mis deseos de volver.
-Ah, ¡qué alegría!, pasá, pasá -exclamó mi prima Matilde al abrirme la puerta.
-¡Mi querida Mati! -dije yo a la vez. Y después de besar sus dos mejillas, ingresé a la sala. Recordaba ese aroma a café recién molido y las tostadas con dulce de leche. Tenía dos años cuando me dejaron con mi tía, al fallecer mi madre. Ahora ya era una profesional de la medicina.
-¿Y la tía Baudilia, dónde está? -pregunté.
-¿Sabés que justamente hoy me dijo que estaba extrañando tu sonrisa; la mayoría de las horas las pasa en el altillo, como antes ¿té acordás? - contestó Matilde.
¡Pobre!.. pensar que escribí mi tesis de doctorado sobre lo que llamé el “Síndrome del Altillo”, que para mí es muy parecido al “Síndrome de Diógenes” pero que no es lo mismo. En mi Síndrome hay mayor pureza, limpieza, nostalgias... no sé... mayores deseos de recordar sucesos, buenos y malos y no sólo el aislamiento, el abandono o la intensión de guardar objetos sin valor -pensé.
-Voy a subir -dije.
-¡Tía Baudilia, soy Noelia y voy subiendo! -grité bien fuerte para superar su sordera.
Cuando abrí la puerta del altillo la vi mirando por la ventana hacia la calle, sentada en su sillón hamaca de doble rulo; ella siempre me hacía reparar en la delicada forma de su silla.
Algo debió haber escuchado porque preguntó: -¿Quién es? Giró su cabeza hacia mí y al instante me reconoció. Después, extendiendo sus brazos, dijo:
-¡Noelia, mi sobrina favorita!, ¡qué alegría!, extrañaba tu sonrisa. ¿Te lo dijo Matilde?
-Pero tía, ¿qué hace sola en el altillo? ¿No tiene frío?
-Querida, la soledad no existe sino solo en la mente de cada uno. Es muy abrigada esta mañanita que me tejí, che. -agregó pasando su mano por la prenda. A veces enciendo la estufa a vela. Estoy muy cómoda y paso las horas mirando viejas fotos, saltando de un recuerdo a otro, limpiando algo, no sé... En este momento estaba mirando la calle, ¿sabés que no recuerdo cuando quitaron el buzón rojo de la esquina? ¿Y ahora cómo hace la gente para mandar sus cartas?
-¡Ay tía, tía! La gente ya no escribe como antes... ahora es todo “e-mail”, “chatear” o enviar mensajes con el celular. Además, por todas partes hay agencias de correos privados.
-Era tan emocionante escribir o recibir una carta -dijo con un suspiro
-Escucho radio - ¿ves que el antiguo receptor a válvulas de tu tío todavía funciona? ....y muy bien.
-Tengo una foto para mostrarte. ¿A que no sabés quién es esta señorita? –agregó, poniendo en mi mano una fotografía en blanco y negro.
Se notaba que el fotógrafo de la Kodak había puesto más atención en el auto que en la mujer de la foto, observé en silencio. La joven llevaba un vestido negro hasta la media pierna que parecía de seda, con un escote fruncido, mangas largas, un doble lazo de color blanco apagado en la cintura, zapatos de tacos altos, negros, cerrados, y un sombrero muy elegante. En la foto aparecía de pie, apoyando un brazo en la puerta abierta del auto y levantando con el otro un minibolso con cadena tipo “baguette” para proyectar la sombra sobre sus ojos.
-¡Es tu madre! Antes de comprometerse con tu padre ya era muy amiga de la casa -dijo la tía, antes de que yo adivinara –para entonces tenía 16 años. Mirá el auto, era el Ford negro Prefec de tu tío Cruz. A veces pienso que aún no se habían inventado los colores.
-Parece mayor -reparé -¿Porqué tan blanca?
-Querida mía -dijo -en aquellos tiempos, a los 15 años ya éramos mayores y además, la moda era verse blancas, bien blancas. A las chicas se nos tenía prohibido tomar sol.
-¿Y ese afiche en la pared al lado de mi barrilete y mi muñeca de trapo? - pregunté con un nudo en mi garganta sólo para cambiar de tema y no llorar.
-¡Ah! -expresó la tía -ese afiche recorrió el mundo... es una publicidad de Geniol. Fijate la cabeza rapada llena de alfileres ¿Cómo no iba a dolerle al pobre?- “Cualquier dolor de cabeza se quita con un Geniol” , decía el cartel.
-¡Tía... tenés una tabla de lavar!
-¡Ja! Leí por ahí que un sacerdote dijo que el lavarropas liberó a la mujer. ¡Que burro!
-¿Y ese tocadiscos funciona?
-¿El Wincofon? Es una verdadera reliquia y claro que funciona, y el televisor en blanco y negro también. Ahí tenés los tangos, en discos de pasta en 78 rpm, que gravó Osvaldo Pugliese. ¡Pobre! Siempre tan perseguido y censurado por sus ideas políticas. Tu tío era fanático de Pugliese. ¿Te gusta el tango? -preguntó.
-La verdad que no, tía.
-Algún día te voy a enseñar a escuchar tangos y vamos a empezar con “La Yumba” que era el himno de la orquesta de Osvaldo, con su síncopa y contrapunto.
-¿Bajamos? -preguntó -Matilde tiene la sopa lista. Otro día volveremos ¿Querés?
-Sí tía, dale -afirmé -¿Aún ponés el sifón de vidrio al lado de la puerta?-
-Sigo esperando al sodero –dijo con una sonrisa. Te cuento que le vendí la cocina a kerosene y la heladera a hielo al señor Telmo. ¿ Te acordás? El anticuario de San Telmo.
-¡Que lástima a la heladera la quería yo!-
Me detuve por un instante en la escalera acariciando la baranda de madera lustrada.Sí, quiero volver a subir –pensé -pero antes tendré que corregir mi tesis sobre el Síndrome del Altillo. Ahora sé que no es señal de ninguna enfermedad, es simplemente... nostalgia.

