Un grupo de hombres discute en El Thing -así llaman ellos a sus asambleas- acerca de cuál sería el castigo que recibiría un sujeto de nombre Ulf. Son vikingos, y como tales, duros, belicosos, y valientes. Hace ya muchos años que el clan dejó la península escandinava, y está ahora en la tierra que siglos más tarde llevaría por nombre: América.
Para ellos, nada se hace sin prestación de juramentos o presencia de testigos. Todas las operaciones, desde la cesión de tierra, el matrimonio, los nacimientos e incluso los entierros, se encuentran bajo el signo de la ley, y requieren de un formalismo extremo. En última instancia lo que realmente importa en un pleito no es tener razón, sino haber sabido respetar el procedimiento en sus pormenores, pues para esta gente, el derecho es sagrado, y quien no sepa seguir sus aplicaciones demostrará al instante su culpabilidad.
Habiendo ejercido Ulf la total libertad de palabra que cada vikingo tiene como su primera prerrogativa, aguarda el veredicto. La pena de muerte no existe, salvo en situaciones excepcionales, como la violación, o el homicidio cuando la víctima está totalmente indefensa, pero este no es el caso de Ulf, de modo que a él podía caberle una multa, el destierro, o la proscripción. Con la primera, pagaría; o soportaría los tres años de alejamiento que representaba el segundo, pero le temía a la proscripción, pues con ella sería despojado de toda prerrogativa humana. Nadie podría darle albergue, alimentarlo, transportarlo, ni prestarle cualquier tipo de ayuda. Ser repudiado de ese modo, es en cierto sentido algo mucho peor que la pena de muerte.
Para los vikingos, la igualdad y la libertad son inquebrantables, y no hay privilegios para nadie, de modo que Ulf sabía que para El Thing, todos los hombres eran iguales, y al menos en ese sentido estaba tranquilo.
La familia es la institución base para la sociedad vikinga, y mientras espera, Ulf piensa en la suya, que igual que todas, incluye a sus consanguíneos, y además, a sus amigos cercanos, hermanos jurados, parientes adoptivos, y pobres a cargo de la casa -los vikingos no abandonaban a los pobres-, y por sobre todos, Ulf pensaba en Bergljot, su mujer, una bella muchacha rubia de ojos claros, con quien se había casado aunque perteneciera ella a una familia de rango inferior a la suya. Este tipo de bodas no ocurriría normalmente, pero Ulf amó a su mujer desde siempre y no le importó aquella diferencia. No fue el suyo un casamiento por conveniencia, como sucedía en la mayoría de los casos.
Mientras El Thing decide, Bergljot aguarda en su casa, pues siendo mujer, no puede participar de la asamblea. De todas formas, ella no está excluida de la sociedad, y dentro del contexto de la época, goza de independencia, libertad, autoridad, y de ciertos derechos impensables en la Europa cristiana, como el de pedir el divorcio, o el de poseer tierras y riquezas propias. Además, lleva como cualquier mujer vikinga, las llaves de la casa, incluidas las de los arcones donde se guardan los objetos valiosos de la familia.
Bergljot, aguarda… está nerviosa. Ulf había ofendido a un vecino y merecía castigo. Lo había hecho en un momento de ira, rara en él, pero eso no sería un atenuante, por lo tanto, sabe ella que su esposo será condenado. Bergljot teme que a su hombre se le imponga el destierro -la falta no ameritaba la proscripción- y ya empezaba a extrañarlo. Serían tres años, y en casa la vida se haría más difícil. Ulf, como todo vikingo, es un hombre preparado para todo: granjero, pescador, artesano, herrero, tejedor, jurista, ejecutante de ritos religiosos de culto privado, poeta, así como practicante habilidoso de diversos juegos y comerciante de gran calidad; diestro para contar, valorar, vender o hipotecar. También es buen jinete y un navegante de calidad, versado en astronomía. Si era desterrado, su ausencia se haría sentir, y no sólo afectivamente.
