viernes, 15 de julio de 2011

LOS BARRILETES DE JUAN

Al terminar el partido de fútbol con los chicos del barrio, en el baldío de la calle Congreso de Tucumán, corríamos a tomar agua de una oxidada y vieja canilla que goteaba permanentemente, en el piletón de lavar ropa.
A su lado un excusado y dos viejas paredes que recostadas en las medianeras, sosteniendo un techo de antiguas tejas españolas, querían parecerse a una vivienda. Arriba secándose al sol, varios atados de cañas.
La letrina, con puerta de tablas tenía un agujero en su parte superior para la ventilación. Seguramente el carpintero quiso hacer un triángulo isósceles con el vértice hacia arriba y quedó solo eso; un agujero en la madera.
Apoyado a la pared que sostenía la pileta un fuentón de zinc, con varios abollones a la vista, que usaban también para lavar la ropa propia y ajena o bañarse en la cocina.
Allí vivió el primer amigo que tuve en mi infancia.
Las aguas corrían libremente por una zanja en la tierra, al costado de la pared hacia el fondo del terreno. Allí crecía nuestro principal tesoro; cañas... cañas comunes, largas y gruesas, que cortadas y secas usábamos para nuestros juegos y muy especialmente en la fabricación de barriletes. Nos ocupábamos de mantener limpia la zanja de yuyos y espumas malolientes para que llegara el agua hasta las cañas y algunos maíces que la madre protegía. Recuerdo que con algunos rizomas de cañas, se preparaba un té que, decía, era muy bueno no se para qué cosa.

Tres álamos altos y viejos apuntalaban por algunos metros la pared del fondo. Cada año pensaba que ese sería su último invierno y que los vientos de agosto la derribarían. Pero no, todavía estaba de pié, cada vez mas inclinada, como resignada a su suerte.
Juan decía que iba a cortar algunas estacas de esos álamos, las va a poner en el agua quince días o más y después las va a plantar a lo largo de la otra pared. Me pedía que lo ayudara.

Una habitación con piso de tierra, con una pequeña ventana a no más de un metro de la vereda de tierra. Se ingresaba por la cocina, oscura, pintada de humo. Era el lugar más importante de la casa. Un fogón en un rincón con un caño que cruzaba por encima del fuego, casi siempre encendido, sostenía una olla negra de hierro fundido y a su costado una pequeña parrilla, una pava, un mate y yerbera de madera, algunos frascos, tres bancos, una mesa y una fiambrera colgada en un rincón con puerta de alambre tejido, completaban el mobiliario.

El perro, galgo y flaco dormitando al lado de la puerta custodiaba unas latas con modestos malvones, de flores rojas y rosadas, arrimados a la pared. Después supe que ese animal les ayudaba a cazar algunas liebres para comer. Cuando entraba a la cocina, apenas levantaba sus párpados para mirarme. Si pudiera hablar diría; Ah... ¿sos vos?

De noche es muy guardián -afirmaba Juan.

Juan, hijo único de madre viuda, era mayor que yo. Casi no tenía amigos. Pocas veces jugaba al fútbol con nosotros y cuando lo hacía se cansaba, transpiraba mucho y se escondía rápidamente en su casa.

Su madre, Nalú, vieja, no solo por su edad sino de tantos sufrimientos me estimaba lo suficiente como para distinguirme entre todos los chicos y permitirme entrar a su cocina. Allí el olor, no digo un aroma, se pegaba en mi ropa y lo llevaba conmigo varios días. Por aquellos años no nos cambiábamos frecuentemente. Era una mezcla de olores: a kerosén quemado de los dos faroles, brazas del fuego cubiertas de ceniza, hedor a humedad y a tabaco negro fuerte y viejo. Al oscurecer Juan se subía a uno de los bancos y girando una ruedita aumentaba la mecha de los faroles y con ella su luz. Algunas noches me encomendaba a mi esa tarea y al bajar del banco le preguntaba a Nalú ¿Están bien así? Esperaba inútilmente que aprobara mi trabajo.
Allí me contaba cosas de Juan y de su apellido, de origen español; Piedrabuena no como el suyo: Cayuqueo, bien mapuche. Tenía la piel oscura, arrugada y cabellos negros con algunas canas. Sus ojos chiquitos, negros, como bolitas pecadoras, y vivaces, siempre en movimiento, como buscando algo que no había encontrado. ¿La felicidad tal vez?