viernes, 19 de agosto de 2011

PAPEL PICADO

Nostalgias de las cosas que han pasado
Arena que la vida se llevó
Pesadumbre de barrios que han cambiado
Y amargura del sueño que murió.

¡Mi bolsa de papel picado! ¿Dónde te habías metido?
Durante años la busqué para botarla, despedirme, no solo de ella sino también de todos los recuerdos.
A veces pienso que las cosas tienen vida propia, pero con un transcurrir más lento y tranquilo que las nuestras y cuando tratamos de encontrarlas cambian de lugares o se esconden en los sitios más insólitos.
Tal vez habría que hacer como dice mi amiga; -tenés que disimular que las buscás y entonces verás que aparecen solas... -No pretenderás quedarte a vivir sola en semejante casona... -me dijo en otra ocasión y agregó -a ver si te violan...
-Nunca me violarán -contesté -porque al primer intento inmediatamente digo ¡sí, si! y con una sonrisa desarmo mentalmente al agresor.
De todos modos me propuse vender la casa y mudarme a un departamento. De ningún modo entrarán todas las cosas que se fueron juntando en cuarenta años de matrimonio; tenía que deshacerme de algunas de ellas. Los cuadros que trajimos de París me tienen podrida; la torre Eiffel, el Arco de Triunfo, y el Sacro Coeur; los regalo.
El afiche de publicidad de una corrida de toros en la arena de Madrid “Seis Toros de Lidia Seis” con el nombre de mi marido impreso entre los toreros Curro Romero y Espartaco; fuera. Las botas para vino que trajimos de Pamplona, deben estar resecas; se van, junto al par de castañuelas “Filigrana”.
Las figuras en hierro negro de Don Quijote y Sancho Panza de Toledo, se vuelven a La Mancha.
La ornamenta de ciervo de 12 puntas, de Bariloche, que él nunca cazó, las dono al club. Le expliqué a mi marido que en la edad media era la señal del marido cornudo, que era autorizado a cazar en los bosques del príncipe, pero igualmente la colgó en el quincho.
También le regalo al club de pesca el enorme pejerrey embalsamado que compró por internet. La colección de caracoles de Mar del Plata se vuelve al mar. Una pala ancha, un rastrillo y un escarpidor los abandono en la vereda. ¡Adiós a la tierra!
Las tres botellas triangulares vacías de “limoncello” de Italia; también, a la vereda.
La gallina de cerámica de vivos colores; al gallinero. Las seis cucharitas colgadas, una por cada país que visitamos; me las llevaré. Cada vez que las miro recuerdo cuando dormíamos haciendo “la cucharita”. Sinceramente, me arrepiento de los codazos que le di cuando comenzaba a entusiasmarse, siempre con alguna excusa; “¿sabes la parva de ropa que me espera para lavar?”
¿Tengo yo la culpa que tan pronto se nos fuera la pasión?. El bikini y el corsé de ocho varas se los dejaré a la muchacha. Por más que me lo ajustaba nunca pude conseguir “cinturita de avispa”. Agregaré la peluca rubia que me encanta, pero que no me queda, un par de zapatos “topolinos”, los pantalones “Vichy” en cuadraditos blancos y negros, ligueros, ligas y bodies. ¡Ah! Y también los breech “Horseland” de cuando Él quería que practicara equitación. Los caireles y bolitas de vidrio incrustadas en el cemento del toilette, quedarán allí. ¡Jamás me gustaron!.
La bolsa con papel picado, azules, verdes y rosas la guardaré. Nunca me olvidaré de aquel carnaval; entre lo sagrado y lo profano. “Cruza del palco hasta el coche, la serpentina nerviosa y fina, como un pintoresco broche, sobre la noche del carnaval” Aquel domingo de carnaval, el salón del club, estaba con todas sus luces, adornado con guirnaldas, serpentinas y globos, un lugar para la comparsa y en el escenario la orquesta típica para “animar el baile.” Que al decir de Alejandro Dolina “es una reunión de gente triste que busca consuelo” Y ahí estaba yo, es cierto, tal vez buscando un hombre que me consolara. Me había puesto el vestido de raso celeste bordado con lentejuelas tan ajustado al cuerpo que sin cinturón marcaba muy bien mi cintura, y un antifaz de seda negro con unas plumitas blancas. En mi cartera una bolsa de papel picado azules, verdes y rosas para tirar al galán, recién después de la medianoche cuando nos quitábamos el antifaz. Recuerdo cuando bailando el tango “Siga el corso” creo que así se llama, repetí; “yo soy la misteriosa mujercita de tu afán” Y él me susurró al oído: “No finjas más la voz, abajo el antifaz, tus ojos por el corso, van buscando mi ansiedad... descúbrete, por fin... tu risa me hace mal, detrás de tus desvíos, todo el año es carnaval.”.. Muy de madrugada, caminando por las veredas de tierra o contando las baldosas, me tomó de la mano, después del brazo y nos besamos en la puerta de cada zaguán desocupado. Mas tarde, sola en mi dormitorio me di cuenta que aún tenía sin abrir la bolsita de papel picado. En aquel momento simplemente pensé que no había necesitado de ese artilugio para enamorar a mi galán y la guardé no sé dónde. Después hubo otras salidas, otros zaguanes, pero un solo amor por más de cincuenta años. La bolsa de papelitos picados, azules, verdes y rosas, que encontré sin buscar, no la tiro ni la regalo. La guardaré en la cómoda con mis interiores. ¿Me traerá suerte? ¿Quién sabe? Quizás la use en el próximo carnaval.

