jueves, 14 de julio de 2011

BEAUJOLAIS NOUVEAU

Paris. Año 1890.

            El Moulin Rouge -un cabaret del distrito de la luz roja de Pigalle, en Boulevard de Clichy, cerca del barrio de Montmartre- está en su esplendor. Trajes, miriñaques, caballeros, galeras, polisones, bombines, prostitutas, mangas de pernil, barbas diversas, alguna que otra… dama, sombreros de plumas, brassiéres, pantalones, corsés, chaquetas, crinolinas… todo se mezcla en este epicentro del ocio y la diversión parisina, famoso por los bailes y las bailarinas, las atracciones musicales, el libertinaje, la lujuria, el alcohol, y un tal Pétomané, célebre por sus flatulencias musicales.
            En momentos en que en el centro de la pista -con el público elegante retirado a las mesas para contemplar el espectáculo- cuatro bailarinas danzan al son de una música frenética, el baile de "quadrille", un hombre llega solo al cabaret. Es alguien con un pasado de riqueza, y un presente no tan esplendoroso, aunque todavía tiene reservada una mesa en el Moulin Rouge.
-¡Salut! Monsieur.
-¡Ahora no!… Más tarde.
            El hombre rechazó con amabilidad la compañía de su prostituta predilecta, pidió una botella de Beaujolais Nouveau, y lo bebió casi de un sorbo.
-¿Qué le ocurre a tu cliente, Cécile?
-No lo sé, Lucrèce -la muchacha le respondía a una de sus compañeras- Me dijo que fuera más tarde. Lo noté extraño, como si estuviese algo mareado.
-Debe estarlo para haberte rechazado.
            El "quadrille" pasaba por su mejor momento, cuando un estampido al que le siguieron los gritos espantados de algunas mujeres, la confusión generalizada, y el abrupto mutismo de la orquesta; interrumpió el espectáculo.
-Pobre Monsieur -exclamó Cécile horrorizada-. Me lo había dicho la semana pasada, y yo le rogué que no lo hiciera.
            El cuerpo ensangrentado e inerte de aquel hombre, estaba echado sobre la mesa sin que nadie se atreviese a reaccionar, el pobre, acababa de descerrajarse un tiro en la cien…
           
