sábado, 16 de julio de 2011

PASAPORTE

Año 1994. Fu chin, al sur de China continental, una región superpoblada y con escasas tierras para el cultivo, de la que proviene el ochenta por ciento de los inmigrantes chinos dispersos en todo el mundo.
                           
            Xie Shu Tao encuentra en el periódico un aviso ofreciendo trabajo en Argentina, y decide presentarse. Media hora después, el señor Zuoqui Lee, un sujeto de gruesos anteojos y calva prominente, con cuatro pelos largos mal peinados, le explica en una oficina de mala muerte sin parar de fumar, que si firma el contrato podrá trabajar en un gran supermercado, donde ganará lo suficiente como para pagar la deuda de veinte mil dólares, que contraerá con La Organización por tramitar su viaje, su empleo, y conseguirle un pasaporte falso para que pueda entrar al país sudamericano. En menos de un año su deuda estaría saldada, y La Organización le facilitaría los medios para que su familia viaje a reunirse con él. Así pues, desde Argentina y ya con papeles legales, todos podrían emigrar a los EEUU, destino final pretendido por Xie Shu Tao y la gran mayoría de los chinos que decidían dejar su tierra. Por supuesto, hasta que llegase aquel momento, en Fu chin, su familia quedaría como garantía de pago...
            Enterado del tema, Xie Shu Tao decide hablar con Yan, su mujer, su hija Ming, y su hijo Li, y regresa a casa. La familia se reúne, y con el hambre por consejera acepta la propuesta. Papá besa entonces a su esposa, a los chicos, y emprende nuevamente el camino hacia la oficina del señor Zuoqui Lee.
            Xie Shu Tao ya no volverá a ver a los suyos. Después de firmar, queda de inmediato a disposición de La Organización. Recibe uno de los cientos de pasaportes denunciados como extraviados por inmigrantes chinos legales - ardid que La Organización emplea en Argentina para hacerse de este tipo de documentación - y dos horas más tarde, con lo puesto, parte en un avión hacia su nueva vida. A pesar de llevar un pasaporte con una foto que no es la suya, Xie Shu Tao pasará los controles fácilmente, porque para los ojos de los empleados aduaneros, los chinos son todos iguales…
            Al día siguiente, Xie Shu Tao está acomodando mercaderías en las góndolas de un supermercado, habiéndole entregado a La Organización el pasaporte que trajo consigo. Sabe que trabajará dieciséis horas todos los días del año, y que vivirá en los fondos del establecimiento, en una habitación que compartirá con otros siete chinos recién llegados. Hace cuentas, y con lo que ha de ganar, sabe también que no le alcanzará la vida para pagar su deuda, pero… no puede reclamar. Ahora es un indocumentado. Un inmigrante ilegal. Una víctima más de la mafia china.
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Buenos Aires. Cuatro años después…