Sur – Tango 1948
Música Anibal Troilo
Letra Homero Manzi
Siga el Corso – Tango - 1926
Música; Anselmo Aieta Letra: F. García Jiménez_________________

lunes, 15 de agosto de 2011

SOBRE BUENOS AIRES UN SABADO MAS

El ómnibus detenido en un hotel de Retiro espera a las casi treinta mujeres españolas que llegaron a Buenos Aires para participar del IIº Congreso por los Derechos Cívicos de la Mujer. Habían contratado para esa tarde de sábado, una visita guiada a la bóveda del Cementerio de la Recoleta dónde descansan los restos de María Eva Duarte.

Ubicadas las damas en sus respectivos asientos, la guía tomo el micrófono y dijo:

-Hola Buenas tardes. Les doy la bienvenida a Buenos Aires. Yo soy Nancy , el es Mario y las voy a acompañar al Cementerio de la Recoleta para ver la Bóveda 42 de Evita, como la llamamos los argentinos y el mundo.

Entonces el bus se llena de tango. Por sobre los acordes del bandoneón que perteneció al Gordo Troilo, y que los hace el mismo Piazzolla, se escucha la voz de Eladia:

ARGENTINA - BUENOS AIRES
“Me sucedo en su sangre, lo adivino.
Y presiento en mi voz, su propio eco.
Esta voz que una vez, me sonó a hueco
Cuando le dije; Adiós “Nonino.”

El ómnibus tomó hacia el centro y dobló por Balcarce .
-Esta es la Plaza de Mayo y a la derecha la Casa Rosada - dijo la guía.
-¡Ese es el balcón de Evita! -exclamó una pasajera y entonces, con voz preciosa y buen acento español comenzó a cantar:

“No llores por mi Argentina,
mi alma está contigo.
Mi vida entera te la dedico
no te alejes, te necesito...”

A Evita la vi en el año 47 en la Plaza Oriente de Madrid -dijo una mujer mayor -y agregó -siempre recuerdo cuando le contestó a la señora del caudillo “su marido no es un gobernante por los votos del Pueblo sino por imposición de una victoria”
Solo se animó a romper el silencio una de las señoras al preguntar mirando la Plaza de Mayo vacía -¿Y las Madres? -Los jueves -respondió Nancy, -pero no se olviden que ahora vivimos en democracia...ya casi no vienen...
-¡Pues si, que esas mujeres tenían coraje ...y otra cosa! -exclamó la española.

El bus dobló por la calle México. -Esa era la Biblioteca Nacional -señaló la guía -Jorge Luis Borges fue su director durante muchos años y precisamente allí escribió su poema “Dones,” cuando resignado se dio cuenta que se estaba quedando ciego...
Nancy tenía sus ojos azules abrillantados cuando en un susurro, casi para sí, recitó;

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.”
“De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas en su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos,
que perecieron en Alejandría”.

Recorrió el bus la calle Junín hasta detenerse en el 1760. -Bien, aquí estamos señoras, en el cementerio de la Recoleta. Construido sobre tierras donadas por Juan de Garay, segundo fundador de la ciudad de Buenos Aires a Rodrigo Ortiz de Zárate. Luego se instaló aquí el convento de los frailes recoletos...
–Sí, Descansen en Paz – le tradujo a una española que leía en latín “Resquiescant in Pace” por encima de su hombro.
Cuando quiso retomar el relato ya las mujeres entraban al cementerio.
Avanzaron por la calle central sin detenerse ante el Cristo Redentor. Algunas se persignaron.

Esta bóveda de enfrente pertenece a la familia Roverano -dijo Nancy -allí pueden ver la escultura que representa a un joven inmigrante, uno de los tantos que poblaron Argentina.
-Parece un gallego, ¿Roverano era español ? preguntó una señora. -No lo sé - dijo la guía -pero en Buenos Aires hay un pasaje llamado Roverano y está en la Avenida de Mayo. Ese es un paseo que les recomiendo hacer -agregó -caminar por la más española de todas las avenidas.

-Finalmente el féretro con el cuerpo trashumante de Evita descansa aquí, en Argentina -dijo Nancy -en la bóveda 42, que pertenece a su familia.

