Miguel había visto a Santillán sin saber quién era, ese viernes siete de febrero.
Aquel día el vendaval había comenzado a soplar después de las cuatro. No podía dormir debido al calor agobiante pero aun así se las arregló para leer el diario con su interés habitual de estar bien informado. Los cortes de luz habían comenzado a la hora anunciada pero su falta de conocimiento por ser nuevo inquilino en la zona, lo había hecho suponer que la cercanía al río, templaría la noche sin aire acondicionado con alguna brisa fresca y húmeda. Por eso abrió los ventanales.
El letargo de la vecindad era absoluto. Si Miguel no hubiera sabido que la zona estaba habitada, habría supuesto que era tierra de nadie. Lo único que se escuchaba eran sus propios pasos. Los pies descalzos emitían sonidos de arenisca, que quizá no eran sonidos, sino lo que sus dedos y talones percibían al tacto sobre el piso de cerámica que también estaba tibio, como las paredes, los vidrios y las cortinas.
Salió a mirar, a tomar aire por la puerta de la cocina y encendió tres espirales que colocó a su alrededor antes de sentarse en una de las reposeras. Cuando se percató de que eran las tres y cuarto supo que para lograr dormirse o intentar al menos adormecerse, el único modo sería emborracharse. Volvió a buscar la botella empezada de whisky, el vaso y los cubitos. El primero lo tomó de un trago sin hielo y a partir de ese momento percibió que lo pegajoso del ambiente, y hasta los mosquitos, ya eran amigables.
Escuchó lejanos, aullidos de perros comunicándose en ese lenguaje de sentimientos puros que no se esconden nunca, y, cercanos sintió ruidos de pajas secas invisibles, como si alguien estuviera escarbando.
De lo poco que había en la botella no quedaba ni una gota. Entrecerró los ojos y meditó Miguel, si para dormir acaso no sería conveniente abrir la que le había regalado Clara. El olor a viento de lluvia había empezado a hacerse sentir. El ruido suave y envolvente de las ramas de álamos y ciruelos zarandeaban el aire, por fin, después de tanta quietud.
Abrió los ojos para confirmar que el viento venía del sur. Y se puso de pie. En ese momento, justo antes del vendaval, sentado en la reposera a su derecha, Miguel lo vio.
La cara demacrada, chupada y endurecida, resaltaba sus ojos azulados impenetrables, concentrados y ausentes con su frente angosta y arrugada. El marco lo conformaba su pelo tupido, largo, opaco y enrulado. Era bajo, con piernas cortas y flacas. Podría haber sido amable pero no, más bien del tipo campechano huraño, de los que imponen un estado de alerta.
Cuando Miguel le preguntó, no dijo desde cuándo estaba ahí, ni cómo había llegado.
Cuando Miguel le preguntó, no dijo desde cuándo estaba ahí, ni cómo había llegado.
El viento venía bufando quién sabe desde dónde, arrastrando pedazos de ramas y haciendo volar sin destino papeles, cartones, y ropas arrancadas de algún cordel.
Con la mirada sostenida y midiéndolo, el hombre aclaró con voz cada vez más fuerte para hacerse escuchar, que él había creído que la casa estaba vacía, pero que al notar su presencia ahí afuera, no había querido interrumpir esa calma nocturna de verano de un tipo solo que ha decidido emborracharse.
Miguel entró y prendió una vela. El hombre cerró los ventanales desde afuera y fue hacia la cocina. Los dos, ya resguardados de semejante tormenta se miraron sorprendidos ante esa tácita aceptación de los hechos. Los truenos y el aluvión externo de chispas eléctricas hacían temblar la casa. Sin mirar a Miguel, el hombre dijo que no quería molestar, pero que no iba a poder irse hasta que pasase la tormenta. Le pidió una manta y se tiró en el sofá del living a dormir.
Cuando Miguel se despertó, en la cocina encontró café hecho y frío, pan tostado y migas en la mesada. El hombre no estaba. La botella que le había regalado Clara tampoco. Sí había doscientos pesos a la vista trabados bajo la frutera.
Miguel supo recién el diez de junio que aquel hombre se apellidaba Santillán cuando vio la noticia en el diario con la foto. Supo que la policía le había disparado por resistirse a la autoridad que lo venía persiguiendo desde meses atrás. Supo por la fecha, la hora y el lugar invocado del asesinato que se le imputaba, que Santillán nada tenía que ver con eso. Meditó Miguel mil veces si debía presentarse a declarar aun sabiendo que Santillán estaba muerto.
Recordó la madrugada del 7 de febrero, el calor, el esfuerzo para leer sin luz el diario por ese maldito hábito de estar informado, el whisky, las reposeras, aquella cara endurecida de ojos azulados y su gesto, los destellos, la tormenta y los papeles volando sin destino.
Dieciocho de junio. Miguel ve los titulares en el diario. Siempre palabras y palabras de tinta oscura. Útiles herramientas impresas, comunican, conforman y deforman, significan y siguen, informando.
Fin
Fin
2 comentarios:
Una gran encrucijada en la que se ve envuelto Miguel. Hablar para defender la inocencia de Santillán y meterse en un buen lío judicial, o callarse y vérselas con su conciencia...
Mucho tendrá que ver en su decisión la justicia del país en que se encentre. Conozco algunos donde atestiguar sería lo mejor, y otros en lo que es más conveniente mantener la boca cerrada.
¡En fin! Quizás haya llegado el momento de dejar de leer los diarios...
Un cuento para pensar. Felicitaciones.
Momento de decisión. Qué difícil, sobre todo si por hacer lo correcto puede correr riesgo la vida. A veces, en ciertos lugares, pasa.
Miguel deberá, de todas formas, convivir con ello.
¡Excelente!
Beso,
Ali. :)
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