Hubo en las islas de la India y de la China, un rey llamado Schahriar, que engañado por su esposa con un esclavo, acabó con la vida de ambos pérfidos. Descreído eternamente de la fidelidad de las mujeres, para evitar una nueva traición resolvió desposarse cada noche con una dama diferente, y hacerla degollar apenas despuntara el día.
El sultán encomendó entonces a uno de sus visires, conseguirle las sucesivas esposas, y éste, cumpliendo los deseos del monarca, recorrió una tierra después de otra tierra, llegó a un pueblo después de otro pueblo, y golpeó en una casa después de otra casa. Meses más tarde de la primera consorte degollada, enterados de lo que sucedía, los padres del reino comenzaron a huir con las hijas que les quedaban, hasta que una tarde, por más que buscó y buscó, el visir no pudo encontrar ninguna muchacha, y regresó a su casa aterrado pensando en la segura ira del rey. “¡Oh amado y abatido padre! -dijo entonces Schahrazada, hija del visir-, tengo un plan para salvar a las doncellas musulmanas de la crueldad del sultán, y para llevarlo a cabo, deberás casarme con él”. "¡Por Alah sobre ti! -respondió el visir– No seré yo quien apruebe la muerte de mi propia hija”.
A pesar de aquella negativa inicial, la pertinaz insistencia de la muchacha la llevó a desposarse con Schahriar, y la noche de bodas, ella, que había leído los libros, las leyendas de los reyes antiguos, y las historias de los pueblos pasados, y que muy elocuente como era daba gusto oírla, valiéndose de un ardid hizo que el sultán se prestara complacido a escuchar una historia contada de su boca, pero la astuta Schahrazada, contó y contó hasta que el rey agotado y complacido, echóse a dormir, y la historia quedó pues incompleta.
A la mañana siguiente, movido por la curiosidad, el rey permitió a su esposa vivir otro día para que el relato fuera terminado, así entonces, por la noche la reina concluyó la historia, pero inmediatamente comenzó otra que de nuevo dejó irresuelta. De esta manera, Schahrazada narró a su esposo relatos enmarañados y fascinantes durante mil y una noches, aplacando la barbarie del rey, y salvando a su pueblo de un interminable baño de sangre.
Hasta aquí, lo conocido por los hombres, pero hubo una historia que la reina jamás contó al sultán, una historia que conoces Tú, Alah, ¡oh Rey de reyes!, una historia perdida de las mil y una noches que yo sí escuché de los labios de la soberana, y juré y quise callar mientras ella viviese, pues Schahrazada temía que llegara a oídos del rey, y él tomara venganza en su contra. ¡Oh Alah! ¡Gloria a Ti, Señor Creador!, esta noche has mandado a buscar a Schahrazada para llevarla a tu reino, y yo puedo liberar esta historia que vivió encerrada en mi corazón, como el efrit descubierto por el pescador vivió encerrado en el enorme jarrón de cobre dorado, arrojado al mar y abandonado allí ¡por tantos años!, ¡oh mi Señor!, que pisaron el suelo bendito de tu reino, de los hombres de aquellos tiempos, los tataranietos de sus tataranietos, y once generaciones más.
¡Oh Alah! ¡Bendito en las alturas!, yo, Dahir, por tu gracia, hoy aquí en medio de la inmensidad de las arenas, le contaré a los vientos del desierto para que la lleven a cada rincón del reino, la perdida historia del efrit, la reina, y el ave canora.
Por Schahrazada he llegado a saber, que en un fantástico alcázar en La India, vivía una hermosísima reina colmada de honores y riquezas. Vestía ella con trajes de sedas y de oros; realzaban su belleza gemas preciosas traídas de tierras remotas; y cien jóvenes esclavas cuidaban de complacer sus antojos, y satisfacer sus necesidades. La sultana poseía innumerables objetos artísticos de oro, plata, y otros metales preciosos, labrados por orfebres sin igual, y una habitación colmada de cofres, unos hasta los bordes llenos de monedas y lingotes de plata, y otros colmados de dinares de oro. Era una gran merced del Generoso su existencia plena de lujos y comodidades, sin embargo, la reina no hallaba felicidad, pues casada en contra de sus sentimientos, su gran amor no era el sultán, sino un joven mercader al que extrañaba cada noche y cada día. Inmersa en sus pesares, estando una tarde en los jardines de palacio, se lamentó mucho y recitó estos versos: "¡Cesad, tormentos de mi alma, y apiadaos de mí! ¡Qué desconsuelo! ¡Sobre la tierra ninguna pena iguala al dolor del bien perdido! ¡Oh amado mío, la claridad de tu sonrisa radiante disiparía las sombras de mi corazón! ¡De palacio salgo a veces buscando la fortuna de cruzarte en el camino, tan sólo para verte, pero la impiadosa fortuna me es esquiva!"
Repentinamente, un efrit que la escuchó lamentarse apareció ante ella, y cautivado por su belleza prometió ayudarla, tras lo cual desapareció por un instante para regresar con una extraña ave canora, de plumaje brillante y multicolor. “Nunca te separes de ella -dijo el efrit- pues cuando te sientas sola, aliviará los dolores de tu espíritu y las carencias de tu cuerpo”.
Esa misma tarde, Annuar el orfebre se presentó con la reina acudiendo a su llamado, besó la tierra entre sus manos, y luego de colmarla de bendiciones dio oídos al pedido de su soberana. “Escucho y obedezco”, respondió, y al día siguiente regresó con una magnífica jaula de oro para el ave.
Decíase entre los cortesanos, que el canto grato y melodioso de aquel pájaro maravilló al sultán, tanto, que permitió su permanencia en los aposentos de la reina. Decíase también, que el animal retribuyó ese gesto silenciándose cuando el rey se ausentaba de palacio.
A partir de la compañía del ave, y tal como había anunciado el efrit, la reina recuperó su alegría pues los dolores de su espíritu y las carencias de su cuerpo fueron aliviados, y tanto ella cuanto el monarca vivieron infinitamente felices.
Hasta aquí, lo conocido por los hombres, más nunca supo nadie que en ausencia del sultán, se rompía el hechizo secreto que pesaba sobre el ave, y esta volvía a su primitiva forma humana, convertido en quien era en realidad, es decir, en Dahir, aquel mercader amor primero y último de la dulce y bellísima Schahrazada, pues es de ella de quien estoy hablando.
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Dicho esto, el hombre que contaba a los vientos del desierto la historia perdida de las mil y una noches, recuperó su forma de ave canora, y perdióse para siempre en los cielos de La India, rogándole a Alah que lo dejara volar hasta donde sea que estuviese Schahrazada. Y si esta historia les ha parecido interesante, no se compara con la del camello y el grano de arena, pero a esa quizás alguien la cuente mañana, cuando despunte el alba…

2 comentarios:
¡Me encantó!
Hacía un tiempo que no leía este estilo de relato.
¡Qué personajes! Los sentimientos del ser humano muy bien relatados; amor, odio, venganza, misterio y más; dentro de un marco que desborda imaginación.
Cariños,
Alicia.
Buenísimo Daniel, hombre y ave en una misma búsqueda. El amor. Un relato que atrapa desde el principio hasta el final. Bien escrito. Te felicito.
Un bf.
Iris.
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