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viernes, 3 de mayo de 2013

VIGILIA




Me resistía a ir, pero por esa cosa humana que nos habita, a pesar del miedo, ahí estaba yo, entregada otra vez. Por qué tenía que estar pasando por todo esto,  con cientos de planteos tan repetidos como inconducentes.
No tenía un libro a mano. Comencé a respirar hondo y a tratar de sentir mis pies, las piernas, lo que pesaban mis rodillas.
 La oscuridad de la noche, sin luna ni estrellas y con una tormenta en ciernes que auguraba arrasar con todo, no dejaba ver casa alguna, ni si estábamos cerca de algún poblado,  o dónde encontrar algún indicio de vida  humana que no fuéramos nosotros. 
Paula, del lado del volante, fue quien se desató luego de miles de forcejeos para quitarse luego  la venda apretada que le cubría los ojos. Luego nos liberó. A Esteban amarrado  en el centro, primero,  luego a mí, arrumbada contra la puerta derecha. Las llaves del auto no estaban.
Me maldije por haber cambiado de cartera. En la de cuero marrón siempre llevo una linterna, porque nunca se sabe,  pero en un sobre  pituco con los que se va a una fiesta, a nadie se le ocurriría guardar una linterna por más pequeña que fuera.  Al menos Esteban, con su maldito hábito de fumar que tanto criticamos siempre, esta vez nos había salvado.
 Bajamos las ventanillas y muy cerca, habían estado cortando el pasto quizá ese día, o el día anterior. También habían estado quemando hojas. Había un árbol  que por la altura y la forma que apenas se distinguía, parecía un eucaliptus junto a la cuneta. Y alrededor  nada. Pasto y campo y nada.  Relámpagos y nubes, truenos y  tierra levantándose con  la lluvia que parecía aproximarse a pasos agigantados.
Por las puntadas en la espalda y el ardor en las piernas, nos habían golpeado. Nos habían quitado los relojes, los celulares. No teníamos idea de la hora que era, ni  cuántas horas  habíamos estado inconscientes. Ni si nos habían dormido, o nos habíamos desmayado del susto o del dolor.   Por qué cada uno, tenía un solo zapato puesto. La tela del vestido de Paula hecha trizas.  Las puertas traseras  sin trabas  Por qué las sábanas y la almohada en la luneta.
─Aquí ha habido algún chico ─dijo Paula.
─ ¿Por qué? ─dudó Esteban mirando hacia atrás, apenas pudiendo moverse.
─Por las témperas, las acuarelas, el pincel, el lápiz y el tamaño del delantal tirado ahí.  Debe ser de un pibe de ocho  o diez años. Y, toda esa tinta volcada está queriendo tapar algún rastro. No está totalmente seca.
Dedujimos  que el BM era robado.  Que nada podríamos hacer más que esperar hasta que amaneciera. El coche no  arrancaba, el viento soplaba cada vez más fuerte y el aguacero había llegado.
─ ¿Qué es lo último que recuerdan ustedes? -Con voz  pastosa y entrecortada preguntó Esteban.
─Lo último que recuerdo es que Paula y vos  querían ir al departamento de Yani, y yo  me reía por la hora. Eran eso sí lo recuerdo, las seis de la mañana, por la alarma del celu. Y después me caí, creo. O me hicieron caer.  Y no sé más nada.
─Yo recuerdo que vos gritaste y que Esteban  quiso  ayudarte y después nada, hasta ahora.
─Y yo de eso no recuerdo nada. Sólo que salíamos de la fiesta cuando ya no quedaba casi nadie, que íbamos hacia el estacionamiento y se escuchó una frenada de la hostia.
Teníamos sed y nuestro ánimo vencido. 
No podían abrirse las puertas delanteras, pasé arrastrándome sobre Esteban y traté de recostarme en los asientos traseros. Quise agarrar la almohada pero estaba trabada. Las sábanas parecían estar empapadas de una  gelatina tibia maloliente,  y sentí ganas de vomitar que no pude contener. Abrí la puerta, salí a los tumbos, caí en el barro de rodillas  y la lluvia me empapó.  Entré y  Esteban había prendido un cigarrillo, me mareó el encierro, el recuerdo de mi  primer pucho y el silencio dentro del auto interrumpido apenas por la respiración agitada de Esteban con cada pitada.
No sé quién se durmió primero.
─Che, Esteban, movete, ya es de día, despertate, no llueve, tenemos que empezar a caminar. ¿Y Paula? ¿Dónde está Paula?
Bajamos del coche y su cuerpo inmóvil cubierto con la sábana ahora embarrada, sólo dejaba ver sus piernas magulladas hasta la rodilla.  Esteban levantó la sábana para descubrirla. Quedé sin aliento, sentí un temblor vacío y con la voz me sobresalté.
 “Señores pasajeros nos encontramos próximos  aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Shroeder, en la ciudad de Sierra Grande. Por favor abróchense los cinturones, enderecen sus mesas, coloquen en posición vertical los respaldos de sus asientos y permanezcan sentados hasta que los avisos se hayan apagado.”

