Elena se había levantado al alba. El olor al asfalto mojado, la tibieza de las medialunas del bar de Fichte, el ruido del ascensor que ahora se había detenido en el sexto, la cortina del aguacero incesante, las luces resignadas de la calle todavía soñolienta, despertaban mansa la ciudad como un misterio a develarse cada inicio.
Sería una jornada larga ese martes, que acaso terminaría en lo de los Winterson porque Juana la había invitado a su cumpleaños al que sólo iría Aída. Porqué Aída, no tenía la menor idea. Qué difícil interpretar las decisiones de otros. Quizá tanto, como aceptar lo definitivo de las propias.
Mientras el café la despeja, Elena lee los hechos de la demanda del divorcio de Clara, cuánta destrucción y desamor. Por qué fingió ser feliz tantos años con esas extrañas trisociaciones como un pacto de silencio consigo misma y de las que Elena hubiera preferido no saber. Ahora un contencioso y para qué si con un mutuo se habría resuelto mucho mejor. El tironeo de los hijos y los bienes. La ansiada y peleada declaración de cónyuge culpable, su obsesión, y la única finalidad centrada en la eternidad de la cuota. Para esclavizarlo y esclavizarse y quizá nunca quiso ser libre. Quizá nadie quiere. Decisiones de otros, uso y abuso de la ley. Ensañada por la infidelidad de Jordi, cosa extraña porque a la de ella con Tony desde siempre, la llama desliz sostenido y justificado, y como nadie sabe, no existe. Ha transferido la culpa con tanta manipulación que Jordi está dispuesto a cederle casi todo. Decisiones libres, o no.
Las nubes se escapan por tanto tumulto y escalan colinas secretas de sol. La lluvia ha cesado. Las gotas murieron dejando su marca y el jilguero del quinto otra vez ensaya su canto. Acaso nostalgia de ramas y hojas. Quizá extrañaría más su vida sin rayas de jaula, quizás.
Es otro el color de ese martes.
El diario le avisa de todos los cortes y la llama a Juana para felicitarla. No será el encuentro en lo de los Winterson, y no le confirma el lugar, sólo que a las nueve la pasarán a buscar con Aida para luego ir a cenar a un lugar que ya ha elegido. Antes de salir para el trabajo descuelga el vestido amarillo, y saca los aros. Las medias, las botas, y el sacón marrón.
Si no fuera el cumpleaños de Juana, después de semejante día y tanto trabajo, se habría acostado, pero…
Las nueve en punto y llegaron. Dejarían que el camino las lleve y las tres rieron.
Hacía mucho que no se veían y repasaron las historias. Partes de las historias. Porque las historias siempre son partes.
Aída seguía casada con su tercer marido, y lo decía orgullosa y con tono franco desde hacían ya, cuatro años. Y realmente estaba magnífica.
Juana retenía a su “Winterson”, que también la retenía. ¿Para qué cambiar? Si después de un tiempo todo es lo mismo.
Cuando llegaron, Juana pidió una mesa triangular y Elena le preguntó si estaba loca. Las tres se rieron y el mozo también. Les preparó una mesa redonda con tres bastones de roble sobre el mantel, formando un triángulo equilátero. Y colocó los platos dentro de cada ángulo. Como debía ser, dijo Juana aclarando:
–Porque hoy es tres del mes tres y del grupo de aquellas adolescentes, somos las únicas tres que cumplimos los años un día tres.
–Ah bueh…, ahora falta que pidas tres botellas de vino... y estamos listas.
–Y por qué no, si el tres es nuestro número, ¿o no? el equilibrio, ¿o no? somos la siembra y la recolección, ¿o no?
–Aída ¿vos sabías de este mambo numérico?
–No, yo sabía sólo la relación del tres con la masonería y lo sé porque cuando Jordi me escribe me envía tres besos y tres abrazos...
–¿Jordi? ¿Quién es Jordi?
–Lo conocí hace dos años. Pensé que era algo pasajero, por eso no les dije, además porque él estaba casado. Ahora se está divorciando, la mina le hizo un contencioso, una reverenda yegua, porque él sabe que ella tiene un minuso desde hace un milenio, pero por los pibes se la banca…Son raros los tipos a veces. Bueno, nosotras también somos extrañas…
–¿Pero qué, vos pensás convivir con ese tal Jordi, viene enserio la mano?
–¡Están locas ustedes! Si yo estoy rebién con Guillermo. Jordi es un complemento, nada más. Son los sesenta grados que me faltaban…
Juana se puso melancólica a la tercer copa de vino, y con su fina ironía le preguntó a Aída cuántos grados le aportaba entonces Guillermo…
Elena la miró y frunciendo el ceño pero sonriendo, como si no entendiera hacia dónde apuntaba la pregunta, intentando calmar los ánimos le dijo
–Sacá la cuenta che, han de ser ciento veinte grados…
Que Aída se hiciera la desentendida pareció no sorprender a nadie.
Juana apoyó su mano, para quien estuviera mirando la escena, amistosamente sobre el brazo de Aída.
–Sabés, entonces no me da la cuenta, tesorito… No vas a decirme, dulzura, que Winterson te aporta cero grado… ¿o sí me vas a decir eso?
Curiosa noche y la niebla se esfuma. La luna mirando callada las luces de siempre que con el tiempo cambian… La vida, las calles, el río, las casas, la gente. Otro amanecer.
Fin
3 comentarios:
Un enredo de “grados” entre tres amigas más otra mujer, Clara, que muestra lo chico que es el mundo, y lo complicadas e injustas que a veces son las personas.
¡Qué tema el de la amistad!; y el de los vínculos del tipo que sean entre las personas.
La trama deja expuesta la fragilidad humana para sostener ciertas situaciones, que ¿parecieran? no tan profundas.
¡Muy bueno!
Beso,
Ali. ;)
Un relato que se las trae Adeli, qué difíciles somos las mujeres y la amistad. Bien desarrollado y bien escrito, me super gustó.
Un bf.
Iris.
Publicar un comentario