Permanecieron un instante en absoluto silencio. Después algunas rezaron el Padre Nuestro y el Ave María al mismo tiempo que colocaban flores rojas y amarillas y celestes y blancas.
Con sincera devoción cada una tocó con sus manos la imagen de Evita, tal como lo hacen los peregrinos en Santiago de Compostela tocando la estatua del Santo.

Una de las mujeres preguntó: - ¿Hay fantasmas en el cementerio?
-Sí señora -respondió Nancy -pero no por esta zona. ¿Vamos saliendo?

Otra vez en el bus un tango de la gata Varela, que se deja y no se deja, dice con su voz grave como un do de bandoneón ;

Ya da la noche a la cancel
su piel de ojera
Ya moja el aire su pincel
y hace con él la primavera
¿Pero qué?
si están tus cosas pero tú no estás
porque eres algo para todos, ya
como un desnudo de vidriera...
¡Luche a tu lado, para ti,
por Dios y te perdí!

El bus enfila hacia el bajo.
Dobla por Leandro N. Alem hacia el hotel.

En un paredón escrito con gruesas letras en tinta negra se lee: “Viva el Che”. Y con tinta roja, roja en otro “Todo está guardado en la memoria”.

Mientras el último tango dice:

“Arranco la cinta del último atado
y un aire pesado me anuncia humedad,
mientras a mi lado desfila la gente
que asalta Corrientes un sábado más.

Un sábado más, un sábado más,
sobre Buenos Aires un sábado más.
Un sábado más, un sábado más
sobre Buenos Aires un sábado más.”
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“Adios Nonino” Tango. “ No llores por mi Argentina”.
Música: Astor Piazzolla. Tim Rice – Andrew Lloyd Webber.
Letra: Eladia Blázquez.

“Dones”. “Afiches” Tango .
Jorge Luis Borges. Música: Atilio Stampone.
Letra: Homero Expósito.
“Un sábado más” Tango.
Música: Chico Novarro.
Letra; Chico Novarro.

sábado, 13 de agosto de 2011

EL CUMPLEAÑOS DE FIDEL

Más allá de la playa de arena blanca en la isla grande del mar Caribe, la tumbera colgada entre dos palmeras apenas se menea.

Una suave brisa nocturna refresca al joven dormido y la luna en cuarto creciente todavía se muestra en el cielo. El, tumbado sobre la red, disfruta los pocos minutos que restan para el amanecer. Después, el sol caribeño seguramente acentuará su resaca.

-¡Ernesto! -llamó su madre.

El grito lo sobresaltó y se incorporó a medias. Entonces bebió el primer trago de la mañana.

-Anoche te llevaste mi último Cohiba. Con hombres como tú aún estaríamos en la Sierra Madre -murmuró.

-¿Qué tu quieres mujer? -contestó él.

-Nadita nomás. ¿Dónde está el pollo y la onza de cochino que te encargué? Tu estás a puro ocio y yo tengo que preparar sola el ajiaco criollo, como me enseñó el doctor -agregó, elevando el tono de voz.

-¿Qué doctor? -preguntó Ernesto, saltando de la hamaca con mucha habilidad, por cierto.

-Solo un doctor entró en mi vida -dijo ella, entrecerrando sus ojos negros y con una cómplice sonrisa Da Vinci respondió -y fue Ernesto el Che Guevara. Yo entré con él del brazo a La Habana, el 8 de Enero del 59. Él me enseñó a tomar mate y a bailar tango...¿Podrías ayudarme con los chatinos? ¡Y ya deja de beber, que es muy temprano!

-Es tan sólo un coco -mostró Ernesto levantando su brazo.

-No mientas, y para que sepas, ese mojito se bebe en un vaso jaibolero y no en un coco -replicó la madre y preguntó ¿Recuerdas el caldillo de congrio que preparé cuando nos visitaron Fidel y Pablo? Aún vivíamos en La Habana Vieja.Y tal vez retengas el poema que me escribió allí mismo -agregó -que así termina...

“ Ya no puedes volver a bailar con tu traje de seda en la sala.

Te vas a romper los zapatos, pero vas a crecer en la marcha.

Tienes que andar sobre las espinas dejando gotas de sangre.

Bésame de nuevo, querida. Limpia ese fusil, camarada”



-Lo recuerdo bien -contestó él -en verdad, era el platillo favorito de Pablo y te luciste. Pero al poema, no lo recuerdo...Yo entonces, era muy niño para saber de poesía y de amor...

-Bueno, por vivir en la tumbera, por vivir en la tumbera -repitió su madre -ni te has enterado que hoy es el cumpleaños del Comandante Fidel y que esta noche cenará con nosotros en Playa Girón.



El Amor del Soldado

Pablo Neruda

martes, 9 de agosto de 2011

LLEGO LA CIVILIZACION -

Recordando la película “Bienvenido Mr Marshall.” Luis García Berlanga España 1952.