Fin




martes, 30 de abril de 2013

IMPRONTA



Sucedió unas semanas antes de que empezara el invierno.
No sé cómo. Ni si fue resultado de un proceso, o de pronto, como ocurren las cosas más importantes en la vida.
La tarde estaba  soleada y  el calor extemporáneo de fin de mayo no daba respiro.   El ruido de  la avenida por ese sin cesar  del tránsito de automóviles y colectivos, el tumulto de la gente y sus apuros, la  bulla de los chicos que venían de la plaza, las voces  monótonas de los vendedores ambulantes; todo, se  colaba por el balcón del living.
Cerré los ventanales y para atenuar el murmullo ajeno al ambiente propio, opté por la dulzura de la Jones y para  mitigar el agobio climático que anunciaba una tormenta necesaria,  encendí el aire acondicionado  y me serví  un té de menta frío.  Caminé unos pasos hasta la biblioteca, me senté,  y  una vez encendida la computadora, vacilé  entre el sudoku, el scrabble  o los mails. Con la frescura de la menta en la boca, el codo izquierdo apoyado y sosteniéndome el mentón con la palma de la mano me pregunté  qué estaba haciendo.
Un haz de luz amarillento acuoso se filtraba por la ventana.
Apoyé la cabeza sobre el respaldo del sillón, prendí un cigarrillo, me recosté mirando hacia el techo como si buscase allí alguna respuesta a una pregunta incómoda que no me había formulado nunca a viva voz. A veces el escenario mudo late más fuerte.
Apagué el cigarrillo estrujándolo contra el cenicero, cerré los ojos y palpé a modo de juego los libros del primer estante  para  elegir uno a ciegas y comenzar a releerlo en el living.
El viento había comenzado a hacer tiritar las persianas, y  despojaba de  hojas a los malvones del balcón.
Sentí frío y apagué el equipo de aire, sonó el teléfono y el visor mostró número desconocido. Sólo supe quién no era. Por eso no atendí.
El teléfono volvió a sonar y de nuevo, el número no estaba identificado. Dejé que sonara una y otra vez.
Me recosté en el sillón.
Abrí el libro  en la página que marcaba el señalador y me resultó un texto desconocido.  Si no estuvieran las acotaciones en los márgenes, si no reconociera mi letra, habría asegurado que nunca había analizado ese párrafo.
“Un día desperté, me incorporé a la cama y sonreí. Ya no sentía dolor. Y de golpe comprendí que la persona justa no existe. Ni en el cielo, ni en la tierra, ni en ningún otro lugar. Simplemente hay personas, y en cada una hay una pizca de la persona justa, pero ninguna tiene todo lo que esperamos y deseamos. Ninguna reúne todos los requisitos, no existe esa figura única, particular, maravillosa e insustituible que nos hará felices. Sólo hay personas. Y en cada una hay siempre un poco de todo, es a la vez escoria y un rayo de luz..."
El teléfono volvió a sonar. Número no identificado. Dejé que sonara una y otra vez.
Amplié y modifiqué mis acotaciones en el margen derecho del párrafo y esta vez, indiqué la fecha, sabiendo que los recuerdos que calan no se olvidan.
Sobrevino de un modo natural, sin reloj, sin forzar la razón. Sin insomnio, sin sueños ni sueño.  Supe aquello que tantas veces me había negado a preguntarme.  No era el contenido ni el fondo.  No. Era el continente y la forma de ser en su existencia aquello que lo hacía irrepetible, único.

lunes, 1 de octubre de 2012

ESPIRAL




Hace tirabuzones con su pelo enrulado del lado izquierdo  durante un rato, y, me acerco porque  sonríe, porque resulta gratificante ver a  alguien sonreír  en la ciudad,  a solas, como si  hubiera  decidido que  lo externo  no   va a invadir su  estado de ánimo. 
El agua,  a pesar de la creciente cerril no llegó hasta la orilla, pero se respira en el ambiente a borbotones como un sudor espeso.
Hace frío  y me pregunto por qué habrá decidido sentarse  justo en el medio de un banco tan largo y   me respondo inmediatamente que yo, hubiera optado por sentarme en uno de los extremos, ya  sea que esperase a alguien, o no.  Es poco el abrigo que lleva puesto dada la escasa temperatura de este septiembre  extraño.
El viento ribereño  juega con sus rulos    y parecen disfrutar del clima.  Me digo que el sol agudo y  húmedo  del mediodía  no le ocasiona ninguna incomodidad por los lentes oscuros  que me impiden ver su mirada.  Me impiden  ver si me ha visto o no.  Me impiden saber si sus ojos son  café o celestes o verdes o  miel. Chispeantes o abstraídos.   Me pregunto  si he de hablarle  para escuchar su voz  y   me digo que no tengo derecho alguno  a  interrumpir eso que le pasa  y que tanto parece disfrutar.  
El agua,  acaso por la hora,  ha comenzado a  retirarse  y huele a septiembre, extraño pero septiembre al fin,  con su inconfundible aroma. 
Enciendo un cigarrillo,  sigo observando  su figura   y su pose que  en todo sentido contrasta con lo  circunspecto de esa poca gente  que va y viene quien sabe hacia dónde sin percatarse de su existencia.  Ni de la mía.   Se recuesta en ese banco largo con un desinterés envidiable  y,  al colocar  sus  manos delgadas cruzadas bajo la nuca, parece haber encontrado  la  posición ideal para  continuar inmutable, acaso en un mundo de sueños  o tal vez en un mundo de realidades inasibles. 
El agua con su sonido líquido en movimiento  ha variado su curso,  su presencia constante,   ahora se desdibuja.
Miro el reloj y  sólo atino a encender otro cigarrillo para regresar mientras me doy cuenta del tiempo transcurrido  que no ha  pasado.

