Apareció un día misteriosamente junto al río cercano -avisó un caminante mientras merendaba en el café más importante del pueblo. Era una sombrilla de un naranja rabioso que contrastaba con el verde de la rivera cubierta de césped, y con el acuoso azul del caudal ancho y haragán que dominaba el paisaje. Lo más extraño era que la sombrilla estaba abierta y clavada al revés, es decir, con la tela contra el piso.
Aquello pronto fue noticia en el pueblo y empezaron a surgir distintas versiones de cómo había aparecido allí.
Algunos supersticiosos y no eran pocos, le atribuyeron el hecho a la acción de Pico Pardo, un pequeño pájaro que cabía en la palma de una mano, protagonista de cierta leyenda que lo pintaba transformado en un ave colosal de garras enormes y pico curvo cuando alguien mataba a un pájaro silvestre. El Pico Pardo era capaz de devorar al culpable en tales circunstancias y seguramente -decían los supersticiosos- por matar un gorrión, un mirlo, un jilguero, un petirrojo, o quizás un ruiseñor, el pájaro mítico se habría engullido al infeliz dueño de la sombrilla, que terminó clavada de cabeza cuando éste intentó escapar de la ira del Pico Pardo.
Otros, los más sensatos y no eran muchos, argumentaron que el viento debía haber arrancado a la sombrilla del lugar en donde había sido clavada normalmente, y que luego de varios tumbos aquel adminículo terminó incrustado al revés, y que estaba allí por el simple olvido de un turista distraído, obviamente mal informado, pues aquella rivera no era un sitio en el que se solía tomar sol. La razón: una playa amplia de arena fina que estaba apenas a 3 kilómetros del lugar.
Los más desconfiados y eran la abrumadora mayoría, supusieron que el caso de la sombrilla invertida se debía a una maniobra del intendente para distraer a la opinión pública mientras perpetraba un nuevo negociado.
Como sea, ese día los supersticiosos no fueron hasta donde estaba la sombrilla por temor al Pico Pardo. Los sensatos pensaron que era mejor dejarla en su lugar pues seguramente el dueño pronto volvería por ella. Y los desconfiados se olvidaron del misterioso objeto y pusieron atención en los movimientos del intendente.
Por supuesto, la intendencia no hizo nada al respecto, para no abandonar su mentada desidia cuando de solucionar algo se trataba, y la sombrilla naranja aún estaba junto al río cuando la noche se apropió del pueblo.
A la mañana siguiente y ante el estupor de toda la comunidad, alguien alertó que ahora las sombrillas naranjas y clavadas al revés, eran dos...
Algunos supersticiosos y no eran pocos, temieron que fueran un signo del mal, endilgándole el acontecimiento a Gémelus, el dios que según una vieja leyenda duplicaba todo aquello que pudiera hacer daño. Según se decía, habiendo nacido gemelo, Gémelus -el más débil de los hermanos- fue ocultado y luego desterrado de la tierra de los dioses porque su madre no tenía la leche suficiente como para amamantar a sus dos hijos. Criado entonces por una hechicera, al crecer conoció Gémelus su propia historia y preso de ira prometió darle a Electidio -su hermano- el doble de cualquier sufrimiento que éste padeciera. Y cumplió, por eso la madre de Electidio murió dos veces; y habiendo perdido un ojo en un lance de esgrima, el desgraciado quedó ciego al poco tiempo por obra de su hermano; y una terrible tempestad que resultó el doble de violenta que la más intensa jamás sufrida acabó con la vida del pobre Electidio. El problema fue que la maldad de Gémelus no expiró junto con su gemelo, y sin enemigos a la vista el perverso dios la volcó en contra de los hombres.
Los más sensatos y no eran muchos, adujeron que seguramente el asunto de las sombrillas se trataba de una campaña publicitaria que empezaba de manera misteriosa para hacer hablar a la gente, hasta que luego de un tiempo razonable se diera a conocer el producto en cuestión, con la atención del pueblo puesta en ese tema.
Los más desconfiados y eran la abrumadora mayoría, aseguraron que alguna empresa multinacional, en connivencia con el intendente, estaba construyendo un nuevo balneario que una vez terminado sería privatizado y explotado por esa compañía, quitándole al pueblo la posibilidad de disfrutar de las aguas del río libremente. Con seguridad -decían- el intendente sería parte de aquella sociedad, o al menos recibiría un jugoso porcentaje de la futura recaudación.