¿La Civilización? ¿Qué es eso? -preguntó el abuelo Cuervo (Corvus vorax).
-No sé -contestó el más joven -debe ser una Gran Señora; yo sólo escuché una conversación entre el Petrel Gigante (Macronectes giganteus) y el Albatros Ojeroso (Diomedea melanophrys): decían que Civilización llegará muy pronto y que traerá progreso y bienestar para todos.
¡Tendremos nuevos amigos! -se alegró la buena Calandria (Melanocorypha calandra) e inmediatamente se puso a ensayar un canto nuevo.
-Creo que lo primero es formar una comisión -dijo la Urraca (Cynacorax chryssops) y agregó; -tendremos mejores nidos ...y yo dejaré de robar.
-Si, si, asintió el abuelo Cuervo Si le damos una buena bienvenida de amigos, seguramente obtendremos mayores beneficios en el futuro...-Todos debemos colaborar, pensemos, pensemos y pensemos -concluyó.
-Yo creo -dijo seriamente el Cóndor (Sacorhamphus gryphus) que observaba desde el peñón de arriba -que podíamos preparar para ese día una gran “mesa-piedra servida fría” con bebidas locales ¿Verdad?. Yo puedo colaborar con algunos corderos ...y también invito al Águila (Buteo buteo) que está de visita, a que se sume a este gran evento con algunos conejos, vizcachas, y cuises.
-Podemos utilizar la gran piedra de las asambleas. Nosotros traeremos el postre; huevos de gallinas, perdices, y codornices, que no tienen colesterol. -dijo el joven cuervo que había traído la noticia y agregó –no creo que las Gaviotas (Larus dominicanus) puedan traer algún pescado; esas se atragantan con tal de no compartir.
¿Y las Gaviotas Capucha Café? ( Larus maculipennis) -preguntó el cóndor.
-¡Esas menos, se comen todo! Mejor ni invitarlas...hasta pueden traer mala suerte -contestó el cuervo.
La Paloma ( Columbapalumbus) no dijo nada; como siempre, estaba en pose esperando que algún pintor famoso la dibujara con un simple trazo de carbón.
Por la tarde llegó hasta el cerro un Chorlito Blanco (Calidris alba) -Traigo buenas noticias -contó. -me avisó la Orca ( Orcinus orca), no se como se habrá enterado, que arrimará hasta la costa unos cuantos pulpos grandes; la Ballena Franca (Eubalaena australis) llevará algunos calamares y calamaretes y el Delfín Oscuro (Lagenorhinchus obscurus): langostinos y camarones. Lo único que debemos hacer es ir a buscarlos. ¡Ah! Y los Loros barranqueros avisaron que no podrán estar presentes; por unos días estarán en la cosecha.
-Yo propongo -expresó levantando un ala el Cormorán de las Rocas (Phalacrocórax magellanicus) -que comisionemos para esa tarea a mi primo; el Pingüino de Magallanes (Spheniscus magellanicus).
-Aprobado -dijo el abuelo cuervo
-Lo haré yo -intervino el Pingüino Rey -que tengo más fuerza..
-Esta bien...que sean los dos -cerró el cuervo. Y que los Patos Reales (Anasplatyhryncha) y las Gallaretas ( Fulica leucoptera) custodien el lugar.

Inmediatamente las aves se pusieron a asear el cerro que habitaban desde hacía cientos de años. Sacaron plumas, excrementos, pajas, hierbas secas y hasta quitaron nidos abandonados. Cuando amaneció el cerro apareció con todos sus colores; verde y blanco, azul y gris. ¡Estaba hermoso!
Mientras tanto otras aves preparaban la comida fría.

A eso de la media mañana varios Ostreros Negros (Haematopus ater) pasaron volando y con su voz, que sabemos muy aguda, decían ¡Ya viene, ya viene! ¡Llega la Civilización! ¡Llega la Civilización!
Los Teros (Himantopus melanorus) levantaron vuelo, acostumbrados a avisar cuando hay cartas, anunciaron a los visitantes.
Entonces el cuervo mayor se paró en puntas de patas y alcanzó a divisar a varios hombres que caminaban hacia el cerro.
El disparo de escopeta sonó fuerte y seco, se escuchó el silbido de las municiones recorriendo el aire y su eco transitó el valle, cruzó el arroyo y se detuvo en los esteros del bajo.
Algunas plumas del abuelo cuervo volaron y hamacándose lentamente se posaron en el suelo.
Caído sobre la roca y con su cuello sangrando alcanzó a abrir su pico corvo para decir -¡Huyan... huyan todos! ¡Llegó la Civilización! ¡Llegó la Civilización!.

Al atardecer de ese día, miles y miles de aves cubrieron el cielo, delfines, orcas y ballenas abandonaron las costas. Los loros abandonaron la cosecha.
El mar y los cerros quedaron en silencio.
Seguramente más al Sur, en la Patagonia, la Civilización, tardaría en llegar algunos cientos de años mas.

