jueves, 11 de agosto de 2011

INVERSIÓN

–Lo que se representa  como punto común en el vértice  señoras y señores míos, es según mi punto de vista una mentira, aunque no faltará quien diga que se trata de una verdad irrefutable, lo que entonces según mi criterio lo transformaría en una falsedad integral.
Así concluía la disertación iluminada por su propia sonrisa y aturdida por los aplausos,  la ingeniera Mariela Sarkis, considerada de los más diversos modos, ya sea con el apelativo de genio, potra, loca, snob, densa  o demasiado light.
Su impecable presencia desde la punta de los zapatos hasta el último de los cabellos, contrastaba con su estilo de vida. Por las funciones que desempeñaba se vestía de eso  aunque no podía evitar andar siempre con lo puesto por lo que sorprendía y alarmaba tanto a sus seguidores como a sus detractores.
Nadie comprendía por qué vivía en una de las villas consideradas de las  más peligrosas y decadentes de los suburbios de la ciudad. La casucha desvencijada  en la que había decidido alojarse años atrás, constituía según sus propias palabras el único ámbito en el que podía exhalar su forma de ser consigo y con el otro. Desde su nacimiento hasta recibirse con honores había vivido en el barrio más paquete de la ciudad.
El riquerío  –como definía ella a las clases más pudientes– por lo general, nacía, crecía y moría  dentro de una funda con cierres que no estaba dispuesto a abrir.  El pobrerío  nacía sin saber cómo crecer, crecía sin saber dónde cómo y hacia dónde iba, y era un firme militante del presente abierto al futuro siempre imprevisible
Más amiga de los vórtices que de los vértices Mariela disfrutaba enseñándole a Joaquín la tabla del 9, o contándole a Pina la vida de Nietzsche sin decirle quién era y a modo de cuento  mientras su mamá trabajaba limpiando las casas de los barrios paquetes. También disfrutaba los vinos durante noches de  queso y salame  con Roque, Laya y Janina cuando ellos llegaban de la fábrica y no había tiempo de hacer  la choriceada pero sí de compartir  la mesa, los chistes, las faltas, los cambios, los enojos y  las ilusiones.
Casi el  ochenta por ciento de los habitantes adultos  de la villa eran obreros de  la fábrica del Inglés, la única  elaboradora de medicamentos de la región.  El día que  supieron que disponían de  veinte días para abandonar la villa, nada más ni nada menos que el lugar donde habitaban desde hacía  un promedio de seis años, los tres mil quinientos calificados de usurpadores se fueron reuniendo para intentar determinar qué harían.
Cuando faltaban cinco días para el vencimiento del plazo, el rumor se había extendido a todas las viviendas. Ya sabían que se había montado un operativo de desalojo  para el martes  3 de junio a las diez de la mañana.
–Así que estas mierdas procederán cuando estemos en la fábrica. –Gritó Roque exaltado esa noche de hielo, sublevando a sus vecinos y compañeros.
–Hagamos de cuenta que nada sabemos y que no se nos escape ni una palabra mañana en la fábrica. A partir del lunes nos quedaremos todos aquí custodiando, y vamos a ver de paso qué hace la fábrica con sólo  ciento veinte chabones produciendo mientras  los casi tres mil laburantes que somos  nos quedamos a defender los nidos que nos quieren patear. –Estableció Soares con la firmeza y la serenidad de siempre.
–Comprendo lo que dicen, lo que sienten y lo que piensan hacer. Pero los invito a la reflexión muchachos. Tienen un trabajo seguro que les permite ir viviendo  y se me ocurre que, de tomar esas medidas, sufrirán todos las consecuencias del desempleo con causa. Sin ahorros, sin vivienda y también sin trabajo, ¿qué harán? También han de pensar serenamente aunque sé cómo cuesta  en estas circunstancias, la violencia que inevitablemente se generará al intentar ellos patear su nido, y ustedes  custodiarlo. Hay muchos chicos aquí. –La ingeniera Sarkis les hablaba convencida de lo que pensaba.
–Mariela, vos sabés que acá te apreciamos mucho flaca, pero todos sabemos y vos más que nadie, que acá sos sapo de otro pozo. –La miró Roque comprensivo.
La mansedumbre era escasa y los sentires múltiples como las estrellas. Resultaba ineludible tomar una decisión. Votaron.
Pondrían el pecho y harían una valla humana para impedir el avance de la milicada. Nadie iría a la fábrica hasta que no se les asegurara con documentación judicial expedida a nombre de cada uno que las viviendas les pertenecían.
–Es demasiado lo que arriesgan. Están poniendo en juego la vida  y el trabajo seguro de todos,  que por ahora  les garantiza la supervivencia. Tienen que pensarlo en frío, es así como se resuelven los conflictos, hay algo que en la vida se llama negociar muchachos. –La ingeniera  Sarkis suavizaba el tono de voz  para intentar  que la escuchasen con atención.
–Ingeniera, estoy segura que usté ha visto  muchas veces  figuras como ésta, ¿a que siempre las ha visto en la misma posición? –Rosa Leiva, la abuela de Janina, golpeaba con el dedo sobre la página de un viejo diccionario  donde bajo una foto  apenas se leía “sirvió como tumba para el faraón Jufu”
–Sí Rosa, es exactamente así.  Es  la posición  en la que fue construida,  es más, creo que no podría haberse hecho de otro modo. ¿Cómo iba a verla yo en otra posición entonces? –Sonrió Mariela.
–Mire ingeniera,  sé que usté es buena con mis nietos, y no me molesta lo que usté les enseña, al contrario, ni lo que les dice. Lo que sí molesta, es lo que usté no ve.  Y usté no ve que nosotros sí, podemos ponerla en otra posición y también darla vuelta y lo vamo a hacé aunque en eso, se nos vaya la vida…
Fin

