¿QUIEREN UNOS MATES?
Discusión entre amigos en casa de Charly. Tema: los coreanos del supermercado nuevo.
Néstor recorría el dial buscando música que sirviera de fondo a la porfía...
-¿Tango? -exclamó Willy.
-¡Sí!
-¡Sacá eso! -le dijeron a coro.
-Poné heavy metal. ¡Loco! -sugirió Ricky.
A pesar de Néstor, habían almorzado en Mac Donalds, y ahora tomaban Coca desechando su sugerencia de mate.
-¿Con qué guita ponen los supermercados estos chinos? -protestaba Charly- Son mafiosos.
-¿Dónde viste un mafioso trabajando? -decía Néstor- son gente de laburo, y coreanos, che.
-¡Vos qué sabés!, boludo -saltó Ricky.
-¡Dejalo! -dijo Willy- Ahora se dedica a defender inmigrantes.
Néstor perdió la paciencia.
-¡Miren quienes hablan!... Se hacen llamar Charly, Willy, Ricky; morfan en Mac Donalds; tienen puestas una camiseta del Barcelona, otra de la Juventud y esa con una inscripción en inglés; su héroe es Homero Simpson; usan zapatillas importadas... ¡Mate no!, coca... ¡Tango no!, heavy metal... Argentina no, Yanquilandia. Saben una cosa, ¡boludo!, ustedes son más inmigrantes que los coreanos.
Después, hubo un silencio prolongado y reflexivo que Charly rompió con un...
-¡Muchachos!... ¿Quieren unos mates?
EN UN CAFÉ DE PARÍS
Camina con paso apurado. Va bien vestido y lleva un maletín de cuero. Obligaciones profesionales motivan su prisa. Al llegar a la esquina se encuentra con el Sena. Dobla por la calle costanera y unos metros más adelante, pasa frente a un café parisino de cuyo interior sale una melodía universal. Tras dejar atrás la puerta del local, se detiene bruscamente. Mira su reloj de pulsera; y lentamente vuelve sobre sus pasos para sentarse a una de las mesitas de la vereda.
Pide un café, y minutos después, mientras lo bebe cierra los ojos y cruza el Atlántico montado en su nostalgia. La música continúa. El Sena se transforma en un río color de león; la torre Eiffel en un obelisco blanco; el letrero del café donde está anuncia Tortoni, y él recorre una bella calle Florida sin flores.
Al rato, la melodía termina con un “sol” “do” marca registrada y abre los ojos. El Sena sigue allí. Ya no tiene más tiempo. Llama al garçon, paga, y se aleja con paso apurado perdiéndose entre la indiferencia de la gente.
PERRO MALO
PERRO MALO Corpulento, irlandés, de pocas palabras y ningún amigo, vivía sólo y para trabajar. Lo llamaban, Perro Malo.
Amante violento -hizo dinero y con él las muchachas eran más fáciles de conseguir- desechaba a sus parejas poco tiempo después de seducirlas.
Mal vecino, fastidioso con los chicos y los animales, pendenciero y alcohólico, Perro Malo tenía el apodo bien ganado, y nadie encontraba la razón que justificara su carácter irascible.
Cierta noche, borracho en la cantina del pueblo, Perro Malo se descompuso y cayó cual largo era sobre el piso de tablas de madera, arrastrando la mesa y la botella de “scoth”.
En el hospitalito los médicos no podían explicarse cómo había vivido aquel hombre, que murió esa noche.
-¡No tenía corazón! –comentó días después un parroquiano en la cantina.
-Sí. Era malo como el diablo –contestó otro.
-No, Cosme -aclaró el primero- Los doctores dijeron que no tenía corazón. Que tenía un hueco en medio del pecho.
Y aquella historia que luego fue leyenda, era absolutamente cierta, porque el corazón del pobre Perro Malo se había quedado definitivamente en Irlanda.
SU GUITARRA
SU GUITARRA Estaba solo en el aeropuerto, faltaban 50 minutos para que su avión despegara, y 2 horas antes había llegado en otro vuelo para hacer el trasbordo. Su casa estaba tan lejos...
Aunque había despachado el equipaje, la guitarra permanecía con él. Era lo único amado que pudo llevarse al dejar Argentina; desolado.
Sin embargo, ahora sonreía. Rocío, una españolísima que había conocido chateando, compraba chicles en un quiosco cercano y pronto estaría sentada junto a él, esperando abordar el vuelo, juntos.
-¿Feliz? -preguntó ella al volver.