miércoles, 3 de agosto de 2011

OPORTUNIDADES PARA TODOS

Su nombre es Osvaldo y se apellida Gutierrez, tiene poco más de cuarenta años, soltero, medio instruido, sin oficio conocido, vive en una casa que recibió no se sabe bien de que herencia, en Aldea Clara. Allí lo conocen todos como “el loco Gutierrez”. Su vocabulario se limita solo a unos monosílabos, pocas palabras, y a algunas frases hechas que escuchó en alguna parte y que de tanto repetirlas se le grabaron en su corta memoria. Justamente a esas frases él trata de meter en cualquier conversación con otros, como bocadillos gratis, de alguna obra teatral imaginaria. Tales como; “en circunstancias que se tratan de establecer” o “se declaró un voraz incendio...” y más aún una de sus favoritas; “el masculino extrajo de entre sus ropas un cuchillo de regular tamaño...” Ciertamente que los del bar que ya lo conocen, aprueban con un movimiento de cabezas sus palabras y hasta a veces agregan; ¡Exacto! o ¡Muy bien Osvaldo!.
El ferrocarril separa al pueblo casi por la mitad; de éste y del otro lado de las vías. Durante años los intendentes que se sucedieron gestionaron, sin éxito, la colocación de por lo menos en la avenida principal, de un paso a nivel.
Años después de las privatizaciones la nueva empresa mandó a colocar una barrera roja y blanca, la casilla con la maquinaria, y un banco de pino tea, pintado de verde.
Del funcionamiento de la barrera se ocupaba un señor gordo y bajito, que vestía el uniforme ferroviario de color azul gastado y una gorra enorme, con la insignia al frente.
Actualmente casi no pasan trenes por Aldea Clara. Las vías son, por lo tanto, unas pobres vías muertas.
No obstante, el uniformado sigue haciendo sonar el timbre de prevención, bajando y subiendo la barrera. Lo hace por dos razones; a su juicio muy valederas; a) para no hacer abandono injustificado del trabajo (así lo asesoraron en la UTA) y b) como una fuente de ingresos.
Es verdad, con las barreras bajas algunos automovilistas o camioneros detenidos le gritan; -¡Gordo abrime! Y al pasar le dejan algunas monedas. Y sí... igual a un peaje.
Una tarde que estaba sin hacer nada, el “loco Gutierrez” se detuvo a observar intrigado al ferroviario que bajaba y subía la barrera y con un “graciaas...” recibía el peaje. –¡Te la vendo loco! -le gritó el gordo. -¿A cuánto? –preguntó Gutierrez muy seriamente. –Una luca – dijo el otro.
Sin decir palabra Gutierrez fue hasta su casa y de un frasco que alguna vez contuvo aceitunas sacó un rollito de billetes que hacían un total de mil pesos.
Con un apretón de manos el negocio quedó cerrado. El gordo le explicó el funcionamiento de la manivela para mover la barrera, le dejó una aceitera, la pava, el mate y medio paquete de yerba “Pájaro Azul” y se fue. -¡Gordo traeme el uniforme! -alcanzó a gritar Gutierrez.
Por ahora, no circulan trenes por esas vías, pero el “loco” con el pantalón azul a media pierna y la gorra hasta las orejas, sigue haciendo sonar el timbre, bajando y subiendo la barrera y agradeciendo el pago por su servicio.
Íntimamente espera con su trabajo, interesar a la empresa para que el tren vuelva a la Aldea.
Mientas tanto descansa en el banco de Pino Tea y a todos los que quieran escuchar les repite ahora su nueva frase favorita:

“En épocas de crisis siempre surgen oportunidades para hacer buenos negocios”.

viernes, 15 de julio de 2011

LOS BARRILETES DE JUAN

Al terminar el partido de fútbol con los chicos del barrio, en el baldío de la calle Congreso de Tucumán, corríamos a tomar agua de una oxidada y vieja canilla que goteaba permanentemente, en el piletón de lavar ropa.
A su lado un excusado y dos viejas paredes que recostadas en las medianeras, sosteniendo un techo de antiguas tejas españolas, querían parecerse a una vivienda. Arriba secándose al sol, varios atados de cañas.
La letrina, con puerta de tablas tenía un agujero en su parte superior para la ventilación. Seguramente el carpintero quiso hacer un triángulo isósceles con el vértice hacia arriba y quedó solo eso; un agujero en la madera.
Apoyado a la pared que sostenía la pileta un fuentón de zinc, con varios abollones a la vista, que usaban también para lavar la ropa propia y ajena o bañarse en la cocina.
Allí vivió el primer amigo que tuve en mi infancia.
Las aguas corrían libremente por una zanja en la tierra, al costado de la pared hacia el fondo del terreno. Allí crecía nuestro principal tesoro; cañas... cañas comunes, largas y gruesas, que cortadas y secas usábamos para nuestros juegos y muy especialmente en la fabricación de barriletes. Nos ocupábamos de mantener limpia la zanja de yuyos y espumas malolientes para que llegara el agua hasta las cañas y algunos maíces que la madre protegía. Recuerdo que con algunos rizomas de cañas, se preparaba un té que, decía, era muy bueno no se para qué cosa.

Tres álamos altos y viejos apuntalaban por algunos metros la pared del fondo. Cada año pensaba que ese sería su último invierno y que los vientos de agosto la derribarían. Pero no, todavía estaba de pié, cada vez mas inclinada, como resignada a su suerte.
Juan decía que iba a cortar algunas estacas de esos álamos, las va a poner en el agua quince días o más y después las va a plantar a lo largo de la otra pared. Me pedía que lo ayudara.