sábado, 14 de abril de 2012

CADENAS Y CRUCES

Espero el  taxi justo ahí, en la intersección de  las calles Independencia y Solís,  en esta  ciudad hermosa a la  que siempre  quise y cada día quiero más. Adorable contra viento y marea, aunque  no todos piensan como yo; me gusta que así sea, para nadie indiferente, discutida, porque la diversidad  es siempre enriquecedora. 
Es domingo y  aunque el semáforo habilita a los peatones inhabilitando el paso de todo medio de transporte,  incontables  colectivos  completos con la hinchada de un  club de fútbol avanzan  a toda velocidad ignorándolo. Van con custodia  quizá, debido a  quien ha sido el rival en  el partido.  El  señor que  conduce el taxi, se detiene para que  yo ascienda y ni bien me siento,  me explica que le han robado el partido a los custodiados hablando  del poder de la iglesia con una convicción admirable y una verborragia digna de ser escuchada sin entender yo,  cómo es que concatena una idea con la otra.   Me habla de  uno de los clubes de fútbol, justamente del rival de los custodiados de ese día,   y de su otrora dirigente cuando se retiró con todos los laureles por la exitosa gestión llevada a cabo, y, como si fuera poco lo que ya había dicho, me aclara que le consta que ese buen hombre  nunca había sido simpatizante de ese cuadro. Que las intenciones de la iglesia,  apuntaban a que fuera presidente del país, y que para lograrlo era necesario que fuera bien conocido y   valorado por parte del pueblo,  porque no hay mejor cosa que ser valorado y bien conocido  por los simpatizantes de ese club que siempre se ha dicho, resultan ser la mitad más uno.  
-¿Usted, simpatiza con algún cuadro? Me interroga dándose vuelta como si no fuera él quien debiera conducir, y al momento de esperar la respuesta me observa  por el espejo retrovisor que previamente acomoda con un gesto inocultable para que perciba yo, que va a mirarme cuando le conteste. Le dije que adoro a los cuervos y apenas sonrió, como si él fuera de Huracán.
Vuelve a concentrarse en el tránsito de ideas y   me explica  también el señor sin que nada le pregunte yo, de nada,   que la muerte intempestiva de un ex  mandatario  de la nación,  estropeó los planes de la iglesia.   Que esa muerte intempestiva contrariamente a cómo se ventiló,  fue el resultado de un asesinato tapadito, y, que  quizá pasaría un siglo hasta que se supiese.  Que la historia  siempre pinta mentiras,  y, que la gente siempre cree las mentiras porque las pintan lindas, y es cómodo creer y para cómodos no hay como los humanos.   Aclara que  el  exmandatario aunque casi a cargo del mandato,  estando con vida todavía esa noche, había sostenido una conversación telefónica con uno de los sindicalistas más controvertidos,  y,  que durante la  charla,  el sindicalista había   sugerido que  podía suceder si no cambiaban,  lo mismo que le había sucedido a Allende. El único gremio que había podido parar el país y torcer el brazo a su gobierno, había sido el que agrupaba a  los trabajadores del mismo gremio que él representaba.  El  ex mandatario según la versión del taxista,  le había  solicitado entonces al jefe sindical que se presentase  para discutir el tema cara a cara.  Y así habían quedado. Pero sucedió algo extraño, me dijo. Según las palabras del señor al volante,  al poco tiempo de la conversación entre ellos,   en el despacho  en el que se hallaba el ex mandatario se escuchó un disparo, un disparo que mató al  entonces exmandatario  aunque a cargo del mandato.  
¿Suicidio?  Me preguntó mirándome otra vez por el espejo retrovisor. No, según la versión del taxista se trató de un homicidio, de un disparo que dio en la cara del  ex mandatario. Y  aunque usted no lo crea, aseguró,  fue por eso que lo velaron a cajón cerrado. No es que no había cuerpo en el cajón, no, no, no. No es que esté vivo, como cree parte de la gilada, no está vivo ni disfrutando por ahí de la guita que se afanó de la provincia.  Está más muerto que Maquiavelo, eso se lo aseguro yo. Bueno es una forma de decir que Maquiavelo está muerto, a decir verdad Maquiavelo, nunca estuvo más vivo que ahora ¿no le parece?
Siguió hablando de corrido, como  si leyera un libro. De ese modo, quien estaba a cargo del mandato y a quien consideró  innombrable,   por esas cosas de lo que no se sabe pero sí,  recobró  en un santiamén  el  afecto y la credibilidad que  de los votantes había perdido.  No hay mejor remedio  según dijo, que  siendo una persona pública en picada, transformarse en víctima. Víctima con vida por la muerte de alguien tan cercano, para sin más  pasar a ser alguien  a valorar y a apoyar,  haga lo que haga y diga lo que diga.  Y  según sus palabras, dichas como si hubiera sido testigo y parte de la escena que relataba,  haber ventilado el homicidio habría provocado   más que desorden, una extrema  gravedad institucional.
Respiró y casi sin comas, continuó con el relato. A partir del hecho luctuoso   la historia se dio vuelta y la falta de  credibilidad se convirtió  en apoyo ciego porque acá somos todos giles.   En paralelo, el  candidato  a presidente que apoyaba la iglesia, y la iglesia lo apoyaba y lo apoya porque  siempre se ha dicho que su padre  ha sido  y es testaferro de la curia,  a partir de esa nueva situación,  no  iba a tener chances de ganar en la contienda electoral para presidente.  Convengamos –me dijo como si yo hubiera asentido en algo, lo que decía- que quien se candidateaba  no sólo estaba al mando con el poder  y la guita que el mando da,  sino que había sido víctima al tener que  cambiar, debido a la muerte, de un día para otro,  de estado civil y estrenando viudez. Y  las víctimas,  cuando además  quedan encuadradas dentro del género al que todo el mundo se opone y  que tanto siempre invocó, y con hijos,  siempre ganan, con lágrimas  verdaderas o de cocodrilo.  Así las cosas, -dijo el señor que parecía estar preparado para dar un discurso-  esto instó a que  la iglesia tuviera que modificar y  hacer que su  candidato se  bajara de esa contienda y se postulara  para gobernar ya no la nación  sino  uno de los distritos más importantes, donde además  la víctima, ni el partido al que pertenecía, jamás tendría mayoría.
Aunque la trenza es grande, me dijo, ¿usted se puso a pensar alguna vez cuántos mechones hacen falta para trenzar? Creo que tres –le dije yo, con timidez- . Sí bueno, sí y no. Izquierda  centro y derecha, mechones finos cortos o largos  y lo mismo con los gruesos,  créame, porque esta es una  trenza cocida, señora, y muy muy difícil de deshacer, imposible creo. ¿Y sabe por qué?  Muy sencillo, no me va a decir que no se le ocurre… imposible de desarmar porque están las manos santas de la iglesia siempre tejiéndola...
-Me bajo en la esquina señor.
-Tenga cuidado cuando cruce, mire que  hay cada loco manejando…
Crucé y me senté a tomar una copa de vino en el bar de Fichte, la necesitaba,  en las mesas de afuera para poder fumar. La noche  de otoño, el recuerdo de la mirada tan dicente del checo;  el ruido citadino al borde de la avenida, la música proveniente de Shalis; el aroma de los jazmines que quien sabe de dónde Don Javier consigue aún en esta época para vender en ese puesto eterno abierto las veinticuatro horas,  el  quiosco de Carlos exhibiendo siempre el mismo cartel  no se fía  carente del acento en la i sin corregir,  porque dice que todos entienden igual;  el menjunje de temas y de voces, de acentos, de todo, a pesar de faltar unas pocas horas para el lunes, me hicieron pensar mientras caminaba esos pasos hasta llegar a casa, que Buenos Aires, es y siempre va a ser un encanto. De los que hechizan.

