jueves, 22 de marzo de 2012

A UN CUENTO


Quiero aprehenderte libre
y que te entregues
a mi lectura sin tutor,
ignota de tu origen

Que me permitas conocerte,
recrearte, descubrirte
a mi manera construirte
aunque estés hecho,
en el sentido hondo de una esencia
y la existencia de una forma
propia, tuya
y mía.

No me digas por qué.
Dejá que vuele
Que mis alas desplieguen con tu fondo
con tu forma de ser
de ser, así como eres
o sos.
Porque soy como soy, aunque no sepas
y no sé por qué tanto me asombras,
sin distinguir al tú y al vos, conmigo
Porque así, como con vos contigo,
que es lo mismo,
O no,
Con nadie puedo serlo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

DÍA DE LA POESÍA.

 
El Día Mundial de la Poesía es tributo a la palabra poética propuesto en el año 2001 por la Unesco, se celebra cada 21 de marzo (equinoccio de primavera) con el propósito de consagrar la palabra esencial y la reflexión sobre nuestro tiempo. Este evento que fortalece la cultura en nuestro planeta se realiza en importantes capitales del mundo como París, Ámsterdam, Berlín y Bogotá. En Europa es llamado Primavera de los Poetas y en Colombia la Común Presencia de los Poetas, por ser instituido por la Fundación que lleva el mismo nombre, la cual trabaja desde hace dos décadas en la promoción del universo poético en Hispanoamérica.

Con numerosos eventos y lecturas múltiples se realizan actos en diversas latitudes del planeta para celebrar tan importante evento por este género de la literatura, por esa extrema forma de percepción de la vida. La UNESCO lanzó al mundo el siguiente comunicado para avalar la conmemoración del día mundial de la poesía al instituir ese legado para el mundo:

«Es evidente que una acción mundial a favor de la poesía daría un reconocimiento y un impulso nuevo a los movimientos poéticos nacionales, regionales, e internacionales. Esta acción debería tener como objetivo principal sostener la diversidad de los idiomas a través de la expresión poética y dar a los que están amenazados la posibilidad de expresarse en sus comunidades respectivas.»

Unesco
La importante celebración en Bogotá es una de las más concurridas del mundo y cuenta con lecturas de más de 20 poetas de reconocimiento internacional y con la asistencia de cuatro centenares de personas que realizan un brindis por la poesía. En lugares emblemáticos de las más importantes ciudades del mundo se efectúan maratones poéticas celebratorias. En París (Vaca Azul y otros recintos), Berlín (Puerta de Brandeburgo), Bogotá (Gimnasio Moderno), La Plata (Pasaje Dardo Rocha), Bilbao (Café Boulevard de Bilbao), Ámsterdam, México, D. F., y La Habana, donde los poetas se reúnen el 21 de marzo en parques y grandes auditorios para dar a conocer su voz profunda y visionaria inspirados en la espera de un mundo mejor para todos, en Venezuela diversos grupos celebran este día en un evento que se ha llamado como Atentado Poético Venezuela, en el cual distintas personas salen a las calles de las principales ciudades del país a regalar la mayor cantidad de poemas posibles y realizar recitales espontáneos.

Extraído de Wikipedia.