EL CASO DE LA SONADA MUERTE EN LA CALLE ADOQUINADA

         Se trataba de un hecho desgraciado, pero asemejaba ser la escena de la última viñeta de un cómic aparecido en el diario del domingo. Un zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos, era lo único que se veía del desgraciado que acababa de perder la vida -naturalmente los conservaba puestos-, el resto de su humanidad estaba debajo del objeto que segundos antes le ocasionara esa muerte ridícula, estrepitosa, sonora, y ¿por qué no?, afinada; digna de la última viñeta de un cómic aparecido en el diario del domingo.
            Concretamente, al pobre cristiano a quien solo se le veía su pie derecho, desde el piso catorce y sin darle tiempo a intentar escapatoria alguna, le había caído encima un hermosísimo Edmun Luner del año 1937, en muy buen estado de conservación, con su clavijero, teclado, y tabla armónica en excelentes condiciones, que funcionaba perfectamente… ¡Bueno!, al menos hasta hacía un momento… Es decir, que el tipo del zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos, había recibido sobre su cabezota, un maravilloso piano de cola que pesaba alrededor de 450 kilos.
            Como era de esperar, rápidamente se aglutinaron a su alrededor un número no determinado curiosos, entre los que se contaban: vecinos alertas; transeúntes ocasionales; porteros bien informados; parejitas de novios; niñitos inquietos, risueños y desobedientes; comadres horrorizadas; jubilados ociosos; un perro vagabundo banco y negro, huesudo y desconfiado; y un pituco pastor inglés, unido collar de por medio a la cuarentona que lo había sacado a que dejara su souvenir diario en las veredas de sus vecinos. Por supuesto, también se agregó al grupo el vigilante de la esquina, que prestamente llegó para poner orden, sin saber qué cosas debían ser ordenadas, ni cuáles las órdenes que debía dar…
            Rápidamente se echaron a correr un sinnúmero de conjeturas respecto al luctuoso accidente, porque sin admitir duda alguna -según las horrorizadas comadres del barrio- ese zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos, pertenecían nada menos que a Mr. Edward Morrison, y como ambos tenían un pie adentro, fatídicamente debía ser el suyo, como debía serlo el resto de lo que estaba bajo el Edmun Luner.
            Mr. Edward Morrison era un anciano multimillonario en dólares, euros, yenes y rabas -tenía predilección por ellas-, propietario precisamente del piso catorce de aquel edificio desde el que se había precipitado el instrumento musical, que por lógica consecuencia era ni más ni menos que suyo.
- Seguramente él venía agarrado al piano -dijo Alice Brown, peluquera- Alguien debe haberlo tirado de los pelos por la ventana. Quizás algún ladrón que se vio sorprendido in fraganti por el pobre Mr. Morrison.
- Yo pienso -apuntó Catherine Bardsley, ama de casa- que quisieron limpiar a Mr. Morrinson. Lo del piano fue un intento de que parezca accidente, lo que sin duda alguna es asesinato. Debió planearlo su sobrino Stephen. ¡Es el único heredero del viejo!
- ¡No, no! -aseguró James Chester, ferroviario jubilado- En tren de sacar conclusiones, no fue asesinato, porque a mi me parece que Mr. Morrison venía caminando desde la tabaquería. No estoy seguro pero claramente era él. Creo que traía un diario o un bastón en las manos. Mr. Morrison usaba bastón y leía mucho el diario. Seguro que era él, aunque... también puede ser que fuera otro.
- ¡Es un espanto! Mr. Morrison era un pan de Dios -dijo Margaret Nicholson, empleada de la panadería.
- ¡Sí señor! Y un conocido filántropo -recordó Leonard Nelson, prestamista.
            Mientras tanto, el perro vagabundo lloriqueó unos minutos tras olfatear el zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y aquel llamativo calcetín a rombos marrones y blancos. Lo hizo después de haber pisado varias teclas haciendo que destruido y todo, el Edmun Luner expirara un grotesco y dramático Re-La-Mi-Do que más parecía una alusión al pichicho que sus últimas notas. Tras cartón, un vendedor de maníes se detuvo allí con su locomotora humeante, e hicieron lo propio, un cafetero, una mujer que vendía tortas en porciones, y un canillita mentiroso que voceaba la quinta edición a toda garganta…
- ¡Extra, extra! ¡Con la muerte del excéntrico multimillonario Mr. Morrison, aplastado por su propio piano! ¡Extraaaaaa! -una noticia que sólo estaba en su picardía de vendedor.
            A esas alturas, los automovilistas empezaron a aminorar la marcha tratando de vislumbrar el extraño sucedido, y fue entonces y sólo entonces, cuando a Lawrence Hanks -el vigilante- se le ocurrió dar su primera orden…
- ¡Circulen, circulen!
            Con el correr del reloj, fueron apareciendo los periodistas, más policías, y finalmente detectives del departamento de homicidios, que llegaron a tomar huellas y a cercar la zona.
- Yo pienso que debían estar llevándose el piano para repararlo -presumió Herbert Dahl, taxista- y en el recorrido se les cayó accidentalmente
- ¿Y donde están las sogas que usaban para bajarlo? ¿Eh? -preguntó Emely Harris, ascensorista.
            Cuando las conjeturas acerca de cómo, por qué y a manos de quién había muerto Mr. Morrison eran tantas, que con ellas podían ya escribirse unas cuantas novelas policiales, a cada cual mejor, a paso lento y sorprendido por el tumulto y el alboroto de la tranquila calle adoquinada en la que vivía, apareció caminando ayudado por su bastón; trayendo el periódico en su mano derecha; y luciendo sus zapatos abotinados de gamuza, con suela de goma crep, y un llamativo par de calcetines a rombos marrones y blancos, el mismísimo Mr. Edward Morrison.
- ¡No puede hacernos esto! -exclamó Alice Brown, la peluquera.
- ¡Viejo embustero! -protestó Margaret Nicholson, la empleada de la panadería.
- ¡Ya lo decía yo! A mí nunca me gustó ese hombre -recalcó Catherine Bardsley, el ama de casa.
- ¡Por supuesto! Es un avaro al que sólo le importa su dinero -aseguró ahora Leonard Nelson, el prestamista.
            Por fin, Vincent Collins -jefe de detectives- exclamó luego de observar el lugar de los hechos, y de admitir lo difícil que sería resolver el caso…
- ¡Sin dudas, este es un trabajo para Sherlock Holmes”
- Pero Holmes está ya retirado, jefe –señaló el oficial Henry Kent.
- Lo sé. Tendremos que convencerlo. Él es el único que puede desentrañar este caso.
            Dos horas más tarde, un oficial de justicia trajo la orden del juez Austin Dickens, para que el cadáver fuera llevado a la morgue judicial, de modo que una grúa municipal llegó para levantar al pesado piano, que había aplastado a la víctima del zapato abotinado de gamuza, con suela de goma crep, y el llamativo calcetín a rombos marrones y blancos.
            La expectativa era inmensa, y palpitaban el momento; la peluquera, el ama de casa, el jubilado, la empleada de la panadería, el prestamista, el taxista, y la ascensorista. La grúa fue alzando lentamente al Edmun Luner, y dejando al descubierto el cuerpo del infortunado sujeto bajo el piano. El perro vagabundo ladró, el pastor inglés lo miró y ladró también, y un ¡oh! de admiración surgió de la impaciente concurrencia.
-¡Demonios! -maldijo el jefe Collins- Este caso no podrá resolverlo Sherlock Holmes.
En pocos minutos el lugar quedó despejado. La morguera se llevó el cuerpo sin vida del desdichado transeúnte; un camión municipal retiró al descolado piano de cola; y cada quien regresó a sus tareas comentando lo ocurrido en la tranquila calle adoquinada donde vivía y, por cierto, ¡aún vivía!… el multimillonario Mr. Edward Morrison.
Al día siguiente, calzando un impecable par de zapatos negros de charol y calcetines al tono, Morrison se llegó hasta el puesto de diarios…
- ¡Buenas tardes, Mr. Wright!
- ¡Buenas tardes! -respondió el diariero.
- Podría usted darme mi ejemplar de The Guardian.
- Aquí lo tiene, Mr. Morrison. Reservado para usted como todos los días… ¡Qué jaleo ayer!, ¿verdad? -comentó el hombre- ¿Y cómo fue que el piano cayó desde su piso? ¡Pensar que creíamos que usted!...
- Mr. Wright. Por el momento preferiría no hablar de ese hecho.
- ¡Oh! Discúlpeme. Lamento haberle preguntado.
- No se preocupe, y déle mis saludos a su esposa.
- Le agradezco, y de mi parte lo mismo para su sobrino.
- ¿Quién?... ¿Stephen?... ¡Ja!... Ese sólo quiere mi dinero… Adiós Mr. Wright. Que pase usted buenas tardes.
- Igualmente, Mr. Morrison.
El anciano filántropo caminó una calle más, y se sentó en la confitería Leeds a tomar el té de las cinco de la tarde. El periódico informaba sobre lo que se dio en llamar, “el caso de la sonada muerte en la calle adoquinada”, tildándola de digna de la última viñeta de un cómic aparecido en el diario del domingo, y la anunciaba en su primera plana con un título en letras catástrofe que decía:

TRAGICA MUERTE DEL MÍTICO SHERLOCK HOLMES

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martes, 9 de agosto de 2011

LLEGO LA CIVILIZACION -

Recordando la película “Bienvenido Mr Marshall.” Luis García Berlanga España 1952.


¿La Civilización? ¿Qué es eso? -preguntó el abuelo Cuervo (Corvus vorax).
-No sé -contestó el más joven -debe ser una Gran Señora; yo sólo escuché una conversación entre el Petrel Gigante (Macronectes giganteus) y el Albatros Ojeroso (Diomedea melanophrys): decían que Civilización llegará muy pronto y que traerá progreso y bienestar para todos.
¡Tendremos nuevos amigos! -se alegró la buena Calandria (Melanocorypha calandra) e inmediatamente se puso a ensayar un canto nuevo.
-Creo que lo primero es formar una comisión -dijo la Urraca (Cynacorax chryssops) y agregó; -tendremos mejores nidos ...y yo dejaré de robar.
-Si, si, asintió el abuelo Cuervo Si le damos una buena bienvenida de amigos, seguramente obtendremos mayores beneficios en el futuro...-Todos debemos colaborar, pensemos, pensemos y pensemos -concluyó.
-Yo creo -dijo seriamente el Cóndor (Sacorhamphus gryphus) que observaba desde el peñón de arriba -que podíamos preparar para ese día una gran “mesa-piedra servida fría” con bebidas locales ¿Verdad?. Yo puedo colaborar con algunos corderos ...y también invito al Águila (Buteo buteo) que está de visita, a que se sume a este gran evento con algunos conejos, vizcachas, y cuises.
-Podemos utilizar la gran piedra de las asambleas. Nosotros traeremos el postre; huevos de gallinas, perdices, y codornices, que no tienen colesterol. -dijo el joven cuervo que había traído la noticia y agregó –no creo que las Gaviotas (Larus dominicanus) puedan traer algún pescado; esas se atragantan con tal de no compartir.
¿Y las Gaviotas Capucha Café? ( Larus maculipennis) -preguntó el cóndor.
-¡Esas menos, se comen todo! Mejor ni invitarlas...hasta pueden traer mala suerte -contestó el cuervo.
La Paloma ( Columbapalumbus) no dijo nada; como siempre, estaba en pose esperando que algún pintor famoso la dibujara con un simple trazo de carbón.
Por la tarde llegó hasta el cerro un Chorlito Blanco (Calidris alba) -Traigo buenas noticias -contó. -me avisó la Orca ( Orcinus orca), no se como se habrá enterado, que arrimará hasta la costa unos cuantos pulpos grandes; la Ballena Franca (Eubalaena australis) llevará algunos calamares y calamaretes y el Delfín Oscuro (Lagenorhinchus obscurus): langostinos y camarones. Lo único que debemos hacer es ir a buscarlos. ¡Ah! Y los Loros barranqueros avisaron que no podrán estar presentes; por unos días estarán en la cosecha.
-Yo propongo -expresó levantando un ala el Cormorán de las Rocas (Phalacrocórax magellanicus) -que comisionemos para esa tarea a mi primo; el Pingüino de Magallanes (Spheniscus magellanicus).
-Aprobado -dijo el abuelo cuervo
-Lo haré yo -intervino el Pingüino Rey -que tengo más fuerza..
-Esta bien...que sean los dos -cerró el cuervo. Y que los Patos Reales (Anasplatyhryncha) y las Gallaretas ( Fulica leucoptera) custodien el lugar.