Por las tardes sentada en su banco, lentamente preparaba su pipa artesanal; tomaba una pizca de tabaco negro de su tabaquera de cogote de ñandú. Esta se fabricaba pelando y se sobando el cogote. Se lo cortaba a lo largo a unos treinta centímetros, dejando un bolsillo al final que se cocía con tientos finos. Se lo llenaba de tabaco y con el resto del cogote se envolvía con varias vueltas. Una vez apretada la pipa, con su mano levantaba una brasita del fuego y la encendía. Después de algunas pitadas cerraba sus ojos y hablaba y hablaba mezclando palabras en español y en dialecto. Cuando la escuchaba, debo reconocer que algunas veces no lo hacía, me costaba entender lo que decía. Otras tardes, fumaba en interminable silencio, que yo no interrumpía por nada del mundo.
Dentro de la casa Nalu siempre usaba chancletas de alpargatas viejas. Solo se ponía zapatos cuando iba a cobrar la pensión del marido o hacer el pedido al almacén. A veces venían de la jefatura de policía a traerle el sobre con el dinero.
-¿Y cómo anda doña Nalú? -era la pregunta de rigor.
-Aquí estoy... seca, como siempre -respondía.
¿De dinero? me preguntaba yo o seca de lágrimas, de tanto llorar.
-¿Todavía no consiguió novio?
-Ya no quedan hombres por acá -les respondía y sonreía.
Sin duda era una sonrisa de tristeza.

Esa extrema indigencia no cambió mi actitud hacia Juan. No sabíamos de enfermedades contagiosas y la peste de polio, dijeron, había pasado.

Después de clase llevaba dos puñados de masitas sueltas y el cuaderno con los deberes de la escuela. Juan era muy inteligente, solo le faltaban los medios que teníamos otros chicos que habíamos pasado la línea de pobreza, como decía mi padre.

¿Y Juan -le pregunté una vez -de qué murió tu papá?
-Murió de tanto hacer guardia” -me respondió Nalú, con una carcajada que terminaba en carraspeo y tos, con fuerte olor a tabaco.

Así me enteré que su padre había sido policía del territorio nacional de Río Negro, en un puesto vecino a la meseta de Sumuncurá. En ese paraje se conocieron, se juntaron y nació Juan. Cuando el papá enfermó lo trasladaron a Viedma; por eso él, había comenzado tarde las clases.
La escuela me quedaba casi de paso por su casa. Así es que algunos días, cuando mi tía no me llevaba en auto, entraba a su cocina. Una vez lo sorprendí con un rompeviento azul gastado que le había visto a otro chico. Juan me miró a los ojos sin decir nada mientras se colocaba el guardapolvo blanco. Maravillosa idea, que igualaba a todos; a ricos y pobres.

Después de tomar la leche, Juan subía al techo y bajaba un atado de cañas secas para hacer un barrilete.

¿Cuál vamos a hacer?- le preguntaba.

-Hoy vamos a hacer una estrella de ocho puntas, que son las verdaderas estrellas -me explicaba.

Entonces colocaba todo arriba de la mesa; las cañas, el hilo de atar de algodón, el engrudo, que el mismo preparaba y el papel especial para barriletes que yo llevaba. Con cinco centavos me daban tres hojas. Casi siempre elegía los colores fuertes o azul y oro, como los colores de Boca.

De la caña más derecha, cortaba cuatro varillas que afinaba lentamente. Luego le hacía una muesca a cada una de ellas a un centímetro de las puntas y las ataba por el medio formando octavos. Cuando comprobaba que habían quedado bien firmes comenzaba a pasar el hilo por las puntas, alternadamente y con cuatro puntas quedaba formado un cuadrado. Después repetía el procedimiento con las otras formando otro cuadrado. Así el hilo dibujaba una estrella de ocho puntas. Ponía el papel sobre la mesa, encima las cañas atadas y lo iba cortando siguiendo el hilo, dejando un borde para doblar y pegar.
Cuando estaba terminada, le ponía los “tiros”; uno al medio y dos en las puntas laterales. Luego, la cola de trapos que era siempre la misma para todos los barriletes.
-Ahora hay que esperar que seque bien- aconsejaba Juan -sino se empacha.

Otras veces hacíamos un cubo o un cajón ( de esos que no tienen cola), un barco, un cuadrado o un rectángulo con papel de diario que lo usábamos para derribar los barriletes de los otros chicos atándole una “gilé” en la cola. Nunca, que yo recuerde, derribamos alguno, pero igual nos temían.

No siempre remontábamos barriletes; en pleno verano, después de almorzar, cuando el calor silenciaba todo, escapaba hasta la casa de Juan. Si había conseguido veinte centavos compraba dos helados de vainilla al heladero que pasaba por la esquina haciendo sonar su corneta. Él me esperaba con su gomera lista en las manos, con horquilla hecha con hierro de seis milímetros, se ufanaba y mango forrado con hilos de colores. Yo llevaba la mía, mas sencilla, hecha con una horqueta de mimbre seco. Nos marchábamos, como quien va a cazar a la selva, a unas cuadras por detrás del hospital y antes del canal. Allí había un pozo, no muy profundo pero del tamaño de dos manzanas juntas dónde los carros descargaban la basura. A veces nos juntábamos hasta diez chicos y apostados detrás del terraplén, cada uno con su honda cargada, aguardábamos la llegada de las gaviotas que habíamos bautizado “las basureras”. Nos arrastrábamos como los soldados saliendo de las trincheras, como habíamos visto en el matinee, hasta acercarnos a tiro de honda.
Las gaviotas volaban sobre el basurero y de vez en cuando se lanzaban a levantar algún desperdicio. A veces con un trozo de vísceras colgando del pico se posaban más allá del alcance de nuestras armas y entonces todo era un revuelo de picos y alas luchando por un bocado. Una sola vez vi derribar a uno de esos pájaros. Fue cuando el “chileno” Sire con su honda, que nosotros conocíamos como honda chilena le pegó a una gaviota en pleno vuelo. Usaba la misma honda que yo había visto en una revista religiosa con la imagen de David arrojándole un tremenda piedra a Goliat. Lo que no decía la historieta es que después de derribarlo, David le quitó su espada y le cortó el cuello.
La cabeza y un cuarto del cogote de la gaviota asomaban del bolso de llevar herramientas del “chileno” que agrandado caminó por el terraplén del basurero hasta la calle.
Algunos chicos lo envidiaron. A mi me daba lo mismo. Solo pensé en la vida de encierro que le esperaba a la gaviota basurera. Había perdido definitivamente su libertad.

