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lunes, 9 de abril de 2012

DE TRENES Y FANTASMAS

Escrito el 3/3/12
Está encerrado en una jaula de hierro mientras se va acercando a la Muerte a 24 km por hora. La Muerte lo espera al final del camino, su figura agrandándose minuto a minuto, lo está mirando a los ojos, serena, detrás de unos parachoques inútiles. En la cabina hay un panel, que alguna vez, hace medio siglo, vino bien pintado y lustroso desde el otro lado del mundo. En él hay unas palancas que se niegan a funcionar. Sabe lo que va a pasar: el tren desborda de gente y esa gente y ese tren van hacia un final de desastre. Sabe que va a haber muertos y que él puede ser uno de ellos. Atrás suyo, mil quinientas almas ignoran lo que él sabe, sumidas en sus preocupaciones de todos los días, con el pensamiento puesto en salir del tren y llegar a sus trabajos. Porque no son ricos ni influyentes los que viajan, aunque tengan la maldita costumbre de agolparse en los dos primeros vagones para salir más rápido de esa incomodidad, de sentirse personas otra vez, de llegar a tiempo para ganar un poco más o para tomar un cafecito antes de las tareas diarias, quien sabe, porque son humanos después de todo. El conductor se aferra a los controles, desesperado, porque esos controles no controlan nada, desesperado porque va derecho a la Muerte y la muerte va hacia él a 24 km/hr. Un sudor tibio se le desliza por la frente, un sudor que se hiela porque en su cabeza el desastre se agranda a cada segundo. Ha avisado del peligro a lo largo del viaje. La contestación ha sido siempre que siga. Se lo dice una voz inhumana, la voz de un monstruo de mil cabezas formado por impunes corruptos, políticos, barones, influencistas, mediocres, obsecuentes, negociadores, un monstruo que es una especie de Minotauro que devora al país. Igual, está acostumbrado a que todo en esa línea ande “más o menos”. Tiene apenas un hilito de esperanza de que pueda controlar la llegada. Encerrado en su jaula de hierro, ve agrandarse el final de los rieles, los pistones hidráulicos, alcanza a ver la gente que hormiguea allá para tomar el tren que - esa gente cree - volverá a salir de esa plataforma 2 de la Estación Once. Es demasiado tarde para llamar a control, ahora infla sus pulmones de aire, contiene la respiración, instintivamente se aprieta contra el respaldo. Como el bombardero que sabe lo que no saben las víctimas, él sabe muy bien lo que va a pasar en muy poco tiempo. 100 metros. En su mente aparecen las figuras de sus seres queridos, la angustia le anuda la garganta. 40 metros. Piensa en la gente que está atrás, a quienes escucha a través de la descascarada puerta que los separa de ellos. La gente suele ser cruel con los conductores, por ser la cara visible de la irresponsabilidad y el peligro. 20 metros. Ya es demasiado tarde. Hasta el último momento, la muerte lo estuvo mirando a los ojos, ahora desaparece. Hay un ruido tremendo como de una explosión o un terremoto. Una nube de polvo rojizo envuelve el tren y la plataforma. La inercia tremenda empuja de un manotón a hierros y gente hacia delante, los vagones se incrustan entre sí. Hierros y gente se mezclan. El conductor ve como el frente de chapa del coche se arruga como de papel, siente un golpe seco, se desvanece.
En una estación intermedia, un muchacho ha subido al mismo tren. En su mochila llevaba sin saberlo su propia muerte pero también la cultura desprejuiciada e irresponsable, veterana de muchos años, que ha forzado a los pasajeros a subir y a la falta de control dejar que cada uno se ubique de cualquier manera por más peligrosa que sea. Porque la cuestión es viajar y cada uno se acomoda donde encuentra un espacio donde no lo hay. Aquel monstruo negro de mil cabezas empuja a ese muchacho para que suba, porque la incultura de la gente va en su beneficio. Y eso se repite todos los días, la gente protesta entre sí pero no se queja, se acostumbra al maltrato, no tiene otra opción. Porque aquella maquinaria monstruosa se aceita con el opio de la gente, adormecida con una anestesia que es letal para ella misma. La anestesia de la repetición, de la propaganda, de ver como natural a los que viven de la corrupción o a los que no tienen otra salida que doblar la cabeza.
Flotando entre los pasajeros viaja en el tren un fantasma que está en cada uno de los vagones. Tiene forma de mujer y un nombre querido por todos. Mujer mil veces violada y robada, llena de llagas, sangrante. Es la argamasa invisible de toda esa gente. Algo que los une sin que lo sepan, un sentimiento de pertenencia, de comunión que nadie ha descubierto, pero que vive bien adentro de cada alma. Ese espíritu sostiene la cabeza del conductor, le seca el sudor, arropa con mantas invisibles a los que van a morir. Llora en su impotencia como la madre que es de todos los que viajan sobre esas ruedas que van hacia el desastre. Pero nada puede hacer.
Después, los gritos, la muerte, el caos. Un golpe en la conciencia de un pueblo que durará no se sabe cuánto. En la estación, un fantasma se aleja llorando. Se queda la maquinaria negra de la corrupción. El monstruo que él sí es a prueba de fallas. Ya está preparando su dosis de anestesia. Tiene todo ya muy bien maquinado. Con una sonrisa, empieza a pensar a quién le echará la culpa.
Osvaldo 3/3/12

