COLORADO EL 23
Pasó mucho tiempo. Ahora volvió a entrar. Para demostrarle que lo había derrotado. No apostaría. Sus ojos verdes eran cautelosos. "Él”, asechaba.
En el bar pidió un güisqui, y luego fue a apoyarse contra una mesa de ruleta vacía. Disfrutaría del show musical, atento al ataque del maléfico "Señor del Casino".
Al tiempo llegó el “Amo” del lugar. Sus ojos rojos desafiaron a los verdes de la antigua presa. Habilitó la mesa y echó a correr la bola. Ella y la ruleta giraban describiendo círculos ilusorios de direcciones opuestas e intenciones coincidentes.
“¡Colorado el 23!”, dijo el Amo de los ojos rojos cantando el número que siempre jugaba su rival de ojos verdes. “¡Colorado el 23!”, insistió con la segunda bola. “¡Colorado el 23!”, machacó con una tercera...
Dos horas después, la presa partía vencida. Ya en su auto, miró el espejo retrovisor y vio un par de ojos rojos. Giró furiosa, vengativa, pero el asiento posterior estaba vacío. Entonces, lentamente volvió a observar el cristal, para encontrarse con un par de sometidos ojos rojos... antes libres y color... verde.
LA BOLA BLANCA
Saltó de la ruleta -yo había perdido todo-, me pegó, y sentí que se devoraba mi dignidad. Sobre el piso aumentó su tamaño al de una pelota de básquet y comenzó a perseguirme. Me asusté. Advertí su insatisfacción. Corrí entonces hacia la salida arrojando a su paso mi reloj de oro y la alianza de casamiento. Los embuchó y creció más. Con torpeza dejé caer las llaves del auto que le sirvieron de tónico, e irracionalmente llegué hasta el coche, pero ella apareció para comérselo. Mi negocio estaba a tres cuadras y fui hacia él en busca de la camioneta seguido por la bola. Ella masticó el local pero pude huir. Necesitaba un refugio. Persiguiéndome, veinte minutos más tarde la esfera gigantesca engulló mi casa, y media hora después mi fábrica. Desesperado tomé la ruta y aceleré hasta quedarme sin nafta. Bajé de la camioneta mientras la bola la tragaba y corrí, pero caí tras doblarme el tobillo. Ahora estoy a su merced. Se detuvo ante mí... Me observa... Disfruta... No sé qué más querrá. Sólo me queda la vida.
EL ZOOLÓGICO
Observándolo todo, él decía:
- El zorro fuma su habano y se retuerce los bigotes al tiempo que cuenta las fichas que ganó en la última bola. Su sonrisa muestra un destello de luz en el colmillo izquierdo. El chancho en cambio seca su transpiración hedionda y maldice al 26, que no salió en toda la noche y lo está llevando a la bancarrota. El caballo corre de un lado a otro del casino jugando en varias mesas, perdiendo en unas lo que gana en las otras. El mono grita, habla con todos, molesta, opina, y no juega nunca. La jirafa parece estar en otro mundo, va y viene con aire distinguido estirando su cuello para chusmear, pero no dice una palabra. La gata joven y tramposa le hace arrumacos al viejo elefante que pone y pone todos los tiros, sin acertar nunca. La urraca y el cuervo...
Repentinamente, alguien interrumpe al solitario orador...
- ¿Qué decís, Cacho?... Zorro, chancho, caballo, gata... ¿Te volviste loco?.
- ¡Loco no, Beto!... ¿Te fijaste cuánto espécimen raro hay aquí?... ¡Decime si esto no parece un zoológico!.
Era cincuentón y solitario. No vivía en la ciudad. Lo llamaban El Señor Cero. Durante doce años, cada 30 de noviembre llegaba al casino a las once de la noche para ejecutar una especie de rito: en la misma mesa de ruleta, jugaba un pleno al cero, y cuando salía el número ganador, se marchaba silenciosamente. Corrían muchas historias sobre él, pero nadie sabía por qué lo hacía.
Aquella noche repitió la ceremonia, pero esta vez ocurrió lo que sólo había sucedido en una oportunidad, doce años atrás: el croupier cantó cero, y pagó su apuesta.
Más tarde, en la calle, un mendigo con 36 fichas en su mano, contaba que luego de regalárselas, El Señor Cero había caminado unos metros, y tras mirar al cielo sonriente y exclamar, “por fin me aceptaste Señor”, se había descerrajado un tiro.
Doce años atrás - ahora se sabe - después de acertar el cero, él siguió jugando para aprovechar la buena racha, mientras su mujer y su hija, aburridas, dejaron el casino y volviendo a casa, hallaron la muerte en un terrible accidente carretero.