Fin

lunes, 9 de abril de 2012

DE TRENES Y FANTASMAS

Escrito el 3/3/12
Está encerrado en una jaula de hierro mientras se va acercando a la Muerte a 24 km por hora. La Muerte lo espera al final del camino, su figura agrandándose minuto a minuto, lo está mirando a los ojos, serena, detrás de unos parachoques inútiles. En la cabina hay un panel, que alguna vez, hace medio siglo, vino bien pintado y lustroso desde el otro lado del mundo. En él hay unas palancas que se niegan a funcionar. Sabe lo que va a pasar: el tren desborda de gente y esa gente y ese tren van hacia un final de desastre. Sabe que va a haber muertos y que él puede ser uno de ellos. Atrás suyo, mil quinientas almas ignoran lo que él sabe, sumidas en sus preocupaciones de todos los días, con el pensamiento puesto en salir del tren y llegar a sus trabajos. Porque no son ricos ni influyentes los que viajan, aunque tengan la maldita costumbre de agolparse en los dos primeros vagones para salir más rápido de esa incomodidad, de sentirse personas otra vez, de llegar a tiempo para ganar un poco más o para tomar un cafecito antes de las tareas diarias, quien sabe, porque son humanos después de todo. El conductor se aferra a los controles, desesperado, porque esos controles no controlan nada, desesperado porque va derecho a la Muerte y la muerte va hacia él a 24 km/hr. Un sudor tibio se le desliza por la frente, un sudor que se hiela porque en su cabeza el desastre se agranda a cada segundo. Ha avisado del peligro a lo largo del viaje. La contestación ha sido siempre que siga. Se lo dice una voz inhumana, la voz de un monstruo de mil cabezas formado por impunes corruptos, políticos, barones, influencistas, mediocres, obsecuentes, negociadores, un monstruo que es una especie de Minotauro que devora al país. Igual, está acostumbrado a que todo en esa línea ande “más o menos”. Tiene apenas un hilito de esperanza de que pueda controlar la llegada. Encerrado en su jaula de hierro, ve agrandarse el final de los rieles, los pistones hidráulicos, alcanza a ver la gente que hormiguea allá para tomar el tren que - esa gente cree - volverá a salir de esa plataforma 2 de la Estación Once. Es demasiado tarde para llamar a control, ahora infla sus pulmones de aire, contiene la respiración, instintivamente se aprieta contra el respaldo. Como el bombardero que sabe lo que no saben las víctimas, él sabe muy bien lo que va a pasar en muy poco tiempo. 100 metros. En su mente aparecen las figuras de sus seres queridos, la angustia le anuda la garganta. 40 metros. Piensa en la gente que está atrás, a quienes escucha a través de la descascarada puerta que los separa de ellos. La gente suele ser cruel con los conductores, por ser la cara visible de la irresponsabilidad y el peligro. 20 metros. Ya es demasiado tarde. Hasta el último momento, la muerte lo estuvo mirando a los ojos, ahora desaparece. Hay un ruido tremendo como de una explosión o un terremoto. Una nube de polvo rojizo envuelve el tren y la plataforma. La inercia tremenda empuja de un manotón a hierros y gente hacia delante, los vagones se incrustan entre sí. Hierros y gente se mezclan. El conductor ve como el frente de chapa del coche se arruga como de papel, siente un golpe seco, se desvanece.
En una estación intermedia, un muchacho ha subido al mismo tren. En su mochila llevaba sin saberlo su propia muerte pero también la cultura desprejuiciada e irresponsable, veterana de muchos años, que ha forzado a los pasajeros a subir y a la falta de control dejar que cada uno se ubique de cualquier manera por más peligrosa que sea. Porque la cuestión es viajar y cada uno se acomoda donde encuentra un espacio donde no lo hay. Aquel monstruo negro de mil cabezas empuja a ese muchacho para que suba, porque la incultura de la gente va en su beneficio. Y eso se repite todos los días, la gente protesta entre sí pero no se queja, se acostumbra al maltrato, no tiene otra opción. Porque aquella maquinaria monstruosa se aceita con el opio de la gente, adormecida con una anestesia que es letal para ella misma. La anestesia de la repetición, de la propaganda, de ver como natural a los que viven de la corrupción o a los que no tienen otra salida que doblar la cabeza.
Flotando entre los pasajeros viaja en el tren un fantasma que está en cada uno de los vagones. Tiene forma de mujer y un nombre querido por todos. Mujer mil veces violada y robada, llena de llagas, sangrante. Es la argamasa invisible de toda esa gente. Algo que los une sin que lo sepan, un sentimiento de pertenencia, de comunión que nadie ha descubierto, pero que vive bien adentro de cada alma. Ese espíritu sostiene la cabeza del conductor, le seca el sudor, arropa con mantas invisibles a los que van a morir. Llora en su impotencia como la madre que es de todos los que viajan sobre esas ruedas que van hacia el desastre. Pero nada puede hacer.
Después, los gritos, la muerte, el caos. Un golpe en la conciencia de un pueblo que durará no se sabe cuánto. En la estación, un fantasma se aleja llorando. Se queda la maquinaria negra de la corrupción. El monstruo que él sí es a prueba de fallas. Ya está preparando su dosis de anestesia. Tiene todo ya muy bien maquinado. Con una sonrisa, empieza a pensar a quién le echará la culpa.
Osvaldo 3/3/12