Los hijos de Ulf, es decir, Styrmir, Ottar, y Asgeir -los varones- y Helga, Bera, y Ragna -las mujeres-, esperan junto a su madre la temida sentencia. Ellos son el orgullo de sus padres, como en cualquier familia vikinga, y Ulf los había aceptado a todos, tal cual era su prerrogativa. Antiguas leyes escandinavas permitían el abandono de los niños recién nacidos, pero esto no era una práctica común. Solamente los que sufrían de deformaciones físicas estaban condenados a sufrir esta suerte. De todas formas, el abandono de un niño era considerado un presagio de desgracias para los padres, y constituía un crimen execrable si ya le habían dado un nombre, y si el padre lo había reconocido mediante la ceremonia de ponerlo sobre sus rodillas. Con esta ceremonia cumplida, el niño era un miembro de la familia, y por tanto, disponer de su vida se consideraba un crimen.
Cuando el atardecer empezaba a despedirse, finalmente los jueces del Thing -en general vecinos o dignatarios locales- dieron su veredicto, y en aquella sociedad, en la que hasta los reyes eran destituidos si no demostraban aptitud, las penas habían de cumplirse.
Cuando Ulf regresó a su casa, reunió a su esposa e hijos y les dio la noticia. La palabra sonó dura e impía, y fue: destierro.
Al otro día, el hombre se marchó por tres años, según lo establecía la ley, pero antes de despedirse, recordó a su familia las máximas que regulaban la vida de los vikingos. Sus palabras fueron:
- Lleven siempre los vestidos limpios y decentes. Eviten la lujuria. Si tienen mucho trabajo que hacer, levántense temprano para que el nuevo día no los sorprenda perdiendo el tiempo. No den su amistad a los enemigos de sus amigos. No digan mentiras, pero si alguien los engaña, pueden ustedes también engañarle. Si llegan como invitados a una casa y tienen algo interesante que decir, díganlo con moderación, si no tienen nada que decir, escuchen con atención al que los ha invitado. No sean ambiciosos. Beban si les apetece, pero no se emborrachen. Si reciben invitados en casa, ofrézcanles agua y toallas para lavarse, y siéntenlos luego a vuestro lado, a orilla del fuego. Sean honestos.
Un lugar cualquiera del mundo. Año 2006 d.C.
- ¡Alumnos! -decía la profesora de historia- Hoy voy a hablarles de aquellos tiempos en que los vikingos asolaban al mundo, un pueblo brutal y salvaje que habitaba en…
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¡Hasta el próximo cuento!
3 comentarios:
¡Muy interesante el cuento!
¿Cómo nos verán en el futuro a nosotros, pobladores de la tierra del siglo XXI?
¡Me gustó!
Cariños,
Alicia.
Me encantó.
La historia... esa narración "verídica de los acontecimientos del pasado..." hay alguien que la escribe. Alguien a favor de los que ganan, o alguien a favor de los que pierden. Y ese alguien inevitablemente al hacer recortes o imprimir puntos de vista, incurre en ficción. Nos dejan, los escritores de la Historia, a partir de lo que leemos, las creencias, que al fin, creo, es lo único que nos queda. Aquello en lo que creemos nos hace vivir de un modo o de otro, y en ese ir viviendo, vamos transfiriendo de paso, nuestras creencias, que también a veces para otros, han de desdibujar "su" realidad. Realidad que nunca es una sola.
Conmueven en los tiempos que corren las máximas que Ulf dejó a su familia. De todas ellas, hay tres, que no he podido, y creo no podré, cumplir nunca.
Cuentísimo, un encanto el proceso, y la resolución.
Un beso,
Adela
Un pueblo brutal y salvaje según la profesora, pero qué clara la tenían. Una vida llena de enseñanzas. Me super gustó Daniel.
Un bf.
Iris.
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