Jorge Umberto Malpeli
Por causa de mi retraso y tal como lo hacía cada vez que me demoraba, debí bajar al subsuelo de la facultad para comer un pancho y beber una gaseosa.
Antes de venir a estudiar a la universidad de Buenos Aires, mi padre me dio a elegir entre un internado de monjas o la casa de su hermana mayor, mi tía Baudilia. Elegí esta última opción. Y allí no estaba permitido llegar tarde a la mesa, ni a la misa.
Mi tía se sentaba a las doce en punto en una silla vestida a la cabecera de la mesa, en el comedor de su casona del barrio de Palermo, que mantenía tal cual desde la muerte de su esposo, mi tío Cruz.
Durante la comida reinaba el más absoluto silencio. Sólo se escuchaba el tic-tac o las campanadas del enorme reloj de pie que presidía la ceremonia y la voz de la tía, que como todos los días y a la misma hora, después de escuchar un solo gong, repetía: - Son las doce y media- y a veces agregaba: - No se debe preguntar qué hora son, porque hora es singular; pero está bien contestar, por ejemplo, son las doce y media, por la concordancia ¿vieron?.
Recuerdo que una vez, después de su enésima lección, me atreví a repetir en voz alta; - ¿Qué gusto tiene la sal? Y a responder yo misma : - ¡Salado!. Mi prima hermana Matilde, que se sentaba justo enfrente de mí, se levantó de la mesa y pidió perdón por su espontánea y sonora carcajada. Ese día me quedé sin el postre; arroz con leche y cáscaras de naranjas cubierto con chispas de chocolate, que por otra parte, se reiteraba durante meses.
Por varios días la tía Baudilia no me habló, ni siquiera para desearme los Buenos Días.
Semanas después, ella le concedió a un señor mayor que la pretendía una sola oportunidad de almorzar con nosotras.
Matilde y yo estábamos atentas esperando el momento en que se rompería la simpatía o el tenue hechizo de amor. Y sucedió con la sabrosa sopa de verduras y arroz, y el agregado secreto de una chiquizuela sin carne, “sólo para darle gusto”, según contaba Ramona, la señora que ayudaba en la casa.
Estoy segura de que a mi tía le dolió hasta los huesos escuchar cómo su invitado arrastró la silla vestida cuando ocupó el lugar en la otra cabecera de la mesa; en verdad, no le gustó para nada. Después me miró a los ojos con una mueca crítica cuando observó que el señor había cruzado sus piernas mostrando la suela gastada de los zapatos, eliminando de un plumazo todo el protocolo de elegancia.
Yo temblaba de miedo cuando en ocasiones similares, Ramona traía la vieja sopera Limoges con el cucharón del juego y la tía Baudilia me pedía que sirviera a cada convidado. Si por casualidad rompía algo, debía pensar seriamente en el suicidio.
Y justamente en ese momento la señora se acercaba con la porcelana, la sopa humeante y el pesado cucharón.
Comencé con especial cuidado sirviéndole primero al caballero, por educación y cortesía, como corresponde. Sin embargo, aún no había terminado la ronda cuando todas observamos asombradas que él ya se llevaba la primera cucharada a la boca. -¡Está muy caliente! - exclamó luego de probar sólo la mitad de la cuchara y soplar en el resto. Después continuó soplando sobre el plato, mientras nosotras esperábamos pacientemente que la sopa se enfriara. El invitado llenaba tanto la cuchara que debía abrir la boca exageradamente, mostrar la lengua e ingerir el contenido del utensilio en dos veces. Inclinándose sobre el plato tragaba con tanta rapidez, ruidos y resoplidos que para mi espanto lo asocié a una triste escena cinematográfica de niños con necesidades básicas insatisfechas.
Completó el cuadro cuando a la vista del postre de arroz con leche mencionó algo así como; - no, gracias... tengo intolerancia a la lactosa y me produce gases.
Inmediatamente desapareció de la casa como minúsculo “peditum” que se disipa en el aire.
En otra ocasión, recibió a un señor mucho más joven que el de los gases, aunque mayor que ella. Éste pasó con soltura la prueba de la silla, del cruce de piernas y de la sopa de verduras. Para esta ocasión, Ramona había preparado como plato principal Pierna de Cordero al Romero, presentado en una fuente de barro que mi tío Cruz había traído especialmente de Pereruela, acompañada con papitas a la española y varias ensaladas. Como todo ocurría con normalidad, llegué a pensar que el nuevo pretendiente pasaría la prueba del almuerzo. Pero no pudo ser. Lo eliminó de la competencia una sola palabra: “escarbadientes”. - Señora - le pidió a la cocinera - por favor, ¿me trae los escarbadientes?. El silencio se hizo tan denso que se podía cortar con el cuchillo del juego Solingen.
El señor literalmente voló luego de comer el postre.
Después de terminar el doctorado regresé a mi pueblo a ejercer la profesión de pediatra.
Aún no he vuelto a Palermo, a la casona de la tía Baudilia de la calle Charcas.
En sus cartas, Matilde me cuenta que hasta la fecha ningún pretendiente ha superado la prueba de los almuerzos y que ahora es ella la que sirve la humeante sopa de verduras desde la vieja porcelana de Limoges. ¡Ah!, y me dice también, y esto sí que me alegra; la tía Baudilia me perdonó las
demoras.
1 comentario:
Todo un personaje la tía Baudilla. Me gustaría saber en qué otras cosas pone su atención esta exigente señora a la hora de respetar las reglas de urbanidad.
Muy bien escrito, recrea perfectamente las situaciones y el entorno donde se producen.
Me gustó.
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