sábado, 7 de abril de 2012

SIN LLAVE

El dormitorio olía a  la lavanda  que habían traído de Ayunga  tres semanas antes,  a los  nardos, que en esa ocasión, había optado por colocar en las mesas de luz;  a cera, por la  limpieza a fondo de los martes a cargo de la siempre puntual Renata; olía sí, sin duda, al mes de abril cuando se avecina la lluvia y no hace frío ni calor, y el día se adivina nublado y lento.
El hábito de acostarse sobre el lado derecho de su cuerpo lo traía de la infancia. Continuó con los ojos cerrados y  extendió el brazo izquierdo  hacia atrás sin darse vuelta, buscando a tientas  una almohada para taparse la cabeza e intentar dormirse otra vez.
Martillaba la voz  de su madre hablándole  de su padre, de cómo lo extraña cada día todavía, del excelente marido y padre que fue, de las virtudes que todos sus amigos le reconocieron siempre, de cómo  supo  dar y ayudar a todos,  de cómo se amaron y  de lo injusta que fue su muerte. De cómo ella lo esperaba,  y de lo bien que lo pasaban juntos compartiendo la vida,  en  ese secreto mundo que habían sabido construir de a dos, por una sencilla razón, porque se amaban, y el amor, el verdadero amor,  sólo se da una vez en la vida.
Necesita dormirse otra vez y no escuchar el taconeo de Amelia sobre el parquet, tan distinto al andar de Gaby sobre el piso de cerámica. Necesita dormirse y no enterarse de los silencios sostenidos. No ver el ímpetu de Amelia,  sus ganas, su forma de ser  estando y no estando.
-Maxi, ¿dormís?
-Sí. ¿No me ves?
-Teléfono. Es René, pregunta si vas a ir al club.
-Decile que no estoy.
-Pero estás, atendé che, ya le dije que estás en la cama.
-Decile que estoy durmiendo,  o no te diste cuenta. Y que después tengo trabajo hasta tarde.
-Ok
…
-Maxi, me imagino que para tu hija sí, estarás, ¿no?
-Sigo durmiendo y después me voy al club, vuelvo a la noche, decile.
Ok.
….
-¿Se puede saber por qué mentís?
-No miento, no tengo ganas de hablar, eso es todo.
-Bueno, a eso me refiero,  tendrías que haber atendido y decir en lugar de inventar algo que te lleva siempre a otra mentira.
-Por qué no te callás una vez, digo yo. ¿Vivís en el limbo vos? ¿No te das cuenta que estoy como el culo?
-¿Y te parece que mentir a la gente que te quiere  es la solución?¿Cómo sé que no me mentís a mí también?
-Ah, siempre vos eh… si no estás en primer plano, el mundo no existe.
-Y por qué  tengo que creer que no me mentís a mí.
-Creé lo que quieras.
-No se trata de lo que quiero. Se trata de lo que vos demostrás tan distinto a lo que decís .
-Mirá quién habla…
-¿A qué te referís? Hablá… a ver ¿qué tenés para decir?
-Qué, ¿no tenés imaginación?
-Sí, pero no estamos hablando de imaginación.
-Mirá Amelia, no tengo ganas de hablar,  vos estás cansada de mí, y se te nota. ¿O te creés que soy  boludo?
-Te pregunté por qué mentís, y sabés que le mentís a todo el mundo, pero para no hablar de eso, me salís con otra cosa. Encima, haciéndote la víctima.
-¿La víctima? No querida. Vos querés hablar de mis mentiras y yo de tu desinterés, que por lo visto es de lo que vos no querés hablar.
-De qué desinterés estás hablando. Si no me interesara no te preguntaría cómo puedo estar segura de que no me mentís a mí también.
-Amelia, no me esperaste para cenar anoche, ni antes de anoche.  No me llamaste  en todo el día el miércoles. No te importa nada de cómo me siento y lo único que hacés es ponerte en juez de lo que digo y cómo lo digo.
-No te esperé para cenar porque me dijiste que no sabías a qué hora ibas a venir. Y llegaste después de las doce. Acaso, ¿no me levanté  cuando llegaste? Y si el miércoles no te llamé fue porque estaba ocupada y vos me pasabas a buscar a las siete por la oficina. ¿Qué podía pasar entre las nueve de la mañana y las siete de la tarde, me querés decir?
-Nada, no podía pasar nada o podía pasar todo. Pero vos estabas ocupada para llamar  y enterarte.
-Pero  y qué, ¿pasó algo, acaso?
-No, quedate tranquila, no pasó nada, no pasa nada ni tampoco va a pasar nada nunca. Ahora,  ¿te puedo pedir que me dejes solo?
-Sí. Tengo que suponer que eso que estás diciendo, no es una mentira, que querés quedarte solo.
-No es una mentira.
Fin de junio y los párpados pesan y los ojos arden,  el oído derecho late a punto de estallar y no hay gotas.  Huele a  café quemado y a fritura vieja, a basura sin sacar. A encierro y  a cosa humana.
Fin

