Me abrí paso como pude entre el gentío que llenaba el museo. Mezclada entre el público, a una cierta distancia, había una muchacha cuya cara me llamó la atención. Noté que me estaba mirando. Me detuve sin darme cuenta, observándola, y en ese instante me pregunté por qué justo esa cara me había intrigado entre tantas otras. Sin duda, deduje, eran su ojos que me miraban, ese contacto visual fugaz y sin razón, el que la había aislado y me había aislado dentro de la multitud, como formando un lazo invisible entre los dos. Ella enseguida miró hacia otro lado y yo seguí con mi recorrida habitual por los salones de exposición, alterados ese día por ser el primero de la muestra de un pintor contemporáneo de moda. Sin embargo, no pude dejar de pensar en aquella mirada a pesar de su fugacidad, o tal vez debido a ella. Al mismo tiempo, creció en mí la convicción de que conocía más que sus ojos, el brillo especial y diría comunicativo de aquella mirada lo que me resultaba familiar e inquietante. Era como un destello que en una milésima de segundo trataba de decirme algo importante. Una visión que yo había tenido antes. Pero ¿dónde? Obedeciendo a un impulso, volví por donde había caminado hasta el punto del encuentro. La multitud seguía allí, pero la muchacha no. Volví entonces y seguí deambulando por los salones. La vista de los cuadros famosos, el caminar entre las obras de arte, produce una honda calma en mi espíritu, por lo que voy al museo con frecuencia. He ido tantas veces que hoy esas pinturas son como amigos queridos que esperan mi visita con paciencia y desde las paredes me muestran su alegría al verme. Caminé entonces sin saber que en la última sala me esperaba una sorpresa. Me detuve frente al cuadro “Mujer sentada” de Magritte. En él el artista ha representado una mujer en una silla mirando al espectador con gesto sereno. Hacía varios minutos que estaba contemplando la famosa pintura. Como de costumbre, disfrutaba de escudriñar hasta el más mínimo detalle del cuadro y al mismo tiempo, tratar de adivinar qué pasaba por la cabeza del autor durante la ejecución de la obra. Como siempre, también, había sacado mi bloc de apuntes para trazar algunos esbozos con los que luego en mi cuarto profundizo el estudio de piezas maestras. De pronto, al mirar la obra desde un determinado ángulo, noté con sorpresa un cambio en la mirada de la mujer del cuadro. Había allí un brillo, una expresión, que creí recordar yo había percibido sin darle importancia en alguna lejana visita. Era como si los ojos, no la mujer en sí, los ojos, hubieran cobrado vida en la fugacidad de un instante, y me miraban como para transmitirme sin palabras algo urgente que yo no alcanzaba a saber qué podía ser. La visión fue como digo fugaz y rápidamente la pintura volvió a ser pintura. Traté una y otra vez de recuperar aquel ángulo de observación que producía ese cambio pero fue inútil. La experiencia me dejó una sensación extraña: aquella mirada fugitiva e intemporal era la misma que había notado en la muchacha del comienzo de mi visita y que me había impactado. Comprendí entonces por qué me pareció conocida. Volé por las salas, casi atropellando al público, sintiendo la imperiosa necesidad de volver a ver a la muchacha y sus ojos, para hablar con ella y poder así descubrir el misterio de la fugacidad de una mirada que se repetía, en una mujer desde un cuadro pintado hace de más de cien años y en los ojos de una mujer de hoy. Había en ese mirar, también, un mensaje que quería develar. Busqué por todos lados, y cuando desesperaba, la alcancé a ver pasando de una sala a otra pero cuando crucé la puerta entre ambas, la muchacha había desaparecido.
FIN
5 comentarios:
A veces vemos lo que queremos ver. A veces vemos lo que no queremos ver.
A veces vemos lo que creemos ver...
Me gustó, felicitaciones
Osvaldo, qué buena la utilización de las imágenes sensoriales. Le dan un toque especial a la búsqueda.
¡Me gustó tu relato!
Cariños,
Alicia.
Muy Bueno Osvaldo; la mente humana no tiene límites. ¡Cómo se sufre cuando la realidad la golpea!
Un abrazo
Jorge U.
13 de agosto 2011
Qué bueno que una pintura trasmita tanto, la desaparición de la mujer quedará en el misterio más absoluto. Excelente Osvaldo.
Un bf.
Iris.
El paseo por el museo, las miradas que se cruzan, las miradas que se encuentran, las que desaparecen, y esa búsqueda diría, casi constante del protagonista, creo, significando y aludiendo a la percepción del ser humano. El ser humano como creador de su entorno. Ve, de acuerdo a cómo es él, a lo que le pasa, a su sensibilidad. ¿Dónde está la belleza? ¿En la obra? ¿En el que mira?
Cuentísimo Osvaldo. Cuentísimo.
No sé si has visto la película Copia fiel (de un director iraní), recomendable. la vi hace una semana, y justamente, al menos para mí, uno de los fondos que se tocan en los diálogos enriquecedores por cierto, tienen que ver con cómo nos constituimos a partir de cómo percibimos el entorno y al otro.
Por eso te la nombro y de paso te la recomiendo.
Cariños
Adela
PD Además la protagonista mujer es entendida de arte, y el hombre un escritor.
Si la ves, ojalá te guste.
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