viernes, 12 de agosto de 2011

FUGACIDAD

Me abrí paso como pude entre el gentío que llenaba el museo. Mezclada entre el público, a una cierta distancia, había una muchacha cuya cara me llamó la atención. Noté que me estaba mirando. Me detuve sin darme cuenta, observándola, y en ese instante me pregunté por qué justo esa cara me había intrigado entre tantas otras. Sin duda, deduje, eran su ojos que me miraban, ese contacto visual fugaz y sin razón, el que la había aislado y me había aislado dentro de la multitud, como formando un lazo invisible entre los dos. Ella enseguida miró hacia otro lado y yo seguí con mi recorrida habitual por los salones de exposición, alterados ese día por ser el primero de la muestra de un pintor contemporáneo de moda. Sin embargo, no pude dejar de pensar en aquella mirada a pesar de su fugacidad, o tal vez debido a ella. Al mismo tiempo, creció en mí la convicción de que conocía más que sus ojos, el brillo especial y diría comunicativo de aquella mirada lo que me resultaba familiar e inquietante. Era como un destello que en una milésima de segundo trataba de decirme algo importante. Una visión que yo había tenido antes. Pero ¿dónde? Obedeciendo a un impulso, volví por donde había caminado hasta el punto del encuentro. La multitud seguía allí, pero la muchacha no. Volví entonces y seguí deambulando por los salones. La vista de los cuadros famosos, el caminar entre las obras de arte, produce una honda calma en mi espíritu, por lo que voy al museo con frecuencia. He ido tantas veces que hoy esas pinturas son como amigos queridos que esperan mi visita con paciencia y desde las paredes me muestran su alegría al verme. Caminé entonces sin saber que en la última sala me esperaba una sorpresa. Me detuve frente al cuadro “Mujer sentada” de Magritte. En él el artista ha representado una mujer en una silla mirando al espectador con gesto sereno. Hacía varios minutos que estaba contemplando la famosa pintura. Como de costumbre, disfrutaba de escudriñar hasta el más mínimo detalle del cuadro y al mismo tiempo, tratar de adivinar qué pasaba por la cabeza del autor durante la ejecución de la obra. Como siempre, también, había sacado mi bloc de apuntes para trazar algunos esbozos con los que luego en mi cuarto profundizo el estudio de piezas maestras. De pronto, al mirar la obra desde un determinado ángulo, noté con sorpresa un cambio en la mirada de la mujer del cuadro. Había allí un brillo, una expresión, que creí recordar yo había percibido sin darle importancia en alguna lejana visita. Era como si los ojos, no la mujer en sí, los ojos, hubieran cobrado vida en la fugacidad de un instante, y me miraban como para transmitirme sin palabras algo urgente que yo no alcanzaba a saber qué podía ser. La visión fue como digo fugaz y rápidamente la pintura volvió a ser pintura. Traté una y otra vez de recuperar aquel ángulo de observación que producía ese cambio pero fue inútil. La experiencia me dejó una sensación extraña: aquella mirada fugitiva e intemporal era la misma que había notado en la muchacha del comienzo de mi visita y que me había impactado. Comprendí entonces por qué me pareció conocida. Volé por las salas, casi atropellando al público, sintiendo la imperiosa necesidad de volver a ver a la muchacha y sus ojos, para hablar con ella y poder así descubrir el misterio de la fugacidad de una mirada que se repetía, en una mujer desde un cuadro pintado hace de más de cien años y en los ojos de una mujer de hoy. Había en ese mirar, también, un mensaje que quería develar. Busqué por todos lados, y cuando desesperaba, la alcancé a ver pasando de una sala a otra pero cuando crucé la puerta entre ambas, la muchacha había desaparecido.
FIN

domingo, 31 de julio de 2011

LUZ DE LA TARDE

No hay nadie y sobre una mesa
hay un vaso facetado que parece
retener la última luz de la tarde
Un pucho se muere lentamente
en un cenicero junto al vaso
y el hilito de humo parte al cielo
como vos partiste de mi vida
Entro y lo que queda de luz y de humo
me parece que conforman tu cara
tus labios y tu sonrisa tan lejana.
Hay aún luz del atardecer en el vaso
El mozo me pregunta qué deseo
y yo digo que nada, ya me voy
Salgo y me llevo conmigo
esa luz naranja de la tarde
como un rescoldo que me da calor
como una luz que me mantiene vivo.

miércoles, 27 de julio de 2011

MICRORRELATOS

El sueño
Soñó que volaba. Sintió angustia. En el vuelo pasaba peligrosamente entre edificios. Hasta que apareció uno que no pudo esquivar. -- Es el segundo, hoy -- dijo el forense --: se quedó dormido al volante.

El bote
En la mitad del río, le dio una puñalada y lo tiró al agua. --Ya no me vas a joder más--le gritó al cuerpo que se iba flotando. ¡Todo este contrabando para mí solo!--pensó, contento, mientras sin él darse cuenta el bote había cambiado de rumbo y ahora se enfrentaba al remolino.

Me gustaría que compartieran el microrrelato premiado en http://revistamicrorrelatos.blogspot.com