lunes, 11 de julio de 2011

LA INTEMPERIE


Era chirlo el barro, la cantidad de agua que había caído, la tierra finita, la ausencia de sol durante la última semana y la maldita humedad típica de invierno con sus días cortos, ahondaban su estado de ánimo; por más que recalentase el mate cocido, dejara encendida las hornallas, cerrara las celosías y colocase papel de diario por debajo de las puertas para evitar las filtraciones del frío, no encontraba el modo de templar el ambiente. Si hubiera estado Lalo lo habría resuelto para sí, tomando ginebra desde temprano y pronosticando que todo como viene se va. Que es cuestión de saber esperar, nomás.
“–Si hasta el amor que es bueno Negra se va como viene, ¿cómo no se va a ir el frío cuando es malo?” Lalo, se había levantado aquella mañana de otro invierno con intenciones de arreglar las chapas del techo de la cocina que con el último ventarrón se habían aflojado y de ajustar los clavos en las sillas para que no estuvieran siempre enclenque y pudieran sentarse a tomar mate, o a comer como cristianos. De la bomba de agua ya había dicho que no sabía cómo hacer para arreglarla, pero sí a los postigos, a los que estaba hasta dispuesto a pintar ni bien llegase la primavera cuando el clima fuese un poco más seco.
Las velas consumidas durante la noche habían saturado las habitaciones de ese olor amargo inconfundible que enturbia hasta lo más claro, quizá por eso, Elisa, pensó por un instante que justo ese día, en que nada iba a poder hacer, era más que propicio para pensar en su vida.
Cuando apenas pasada la adolescencia se había ido de la casa de la madre, si de algo estaba segura era de que no repetiría su historia, por eso había llegado a aquel primer pueblo a buscar trabajo alejándose del campo que parecía ser la fuente de lo sombrío y quieto. La fábrica necesitaba operarias y ella necesitaba trabajo porque hace falta comer para ir viviendo. Y ahí trabajó por dos años, viviendo en la pensión, hasta que la despidieron con causa como le dijeron en personal, porque se fue un día sin aviso y regresó a la semana. Que explicara que había muerto el primo y que de improviso le avisaran a la noche y que tuviese que trasladarse a las apuradas haciendo dedo para llegar al entierro de Coco con quien tanto habían jugado de chicos, no parecía estar contemplado en el contrato de trabajo, ni que hay sentimientos y momentos que tapan la norma, y entonces una se olvida de las obligaciones. Se fue sin hacer ni decir nada, no porque no supiera de los derechos que como trabajadora también tenía, porque la delegada había ido a explicarle. Se fue porque estaba en la creencia que una no debe trabajar ni estar en ningún lugar donde no se es bienvenida. Entendía sí que algo de importancia tenía el control de las tapitas de las botellas, pero comprendía también que su tía, la madre de Coco, la necesitaba esos días, recordó que más de una vez ella, le había planchado el guardapolvo, la había alojado en su casita sin preguntar nada y le había dado de comer cuando en su casa no tenían ni pan duro.
Cuando llegó al segundo pueblo tenía hambre y no tenía con qué pagar, pero como estaba bien vestida se sentó en la confitería frente al club social. Y pidió un chocolate caliente con masas y un cenicero. Llevaba un bolsito pequeño con algunas ropas. Al rato le trajeron un diario. Y pidió un panqueque de manzana y un té y comenzó a pensar cómo haría al momento de la cuenta. Cuando terminó de comer, llamó al mozo para preguntarle dónde podía comprar cigarrillos, y una vez que el mozo le indicó, le pidió que le mirara las cosas hasta que volviese en unos minutos con los cigarrillos, que estaba esperando a alguien.
Caminó trece cuadras hasta llegar a la ruta, hizo dedo y subió al primer auto de un matrimonio que paró, para bajarse en el primer pueblo que tuviera a la vista.
Había llovido, y en los caminos linderos el barro estaba chirlo, cuando bajó del auto. Comenzó a caminar que era más un arrastrar los zapatos con los pies para no caerse. Dos cuadras caminó esquivando piedras y alambres de púa, pero resbaló por el barro chirlo al costado de la zanja y un hombre que venía al galope a caballo, la ayudó a levantarse. Fue así que lo conoció a Lalo, arriba del tobiano parecía más grandote, más hombre, quizá por eso, con él, se fue para su rancho, o quizá sólo porque ya estaba anocheciendo y en algún lado tenía que dormir.
Lalo era un hombre nomás, llano como la pampa, tristón como los sauces que ya no quedan por acá, querendón de ese modo como la tierra quiere al agua aunque la transforme en chirla y frágil, sumamente frágil, como la llama de la vela cuando se va apagando, pero por sobre todo, consciente de que no todo, es circular en la vida.
“–Todavía vos estás a tiempo de aprenderlo, Elisa…”

Fin

 

5 comentarios:

Nuria dijo...

Estos cuentos, con aroma a campo y con personajes tan entrañables, se te dan muy bien.
Un regocijo leerlo.
Beso,
Alicia.

Iris Leda dijo...

Buen relato Adeli, me gustó y me gusta.


Un bf.

Iris.

Mercedes Raquel dijo...

querida Adela, nada mejor que la fragilidad que le da a uno el AMAR... sin más...
me encanto tu cuento, lo lei antes y me encantó.
Lo vuelvo a leer y siempre me queda lo de la fragilidad del AMOR, tan frágil como esa tierra que es penetrada por el agua...
besitos.

teresita dijo...

Me gustan los cuentos camperos- será porqué ahi me crié?- me encanto tu historia de amor tan fragil como una mariposa- besos Teresita

Daniel Angel Ríos dijo...

Toda una historia repleta de imágenes. La vida a veces es dura, incomprensible, pero al mismo tiempo mucho más sencilla de lo que se piensa, para bien o para mal. Un cuento que entretiene y golpea el pecho.