            El señor Lin Wen, ha violado una regla no escrita, abriendo una sucursal de sus conocidos supermercados, en el barrio de Once, sin la autorización de La Organización, que prohíbe instalar un comercio a menos de tres cuadras de uno de la competencia, y el nuevo emprendimiento estaba a escasos doscientos metros del supermercado del señor Yang Kung, quien pagaba puntualmente el canon de protección a los comerciantes, principal fuente de financiamiento para La Organización.
            El día de la inauguración de la nueva sucursal de Supermercados Lin Wen, un grupo de más de diez "rompehuesos" armados, ingresó violentamente al comercio. Cuando destruyeron la vidriera y parte de las góndolas, aparecieron los empleados asiáticos de Lin Wen - aunque mejor sería llamarlos esclavos - y salieron a enfrentarlos. La batahola fue descomunal. Trompadas, golpes de artes marciales, tiros, cuchilladas, contusos, heridos, el local incendiado y, un muerto. Tras el escándalo, al llegar la policía el cadáver había desaparecido.
            En la comisaría, el argumento del que los orientales se valieron para eludir las preguntas, fue un clásico: “no entiendo”. Después aparecieron los abogados, y todo fue a parar a manos de un juez corrupto pagado por La Organización, que terminó por no condenar a nadie.
            Dos días más tarde, en un basural del barrio de Parque Patricios, un linyera encontró el cuerpo calcinado de un chino de quien la policía no pudo obtener identidad alguna.
            Xiang Xiong tiene a su familia en Beijin. Desde hace dos años vive en la Argentina, y es el consejero Político de la Embajada de la República Popular China, por lo que luego de la aparición del cadáver, enfrenta al periodismo, preocupado cada vez que en los medios se habla de las actividades de la llamada "mafia china".
-¿Cómo explica -pregunta un reportero- que en apenas tres meses se registraran ochocientas cuarenta denuncias de extravío de pasaportes chinos?
-Oímos hablar de gestores, pero no tenemos pruebas. Se dice que existen algunas organizaciones... pero integradas tanto por chinos como por argentinos. Eso no es " mafia". Además, hubo muchos robos sufridos por nuestra gente, y los ladrones se llevaros sus documentos.
-¿Para qué supone usted que los ladrones argentinos querrían documentación china? - inquiriere otro periodista.
-Yo no creo que la quieran para nada en especial, pero se la llevan junto con las billeteras u otras cosas personales que roban.
-Para usted -presiona una joven notera-, ¿no es ésta una maniobra de la mafia china?
-Señorita. Yo puedo afirmar rotundamente que no ha existido ni existe en la colectividad china de la Argentina, una organización tipo mafiosa. A veces, sorprenden crímenes muy crueles, pero eso puede atribuirse a enemistades personales. Hemos oído casos de pago por protección. Puede haber algunos criminales o pequeños grupos de criminales, ¡pero no!, en la Argentina no existe la "mafia china".
-Esos criminales -se suma otro reportero-, ¿cómo entraron a la Argentina? ¿No tenían antecedentes cuando llegaron?
-Yo no dije que los criminales tuvieran antecedentes al ingresar al país. Si los inmigrantes chinos tienen antecedentes, y los identificamos, entregamos la evidencia a la Policía.
-¿Y cuántos casos hubo hasta ahora? –insistió el periodista.
-No. Hasta el momento no tuvimos ninguno.
-¿Hay mafia en China, señor Xiong? -volvió a preguntar la muchacha.
-De ninguna manera, señorita. Sí se comenta que hay mafia china, coreana o japonesa, en Canadá o Estados Unidos. He oído decir algo de esto pero no lo puedo confirmar...
            Mientras tanto, en Fu chin, al sur de China continental, aquella región superpoblada y con escasas tierras para el cultivo, de la que proviene el ochenta por ciento de los inmigrantes chinos dispersos en todo el mundo, un joven llamado Hu Feng Kung sale de su casa decidido a firmar en una oficina de mala muerte, un contrato para trabajar en un supermercado argentino. A pocas cuadras, una familia espera que La Organización la haga viajar a Buenos Aires, cuando papá Xie Shu Tao pague por fin su deuda de veinte mil dólares. Yan y sus hijos no saben que esperan en vano. Los muertos tampoco pueden pagar…

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Fénix
¡Hasta el próximo cuento!

4 comentarios:

Adela Inés Alonso dijo...

El abuso de la necesidad de hombres y mujeres, creo que, junto a las conductas abusivas sobre los niños, es la conducta de los (in) humanos que más me enervan. Humanos ( transformados por los in-humanos en objetos) usados como moneda de cambio, mientras nada pasa por aquí , nada pasa por allá… Parece que lo se calla, o lo que se niega, no existe. Terrible Daniel, se lee de un tirón, y agita. Ojalá fuera un cuento.

Mercedes Raquel dijo...

Dejan de ser personas para transformarse en moneda de cambio... que indignante que todo esto pase y se sepa, y quienes deben no hacen nada al respecto...
Muy bueno el cuento, lástima que de cuento no tiene nada, es la pura realidad.
Cariños.

Iris Leda dijo...

Un relato que te pone la piel de gallina, terrible Daniel. Las mafias destruyen al ser humano, lo denigran y lo matan. Mostraste muy bien la explotación de quienes sólo buscan sobrevivir. Te felicito.

Un bf.
Iris.

Nuria dijo...

Tu relato está lleno de una angustiante realidad.
Por otro lado, la trata de personas incluye la venta de gente, que es sometida a las más duras formas de vida. Cuando no les son útiles ya, se convierten en desechables.

Beso,
Alicia.