martes, 20 de marzo de 2012

SOBRE

Me decidí a ir cuando recibí la foto por correo.  Por correo y desde hace años, sólo recibo en casa facturas a pagar, publicidades  y algunas revistas  como resultado de alguna suscripción de la que al poco tiempo me arrepiento pero aún así, por desidia no me desuscribo.  Habíamos tomado esa foto en el mejor momento de la relación. Fueron buenos momentos casi todos y nunca nada es perfecto,  sí sé que hubieron momentos mejores que otros como sé también que las intransigencias provocan estragos. Y los estragos demuelen en un santiamén lo que pudo haber sido.  
 Bebíamos nuestras copas de  vino frente al mar en esa posada solitaria que habíamos elegido y sentíamos  que el mundo era nuestro y que lo nuestro era el mundo, excluyendo al resto. En la terraza, además de nuestras voces bajas que delataban esa clase de intimidad  que con nadie se comparte, mientras cenábamos esas delicias regionales, sólo se escuchaba el rumor de las olas suaves de junio cuando el aire es tibio y la brisa de la noche dulce  y simple y todo acontece como si fuera inalterable.
Me decidí a ir, sí, cuando recibí la foto, porque de otro modo no se me hubiera ocurrido, por lo  que despertó en mí, y,  porque ese “para que me recuerdes”, sencillamente me gustó. Me gustó  su arranque,  ese atrevimiento  insólito, después de tanto tiempo. El tiempo hace que, los desrecuerdos –como diría Alejandro–, intenten vaciar el contenido y limpiar lo indefectiblemente cuasi fatal ocurrido en otros días, pero también lo ciertamente irrepetible por lo hermoso de días previos. El desrecuerdo no acontece naturalmente, se instala por decisión de las lesiones originadas en el corazón o en la razón, que necesitan ser curadas para  poder seguir.  Y la gran aliada es la voluntad  que implica siempre esfuerzo para desrecordar. Hasta que un día cualquiera, después de innumerables días,  se recibe una foto “para que me recuerdes” y vuelve ineludible sólo lo  grato: la mirada abarcativa, el abrazo especial, sus pasos lentos  hundiéndose en la arena y el juego sano de hacer el amor bajo las estrellas en ese instante eterno; el valle descubriendo la luna adormecida del amanecer y las glicinas trepando el alambrado con sus racimos violetas; la tranquera pintada de blanco  y el sendero por donde caminábamos tantas veces riéndonos, y otras, comunicándonos  en un silencio de sueños.
La foto, me hizo recordar  sus manos y las mías de entonces  en los remos,  la mirada interrogante y fiscalizadora de aquel día, el sol abrasador malvado y cruel del sur.  
La foto, cuando la recibí, me hizo recordar y  percibir el paisaje todo desprovisto del marco temporal. Quizá también, por eso fui, por el recuerdo del barco de papel plateado que naufragando, dejamos ir entre las aguas frías.

jueves, 9 de febrero de 2012

SINE DIE

Mis anteojos de miope se  caen de la mochila al  sacar las llaves  para entrar; el ruido de vidrios aplastados por  mi propia bota me  hace volver  a la realidad de este martes largo que sí, se apagó el domingo, después de haberse consumido durante cuánto tiempo… No lo sé.
La oscuridad  cede ante la hazaña  de las estrellas y  el ánimo plateado de la luna traza un sendero ya conocido, complicando la noche, única amiga fiel de la razón que, obstinada,  tanto se aleja del buen juicio y no logra separar el presente de lo que pasó y pasaba. 
Hoy es veinte de mayo  y huele a humo de hojas quemándose en las zanjas. El viento nocturno y otoñal  de este  pueblo, arrastra  desde el campo y desde los caseríos, la tierra finita  de las calles formando un remolino seco,  otra vez, en  esta esquina. Las pocas viviendas  de las cuatro manzanas que aquí desembocan, no han variado. Y quizá yo tampoco,  y es por eso que vuelvo, o por el deseo de sentir que nada cambia, queriendo ignorar  el fluir continuo de las aguas del río, desconociendo al gran Heráclito, y de paso olvidándome, para intentar olvidar.
Las puertas oscuras de madera entornadas,  los vidrios quebrados que adivino, nadie ha deseado cambiar, concuerdan con los sonidos  apartados de los cubiertos siempre resistentes en  una mesa en la que se está cenando.  Y sucede  una noche más,  donde  hasta la rutina de  los chistidos agudos reclamando silencio y  el ladrido constante del perro de Sil, se confunden. 
No hablar del pasado, para disfrutar el presente.  No preguntar, para contentarse. Contentarse por lo que no se dice, con lo que se oculta. Recrear sin palabras que comprendan el antes para  conformar un presente sin hilos, entonces sin nudos, entonces sin cortes. Conducen los hilos.
Hacer desacontecer el antes y borrarlo, como cuando  el amor se va y deja ese sabor amargo, vacuo y quieto muy dentro, por  todo lo que  en el pasado, ha sido. 