Un domingo, ya de noche, y por la puerta del costado Juan vino a mi casa con un barrilete nuevo.

-¿Dónde aprendiste a hacerlos? - le preguntó mi madre.

-Yo sólo nomás, señora, “nel” campo.

-Esperá Juan, ya vengo -y mamá regresó con una ollita con fideos caseros y estofado que habían sobrado del mediodía y seguramente sobrarían también de la cena.
Juan conservó la ollita para llevar comida, y todos los domingos, casi de noche la traía, envuelta en un papel de diario y un barrilete de regalo.
-Tomá Gringo -decía -este es nuevo.
Así pasaron el verano y el otoño y llegó el invierno con sus vientos fríos del sur. Entonces ya casi no íbamos a remontar barriletes al baldío.
En uno de esos largos, aburridos y tristes domingos, habíamos terminado de cenar, pero aún permanecíamos en la cocina; mi madre sin decir palabra y con los ojos muy brillantes, tapó y corrió la olla grande de fideos y estofado.
-Al ver lo que hacía le pregunté: ¿No vino Juan?
Mamá se dio vuelta, me miró, y muy despacio me dijo: Juancito falleció ayer.
Después de un largo silencio y queriendo comprender le pregunté: ¿Y de que se murió Juan?
-Tuberculosis- dijo en un susurro- lo llevaron enseguida... estaba muy enfermo.

Nunca volví a la casa de Juan, tampoco supe nada de Nalú. Deje de ir al baldío de la calle Congreso de Tucumán.

Han pasado muchos años, pero aún hoy cada vez que veo un barrilete volando me acuerdo de mi amigo Juan. Seguramente también estará allá controlándoles los “tiros” o que el engrudo esté bien seco para que no se “empache” y así pueda subir más arriba, más arriba.

5 comentarios:

Daniel Angel Ríos dijo...

Excelente. Es un cuento fantástico, lleno de imágenes y vivencias, y tiene un sabor especial para alguien como yo, que muchas veces ha fabricado barriletes, aun con papel de diario.
Está muy bien escrito; las descripciones son perfectas y sobre todo, es lo que se dice, un cuento. Me gustaron los personajes y esa comunicación entre dos chicos de clase diferente, que en otros tiempos (no sé ahora) se daba no sin poco frecuencia.
Felicitaciones.
Daniel

Adela Inés Alonso dijo...

Hermoso cuentísimo José Luis. De la vida pura pura pura, de cuando se es niño, y de esos recuerdos puros que quedan tallados de un modo tal, que aunque hayan pasado muchos años, todo vuelve a revivirse cuando se ve un barrilete. Es vívido tu cuento – y contrasta con la idea que de los niños del presente tenemos, por eso un poquito duele– con hermosas descripciones en las que transferís todo, con un punto de vista claro y definitivamente emotivo. Me encantó la imagen de Ñalu, “Tenía la piel oscura, arrugada y cabellos negros con algunas canas. Sus ojos chiquitos, negros, como bolitas pecadoras, y vivaces, siempre en movimiento, como buscando algo que no había encontrado. ¿La felicidad tal vez?”
Un beso,
Adela

MELIPAL dijo...

Hola Adela: Gracias por tus hermosos comentarios de mi cuento recuerdos "Los Barriletes de Juan" Te quiero decir que si bien es un cuento, mi amigo existió, su apellido es real, su humildísima casa existió, los barriletes que me traía los domingos y se llevaba la ollita con comida tambien y su muerte cuando tenía 14años... Pero hay algo en tu comentario que no comparto; no me llaman Jose Luis sinó Jorge Umberto( sin hache)Malpeli (a)Melipal Besos Jorge

Iris Leda dijo...

Hola Jorge, me alegra verte por estos lares y con un relato hermoso. Es conmovedor el recuerdo de Juan, un amigo entrañable de la infancia. Bien escrito, la trama te va llevando hasta el final sin cansar, por el contrario, con el placer de sentir lo que el autor quiere transmitir sin golpes bajos. Me super gustó.

Un bf.
Iris.

Nuria dijo...

¡Hola Jorge -Melipal! No había tenido el placer de leer cosas tuyas. Este relato lleno de ternura, ¡me emocionó! ¡Te felicito!

Cariños,
Alicia.