Se trataba de un hecho desgraciado, pero asemejaba ser la escena de la última viñeta de un cómic aparecido en el diario del domingo. Un zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos, era lo único que se veía del desgraciado que acababa de perder la vida -naturalmente los conservaba puestos-, el resto de su humanidad estaba debajo del objeto que segundos antes le ocasionara esa muerte ridícula, estrepitosa, sonora, y ¿por qué no?, afinada; digna de la última viñeta de un cómic aparecido en el diario del domingo. Concretamente, al pobre cristiano a quien solo se le veía su pie derecho, desde el piso catorce y sin darle tiempo a intentar escapatoria alguna, le había caído encima un hermosísimo Edmun Luner del año 1937, en muy buen estado de conservación, con su clavijero, teclado, y tabla armónica en excelentes condiciones, que funcionaba perfectamente… ¡Bueno!, al menos hasta hacía un momento… Es decir, que el tipo del zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos, había recibido sobre su cabezota, un maravilloso piano de cola que pesaba alrededor de 450 kilos.
Como era de esperar, rápidamente se aglutinaron a su alrededor un número no determinado curiosos, entre los que se contaban: vecinos alertas; transeúntes ocasionales; porteros bien informados; parejitas de novios; niñitos inquietos, risueños y desobedientes; comadres horrorizadas; jubilados ociosos; un perro vagabundo banco y negro, huesudo y desconfiado; y un pituco pastor inglés, unido collar de por medio a la cuarentona que lo había sacado a que dejara su souvenir diario en las veredas de sus vecinos. Por supuesto, también se agregó al grupo el vigilante de la esquina, que prestamente llegó para poner orden, sin saber qué cosas debían ser ordenadas, ni cuáles las órdenes que debía dar…
Rápidamente se echaron a correr un sinnúmero de conjeturas respecto al luctuoso accidente, porque sin admitir duda alguna -según las horrorizadas comadres del barrio- ese zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos, pertenecían nada menos que a Mr. Edward Morrison, y como ambos tenían un pie adentro, fatídicamente debía ser el suyo, como debía serlo el resto de lo que estaba bajo el Edmun Luner.
Mr. Edward Morrison era un anciano multimillonario en dólares, euros, yenes y rabas -tenía predilección por ellas-, propietario precisamente del piso catorce de aquel edificio desde el que se había precipitado el instrumento musical, que por lógica consecuencia era ni más ni menos que suyo.
- Seguramente él venía agarrado al piano -dijo Alice Brown, peluquera- Alguien debe haberlo tirado de los pelos por la ventana. Quizás algún ladrón que se vio sorprendido in fraganti por el pobre Mr. Morrison.
- Yo pienso -apuntó Catherine Bardsley, ama de casa- que quisieron limpiar a Mr. Morrinson. Lo del piano fue un intento de que parezca accidente, lo que sin duda alguna es asesinato. Debió planearlo su sobrino Stephen. ¡Es el único heredero del viejo!
- ¡No, no! -aseguró James Chester, ferroviario jubilado- En tren de sacar conclusiones, no fue asesinato, porque a mi me parece que Mr. Morrison venía caminando desde la tabaquería. No estoy seguro pero claramente era él. Creo que traía un diario o un bastón en las manos. Mr. Morrison usaba bastón y leía mucho el diario. Seguro que era él, aunque... también puede ser que fuera otro.
- ¡Es un espanto! Mr. Morrison era un pan de Dios -dijo Margaret Nicholson, empleada de la panadería.
- ¡Sí señor! Y un conocido filántropo -recordó Leonard Nelson, prestamista.
Mientras tanto, el perro vagabundo lloriqueó unos minutos tras olfatear el zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos. Lo hizo después de haber pisado varias teclas haciendo que destruido y todo, el Edmun Luner expirara un grotesco y dramático Re-La-Mi-Do que más parecía una alusión al pichicho que sus últimas notas. Tras cartón, un vendedor de maníes se detuvo allí con su locomotora humeante, e hicieron lo propio, un cafetero, una mujer que vendía tortas en porciones, y un canillita mentiroso que voceaba la quinta edición a toda garganta…
- ¡Extra, extra! ¡Con la muerte del excéntrico multimillonario Mr. Morrison, aplastado por su propio piano! ¡Extraaaaaa! -una noticia que sólo estaba en su picardía de vendedor.
A esas alturas, los automovilistas empezaron a aminorar la marcha tratando de vislumbrar el extraño sucedido, y fue entonces y sólo entonces, cuando a Lawrence Hanks -el vigilante- se le ocurrió dar su primera orden…
- ¡Circulen, circulen!
Con el correr del reloj, fueron apareciendo los periodistas, más policías, y finalmente detectives del departamento de homicidios, que llegaron a tomar huellas y a cercar la zona.