jueves, 5 de enero de 2012

DERIVACIÓN

Sí, resignada es la palabra justa. Así me sentía esa mañana de noviembre, con esa clase de frustración por no poder modificar y por tener que aceptar a regañadientes después de reconocer que no había chance alguna de evitarlo. Sumisa ante la normativa que me imponía el requisito, tomé el coraje necesario y me dirigí a Sanidad de fronteras para que allí se me aplicara la vacuna, sencillamente porque si no entregaba el certificado de vacunación en el consulado, no me otorgarían la visa, y sin visa, no era factible el viaje programado. Evalué el consabido y notable esquema de costo beneficio, y pensando en el beneficio del viaje, asumí el costo de hacer lo debido.
No, no fue doloroso ni fue grato. Lo que sí me resultó gratísimamente grato ni bien entré a la sala, estaba de pie detrás del escritorio de admisión a los “vacunandos” dentro de los cuales yo me encontraba autoidentificándome en mis pensamientos como un conejillo más. Lo miré atónita. Es que hacía muchísimo tiempo que no tenía la oportunidad de ver a un hombre con cara de feliz. Exultante. Eran risueños sus ojos negros repletos de paz y su sonrisa nacarada. Eran sus cejas, arcos espesos de triunfo. Era su voz varonil y serena. Era él o la bata verde en él, que expandían confianza en los presentes que allí estábamos sentados en el banco largo de madera, esperando a que nos asignaran por orden de llegada alguna de las seis salitas que permanecían a puertas cerradas.
Detrás de cada puerta cerrada, de las que deben franquearse por algo o para algo inevitable, hay siempre un enigma que pulsa. Consientes del enigma, se desata ineludiblemente cierto temor a lo desconocido, temor que aumenta a medida que transcurren los segundos y las puertas continúan cerradas, abriendo paso a la imaginación. Agujas, ampollas, líquidos, alguien de anteojos pequeños con guardapolvo blanco listo para arremeter, mi brazo flaquito y tembloroso entregándose a la aguja experimental, el líquido pasando interminablemente a través de la aguja, la mirada del vacunador y el algodón en su mano con una cinta blanca…
Cuando escuché que una voz ronca se asomaba detrás de un lugar incierto “número cincuenta y ocho, pase por la sala dos”, mis piernas no tenían ánimo de obedecer, mi parte izquierda me decía no vayas, mi parte derecha me decía no seas cobarde, mujer grande. Yo me decía el corazón tiene razón, no debo ir. No es necesario hacer ese viaje, ni ningún otro. Además, el avión puede caerse y puuuuun, hasta la próxima vida que no habrá.
Cuando escuché la voz varonil y serena, miré y me encontré con esos ojos chispeantes azabaches interrogativos y sonrientes, observándome, diciendo “cincuenta y ocho, es su turno”, mis piernas obedecieron y di los catorce pasos hasta la sala dos que abrió su puerta. Ya dentro intuí que no había escapatoria. Nadie a quien decirle buenos días. Un fichero sobre el escritorio. Un certificado de cartulina amarilla para que constatara mis datos con mi lugar de destino, y la fecha. Validez por diez años. Diez años pensé… Y apareció él, con esa bata verde, con esos ojos, transfiriendo la seguridad necesaria y haciendo desvanecer los temores fundados tan bien arraigados en mi corazón.

domingo, 11 de diciembre de 2011

UN ALEPH PROPIO...


Por consejo de un amigo, un día decidí ahondar en la literatura de Borges.  Y allí me encontré con el Aleph, un cuento que  mostraba a un Borges desconocido para mí hasta ese día. Un ser como cualquiera,  que reconoce su maligna felicidad ante la locura ajena, hasta su incomprensión y su envidia.   Pero rescatando al escritor, con sus humanos yerros, pensé en la sensación que produce mirar a través de un punto en un inédito lugar, y poder sin más ver todo, todo cuanto he querido ver en este mundo, seguramente vería a mis padres y sus consejos sabios; mis hermanos y nuestras charlas; mi hija, sus abrazos, sus  besos y ese “mamá” que cambio tanto en mi vida y en mi ser; mi amor y sus dolores; mis amigos y aquellas fiestas; aquellos ojos; aquella sonrisa; aquellos besos y aquellos abrazos;  mis luchas ante la muerte en más de una oportunidad; los paisajes que he guardado en mi alma; los amaneceres que quiero ver; los atardeceres  naranjas que he imaginado; la lluvia copiosa en otoño; el olor a tierra mojada en primavera; el caminar de la mano del amado; los poemas que él me escribió; aquellas cartas de amor; aquellas rosas, que secas aún guardo; el compartir una charla con esa persona,  sólo con esa;  una noche clara y estrellada en el campo, sin más compañía que esa mano tomada a la tuya; esa melodía que endulza tu alma porque te trae recuerdos de la infancia, del ayer, del hoy, y del mañana;  esa película que me hizo llorar de emoción, ese señor que me hizo soñar; esa amiga que me ha acompañado toda la vida; ese amigo que ha escuchando mis lamentos,  mate en mano; poder reconciliarme conmigo después de los treinta no ha estado mal. Vi tantas cosas  en ese Aleph, que seguramente alguna la pase por alto, para no desmerecer a las otras.

Todos deberíamos encontrar ese punto en donde el universo se junta, justo ahí, desde donde partimos para ver todo. Yo lo he encontrado y esta justo en el lugar en  que puedo hablar de lo que siento, de lo que veo, de cuanto me duele, me angustia, me hace feliz. No es un punto físico, sólo el oído de quien me escucha sin tiempo y sin temores. Con palabras de aliento siempre por responder.  Donde lo implacable se suaviza; y lo infame se hace verdad;  lo inmortal se desvanece, para solo mostrar nuestra humanidad finita, vulnerable, simple; donde el irreverente no triunfa; donde el poeta fundamenta su poesía cambiando las circunstancias de la vida; donde la sonrisa es la única excusa para poder seguir vivo; donde los envites de la vida te dan tregua; donde nadie debe demostrar ser un héroe; donde los niños y sus ruidos no perturben, y por el contrario, nos llene de infinita confianza en un futuro mejor; donde el anciano no sea el estorbo y si la voz sabia a seguir;  donde solo importe que pienses, y no qué pienses; donde los sueños no dejen de aflorar por doquier, llevándote a donde quieras ir o estar; recordándote tu esencia, tus virtudes, tus límites; tu amor; tu verdad...