Una habitación con piso de tierra, con una pequeña ventana a no más de un metro de la vereda de tierra. Se ingresaba por la cocina, oscura, pintada de humo. Era el lugar más importante de la casa. Un fogón en un rincón con un caño que cruzaba por encima del fuego, casi siempre encendido, sostenía una olla negra de hierro fundido y a su costado una pequeña parrilla, una pava, un mate y yerbera de madera, algunos frascos, tres bancos, una mesa y una fiambrera colgada en un rincón con puerta de alambre tejido, completaban el mobiliario.

El perro, galgo y flaco dormitando al lado de la puerta custodiaba unas latas con modestos malvones, de flores rojas y rosadas, arrimados a la pared. Después supe que ese animal les ayudaba a cazar algunas liebres para comer. Cuando entraba a la cocina, apenas levantaba sus párpados para mirarme. Si pudiera hablar diría; Ah... ¿sos vos?

De noche es muy guardián -afirmaba Juan.

Juan, hijo único de madre viuda, era mayor que yo. Casi no tenía amigos. Pocas veces jugaba al fútbol con nosotros y cuando lo hacía se cansaba, transpiraba mucho y se escondía rápidamente en su casa.

Su madre, Nalú, vieja, no solo por su edad sino de tantos sufrimientos me estimaba lo suficiente como para distinguirme entre todos los chicos y permitirme entrar a su cocina. Allí el olor, no digo un aroma, se pegaba en mi ropa y lo llevaba conmigo varios días. Por aquellos años no nos cambiábamos frecuentemente. Era una mezcla de olores: a kerosén quemado de los dos faroles, brazas del fuego cubiertas de ceniza, hedor a humedad y a tabaco negro fuerte y viejo. Al oscurecer Juan se subía a uno de los bancos y girando una ruedita aumentaba la mecha de los faroles y con ella su luz. Algunas noches me encomendaba a mi esa tarea y al bajar del banco le preguntaba a Nalú ¿Están bien así? Esperaba inútilmente que aprobara mi trabajo.
Allí me contaba cosas de Juan y de su apellido, de origen español; Piedrabuena no como el suyo: Cayuqueo, bien mapuche. Tenía la piel oscura, arrugada y cabellos negros con algunas canas. Sus ojos chiquitos, negros, como bolitas pecadoras, y vivaces, siempre en movimiento, como buscando algo que no había encontrado. ¿La felicidad tal vez?

Por las tardes sentada en su banco, lentamente preparaba su pipa artesanal; tomaba una pizca de tabaco negro de su tabaquera de cogote de ñandú. Esta se fabricaba pelando y se sobando el cogote. Se lo cortaba a lo largo a unos treinta centímetros, dejando un bolsillo al final que se cocía con tientos finos. Se lo llenaba de tabaco y con el resto del cogote se envolvía con varias vueltas. Una vez apretada la pipa, con su mano levantaba una brasita del fuego y la encendía. Después de algunas pitadas cerraba sus ojos y hablaba y hablaba mezclando palabras en español y en dialecto. Cuando la escuchaba, debo reconocer que algunas veces no lo hacía, me costaba entender lo que decía. Otras tardes, fumaba en interminable silencio, que yo no interrumpía por nada del mundo.
Dentro de la casa Nalu siempre usaba chancletas de alpargatas viejas. Solo se ponía zapatos cuando iba a cobrar la pensión del marido o hacer el pedido al almacén. A veces venían de la jefatura de policía a traerle el sobre con el dinero.
-¿Y cómo anda doña Nalú? -era la pregunta de rigor.
-Aquí estoy... seca, como siempre -respondía.
¿De dinero? me preguntaba yo o seca de lágrimas, de tanto llorar.
-¿Todavía no consiguió novio?
-Ya no quedan hombres por acá -les respondía y sonreía.
Sin duda era una sonrisa de tristeza.

Esa extrema indigencia no cambió mi actitud hacia Juan. No sabíamos de enfermedades contagiosas y la peste de polio, dijeron, había pasado.

Después de clase llevaba dos puñados de masitas sueltas y el cuaderno con los deberes de la escuela. Juan era muy inteligente, solo le faltaban los medios que teníamos otros chicos que habíamos pasado la línea de pobreza, como decía mi padre.

¿Y Juan -le pregunté una vez -de qué murió tu papá?
-Murió de tanto hacer guardia” -me respondió Nalú, con una carcajada que terminaba en carraspeo y tos, con fuerte olor a tabaco.

Así me enteré que su padre había sido policía del territorio nacional de Río Negro, en un puesto vecino a la meseta de Sumuncurá. En ese paraje se conocieron, se juntaron y nació Juan. Cuando el papá enfermó lo trasladaron a Viedma; por eso él, había comenzado tarde las clases.
La escuela me quedaba casi de paso por su casa. Así es que algunos días, cuando mi tía no me llevaba en auto, entraba a su cocina. Una vez lo sorprendí con un rompeviento azul gastado que le había visto a otro chico. Juan me miró a los ojos sin decir nada mientras se colocaba el guardapolvo blanco. Maravillosa idea, que igualaba a todos; a ricos y pobres.

Después de tomar la leche, Juan subía al techo y bajaba un atado de cañas secas para hacer un barrilete.

¿Cuál vamos a hacer?- le preguntaba.

-Hoy vamos a hacer una estrella de ocho puntas, que son las verdaderas estrellas -me explicaba.