- Yo pienso que debían estar llevándose el piano para repararlo -presumió Herbert Dahl, taxista- y en el recorrido se les cayó accidentalmente
- ¿Y donde están las sogas que usaban para bajarlo? ¿Eh? -preguntó Emely Harris, ascensorista.
- ¿Y donde están las sogas que usaban para bajarlo? ¿Eh? -preguntó Emely Harris, ascensorista.
Cuando las conjeturas acerca de cómo, por qué y a manos de quién había muerto Mr. Morrison eran tantas, que con ellas podían ya escribirse unas cuantas novelas policiales, a cada cual mejor, a paso lento y sorprendido por el tumulto y el alboroto de la tranquila calle adoquinada en la que vivía, apareció caminando ayudado por su bastón; trayendo el periódico en su mano derecha; y luciendo sus zapatos abotinados de gamuza, con suela de goma crep, y un llamativo par de calcetines a rombos marrones y blancos, el mismísimo Mr. Edward Morrison.
- ¡No puede hacernos esto! -exclamó Alice Brown, la peluquera.
- ¡Viejo embustero! -protestó Margaret Nicholson, la empleada de la panadería.
- ¡Ya lo decía yo! A mí nunca me gustó ese hombre -recalcó Catherine Bardsley, el ama de casa.
- ¡Por supuesto! Es un avaro al que sólo le importa su dinero -aseguró ahora Leonard Nelson, el prestamista.
Por fin, Vincent Collins -jefe de detectives- exclamó luego de observar el lugar de los hechos, y de admitir lo difícil que sería resolver el caso…
- ¡Sin dudas, este es un trabajo para Sherlock Holmes”
- Pero Holmes está ya retirado, jefe –señaló el oficial Henry Kent.
- Lo sé. Tendremos que convencerlo. Él es el único que puede desentrañar este caso.
Dos horas más tarde, un oficial de justicia trajo la orden del juez Austin Dickens, para que el cadáver fuera llevado a la morgue judicial, de modo que una grúa municipal llegó para levantar al pesado piano, que había aplastado a la víctima del zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y el llamativo calcetín a rombos marrones y blancos.
La expectativa era inmensa, y palpitaban el momento; la peluquera, el ama de casa, el jubilado, la empleada de la panadería, el prestamista, el taxista, y la ascensorista. La grúa fue alzando lentamente al Edmun Luner, y dejando al descubierto el cuerpo del infortunado sujeto bajo el piano. El perro vagabundo ladró, el pastor inglés lo miró y ladró también, y un ¡oh! de admiración surgió de la impaciente concurrencia.
-¡Demonios! -maldijo el jefe Collins- Este caso no podrá resolverlo Sherlock Holmes.
En pocos minutos el lugar quedó despejado. La morguera se llevó el cuerpo sin vida del desdichado transeúnte; un camión municipal retiró al descolado piano de cola; y cada quien regresó a sus tareas comentando lo ocurrido en la tranquila calle adoquinada donde vivía y, por cierto, ¡aún vivía!… el multimillonario Mr. Edward Morrison.
Al día siguiente, calzando un impecable par de zapatos negros de charol y calcetines al tono, Morrison se llegó hasta el puesto de diarios…
- ¡Buenas tardes, Mr. Wright!
- ¡Buenas tardes! -respondió el diariero.
- Podría usted darme mi ejemplar de The Guardian.
- Aquí lo tiene, Mr. Morrison. Reservado para usted como todos los días… ¡Qué jaleo ayer!, ¿verdad? -comentó el hombre- ¿Y cómo fue que el piano cayó desde su piso? ¡Pensar que creíamos que usted!...
- Mr. Wright. Por el momento preferiría no hablar de ese hecho.
- ¡Oh! Discúlpeme. Lamento haberle preguntado.
- No se preocupe, y déle mis saludos a su esposa.
- Le agradezco, y de mi parte lo mismo para su sobrino.
- ¿Quién?... ¿Stephen?... ¡Ja!... Ese sólo quiere mi dinero… Adiós Mr. Wright. Que pase usted buenas tardes.
- Igualmente, Mr. Morrison.
El anciano filántropo caminó una calle más, y se sentó en la confitería Leeds a tomar el té de las cinco de la tarde. El periódico informaba sobre lo que se dio en llamar, “el caso de la sonada muerte en la calle adoquinada”, tildándola de digna de la última viñeta de un cómic aparecido en el diario del domingo, y la anunciaba en su primera plana con un título en letras catástrofe que decía:
TRAGICA MUERTE DEL MÍTICO SHERLOCK HOLMES
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3 comentarios:
Mucha imaginación y un reparto impresionate de personajes. Bien logrado, Daniel
Era evidente que Sherlock no lo hubiera resuelto. Bien armado Daniel. Un relato más que excelente.
Un bf.
Iris.
Una trama amena y bien llevada.
¡Muy bueno!
Cariños,
Alicia.
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