martes, 20 de marzo de 2012

SOBRE

Me decidí a ir cuando recibí la foto por correo.  Por correo y desde hace años, sólo recibo en casa facturas a pagar, publicidades  y algunas revistas  como resultado de alguna suscripción de la que al poco tiempo me arrepiento pero aún así, por desidia no me desuscribo.  Habíamos tomado esa foto en el mejor momento de la relación. Fueron buenos momentos casi todos y nunca nada es perfecto,  sí sé que hubieron momentos mejores que otros como sé también que las intransigencias provocan estragos. Y los estragos demuelen en un santiamén lo que pudo haber sido.  
 Bebíamos nuestras copas de  vino frente al mar en esa posada solitaria que habíamos elegido y sentíamos  que el mundo era nuestro y que lo nuestro era el mundo, excluyendo al resto. En la terraza, además de nuestras voces bajas que delataban esa clase de intimidad  que con nadie se comparte, mientras cenábamos esas delicias regionales, sólo se escuchaba el rumor de las olas suaves de junio cuando el aire es tibio y la brisa de la noche dulce  y simple y todo acontece como si fuera inalterable.
Me decidí a ir, sí, cuando recibí la foto, porque de otro modo no se me hubiera ocurrido, por lo  que despertó en mí, y,  porque ese “para que me recuerdes”, sencillamente me gustó. Me gustó  su arranque,  ese atrevimiento  insólito, después de tanto tiempo. El tiempo hace que, los desrecuerdos –como diría Alejandro–, intenten vaciar el contenido y limpiar lo indefectiblemente cuasi fatal ocurrido en otros días, pero también lo ciertamente irrepetible por lo hermoso de días previos. El desrecuerdo no acontece naturalmente, se instala por decisión de las lesiones originadas en el corazón o en la razón, que necesitan ser curadas para  poder seguir.  Y la gran aliada es la voluntad  que implica siempre esfuerzo para desrecordar. Hasta que un día cualquiera, después de innumerables días,  se recibe una foto “para que me recuerdes” y vuelve ineludible sólo lo  grato: la mirada abarcativa, el abrazo especial, sus pasos lentos  hundiéndose en la arena y el juego sano de hacer el amor bajo las estrellas en ese instante eterno; el valle descubriendo la luna adormecida del amanecer y las glicinas trepando el alambrado con sus racimos violetas; la tranquera pintada de blanco  y el sendero por donde caminábamos tantas veces riéndonos, y otras, comunicándonos  en un silencio de sueños.
La foto, me hizo recordar  sus manos y las mías de entonces  en los remos,  la mirada interrogante y fiscalizadora de aquel día, el sol abrasador malvado y cruel del sur.  
La foto, cuando la recibí, me hizo recordar y  percibir el paisaje todo desprovisto del marco temporal. Quizá también, por eso fui, por el recuerdo del barco de papel plateado que naufragando, dejamos ir entre las aguas frías.

miércoles, 7 de marzo de 2012

ELIPSIS

Se detuvo otra vez  aislándose de la  realidad  para mirar  al detalle   lo único que quedaba sobre el escritorio. El globo terráqueo.  La miel acuosa de sus ojos,  la blancura cuidada y húmeda de su cutis,  la asimetría  prolija, lineal y desafiante del corte  de su pelo lacio ahora rubio,  y esos aros colgantes que  vallaban con libertad  el largo de su cuello,  el cigarrillo consumiéndose  entre sus labios creando   volutas cerúleas y su respiración reflexiva, hicieron  que recordase  aquel  día.
Se había detenido  frente a la ventana  de la cabaña apenas  entreabierta y, como si el resto del universo  no existiera,  sin pestañear observaba  a través de ese hueco diminuto que daba al exterior.  Había fijado   su  retina en la silueta larga del lahuán. Un afuera inmenso  impregnado de  olores húmedos con suelos agrestes habían cautivado su atención, y,  la cercanía del lago aturquesado pincelaba el ocaso. Todo estaba ahí en ese cuadro invisible: la muerte y la vida, lo eterno y lo efímero,  la pasión y el desgano,  el amor, la amistad,  la furia y la calma, las broncas y los desatinos,  su historia toda, los sueños, las búsquedas eternas, los desaciertos y  los colores que mienten, las miradas truncas, los gestos vacuos; a lo lejos  el sol escondiéndose en su propia rutina, gigante, menguando su lumbre, desvaneciéndose. Tan llano y primario, tan fuerte,  tan simple su declive. Tan azul. 
Azul como  el océano, que al este y al oeste del Meridiano de Greenwich, al sur del Ecuador, baña las costas quietas de una esfera  sin base ni soporte, sepia. Sin luz.