Inmediatamente las aves se pusieron a asear el cerro que habitaban desde hacía cientos de años. Sacaron plumas, excrementos, pajas, hierbas secas y hasta quitaron nidos abandonados. Cuando amaneció el cerro apareció con todos sus colores; verde y blanco, azul y gris. ¡Estaba hermoso!
Mientras tanto otras aves preparaban la comida fría.

A eso de la media mañana varios Ostreros Negros (Haematopus ater) pasaron volando y con su voz, que sabemos muy aguda, decían ¡Ya viene, ya viene! ¡Llega la Civilización! ¡Llega la Civilización!
Los Teros (Himantopus melanorus) levantaron vuelo, acostumbrados a avisar cuando hay cartas, anunciaron a los visitantes.
Entonces el cuervo mayor se paró en puntas de patas y alcanzó a divisar a varios hombres que caminaban hacia el cerro.
El disparo de escopeta sonó fuerte y seco, se escuchó el silbido de las municiones recorriendo el aire y su eco transitó el valle, cruzó el arroyo y se detuvo en los esteros del bajo.
Algunas plumas del abuelo cuervo volaron y hamacándose lentamente se posaron en el suelo.
Caído sobre la roca y con su cuello sangrando alcanzó a abrir su pico corvo para decir -¡Huyan... huyan todos! ¡Llegó la Civilización! ¡Llegó la Civilización!.

Al atardecer de ese día, miles y miles de aves cubrieron el cielo, delfines, orcas y ballenas abandonaron las costas. Los loros abandonaron la cosecha.
El mar y los cerros quedaron en silencio.
Seguramente más al Sur, en la Patagonia, la Civilización, tardaría en llegar algunos cientos de años mas.

lunes, 8 de agosto de 2011

A QUIEN CORRESPONDA


Puede ser generoso lector, que la narración que usted ha de tener la benevolencia de tolerar, le parezca inverosímil.
Los que no me han leído son acreedores a mi más cordial indiferencia ya que jamás llegarán a la belleza de la verdad, ni alcanzarán la gloria de mis cínicas mentiras.
¿Se acuerda de cómo mentía Sócrates? Avergonzado, se cubría la cabeza para poder mentir a sus anchas sin que lo viera el daimon familiar.
Pues yo no me cubro ni temo a mi familia.
Mi trabajo consistirá en mentir tan bien que lo dicho, sazonado con necesarias y precisas verdades, parezca cierto. Convendrá usted conmigo en que no es fácil lograr lo que me propongo, máxime si para mí infortunio, es usted inteligente.
Le diré ahora que si se atreve a decir que lo que narro es mentira, se obligará a demostrarlo y saber tanto como yo. Además deberá echar mano de otra u otras mentiras, con lo que convertirá mi presunto embuste en una verdad. Y como la negación de una negación constituye una afirmación…Habiéndolo advertido, comenzaré mi cuento.
En un tiempo lejano habité un mundo lleno de gigantes y conviví con ellos hasta que una noche…

DE ANIMALES...

Despelote a bordo
-No sirve como vigía. La jirafa tiene el cuello largo pero es muda, chancho.
-Tiene razón, zorro. ¿Quién podrá encargarse, entonces?
-¡El rinoceronte! -propuso alguien.
-¡Iiiiiiiiiiijijijijijji! -rió el caballo- ¡Usted le hace honor a su especie, burro! ¡El gordo va a partir el palo mayor!
-¿Pensó en alguien? -preguntó el camello al sapo.
-¡Bah! -saltó la liebre- Si esperás algo de él estás jorobado.
-¡Ya sé! -gritó uno- Que sea el vampiro. Es liviano y no necesita subir por la escalera.
-¡Qué decís, atolondrado! Razoná. El vampiro es chicato.
-¡Vos cerrá el pico, pajarraco!
-¡Mono! ¡Tucán! No peleen -exhortó el gato- ¡No íbamos a reñir! Seamos fieles a nuestras pautas.
-¡Fiel soy yo! -Dijo el perro.
-Opine usted -pidió el colibrí.
-Mi memoria de elefante no guarda a nadie apto para desempeñarse en tal tarea.
-Yo creo-sugirió el buey que se estaba lamiendo solo en un costado de la cubierta- que esto tiene que decidirlo el jefe.
            En eso...
-¿Qué sucede aquí? -protestó Noé al ver tanto alboroto- Cada uno a su lugar, y usted, señor lince. ¡Al carajo1!
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1 Carajo: En marinería, sitio alto en un palo de la nave, desde donde se otea el horizonte.