Entonces colocaba todo arriba de la mesa; las cañas, el hilo de atar de algodón, el engrudo, que el mismo preparaba y el papel especial para barriletes que yo llevaba. Con cinco centavos me daban tres hojas. Casi siempre elegía los colores fuertes o azul y oro, como los colores de Boca.

De la caña más derecha, cortaba cuatro varillas que afinaba lentamente. Luego le hacía una muesca a cada una de ellas a un centímetro de las puntas y las ataba por el medio formando octavos. Cuando comprobaba que habían quedado bien firmes comenzaba a pasar el hilo por las puntas, alternadamente y con cuatro puntas quedaba formado un cuadrado. Después repetía el procedimiento con las otras formando otro cuadrado. Así el hilo dibujaba una estrella de ocho puntas. Ponía el papel sobre la mesa, encima las cañas atadas y lo iba cortando siguiendo el hilo, dejando un borde para doblar y pegar.
Cuando estaba terminada, le ponía los “tiros”; uno al medio y dos en las puntas laterales. Luego, la cola de trapos que era siempre la misma para todos los barriletes.
-Ahora hay que esperar que seque bien- aconsejaba Juan -sino se empacha.

Otras veces hacíamos un cubo o un cajón ( de esos que no tienen cola), un barco, un cuadrado o un rectángulo con papel de diario que lo usábamos para derribar los barriletes de los otros chicos atándole una “gilé” en la cola. Nunca, que yo recuerde, derribamos alguno, pero igual nos temían.

No siempre remontábamos barriletes; en pleno verano, después de almorzar, cuando el calor silenciaba todo, escapaba hasta la casa de Juan. Si había conseguido veinte centavos compraba dos helados de vainilla al heladero que pasaba por la esquina haciendo sonar su corneta. Él me esperaba con su gomera lista en las manos, con horquilla hecha con hierro de seis milímetros, se ufanaba y mango forrado con hilos de colores. Yo llevaba la mía, mas sencilla, hecha con una horqueta de mimbre seco. Nos marchábamos, como quien va a cazar a la selva, a unas cuadras por detrás del hospital y antes del canal. Allí había un pozo, no muy profundo pero del tamaño de dos manzanas juntas dónde los carros descargaban la basura. A veces nos juntábamos hasta diez chicos y apostados detrás del terraplén, cada uno con su honda cargada, aguardábamos la llegada de las gaviotas que habíamos bautizado “las basureras”. Nos arrastrábamos como los soldados saliendo de las trincheras, como habíamos visto en el matinee, hasta acercarnos a tiro de honda.
Las gaviotas volaban sobre el basurero y de vez en cuando se lanzaban a levantar algún desperdicio. A veces con un trozo de vísceras colgando del pico se posaban más allá del alcance de nuestras armas y entonces todo era un revuelo de picos y alas luchando por un bocado. Una sola vez vi derribar a uno de esos pájaros. Fue cuando el “chileno” Sire con su honda, que nosotros conocíamos como honda chilena le pegó a una gaviota en pleno vuelo. Usaba la misma honda que yo había visto en una revista religiosa con la imagen de David arrojándole un tremenda piedra a Goliat. Lo que no decía la historieta es que después de derribarlo, David le quitó su espada y le cortó el cuello.
La cabeza y un cuarto del cogote de la gaviota asomaban del bolso de llevar herramientas del “chileno” que agrandado caminó por el terraplén del basurero hasta la calle.
Algunos chicos lo envidiaron. A mi me daba lo mismo. Solo pensé en la vida de encierro que le esperaba a la gaviota basurera. Había perdido definitivamente su libertad.

Un domingo, ya de noche, y por la puerta del costado Juan vino a mi casa con un barrilete nuevo.

-¿Dónde aprendiste a hacerlos? - le preguntó mi madre.

-Yo sólo nomás, señora, “nel” campo.

-Esperá Juan, ya vengo -y mamá regresó con una ollita con fideos caseros y estofado que habían sobrado del mediodía y seguramente sobrarían también de la cena.
Juan conservó la ollita para llevar comida, y todos los domingos, casi de noche la traía, envuelta en un papel de diario y un barrilete de regalo.
-Tomá Gringo -decía -este es nuevo.
Así pasaron el verano y el otoño y llegó el invierno con sus vientos fríos del sur. Entonces ya casi no íbamos a remontar barriletes al baldío.
En uno de esos largos, aburridos y tristes domingos, habíamos terminado de cenar, pero aún permanecíamos en la cocina; mi madre sin decir palabra y con los ojos muy brillantes, tapó y corrió la olla grande de fideos y estofado.
-Al ver lo que hacía le pregunté: ¿No vino Juan?
Mamá se dio vuelta, me miró, y muy despacio me dijo: Juancito falleció ayer.
Después de un largo silencio y queriendo comprender le pregunté: ¿Y de que se murió Juan?
-Tuberculosis- dijo en un susurro- lo llevaron enseguida... estaba muy enfermo.

Nunca volví a la casa de Juan, tampoco supe nada de Nalú. Deje de ir al baldío de la calle Congreso de Tucumán.

Han pasado muchos años, pero aún hoy cada vez que veo un barrilete volando me acuerdo de mi amigo Juan. Seguramente también estará allá controlándoles los “tiros” o que el engrudo esté bien seco para que no se “empache” y así pueda subir más arriba, más arriba.