Fin

lunes, 27 de febrero de 2012

LA RAQUEL - Capítulo II

Parte XXII (Adela)
-Escribanía buenos días, habla Cristina, ¿en qué puedo ayudarlo?
-Muy buenos días, Ontiveros habla señorita, ¿anda Don Aurelio, por ahí?
-Aguarde un momento comisario, lo comunico.
-Buenos días comisario Ontiveros, ¿cómo van las cosas?
-Marchando marchando Don Aurelio, quisiera hablar con usted, por un asunto confidencial, si me lo permite…
-Con mucho gusto, dígame de qué se trata, ¿o quiere acercarse y lo charlamos acá?
-Se trata de una cuestión seria y urgente, y quizá se pueda ir adelantando y luego mañana o esta tarde, nos reunimos. Mire, dígame si es posible para usted gestionar en el Registro, como trámite urgente un certificado de dominio de El Zurrusco, la estancia…
-Todo es posible comisario, ¿tiene una copia de la escritura?
-No, no tengo ni un mísero papel. De eso es que quiero hablarle después personalmente, y le reitero lo confidencial del asunto.
-Entiendo… Creo que lo mejor es hablar de esto en persona hoy mismo, así me interioriza de la cuestión y aceleramos lo que sea al máximo. ¿A las dos le queda bien?
-Hecho, a las dos entonces en su oficina. Gracias Don Aurelio, hasta luego.
El escribano Aurelio Almirón, al despedirse, sabía que sólo contaba con cuatro horas para decidir si era o no conveniente avisarle a Tincho de la movida de Ontiveros y de lo que probablemente estaba pasando.
Era pleno mediodía cuando llegaron al bar de Chola, los cuatro juntos. Santibáñez, Ludueña, Gorriti y Valdez. Les olía mal la muerte de Paco. Les olía mal que no los hubieran citado todavía porque era de público conocimiento que se conocían. Algo raro estaba pasando, y no encontraban la punta del hilo del carretel. No dejaban de preguntarse, quién podía tener motivos para querer deshacerse de Barrios.
-¿No será cosa de la Raquel, por venganza? -Dudó Santibáñez.
-No, que Raquel ni venganza, si estaban por reconciliarse. Nadie me dijo nada, pero yo los vi juntos hablando el otro día en la calle, y él estaba sonriente, y ella tranquilita como agua de tanque. Estaba claro que estaban retomando. -Afirmó Gorriti.
-Además, si es cierto lo que dicen, porque nunca se sabe, fue obra de un profesional, un mazazo y al río… Con lo poco que le gustaba a Paco el agua… qué destino.- Dijo irónico Valdéz.
-Es cierto que el agua no le gustaba, y El Costero menos, pero me imagino que los mazazos, tampoco. Acá hay algo raro, muy raro. ¿No tendrá algo que ver el Señorito? -Levantó las cejas Ludueña.
-Esto huele a podrido de veras che… Pero al señorito, me parece, aunque nunca se sabe con la gente, no le da el piné ni para hacer ni para contratar un matón, aunque habiendo pendejos de por medio, quien sabe… -Reflexionó Santibáñez tocándose la barbilla y asintiendo mientras decía.
-Dejen de hablar macanas, dejen de hacerse los Sherlock Holmes que ya la cana está movilizada, muchachos… Tómense otra copa que yo invito esta vez, por el Paco, para que se descubra y para que quien haya sido, se pudra en la cárcel…-Dijo Chola
Parte XXIII (Iris)
Aldea Clara cada vez está más oscura. Robo, atentado y muerte dan vueltas en derredor de su geografía sin encontrar una salida. Sus habitantes ya no son confiables tal y como lo habían sido en épocas anteriores los viejos Saldívar. Cuando ponían su poderío y sapiencia al servicio del lugar.
Intereses creados por los más jóvenes y el afán de ostentar el poder para elaborar planes macabros hacen presuponer que ya no importa mantener el buen nombre de la familia.
Samanta no puede olvidar el rostro de la Raquel, una y otra vez se le aparece con una dureza desconocida para ella, casi amenazante. Si cuando la vio por primera vez le llamó la atención la pasividad con la que actuaba. ¿Por qué ahora la ve tan diferente? ¿Es que está enloqueciendo?...
Los flashes son intermitentes y ocurren por la noche cuando se está por quedar dormida. No, no es un sueño. Son representaciones desagradables que la atacaban de todas las formas imaginables estando aún despierta. Entonces Samanta aprieta con fuerza sus ojos para no ver más.
Es ese el motivo que la lleva a pedir una entrevista con Pablo Lutero, el psiquiatra del pueblo. Debe tratarse o enloquecerá de verdad. De una cosa está segura. No debe contar esto a ningún habitante de Aldea Clara, ni siquiera a Juan Saldívar.
Parte XXIV (Daniel)
Dos días más tarde, a media mañana, un sujeto ajeno al pueblo llegaba a Aldea Clara y se hacía presente en la comisaría donde pedía hablar con Ontiveros. Se trataba de un hombre de alrededor de 50 años, delgado y un tanto parco, bien vestido y oliendo a perfume caro, quizás para tapar el aroma que tres paquetes de cigarrillos por día se encargaban de impregnar en sus ropas.