MONERÍAS

-¡En esta selva hay un espía! -gritaba el chimpancé trepado a un árbol.
            El león levantó una ceja, molesto porque los alaridos lo sacaron de su siesta, y le dijo...
-La próxima vez que me despiertes te almuerzo. ¿Entendiste?
-¡Está bien! Pero insisto, hay un espía.
-¿Un espía aquí? ¿Para qué? ¿Quién?
-Tienen que averiguarlo, porque algo malo va a sucederle a los animales de esta selva.
-¡Bah!... ¡No molestes, agitador!
            El bochinche provocó la curiosidad de otros selváticos, que paulatinamente fueron arrimándose. Primero la jirafa, que nada dijo, y después el hipopótamo, que bostezó aburrido; la hiena, que rió burlándose; el elefante, que puso trompa; la cebra, que acusó al mono de rayado; y así llegaron el rinoceronte, el búfalo, y muchos más.
-¡Aquí hay un espía!, y algo malo les va ocurrir a los animales -insistió el mono e hizo una seña confusa.
            En ese instante, aparecieron cien cazadores y se llevaron a todos los curiosos, dejándole quinientos kilos de bananas al primate, que muerto de risa y dando volteretas aún gritaba...
-¡En esta selva hay un espía!

LA ESTRELLA, EL estanciero,
Y EL SEMENTAL NEGRO
  
SÁBADO         
                              
            Número 1: joven vedette; estrella mediática; escultural (bisturí); ojos verdes (lentes de contacto); rubia (tintura).
            Número 2: cincuentón; bajito; abdomen incipiente; adinerado y estanciero.
            Número 3: vago, noctámbulo; musculoso; joven y negro Para el sexo; un semental.
            El número 2, con flores y una joya; logró que la número 1 accediera a conocerlo a la salida del teatro. Allí esperaba.
            La número 1, iba provocativa, “envasada al vacío” en su vestido rojo.
            El número 3, merodeaba buscando sexo. Descuidado, derribó un tacho de basura cuando llegaba la número 1, quien repentinamente, le dio un sonoro bofetón al número 2, retirándose ofendida sin escuchar explicaciones.
                                                                   
DOMINGO                                                                 
                                                                           
            El número 2 desayuna en la estancia, leyendo un diario con su fotografía en primera plana. No lo irrita el sopapo, sino el humillante vuelo de su peluquín.
            A pocos metros, el número 3 bebe leche fresca. La noche anterior, aprovechó el revuelo para subirse sigilosamente al auto del número 2, quien antes, al verlo voltear el tacho de basura, había exclamado: “¡¿Qué haces gato?!”
            ¡En fin!... ¡Cosas de estrella, estanciero, y gatito vagabundo!
 
VERANEO EN DEVOTO

          Los Bernardi llegaban de veraneo al caserón de Devoto. El pastor belga no salió a recibirlos ni a querer mordisquear las patas del tordillo que tiraba del carruaje.
-Lo encontré muerto anoche entre la ligustrina  -informó el casero- Apuñalado. Había un reguero ´e sangre viniendo del lao del hospitalito.
            El llanto de Marujita que empezó en el jardín, terminó después al consuelo de su abuela. La niña había hablado de Negrito todo el viaje, y de si jugaría con la muñeca de trapo que ella le había dado en las últimas vacaciones.
            Dos semanas más tarde, los Bernardi emprendían el regreso. Marujita volvía con la muñeca. La charla durante el viaje fue sobre los ladrones que habían asolado la zona quince días atrás, asaltando a varios vecinos. Los milicos les habían echado el guante gracias a que uno de los cacos resultó herido durante el raíd delictivo. El sujeto terminó muriendo en el hospitalito, al que llegó casi desangrado por una dentellada en su cuello. Entre los objetos que la policía recuperó, había una conocida y mordisqueada muñeca de trapo.


ESTRELLA DEL CIRCO HAY UNA SOLA
                                     
            Y se armó la discusión entre los protagonistas de la noche.
-¡Soy la estrella del circo! -decía el elefante- Bailo, pateo una pelota, y puedo pararme sobre ese taburete donde apenas caben mis patas.
-¡La estrella soy yo! -repuso el caballo-, que corro alrededor de la pista con mis crines al viento, cuidando a la amazona para que no se caiga. Además, soy el más hermoso.
-¡La gente viene por mí! -gritó el mono saltando sin parar-. El más divertido y la única estrella.
-¿Y quién hace mejores pruebas que el oso? ¡Eh! -el gigantón fanfarroneaba hablando en tercera persona- ¡Nadie!
-Miren mis garras, mi fuerza -bramó el león-. Todos me temen, y al domador no me lo como por lástima. Yo soy la estrella máxima.
            Repentinamente, entró la amazona del circo. Rubia, con su látigo, su chaqueta roja y sus piernas largas. Ojos celestes, noventa sesenta noventa... Todos callaron, hasta que...
-¡Cosita de papito! -exclamó el perro equilibrista, y sugirió- Aquí la única estrella es Susanita, muchachos, así que pongamos música y que empiece de una vez el baile de disfraces... ¡Suuuusiiiiiiiii!... ¡Guau, guau!

