Dr. Pedro Quien Corresponda.
Excelentísimo Presidente de la Nación.
De mi mayor consideración:
Me dirijo a usted para informarle sobre un pueblo llamado Jeremías, al que la naturaleza proveyó de innumerables mercedes. Las tierras que lo rodeaban eran fértiles, su clima bondadoso, no faltaba el agua, ni los bosques, ni los animales, ni los minerales, ni nada de lo que pudiera pedirse como para que se transformara en un gran pueblo. Su gente sin embargo no se dio cuenta de los favores que le habían sido dados, y jamás los aprovechó, sufriendo por ello innumerables problemas y frustraciones, que trajeron las consabidas quejas y quejas y quejas. Sin embargo, todo empezaba y terminaba en las quejas, sin que nadie moviese un dedo para cambiar las cosas que debían cambiarse.
¿Que si había corrupción?... Sí la había, y en los bares y en las ferias y en las plazas, la gente se quejaba de la corrupción, pero a la hora de votar siempre votaba a los mismos dos partidos políticos corruptos que alternativamente gobernaban aquel pueblo. “¿A qué otros vamos a votar?”, se decía aquella gente que se quejaba de ellos.
¿Que si los sindicalistas defendían a los obreros?... ¡Para nada!, y en las tiendas, y en las fábricas, y en los comercios, la gente se quejaba de los sindicalistas, pero a la hora de elegir los obreros siempre votaban a los mismos representantes. “Están de acuerdo con el gobierno”, cuchicheaban los trabajadores que se quejaban de ellos.
¿Que si en la ciudad había basura donde no debía haberla?... Claro que la había. Y en las callejuelas, las avenidas, las cortadas y las esquinas, la gente se quejaba, pero, a la hora de cuidar, arrojaba a las calles papeles de cigarrillos, vasos de plástico, y desperdicios similares, que afeaban al pueblo y tapaban las alcantarillas en los días de lluvia. Y todos se quejaban de aquella situación responsabilizando al Intendente por las inundaciones. “Nunca nadie va a resolver esto”, se quejaban.
¿Que si la convivencia entre vecinos era fácil?... En absoluto. En los conventillos, los inquilinatos, los edificios de oficina y de departamentos, se arrojaban por las ventanas objetos de la más variada clase -algunos hasta de uso íntimo- haciendo imposible la vida de los habitantes de la planta baja. Todos se quejaban de la situación y en contra del administrador del consorcio, pero, al momento de elegir, nadie sugería cambiar al administrador, mientras se quejaban de él y seguían tirando cualquier cosa por las ventanas.
¿Que si por las calles de Jeremías se podía transitar con libertad?... De ninguna manera. En los caminos, los puentes, las calles y las veredas, cada día había más de un piquete que impedía el paso de la gente, con razones a cual más estrambótica, que iban desde intereses corporativos hasta reclamos individuales. Todos se quejaban de aquella situación, pero, si algún problema afectaba a cualquiera personalmente, allí iba a cortar una calle mientras los otros se quejaban.
Y como estos, había una serie de grandes y pequeños problemas que provocaban las quejas de los vecinos del pueblo: la mala atención en las empresas del estado; el deplorable estado de los medios de transporte; la pésima prestación en los hospitales; los subsidios para quienes no querían trabajar, a cambio de sus votos los días de elecciones; la creciente inseguridad; el Poder Judicial injusto e inoperante; la mentida estabilidad económica; y como estos males, tantos otros que se sufrían en Jeremías, y de los que tal como fue dicho, la gente se quejaba en los bares y en las ferias y en las plazas; en las tiendas, en las fábricas, y en los comercios; en las callejuelas, las avenidas, las cortadas y las esquinas; en los conventillos, los inquilinatos, los edificios de oficina y de departamentos; en los caminos, los puentes, las calles y las veredas, pero, nadie movía un dedo para cambiar la situación, y sólo se ponían de acuerdo para decir quejándose, “en otros pueblos esto no ocurre, porque los políticos no son deshonestos como aquí”,
Sin embargo, cierta vez, entre tantos y tantos candidatos corruptos ganó las elecciones cierto hombre que haciéndose pasar por tal, llegó al poder siendo honrado como el que más. Y fue este para aquel pueblo un hecho tan inesperado como el que le sucedió a Juan, que se sentó en un pajar y se clavó una aguja. Ahora el pueblo de Jeremías tenía el presidente que tanto había buscado, pero la gran duda era si esa gente podría abandonar su propia corrupción.
Dr. Pedro Quien Corresponda, Excelentísimo Presidente de la Nación, habiendo terminado de contarle esta historia, le informo finalmente que los hechos ocurrieron en Jeremías hace un año, y que extrañamente su pueblo comenzó ahora a mostrar signos de una mejor convivencia, volcándose poco a poco a tomar los ejemplos de las personas de bien, de manera que le ruego ponga ud. mucha atención, y en caso de encontrarse con algún sujeto honesto, mande a encarcelarlo inmediatamente. No sea que pase lo mismo que en Jeremías, aquí en nuestro país, y tengamos que respetar las leyes y además, ¡ponernos a trabajar!
Atentamente.
José Partidario.
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¡Hasta el próximo cuento!

2 comentarios:
Daniel, ¡muy bueno tu cuento! Inspiraste el mío.
Cariños,
Alicia.
Ja,ja,ja... Buenísimo Daniel. ¿Sabés que me lo creo?...
Un bf.
Iris.
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