lunes, 11 de julio de 2011

MAURICE

Fue en París, el viernes 5 de enero de 1889. Nadie supo cómo había entrado Maurice al Moulin Rouge. Seguramente los porteros no lo vieron cuando él -mezclado entre los hombres que enfundados en sus sobretodos negros llegaban por juerga- transpuso la puerta del cabaret. Su presencia no era bien recibida, pero una vez adentro, nadie se atrevió a interponerse en su camino. Todos se preguntaban extrañados para qué había venido, qué buscaba, qué necesitaba…
Amélie -una de las bailarinas del lugar- fue la que advirtió que en la puerta, cuatro uniformados preguntaban si él se había refugiado allí. La policía lo estaba buscando afanosamente...
- ¿Maurice aquí, oficial? -simuló el portero temeroso- ¡Jamás lo hubiéramos dejado pasar!
- De acuerdo. Si lo ven merodeando la zona, avísennos de inmediato. Ya ha entrado la noche y es un peligro que ande por las calles de París. Nadie sabe qué es capaz de hacer. Podría haber una desgracia.
- Descuide usted, capitán. Estaremos atentos.
Mientras los agentes se marchaban presurosos para continuar con su búsqueda, en el interior del cabaret, Maurice caminaba lentamente observándolo todo, ante el estupor generalizado. Él no era como ninguno de los que componían el zoológico del Moulín Rouge. No frecuentaba prostitutas… no bebía alcohol… no olía a cigarro… y parecía que había llegado para juzgarlos a todos y, seguramente, sería un juez muy duro. No habría piedad para ninguno de los presentes, ya fueran magnates, bohemios, artistas, bailarinas de can can, escritores, o cualquier otro de los innumerables especimenes que frecuentaban ese lugar, que en parte mostraba la generosidad, el amor, la belleza, pero mucho más tenía de egoísmo, corrupción, celos, odio, locura, y frivolidad.
A pesar de su máscara sonriente, el Moulin Rouge era un mundo consciente de lo efímero de su alegría de puertas adentro, imbuida de un innegable dolor en las almas.
Charlotte -la cortesana más deseada de París, bailarina de can can y esencia carnal del cabaret que tenía por regla para sus chicas, no enamorarse- acalló su risa fingida y entendió rápidamente que algo había que hacer.
La bellísima muchacha fue la primera en quebrar la quietud de la gente, impuesta por la presencia de Maurice. Así pues, soltó su pollera para que volviese a ocultar sus piernas y su calzón, y se adelantó al resto. Algo le susurró a sus compañeras de baile, y luego a las camareras, y a los músicos, y a todos los que eran parte del espectáculo, y cada quien comenzó a moverse con prontitud, para complacer al inesperado visitante antes de que él tomara la iniciativa, y el Moulin Rouge pudiera quizás ser escenario de algún episodio no deseado.
Fue entonces que en las copas del lugar, la absenta le dio paso a los jugos de fruta, y las bailarinas cambiaron sus trajes provocativos por vestidos inocentes, y la luz del cabaret dejó de ser tenue y velo para oscuras intenciones, y los hombres crueles se volvieron mansos, y las mujeres pérfidas se mostraron honradas, y los proxenetas disimularon su negocio ruin. Y cuando todo estuvo en orden a los asombrados ojos de Maurice, Charlotte se abrió paso entre la concurrencia acercándose a él, lo estrechó luego entre sus brazos, y lo besó con la dulzura que sólo ella era capaz de dar.
Una hora más tarde, la bailarina más codiciada de cuanto hombre frecuentara el Moulin Rouge, salió del cabaret de la mano de Maurice, y se perdió en la oscuridad parisina con un destino que todos allí adivinaban…
Con el tiempo, aquella noche de reyes de 1889, sería recordada como la noche en que la cortesana más deseada de París, bailarina de can can y esencia carnal del Moulin Rouge, llevó a Maurice hasta la policía para que lo devolviesen a sus desesperados padres. Fue esa la primera y única vez que un niño y su inocencia se colaron en el alocado mudo de aquel cabaret. La primera y única vez que sus músicos dejaron la estridencia del can can para interpretar sencillas canciones infantiles.
A la velada siguiente de aquel episodio de fábula, el “Molino Rojo” volvió a ser el de siempre, con sus magnates, bohemios, artistas, bailarinas de can can, escritores, y demás prototipos que solían frecuentarlo. La absenta de nuevo llenó las copas, las polleras otra vez se alzaron para mostrar piernas y calzones, y la frivolidad volvió a ocupar su trono definitivamente. La única diferencia a partir de entonces -según cuentan y sin que pueda asegurarse-, fue que la bella Charlotte, la más apetecible bailarina de can can de todo París, jamás volvió al cabaret…
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Fénix


¡Hasta el próximo cuento!

1 comentario:

Adela Inés Alonso dijo...

¡Recuerdo bien a este cuento! En ese momento con el afán de querer saber más de la historia verdadera, de su realidad, busqué en todo lo que estuvo a mi alcance sobre la historia del Mouline Rouge y sus personajes. Y encontré, sobre un Maurice y una Charlotte, aunque luego supiera por tu comentario, que estos eran "tu" Maurice y "tu" Charlotte.