MÁS ALLÁ DE LA MONTAÑA

              El sol parecía un medallón de fuego, y en la estepa, comer significaba para las maras del clan que comandaba Lonco, una continua competencia con guanacos y ñandúes, agravada por la mortal presencia de zorros. Cuando el joven Gunei propuso emigrar más allá de la montaña Mahuida, Lonco no aceptó, pues Jaña -la consejera- predijo desgracias mayores. Gunei decidió entonces partir solo, pero otros jóvenes resolvieron seguirlo. Construyeron carretas, y tras meses de camino llegaron a la cima de Mahuida. Desde allí vieron el mar en el horizonte, y un vergel al pié de la montaña.
            Asentados en su nuevo hogar, cierta vez, Gunei escuchó a varias hembras charlar preocupadas, y preguntó qué ocurría...
-Pensábamos en nuestra suerte si esta tierra se volviese estepa -respondió Mapu, recordando que días antes, un Uñún había contado sobre la extinción del clan de Lonco.
-En la cima de Mahuida vimos a las aguas grandes, ¿verdad? -contestó Gunei sonriendo- ¡Pues bien!... Si esta tierra se volviese estepa, construiríamos una enorme chaica.
-¿Para qué? -preguntó Peuma desorientada.                                                        
-Para saber qué hay... más allá del mar.                                          
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~Mara, o liebre criolla: uno de los herbívoros más escasos de la Patagonia. Supera los 10 kg. de peso, y mide entre 69 y 75 cm.
~En idioma mapuche: lonco (cabeza), gunei (astuto), mahuida (montaña), jaña (respuesta), mapu (país, tierra, lugar), uñún (ave), chaica (balsa), peuma (ilusión).
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¡Hasta el próximo cuento!