-¿Dónde podría alojarme por poco dinero, cabo? –preguntó el recién llegado mientras esperaba a que lo atendiera el comisario.
-Pregunte en el bar de doña Chola, ella sabe tener un par de habitaciones que alquila.
-¿En el bar?
-No. Pegadito. Allí tiene su casa y las habitaciones. Es un lugar limpio y además puede cocinarle... ¡Imagínese!
-¿Qué cosa me tengo que imaginar?
-Que va a comer rico. Doña Chola es la cocinera de su bar.
-¡Ah! En el bar también dan de comer.
-Este es un pueblo chico, señor... Ángel me dijo, ¿no?
-Le dije.
-Aquí hay que hacer de todo para ganarse el pan. ¡Imagínese!
-Imagino.
            Minutos más tarde, el comisario recibía en su despacho al hombre que había pedido hablar con él.
-Adelante, Spadafore –exclamó Ontiveros abriendo la puerta de su oficina. Pase y tome asiento.
-Gracias –respondió el hombre y pronto estuvo sentado frente al escritorio del comisario.
-¡Muy bien! -se preparó Ontiveros- Dirá usted en qué puedo servirle, detective.
-Vea, voy a ir directo al grano porque no tengo mucho tiempo, y supongo que usted tampoco.
-Es cierto. Ando con algunos asuntos urgentes que resolver. ¿Como lo sabe?
-Como diría su cabo, me lo imagino.
-¡Ah!... ya notó el latiguillo de Basualdo –exclamo el comisario entre carcajadas.
-Necesito que me diga qué sabe de la muerte de Francisco Barrios -sorprendió el detective cortando abruptamente la risotada de Ontiveros.
-¡Oiga!... usted debe saber que todo está bajo secreto de sumario.
-Lo sé.
- ¿Y entonces?... ¡¿Qué pretende que le diga?!
-Lo que sabe. Y habiendo en esta comisaría tanta imaginación, y sobre todo estando entre policías, imaginará que lo que me diga no saldrá de mi boca.
-Usted ya no es policía, Spadafore, y eso no me lo imagino. Sé muy bien por qué dejó la fuerza.
-Un policía nunca deja de serlo, Ontiveros. Cuénteme lo que sabe.
-¿Para quién trabaja?
-Hagamos un trato: usted me dice lo que sabe, y yo le cuento quién me paga.
            Ontiveros sabía que Spadafore no abriría la boca, y estaba muy interesado en saber quién era la persona que había contratado al comisario retirado.
-Está bien. Confío en su discreción. Le voy a decir lo poco que sé sobre el asesinato de Paco.
            Así fue que de boca de Ontiveros, Spadafore supo de la relación entre Paco y La Raquel, y del hijo que habían tenido; se anotició de la historia de esa mujer, incluyendo su pasado de prostituta; se enteró de la causa por estafa de la que había sido absuelta, de su paso por la casa del intendente como cocinera, y de su actual trabajo en el municipio como secretaria de Martín. Por supuesto Ontiveros también mencionó la relación de La Raquel con el hijo del intendente, y le contó a Spadafore de qué manera había aparecido el cadáver de Paco, el hombre que se había ido de Aldea Clara para volver recientemente.
-¿Y me dice que todavía no hay ningún sospechoso? -repreguntó Spadafore.
-Afirmativo. Todavía no hay ningún sospechoso de haber liquidado a Paco.
-¡Muy bien, Ontiveros! Le agradezco la data. Ahora me voy. Tengo que encontrar un lugar donde alojarme, y Basualdo ya me dio el dato de cuál puede ser. ¡Buenos días!
            Y dicho esto Spadafore se puso de pié enfilando hacia la puerta de la oficina.
-¡Espere! -dijo Ontiveros incorporándose prestamente- Todavía no me dijo para quién trabaja.
-¿Qué pudo averiguar sobre la denuncia que hizo aquí el señor Juan Saldívar? -preguntó entonces Spadafore a boca de jarro, sorprendiendo al comisario por segunda vez.
-¡Eeehh!... Nada, de eso no sabemos nada. Pero seguramente no habrá imaginado la denuncia, ¿verdad?
-¡Claro! Yo no la imaginé, y ahora usted ya sabe quien me paga. ¡Qué tenga buenos días!
            Spadafore salió del despacho mientras Ontiveros se quedaba pensando en esa denuncia, y en la conversación que había tenido con Almirón respecto a la escritura de la estancia El Zurrusco.
-Adiós, cabo –saludó Spadafore a Basualdo.
-Adiós. Y me le da saludos a doña Chola. Dígale que yo le recomendé el lugar.
-Usted debe ser un asiduo concurrente del bar, ¿no?
-¡Imagínese!
-Y algunas copas las ha de pagar, y otras no, ¿verdad?
-¡Bueno!... yo a veces...
-No hace falta que me cuente, cabo –interrumpió Ángel Spadafore- Yo ya me imagino...
-¡Je!... ¡Imagínese!
-¿Sabe lo que no me imagino, cabo?
-¿Qué?
-En donde mierda queda el bar de doña Chola. ¿Por qué no me da la dirección?
            Poco después, él detective Ángel Spadafore iba rumbo al bar de la doña, imaginando cómo sería aquel lugar, y el porqué de aquella extraña y casi imperceptible expresión en el rostro de Ontiveros, cuando escuchó el nombre de Juan Saldívar, el hombre que le pagaba para que averiguase quién había robado la escritura de El Zurrusco, y para qué...