-Desde el instante en que te vi, pero... ¡tengo tantas sensaciones distintas! Nunca pensé que pasaría por esto.
-Olvídate ahora, ¿vale?
-Aquí volverá a sonar mi guitarra, ¿no?
-¡Pues claro que sí!
Seis horas más tarde, el avión que los traía tocaba pista y aquel cantante -de protesta en los años 70-, abrazado por Rocío, su esposa desde hacía 15 años, reía y lloraba mirando el paisaje desde la ventanilla. Habían salido de Madrid, y luego del trasbordo estaban en Buenos Aires. Tras 20 años de exilio, Andrés había dejado de ser... un inmigrante.
-En ningún lado, hermano -consintió-. Esto es el paraiso.
-¡Claro que lo es!
El muchacho prosiguió su marcha portando una envidiable sonrisa mulata, y él bebió su primer sorbo de coco, para inmediatamente volver a aislarse en el horizonte. Hacía cuatro años que vivía en el caribe, lejos de su tierra natal, de la que lo corrieron el desempleo y la inflación. Hoy estaba de vuelta en el edén, pero mirando el mar, a lo lejos en el horizonte, la imaginación le devolvía el perfil de su añorada Buenso Aires.
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Bajó del avión y pensó en correr hacia el mar. Estaba angustiado y seguramente el golpeteo de las olas le devolvería la calma. Una hora más tarde había colgado su hamaca paraguaya de los árboles, y ocupaba un exclusivo balcón hacia el Atlántico. El horizonte fue refugio de su mirada. No precisaba otra cosa.
En eso acertó a pasar un joven de su vecindario, que exclamó...
-¡¿Disfrutando del paisaje, chico?!
-¡Seguro! Es incomparable.
-Arena blanca, mar azul y... ¡mujeres!... ¡Qué mujeres, hermano! ¿Dónde hay iguales?-En ningún lado, hermano -consintió-. Esto es el paraiso.
-¡Claro que lo es!
El muchacho prosiguió su marcha portando una envidiable sonrisa mulata, y él bebió su primer sorbo de coco, para inmediatamente volver a aislarse en el horizonte. Hacía cuatro años que vivía en el caribe, lejos de su tierra natal, de la que lo corrieron el desempleo y la inflación. Hoy estaba de vuelta en el edén, pero mirando el mar, a lo lejos en el horizonte, la imaginación le devolvía el perfil de su añorada Buenso Aires.
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¡Hasta el próximo cuento!


4 comentarios:
Querido Daniel tu cuento me llevo a un instante de mi adolescencia se usaban las camperas de jeans con escudos claro que extranjeros, no, y yo puse entre todos ellos el escudo nacional, y una compañera del colegio me dijo "cómo pusiste eso" y yo la increpe con que còmo no pondria el escudo nacional, si era mi escudo como no llevar ese que realmente sabia que era y lo que valia... el silencio fue rotundo, y un tenes razón... igual que tu cuento con el "tomamos unos mates"... me encanto!!!
Ha quedado PRECIOSO el blog, Daniel. ¡¡Te requetefelicito.!! Me encantó.
Es un tema hondísimo el de los inmigrantes y emigrantes. Los símbolos –entre ellos el lenguaje– a los que pertenecemos y de algún modo nos pertenecen, a cada uno, nos hacen ser de un modo. Y cuando andamos por ahí,aunque sea momentáneamente y aunque sea por el disfrute nomás de un paseo, si escuchamos nuestra lengua, alguna música de esas nuestras que conmueven el alma, sí, de algún modo nos agarra la melancolía. Se extraña lo que está lejos, se extraña lo que se quiere. Y se quiere lo que se siente propio.
Aunque a veces, por esas cosas, desantendemos lo que queremos, y queremos aquello que conocemos y que sentimos, nos conoce.
De chica solía pensar siempre en un mundo ideal sin fronteras, ahora me pasa cada vez menos. Los pasivos del crecer... que tanto quitan a veces.
Todos me gustaron, "el perro malo"
me entristeció un montón. ¿Cuántos habrá en este mundo? Y ¿por qué?
Un beso enorme,
Adela
¡Muy bien Daniel!
Todos los minicuentos, ¡me gustaron mucho!
Tienen obviamente, un hilo conductor que los hace interesantes en su diversidad de escenarios, personajes y en la unidad de temática.
Besos,
Alicia
Hola Daniel, gracias por trabajar tanto para nosotros. De diez.
Me super gustaron estos nostalgiosos relatos tan reales y acompañados por unos buenos mates ¿qué más?...
Un bf.
Iris.
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