sábado, 6 de agosto de 2011

UNA SOMBRILLA NARANJA

Apareció un día misteriosamente junto al río cercano -avisó un caminante mientras merendaba en el café más importante del pueblo. Era una sombrilla de un naranja rabioso que contrastaba con el verde de la rivera cubierta de césped, y con el acuoso azul del caudal ancho y haragán que dominaba el paisaje. Lo más extraño era que la sombrilla estaba abierta y clavada al revés, es decir, con la tela contra el piso.
Aquello pronto fue noticia en el pueblo y empezaron a surgir distintas versiones de cómo había aparecido allí.
Algunos supersticiosos y no eran pocos, le atribuyeron el hecho a la acción de Pico Pardo, un pequeño pájaro que cabía en la palma de una mano, protagonista de cierta leyenda que lo pintaba transformado en un ave colosal de garras enormes y pico curvo cuando alguien mataba a un pájaro silvestre. El Pico Pardo era capaz de devorar al culpable en tales circunstancias y seguramente -decían los supersticiosos- por matar un gorrión, un mirlo, un jilguero, un petirrojo, o quizás un ruiseñor, el pájaro mítico se habría engullido al infeliz dueño de la sombrilla, que terminó clavada de cabeza cuando éste intentó escapar de la ira del Pico Pardo.
Otros, los más sensatos y no eran muchos, argumentaron que el viento debía haber arrancado a la sombrilla del lugar en donde había sido clavada normalmente, y que luego de varios tumbos aquel adminículo terminó incrustado al revés, y que estaba allí por el simple olvido de un turista distraído, obviamente mal informado, pues aquella rivera no era un sitio en el que se solía tomar sol. La razón: una playa amplia de arena fina que estaba apenas a 3 kilómetros del lugar.
Los más desconfiados y eran la abrumadora mayoría, supusieron que el caso de la sombrilla invertida se debía a una maniobra del intendente para distraer a la opinión pública mientras perpetraba un nuevo negociado.
Como sea, ese día los supersticiosos no fueron hasta donde estaba la sombrilla por temor al Pico Pardo. Los sensatos pensaron que era mejor dejarla en su lugar pues seguramente el dueño pronto volvería por ella. Y los desconfiados se olvidaron del misterioso objeto y pusieron atención en los movimientos del intendente.
Por supuesto, la intendencia no hizo nada al respecto, para no abandonar su mentada desidia cuando de solucionar algo se trataba, y la sombrilla naranja aún estaba junto al río cuando la noche se apropió del pueblo.
A la mañana siguiente y ante el estupor de toda la comunidad, alguien alertó que ahora las sombrillas naranjas y clavadas al revés, eran dos...
Algunos supersticiosos y no eran pocos, temieron que fueran un signo del mal, endilgándole el acontecimiento a Gémelus, el dios que según una vieja leyenda duplicaba todo aquello que pudiera hacer daño. Según se decía, habiendo nacido gemelo, Gémelus -el más débil de los hermanos- fue ocultado y luego desterrado de la tierra de los dioses porque su madre no tenía la leche suficiente como para amamantar a sus dos hijos. Criado entonces por una hechicera, al crecer conoció Gémelus su propia historia y preso de ira prometió darle a Electidio -su hermano- el doble de cualquier sufrimiento que éste padeciera. Y cumplió, por eso la madre de Electidio murió dos veces; y habiendo perdido un ojo en un lance de esgrima, el desgraciado quedó ciego al poco tiempo por obra de su hermano; y una terrible tempestad que resultó el doble de violenta que la más intensa jamás sufrida acabó con la vida del pobre Electidio. El problema fue que la maldad de Gémelus no expiró junto con su gemelo, y sin enemigos a la vista el perverso dios la volcó en contra de los hombres.
Los más sensatos y no eran muchos, adujeron que seguramente el asunto de las sombrillas se trataba de una campaña publicitaria que empezaba de manera misteriosa para hacer hablar a la gente, hasta que luego de un tiempo razonable se diera a conocer el producto en cuestión, con la atención del pueblo puesta en ese tema.
Los más desconfiados y eran la abrumadora mayoría, aseguraron que alguna empresa multinacional, en connivencia con el intendente, estaba construyendo un nuevo balneario que una vez terminado sería privatizado y explotado por esa compañía, quitándole al pueblo la posibilidad de disfrutar de las aguas del río libremente. Con seguridad -decían- el intendente sería parte de aquella sociedad, o al menos recibiría un jugoso porcentaje de la futura recaudación.
Como fuera que hubieran sido las cosas, ese día los supersticiosos no se acercaron a las sombrillas por temor a Gémelus. Los sensatos esperaron a ver el resultado de la campaña publicitaria. Y los desconfiados estuvieron atentos a si el intendente compraba un auto nuevo, lujoso, e importado, con los dineros que sin duda recibía a cuenta de parte de la multinacional.
Como de costumbre la intendencia no hizo nada al respecto, para seguir fiel a su proverbial apatía cuando debía resolver algo, y las dos sombrillas naranjas aún estaban junto al río cuando llegó la noche.
A la mañana siguiente y ante el asombro de toda la población, corrió la voz de que las sombrillas naranjas y clavadas al revés, ya eran tres...
Algunos supersticiosos y no eran pocos, se espantaron imaginando que una sombrilla enterrada al revés parecía un número seis, que las sombrillas eran tres y por lo tanto representaban al número de la bestia, y augurando futuras desgracias dieron rienda suelta a su hexakosioihexekontahexafobia... ¡bueno!, para que se entienda, a su fobia por el número 666.
Los más sensatos y no eran muchos, opinaron que no había razón para asustarse, pero que de todas formas era necesario estar atentos al desarrollo de los acontecimientos, y que debía crearse una comisión de vecinos para ir hasta donde se encontraban las extrañas sombrillas, con el propósito de conocer la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo.
Los más desconfiados y eran la abrumadora mayoría, coincidieron en que las tres sombrillas marcaban un lugar que debería ser visto desde el aire. Seguramente con una sombrilla no alcanzó para que se distinguiera, ni con dos, pero que ahora con tres cualquier piloto de helicóptero lo divisaba sin problemas, y aterrizaría allí cuando recibiera la orden del intendente, para ir a buscarlo el día que éste huyera robándose los tesoros públicos.
Sea cual fuera la razón por la que las sombrillas estaban allí, ese día los supersticiosos no se acercaron a ellas por temor a la bestia. Los sensatos decidieron que debían empezar a hablar para constituir la comisión que iría al sitio en donde estaban las sombrillas invertidas. Y los desconfiados comenzaron a mirar hacia el cielo para detectar el sobrevuelo de algún helicóptero sospechoso.
Como fue siempre, la intendencia no movió un dedo por el tema, para mantenerse leal a sus costumbres cuando debía resolver algo, y las tres sombrillas naranjas aún estaban junto al río cuando volvió a anochecer.
A la mañana siguiente y ante la alarma de toda la población, se supo que las sombrillas naranjas y clavadas al revés, eran ese día cuatro...
Los supersticiosos, los sensatos, y los desconfiados, volvieron a dar sus razones para que sucediera lo que estaba ocurriendo, y al próximo amanecer las sombrillas fueron cinco, y un día más tarde, seis; y al otro día, siete; hasta que tiempo despulpes alguien dijo que las sombrillas eran ya quinientas, y que seguramente se trataba de una gradual invasión de seres extraterrestres.
Ese día, los supersticiosos decidieron vencer su miedo e ir hasta el lugar donde estaban las misteriosas sombrillas; los más sensatos con comisión y todo se unieron a los supersticiosos en el camino hacia las sombrillas; y los desconfiados resolvieron informarse “in situ” de lo que ocurría, y se encolumnaron tras los supersticiosos y los sensatos. En resumen, el pueblo entero -incluido el intendente- marchó hasta la vera del río cercano para ver con sus propios ojos a las “sombrillas invasoras”.
Caminaron los dos kilómetros que separaban al pueblo del lugar invadido por las sombrillas naranjas, y al llegar, todos y cada uno de los presentes quedaron boquiabiertos...
Unos a otros se miraron incrédulos; se preguntaron ansiosos; se sonrieron nerviosos; se reprocharon molestos; se decepcionaron en masa; y comprobaron disgustados que en aquel sitio, no había absolutamente nada. Las sombrillas naranjas y enterradas cabeza abajo nunca existieron, y sólo habían sido producto de las habladurías de la gente por un rumor echado a correr no se sabía por quien, pues en realidad nunca nadie las había visto.
Y fue así que ese pueblo aprendió que mucho mejor que atender a las supersticiones; que aferrarse a la supuesta sensatez; o que hacer un culto de la desconfianza; mucho pero muchísimo mejor, era simplemente mantener la boca cerrada e... ir a ver.

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¡Hasta el próximo cuento!