JUEGOS INOCENTES
No lo hacían por dinero. La única ambición era divertirse sanamente, y los entretenimientos propios del casino eran allí despreciados.
En un rincón se jugaba a la bolita en medio de cierto bullicio ensordecedor, y el peligro de romper algún cristal estaba latente, aunque el riesgo valía la pena. En otro, las piruetas de los dados buscaban a la esquiva generala que seguía negándose. En medio del salón, se hacía gala de habilidades para el chinchón, la escoba de quince, el culo sucio, el jodete, y la casita robada. Recorriendo aquel lugar, podían verse partidas de ta te ti, tejo, dinenti y tapadita.
Durante horas todo fue júbilo, pero repentinamente, el puntual reloj de pared dio la voz de alarma y la joranda lúdica terminó rápido. Fue el único momento de tensión entre los participantes. Debían moverse con prisa y todo tendría que quedar ordenado. Así fue que las barajas, dados, fichas, bolas, y cospeles, se acomodaron en sus puestos en un tris. El tiempo de la inocencia había terminado, pues el casino de la ciudad volvía a abrir sus puertas...
~~~~
Dinenti: conocido también como payana.
En el casino de la ciudad, el padre Antonio -que había dejado su sotana en la iglesia del pueblo- se paseaba nervioso tras perder el dinero que el gobierno le diera por el subsidio de enero. El juego era una válvula de escape para su reprimido instinto sexual, que provisto por Dios, la iglesia ignora en el cuerpo de curas y monjas.
Repentinamente, las luces se apagaron y todos allí quedaron estáticos, mientras la figura de Lucifer surgía frente al cura. Una luz roja salida quién sabe de dónde, los iluminaba...
-¿Quieres recuperar el dinero, Antonio?
-¡Claro!
Mágicamente, una mesa de tapete rojo apareció entre ellos. El diablo echó un dado... Seis.
-Será mi número -exclamó- Con cualquier otro recuperarás el dinero. Si pierdes, mía será tu alma.
-¿Con cualquier otro?
-Sí.
Antonio dudó, pero obligado por las circunstancias levantó el dado y lo arrojó sobre el tapete...
-¡Cuatro! -gritó eufórico- ¡Gané!
-¡Nooooo! -contestó el demonio sonriendo- Ese no es un número, Antonio. Sólo son cuatro puntitos. ¡Ya vendré por tu alma!.
Y las luces del casino volvieron a encenderse...
---ooo---
¡Hasta el próximo cuento!






3 comentarios:
COLORADO EL 23
Color verde: Me gustó cómo “personificas” aquello que esclaviza cuando la adicción se hace cargo de la vida, antes libre pero ya no-.
La bola blanca: Blanca hasta como símbolo de la muerte diría yo, blanca que termina con todas las cosas, y deja sólo la vida y tanto, si se puede remontar…Difícil, pero mientras hay vida …
LA BOLA BL
El zoológico: La selva en todo su esplendor, caracterizando las especies, sin darse cuenta Beto, de que también él es parte de lo mismo que califica.
El señor cero: El jugador y la repetición del rito en las apuestas, para encontrarse en otro lugar con lo que había perdido en otro juego tantos años antes.
Juegos inocentes: La contracara, el juego por el placer mismo de jugar, la inocencia en esa clase de disfrute, augurando su fin por la apertura del casino. Y la pregunta ¿serán los mismos del truco, el jodete y la casita robada, quienes frecuentarán el casino?
Payana. Escalas de valores y desvalores , y una pregunta que me hago. ¿tendremos los humanos espíritu pecador? ¿Por no cometer un pecado, elegimos cometer otro al que consideramos menos pecaminoso, o será porque es más cómodo?
Me gustó cómo en los diferentes minirelatos, has detallado la naturaleza del humano jugador, en tanto queda revelado el resultado de la adicción, que sea cual sea, siempre esclaviza y a su merced quedamos.
Cariños
Daniel, ¡tremendo relato!
Como todas las compulsiones es muy difícil vivir con ella y también sobrevivir lejos de ella. Esa necesidad irrefrenable.
Besos,
Alicia. :)
Seis excelentes relatos Daniel. En ellos aparece la palabra juego, juego tendría que traer aparejado; placer, entretenimiento, risa, deseo etc. y sin embargo sólo deja en tus protagonistas visos de tragedia.
Casi me convencés y deja de gustarme.
Un bf.
Iris.
Publicar un comentario