Lyon. Dos años antes…

            Marguerite Langlolis, una bella muchacha de veintiséis años, ha sufrido un terrible desengaño amoroso al sorprender a su prometido besándose con Anne Deliot, cierta adolescente que andaba tras los pasos del joven. Apenas faltaban dos meses para el casamiento y Marguerite, no pudo soportar la desilusión. Rompió el compromiso y el mismísimo día que hubiese sido el de su boda, desapareció sin que nadie supiera de ella.
            La buscaron en cada rincón de la ciudad, pero todo fue inútil, hasta que su más íntima amiga -haciéndole prometer que mantendría el secreto- le confesó al desesperado infiel que su ex novia había viajado a París, aunque no sabía ella en dónde se alojaba.
            Al día siguiente marchó él para la capital. Hijo de una acaudalada familia, el joven llevó dinero suficiente como para intentar localizar a Marguerite, sin tener que preocuparse por otra cosa. Una vez en París, la buscó en las iglesias y en los conventos, por si  Marguerite había recurrido a su fe religiosa; en los talleres de costura y en los comercios de la zona céntrica, ante la posibilidad de que hubiera buscado empleo; entre las enfermeras de los hospitales y en los orfanatos, pensando que quizás estuviera como voluntaria; la buscó en definitiva tanto, que finalmente, una noche de llovizna la vio a lo lejos subiendo al carruaje de un hombre, pintarrajeada… libertina… y vulgar.
-¡Marguerite! -gritó.
-¿Quién es ese hombre, Madeleine?
-Nadie… No es nadie. ¡Marchémonos de aquí!
-¡Marguerite!
-Te llama Marguerite.
-No lo escuche, monsieur Dumont… ¡Vámonos ya!
            En el burdel del que salió la muchacha, su ex novio averiguó que ella trabajaba allí, y volvió a él a la noche siguiente. Fue entonces cuando…
-Es un cliente como cualquiera, jovencita.
-Pero Madame Solier, ¡compréndame!
-¡Tendrás que atenderlo te guste o no! De lo contrario puedes juntar tus cosas y largarte.
            Minutos después, en el cuartucho de aquella casa de citas, Ferdinand d´Orieux pagaba para poseer a una mujer compartida, que hasta meses atrás había sido plenamente suya, sólo en nombre del amor…
-Vuelve con Anne. Seguramente ella no te ha de cobrar por sus servicios…
-Perdóname, Marguerite. Perdóname por favor y casémonos. Nadie en Lyon sabe de tu vida aquí. Podremos empezar de nuevo.
-No es posible. Ya no soy la misma que tú abandonaste, ni siento por ti lo que antes sentía.
-¡Pero!...
-¡Lo lamento!... Acabó tu tiempo, Ferdinand. En quince minutos viene a buscarme monsieur Dumont. Tengo que arreglarme para él… ¡Ah!... No lo olvides. Si vuelves por aquí, mi nombre en París es Madeleine.
            Los meses pasaron, y Ferdinand se quedó definitivamente en la ciudad, tan sólo para tener la posibilidad de estar con… Madeleine, y fue así que el mundo de la prostitución y el lesbianismo comenzó a atraparlo sin que él se diese cuenta.
            La culpa que sentía por la vida que llevaba la que fuera su prometida lo condujo también al alcohol, luego de que durante uno de sus encuentros ella le dijese…
-Fue por despecho, además, ahora estoy protegida. Ningún hombre podrá herirme como tú lo hiciste. Ya nadie se fijará en mí.
            Depresivo y bebiendo cada vez más, a sugerencia de Madeleine comenzó a aceptar de mala gana, que otras chicas calmaran sus instintos cuando ella estaba ocupada con algún cliente. Primero fue Suzanne, después Marie, más tarde, Constance…
            El destino quiso que Madeleine, una muchacha que no llevaba la prostitución en su sangre, al ver la decadencia de Ferdinand, se sintiese vengada y comenzara a pensar en volver a ser Marguerite, como pudiese, y si no lo era del todo, en serlo al menos en parte. Tal vez era hora de aceptar las innumerables propuestas de casamiento de monsieur Dumont, un hombre que no se acostaba con ninguna otra meretriz, y que le había propuesto una vida nueva lejos de París, en la ciudad de Le Mans.
            La idea de Marguerite fue creciendo tanto como la perdición de Ferdinand, y un año más tarde…
-Quiero que me atienda mi Madeleine, madame Solier.
-Eso no será posible, monsieur Ferdinand. Ella ya no trabaja aquí. Ayer se casó con monsier Dumont, y marchó a otra ciudad para empezar una vida distinta. No quiso decirme a cuál...
-¡Cómo! -exclamó él, incrédulo.
-¡Pobre niña!... ¡Ojalá pueda hacerlo! Ella es muy buena y se lo merece. Nunca fue una verdadera puta. De todas formas, no se preocupe usted monsieur, Suzanne y Constance están disponibles…
            Al escuchar la noticia, Ferdinand salió de aquel lugar desesperado, y poco más tarde terminó alcoholizado en un bar de mala muerte. Y se embriagó al día siguiente, y al otro, y otra vez al salir de la última borrachera, y jamás volvió al burdel, pero irremediablemente atrapado por su existencia licenciosa, recaló en el recién inaugurado Moulin Rouge. Allí frecuentó a Cécile durante dos meses, hasta que una noche, con varias copas de vino a cuestas, entró al cabaret cuando el baile de "quadrille" se había adueñado de la pista.
-¡Salut! Monsieur.
-¡Ahora no!… Más tarde.
            Después de rechazar a su prostituta predilecta, pidió una botella de Beaujolais Nouveau, y lo bebió casi de un sorbo.
-¿Qué le ocurre a tu cliente, Cécile?
-No lo sé, Lucrèce. Me dijo que fuera más tarde. Lo noté extraño, como si estuviese algo mareado.
-Debe estarlo para haberte rechazado.
            Poco después, un disparo provocó el caos y el abrupto mutismo de la orquesta.
-¡Pobre Monsieur! -exclamó Cécile horrorizada-. Me lo había dicho la semana pasada, y yo le rogué que no lo hiciera.
-¡Que barbaridad, Cécile! -se lamentó Lucrèce.
-¡Oh, sí! Es una barbaridad, y me da mucha lástima. Debió haber sufrido mucho... ¿Sabes algo, mi querida?...
-¡Qué!
-Monsieur Ferdinand nunca quiso decirme por qué, pero a él le gustaba llamarme… Marguerite.

3 comentarios:

Mercedes Raquel dijo...

Por qué razón absurda, el ser humano tiene algo valioso y lo pierde por tonto, y allì cuando lo pierde se da cuenta de cuanto amaba a ese otro ser... y digo ser porque no creo que sea algo de un género en particular es el ser humano asi.
Me ha encantado leer tu cuento. Es tan triste como real.

teresita dijo...

reralmente la vida tiene esa cosas tan tristes y tontas donde uno pierde lo que ama por dejarse atrapar por falsas ilusiones muy bueno tu relato- cariños Teresita

Adela Inés Alonso dijo...

Me ha encantado Daniel. No puedo no relacionarlo con el sentido del cuento de Mercedes. Porque en ambos se da esa cuestión tan humana, y tan triste por cierto, de aquellos que aman y no saben amar, dándose cuenta del amor que sentían, cuando ya es tarde para re-crear.