domingo, 31 de julio de 2011

APUESTAS

El atardecer vislumbraba muerte, y el sol se escondía lentamente detrás de las nubes, como no queriendo mirar aquel espectáculo estremecedor.
Arriba, a punto de ejecutar su número, Omar se inclinaba incrédulo observando la gran cantidad de público que apretujado, se había congregado para verlo. Abajo, los circunstanciales espectadores escudriñaban atónitos la silueta del hombre que encaramado a una de las cúpulas del templo, amenazaba con arrojarse al vacío. Las deudas habían llevado al improvisado acróbata a sentirse con el agua al cuello, con el mundo dándole la espalda y, como para tantos otros allí, mirara él hacia donde mirara, su futuro se adivinaba doblemente negro.
Arriba, el viento cálido y suave simulaba empujar al suicida, tratando de prevenirlo sobre lo que sería su trágico final, con la intención de asustarlo para que desistiera de aquella idea extrema y desesperada. Abajo, hombres y mujeres gritaban formando un coro caótico y anárquico, a veces suplicándole que bajara con cuidado; a veces invitándolo a tirarse de una vez por todas. Algunos rogaban por el hombre de la cúpula; otros lloraban y elevaban sus brazos al cielo con las palmas de las manos abiertas, como si así pudieran evitar la tragedia; algunos otros, y no pocos, simplemente reían ansiosos esperando el salto.
Arriba, Omar se sentía importante por primera vez, y comenzaba a convencerse de que ese era el gran acto de su vida, y de que no podía defraudar al público expectante. Abajo, reinaba la impaciencia.
Arriba, las primeras sombras de la noche que se aproximaba, apuraban el final del show. Abajo, corrían apuestas sobre si el desconocido de la cúpula se arrojaría por fin, o si aterrado, pediría auxilio para descender tembloroso y arrepentido.
De pronto, un ave curiosa decidió volar cerca de lo que para ella era un extraño congénere posado sobre la cúpula, mas pronto comprendió que sólo se trataba de un hombre y sin detenerse prosiguió su vuelo. Al verla, arriba, Omar llenó sus pulmones con el viento suave y cálido, y extendió sus brazos en cruz, imitando al ave...
Una hora después, abajo, los hombres y mujeres de aquel coro caótico y anárquico ya no estaban, y la vida continuaba.
¿Cómo? ¿Que si Omar se arrojó o no?... ¡Bueno!... si quieres saberlo tendrás que preguntárselo allá arriba a Allah, Dios, Buda o quien sea; o buscar allí abajo a alguno de los hombres y mujeres que presenciaron todo, para que te lo diga, a mí no me está permitido develarlo. ¿Que quién soy? ¡Eso no importa!, aunque… si insistes en saberlo, entrando a tus sueños podría responderte y también contarte qué fue lo que finalmente ocurrió aquel atardecer que vislumbraba muerte. ¡Eso sí!, antes tendrías que decirme por qué cosa habrías apostado tú…
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¡Hasta el próximo cuento!

3 comentarios:

Adela Inés Alonso dijo...

No hubiera apostado, hubiera subido de algún modo a la cúpula, para hablarle, para intentar hacerlo desistir, para intentar mostrarle del modo que en ese momento se me ocurriese, que en la vida todo va y viene, pero sólo mientras hay vida.
El tipo se suicidó, y a la hora no había rastros de nada, la gente o las autoridades, limpiaron "la suciedad" y la vida continuó y continúa, cada uno atendiendo su "juego" en casi total indiferencia porque una vida ya no lo es.
Es un cuento duro y real, muy bien escrito Daniel. Hay un cambio de ritmo, quizá ensayaría extrayendo el último párrafo, y lo concluiría en "y la vida continuaba."

Un beso,
Adela

Nuria dijo...

Daniel un cuento descarnado.
¿Y el valor de la vida humana?
¡Muy bueno!

Beso,
Alicia.

Iris Leda dijo...

Hubiera apostado algo que hiciera que viviera. Excelente relato Daniel de la vida misma.

Un bf.

Iris.