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Parte XXV (Adela)
“No es exagerado decir que Aldea Clara, otrora pacífica y segura,  y contaminada sólo por pequeños hechos de corrupción, se ha transformado en  muy poco tiempo, en terra nullius. Tierra de nadie. Quizá también zona liberada ¿al azar? Los actos nuevos de la metamorfosis que sufre la comunidad, comenzaron a suceder casualmente, a partir de la  asunción del nuevo intendente. Un nuevo intendente de quien se suponía, según sus discursos de campaña y los reportajes de la politicada, aportaría fundamentalmente transparencia en sus actos.
No puedo no preguntarme, entonces: ¿Por qué designó a su hijo Martín para el puesto que ocupa en el municipio? ¿Qué hace allí la querida de Tincho, asistiéndolo en todo lo que hace, de lo que nada se sabe? Su querida, la tal Raquel Girado, de dudosa reputación, que había sido contratada como doméstica en la casa de los Saldívar y con vinculaciones sentimentales con el recientemente asesinado Paco Barrios, ahora se ha transformado en secretaria privada de una de las dependencias de la municipalidad. Será el que tiene, ¿un puesto por mérito?
¿Por qué no avanza la investigación del caso Barrios?
Y, me pregunto, a partir de trascendidos, por qué Spadafore -de quien ya publiqué declaraciones vertidas por él, en aquel mayo de 2007- representa a Juan Saldívar, qué misión en concreto ha de  llevar éste a cabo en beneficio del hijo de nuestro intendente.
El frustrado intento de homicidio en contra de la señorita Samanta Fabbro, casualmente prometida de Juan Saldívar, reitero, casualmente hijo del intendente, en las oficinas de la calle Saavedra, me hacen suponer que todo estaría vinculado. La justicia dirá, si es que en algún momento se expresa a través de sus sentencias.
Que los involucrados, trátese de víctimas o no, mantengan un silencio sostenido, cual monjes negros, resulta llamativo. Resulta llamativo que la señorita Samanta Fabbro, padeciendo a raíz del incidente del que fue víctima, y, habiendo estado su vida en riesgo, con graves secuelas de una supuesta amnesia como resultado, se niega a comunicarse con los medios. ¿Qué hacía Samanta en la calle Saavedra cuando fue sorprendida? ¿Sorprendida por quién?
No es exagerado decir entonces, insisto, que Aldea Clara, otrora pacífica y segura, y contaminada sólo por pequeños hechos de corrupción, se ha transformado en muy poco tiempo, en Res nulius. Donde nada se sabe de nada de aquello vinculado con las funciones públicas y sus allegados. Y, cuando nada se sabe, el pueblo imagina.”
-¿Leíste lo que publicó el sátrapa este? -Osvaldo arrojó con bronca el diario a  su mujer.
-Esto es un escándalo Osvaldo, un escándalo. Hay que hablar con los medios, con la gente. No podés dejar que un zurdo de estos, nos ensucie de semejante manera. Yo estoy preocupada por otra cosa…
-¿Qué pasa mujer? Miraba el libro que ella tenía en la mano al tiempo que movía la cabeza en señal lenta de negación.
-Es un libro de Samanta, una novela de Maupassant mirá el señalador en qué página está, mirá el párrafo que subraya y el sí con signos de admiración que escribió al costado.