Como fuera que hubieran sido las cosas, ese día los supersticiosos no se acercaron a las sombrillas por temor a Gémelus. Los sensatos esperaron a ver el resultado de la campaña publicitaria. Y los desconfiados estuvieron atentos a si el intendente compraba un auto nuevo, lujoso, e importado, con los dineros que sin duda recibía a cuenta de parte de la multinacional.
Como de costumbre la intendencia no hizo nada al respecto, para seguir fiel a su proverbial apatía cuando debía resolver algo, y las dos sombrillas naranjas aún estaban junto al río cuando llegó la noche.
A la mañana siguiente y ante el asombro de toda la población, corrió la voz de que las sombrillas naranjas y clavadas al revés, ya eran tres...
Algunos supersticiosos y no eran pocos, se espantaron imaginando que una sombrilla enterrada al revés parecía un número seis, que las sombrillas eran tres y por lo tanto representaban al número de la bestia, y augurando futuras desgracias dieron rienda suelta a su hexakosioihexekontahexafobia... ¡bueno!, para que se entienda, a su fobia por el número 666.
Los más sensatos y no eran muchos, opinaron que no había razón para asustarse, pero que de todas formas era necesario estar atentos al desarrollo de los acontecimientos, y que debía crearse una comisión de vecinos para ir hasta donde se encontraban las extrañas sombrillas, con el propósito de conocer la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo.
Los más desconfiados y eran la abrumadora mayoría, coincidieron en que las tres sombrillas marcaban un lugar que debería ser visto desde el aire. Seguramente con una sombrilla no alcanzó para que se distinguiera, ni con dos, pero que ahora con tres cualquier piloto de helicóptero lo divisaba sin problemas, y aterrizaría allí cuando recibiera la orden del intendente, para ir a buscarlo el día que éste huyera robándose los tesoros públicos.
Sea cual fuera la razón por la que las sombrillas estaban allí, ese día los supersticiosos no se acercaron a ellas por temor a la bestia. Los sensatos decidieron que debían empezar a hablar para constituir la comisión que iría al sitio en donde estaban las sombrillas invertidas. Y los desconfiados comenzaron a mirar hacia el cielo para detectar el sobrevuelo de algún helicóptero sospechoso.
Como fue siempre, la intendencia no movió un dedo por el tema, para mantenerse leal a sus costumbres cuando debía resolver algo, y las tres sombrillas naranjas aún estaban junto al río cuando volvió a anochecer.
A la mañana siguiente y ante la alarma de toda la población, se supo que las sombrillas naranjas y clavadas al revés, eran ese día cuatro...
Los supersticiosos, los sensatos, y los desconfiados, volvieron a dar sus razones para que sucediera lo que estaba ocurriendo, y al próximo amanecer las sombrillas fueron cinco, y un día más tarde, seis; y al otro día, siete; hasta que tiempo despulpes alguien dijo que las sombrillas eran ya quinientas, y que seguramente se trataba de una gradual invasión de seres extraterrestres.
Ese día, los supersticiosos decidieron vencer su miedo e ir hasta el lugar donde estaban las misteriosas sombrillas; los más sensatos con comisión y todo se unieron a los supersticiosos en el camino hacia las sombrillas; y los desconfiados resolvieron informarse “in situ” de lo que ocurría, y se encolumnaron tras los supersticiosos y los sensatos. En resumen, el pueblo entero -incluido el intendente- marchó hasta la vera del río cercano para ver con sus propios ojos a las “sombrillas invasoras”.
Caminaron los dos kilómetros que separaban al pueblo del lugar invadido por las sombrillas naranjas, y al llegar, todos y cada uno de los presentes quedaron boquiabiertos...
Unos a otros se miraron incrédulos; se preguntaron ansiosos; se sonrieron nerviosos; se reprocharon molestos; se decepcionaron en masa; y comprobaron disgustados que en aquel sitio, no había absolutamente nada. Las sombrillas naranjas y enterradas cabeza abajo nunca existieron, y sólo habían sido producto de las habladurías de la gente por un rumor echado a correr no se sabía por quien, pues en realidad nunca nadie las había visto.
Y fue así que ese pueblo aprendió que mucho mejor que atender a las supersticiones; que aferrarse a la supuesta sensatez; o que hacer un culto de la desconfianza; mucho pero muchísimo mejor, era simplemente mantener la boca cerrada e... ir a ver.
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¡Hasta el próximo cuento!

1 comentario:
Bueno al menos saben como movilizarse para no aburrirse en el pueblo. Aunque el aprendizaje fue bueno no creo que lo puedan llevar a la práctica. Terrible eso de mantener la boca cerrada. Excelente relato Daniel.
Un bf.
Iris.
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