miércoles, 3 de agosto de 2011

UN CADÁVER QUE NO FUE

Aquel día luminoso de verano y bajo pleno rayo de sol, llegó en el único tren que arribara a Aldea Clara desde hacía varios meses, una señora delgada y de porte sombrío. Vestía de oscuro y llevaba un tul que tapaba a medias, su cara magra. La intensa claridad, le hacía mal. Al primero que visualizó, fue a Gutiérrez, a quien le preguntó por una tal Herminia Gómez. El hombre no supo darle mucha explicación: La flaca, con cara de: “ya te va a tocar a vos también”, dio media vuelta y siguió su paso. Un  paisano que se desplazaba por un sendero pedregoso montando un zaino, pudo satisfacer su pregunta. Le contestó que para hallar a tal mujer, debía andar por el camino frente suyo diez cuadras de tierra, luego girar a la izquierda, y desde allí continuar otras veinte cuadras más.
Se toparía lentamente con más vegetación, los árboles que siempre rumoreaban y el faldón opaco de la sierra, le indicarían que estaba cerca. Cuando llegase a un río de cintura fina,  debería cruzar el puente. Ahí, próxima al árbol iluminado tímidamente por flores blancas, hallaría una antigua casa de piedra con techo de tejas rojas manchadas. Esa, era la morada de Hermi, como se la conocía en la zona.
La flacucha, después del largo viaje y aunque los minutos corrían, tuvo ganas de caminar para estirar sus huesudas piernas y echó a andar. Podría respirar otro aire, que no fuera el rancio de siempre. Total, el final de aquella mujer estaba más que próximo, iría disfrutando del paisaje.
A Herminia a sus setenta y seis años, le había llegado el momento. Éste sería, a las seis de la tarde. La  flaca anochecida,  no halló a la futura difunta.  Hizo más averiguaciones sobre el probable paradero de la señora y siguió su periplo, sin demasiada suerte.
Cuando la de negro, llegó a lo de Eulalio preguntando por su “objetivo”, éste alborozado y apuradamente le contestó que Herminia, luego de ayudar a su esposa a parir, había partido de su hogar: “fue a darle una mano a Pedro con la recolección de frutillas", y le indicó dónde era.  Así  La Muerte, que parecía estar muy perezosa, se la pasó vagando de un lado a otro sin encontrar a la mujer. Miró el reloj de huesos con manecillas de huesos también, éste marcaba seis y diez. Lanzó un insulto a viva voz mortecina. Debía continuar con su labor, entonces, dispuso marcharse. El tren, no pasaría sino hasta dentro de largo tiempo, por lo cual, había previsto desplazarse en sulqui. Su próximo destino: Arroyo Ciego, allí la esperaba otro asunto. Éste, no se le escurriría.
La Dama Oscura se iba del poblado, mascullando improperios -pensaba que aunque eterna, ¡vaya paradoja!, se estaba sintiendo vieja. Herminia, mientras tanto, canturreaba camino a lo de los Vázquez, iba a ayudar a María, a bañar a los siete pibes.
En sus fueros internos, La Muerte sonrío; total ella, los alcanzaría a todos, más tarde o más temprano.

OPORTUNIDADES PARA TODOS

Su nombre es Osvaldo y se apellida Gutierrez, tiene poco más de cuarenta años, soltero, medio instruido, sin oficio conocido, vive en una casa que recibió no se sabe bien de que herencia, en Aldea Clara. Allí lo conocen todos como “el loco Gutierrez”. Su vocabulario se limita solo a unos monosílabos, pocas palabras, y a algunas frases hechas que escuchó en alguna parte y que de tanto repetirlas se le grabaron en su corta memoria. Justamente a esas frases él trata de meter en cualquier conversación con otros, como bocadillos gratis, de alguna obra teatral imaginaria. Tales como; “en circunstancias que se tratan de establecer” o “se declaró un voraz incendio...” y más aún una de sus favoritas; “el masculino extrajo de entre sus ropas un cuchillo de regular tamaño...” Ciertamente que los del bar que ya lo conocen, aprueban con un movimiento de cabezas sus palabras y hasta a veces agregan; ¡Exacto! o ¡Muy bien Osvaldo!.
El ferrocarril separa al pueblo casi por la mitad; de éste y del otro lado de las vías. Durante años los intendentes que se sucedieron gestionaron, sin éxito, la colocación de por lo menos en la avenida principal, de un paso a nivel.
Años después de las privatizaciones la nueva empresa mandó a colocar una barrera roja y blanca, la casilla con la maquinaria, y un banco de pino tea, pintado de verde.
Del funcionamiento de la barrera se ocupaba un señor gordo y bajito, que vestía el uniforme ferroviario de color azul gastado y una gorra enorme, con la insignia al frente.
Actualmente casi no pasan trenes por Aldea Clara. Las vías son, por lo tanto, unas pobres vías muertas.
No obstante, el uniformado sigue haciendo sonar el timbre de prevención, bajando y subiendo la barrera. Lo hace por dos razones; a su juicio muy valederas; a) para no hacer abandono injustificado del trabajo (así lo asesoraron en la UTA) y b) como una fuente de ingresos.
Es verdad, con las barreras bajas algunos automovilistas o camioneros detenidos le gritan; -¡Gordo abrime! Y al pasar le dejan algunas monedas. Y sí... igual a un peaje.
Una tarde que estaba sin hacer nada, el “loco Gutierrez” se detuvo a observar intrigado al ferroviario que bajaba y subía la barrera y con un “graciaas...” recibía el peaje. –¡Te la vendo loco! -le gritó el gordo. -¿A cuánto? –preguntó Gutierrez muy seriamente. –Una luca – dijo el otro.
Sin decir palabra Gutierrez fue hasta su casa y de un frasco que alguna vez contuvo aceitunas sacó un rollito de billetes que hacían un total de mil pesos.
Con un apretón de manos el negocio quedó cerrado. El gordo le explicó el funcionamiento de la manivela para mover la barrera, le dejó una aceitera, la pava, el mate y medio paquete de yerba “Pájaro Azul” y se fue. -¡Gordo traeme el uniforme! -alcanzó a gritar Gutierrez.
Por ahora, no circulan trenes por esas vías, pero el “loco” con el pantalón azul a media pierna y la gorra hasta las orejas, sigue haciendo sonar el timbre, bajando y subiendo la barrera y agradeciendo el pago por su servicio.
Íntimamente espera con su trabajo, interesar a la empresa para que el tren vuelva a la Aldea.
Mientas tanto descansa en el banco de Pino Tea y a todos los que quieran escuchar les repite ahora su nueva frase favorita:

“En épocas de crisis siempre surgen oportunidades para hacer buenos negocios”.

lunes, 1 de agosto de 2011

Etiqueta Administración

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Plano de Aldea Clara



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