Mi Aleph, es muy mío, tiene oídos y ¡cómo escucha!
Tiene ojos y solo su mirada refleja las miles de almas que podría amar.
Tiene una boca que aunque miles quisieran no me la podrían robar, está llena de verdades, de ironía inteligente, de sarcasmo, de madurez, de diplomacia, de la palabra justa y metódica, de las sonrisas más seductoras,  de los besos más dulces y voraces. Mi Aleph tiene alma, y es tan clara y pura como la verdad misma, con luchas internas por resolver, pero con el mérito de emprender siempre la lucha debida. Posee un corazón, tan fuerte como grande, tan duro como tierno, y tan sensible como frío. La combinación perfecta para darme la posibilidad de ver en su centro, todos mis sueños, mi vida. Aunque parezca lejano en el tiempo alguna vez mis sueños serán los suyos, y mitigaremos el dolor de lo lejano, de lo ajeno, de lo que no nos pertenece. De lo que esta  vida se ha empeñado en darnos y quitarnos. Valiéndonos del poder que nos da, el tener nuestro propio Aleph. Nuestro propio punto de conexión con el universo que hemos soñado.

Allí esta él, aquí  yo, y nuestro punto de encuentro jamás dejara de brillar en el horizonte que lo busquemos, en el recoveco que decidamos encontrarlo, en sótanos, en bares, en bibliotecas, en cines, en calles solitarias, en sonrisas semejantes, en lugares que son nuestros, en perfiles parecidos, en palabras que nos recuerdan al otro, en todo lo que podamos usar para no perder nuestro horizonte de amor. Para no perdernos, para no olvidar que existe ese ser capaz de mostrártelo todo, con solo una mirada, un gesto, una palabra, un silencio impenetrable en el tiempo.
Pugno por seguir este camino que he soñado, y por hacer digno cada instante de mi vida. Por el solo hecho de poseer mi lugar en el mundo, ese lugar que todos buscamos y que solo unos pocos encontramos, no importa la espera, ni la desazón, sólo el encuentro. Ése encuentro.


martes, 18 de octubre de 2011

ENTELEQUIA AL HORNO



La receta puede variar levemente en las proporciones de sus ingredientes, según el país en donde se la prepare, pero la más difundida para este platillo es la siguiente:

INGREDIENTES PARA UNA MAZA DE 3 KG:

Oxígeno 65%
Hidrógeno 10%
Carbono 18%
Nitrógeno 3,2%
Calcio 1,5%
Fósforo 1,2%
Potasio 0,22%
Cloro 0,2%
Azufre 0,2%
Sodio 0,1%
Magnesio 0,05%.
Hierro, cobalto, cobre, flúor, yodo,  manganeso, molibdeno, selenio y cinc, entre todos, 0,33% en proporciones a gusto del cocinero.

PREPARECIÓN:
1- Poner el oxígeno, el hidrógeno, el carbono, el nitrógeno, el calcio, el fósforo, el potasio, el cloro, el azufre, el sodio, y el magnesio en un bol, evitando que se sume a la preparación algún elemento extraño, como polvo, pelusas, etc. Esto es muy importante.
2- Revolver con una cuchara de madera hasta que la mezcla tome un estado lechoso, y luego, sin dejar de revolver, agregar el hierro, el cobalto, el cobre, el flúor, el yodo, el hierro, el manganeso, el molibdeno, el selenio y el cinc.
3- Continuar revolviendo hasta que la mezcla tenga el aspecto del dulce de leche, y dejar descansar por espacio de 20 minutos a cielo abierto. Tras el descanso, la preparación se hará más firme y consistente, pasando a un estado semisólido.
4- Sacar el preparado del bol, colocarlo sobre una fuente plana, y cocinar luego a horno moderado por espacio de una hora y media.
5- Retirar del horno y dejar enfriar hasta los 36 grados.

RECOMENDACIÓN
Se tendrá presente al preparar la receta, que una vez puesta a cocinar, la masa tomará un gran volumen, por lo que es recomendable utilizar en la cocción, un horno de panadería, de pizzería, o bien un horno de barro de grandes dimensiones.

Si todo marcha bien, al retirar del horno podremos disfrutar de un espléndido ser humano(hombre o mujer, según la habilidad del cocinero) de alrededor de 70 kg, compuesto por 30 kg. de músculos, 7 kg. de huesos, 5 litros de sangre, 1 kg. de pulmones, y 27 kg. de diferentes órganos.
Entre algunas de sus múltiples particularidades diremos que tendrá unos 100.000 pelos en la cabeza; registrará alrededor de 4.000 olores y hasta 10.000; parpadeará 15 veces por minuto;  su corazón bombeará unos 8.000 litros diarios de sangre, y latirá 3.500 millones de veces durante la vida útil del sujeto; sus riñones filtraran toda su sangre cada 5 minutos; y al toser, el aire saldrá de su boca a 140 km/h.
Y toda esta maravilla, en apenas algo más de cincuenta billones de células.

ADVERTENCIA
Si tras haber puesto en la preparación todos sus componentes, de la receta no resultara un sujeto con vida y alguien se pregunta el porqué, se sugiere esperar a la noche y nuevamente a cielo abierto, observar la inexplicable infinitud de las estrellas. Quizás allí esté la respuesta...

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¡Hasta el próximo cuento!