“Entienda esto bien amigo mío, para mí el matrimonio no es una cadena, sino una asociación. Sólo lo concibo a condición de seguir siendo libre y dueña de mis actos, de mi tiempo, de mis salidas, libre siempre y en todo. No podría tolerar ni fiscalización, ni celos, ni discusión alguna acerca de mi conducta…”
-Osvaldo ¿en manos de quién está nuestro hijo? ¿Se encuentra ella definida en esas líneas?
Parte XXVI (Iris)

La preocupación de Zulema cobra real importancia cuando la trasmite a su esposo. Osvaldo Saldívar piensa en lo que su esposa le dice y no puede evitar un gesto de disgusto. “Samanta quiere ser libre. Sin embargo vive atada a un pasaje de su existencia que desconoce. ¿O miente?...” Osvaldo frena sus macabros pensamientos y tranquiliza a su mujer. -Dejemos las elucubraciones sin sentido de lado y busquemos la verdad por la verdad misma Zulema.
Pablo Lutero es un hombre joven y atractivo. Samanta esquiva su mirada, pero no para de hablar.
El no la interrumpe, prefiere escucharla. Sin embargo anota en su cuadernillo dos palabras que por repetidas logran impresionarlo: “No recuerdo” eso hace que decida ayudar a esta mujer que por momentos da la sensación que desvaría. Aún así presiente que sufre y mucho. Usará su técnica más eficaz haciendo que hable su inconsciente.
Ahora Samanta cierra los ojos y sólo escucha una voz monocorde que hace que se relaje totalmente.
“Apenas la veo es una mujer, la conozco, la llaman Raquel, ¿qué hace en la oficina de Juan?... me da miedo, todo se oscurece, la perdí, me duele la cabeza, ¡Dios… mi cabeza!..."
Pablo despide a Samanta no sin antes acordar una nueva visita. Ella le agradece asegurándole que se va más tranquila, más liviana. Algo deja allí, aunque aún no lo sabe. Promete volver, necesita su ayuda.
Lutero presiente que está a punto de descubrir algo importante pero debe obrar con cautela, no apresurarse. Lo primero que hace es llamar a la oficina de Juan Saldívar para pedirle a su secretaria una entrevista con el señor.
Aldea Clara comienza a hacerle honor a su nombre.



Parte XXVII (Daniel)
 
Y mientras Zulema hablaba con su marido, y Samanta con el psiquiatra, una tercera conversación se desarrollaba en Aldea Clara, y las tres tenían el mismo hilo conductor.
-¿Cómo es posible que Hubieta sepa que me contrató Juan Saldivar? –bramaba Spadafore tras arrojar el último ejemplar de Atalaya sobre escritorio de Ontiveros- Usted era el único que lo sabía, y teníamos un pacto, ¡carajo! ¿Cuánto le dio ese reportero de cuarta?
El detective se refería a Valentín Hubieta, cierto periodista que trabajaba para Atalaya, uno de los dos periódicos de Aldea Clara.
-Un momento, Spadafore. Yo no le dije nada –se defendió, Ontiveros- Todavía tengo códigos.
-¡¿Ah, no?! ¿Y quién se lo contó entonces, un pajarito? Hubieta tiene un asuntito conmigo desde que lo agarré en una, allá por el 2007, y me tiene entre ceja y ceja. ¡Vamos!, ¿cuánta guita le puso Hubieta, comisario? –sostuvo Spadafore, furioso.
-Vea, detective, yo no sé quién mierda le fue con el dato a Hubieta, pero lo que ese tipo pueda saber no salió de mi boca.
-Entonces las paredes de su puta comisaría, escuchan. Tenga cuidado, viejo, porque cualquier día de estos Atalaya podría publicar algunos de sus chanchullos.
-¿De qué habla? –y apoyando los nudillos de ambas manos sobre la tapa de su escritorio, Ontiveros se puso de pie.
-De cosas que uno se entera.
-¿Qué cosas? –a esas alturas el comisario se había puesto rojo, y no de vergüenza- ¡Hable!
-No se preocupe, comisario, yo no hablo a menos que haga falta.
-¡Oiga! ¿Me está amenazando? –exclamó Ontiveros a punto de perder el control.
-En absoluto. Yo no amenazo, sólo advierto. Conoce la diferencia, ¿no? Usted era el único que sabía que yo trabajaba para Juan Saldivar, y en este momento lo sabe Hubieta y todo el pueblo. ¡Pero no importa!, porque ahora yo sé algo más de usted. ¡Que le vaya bien!
Y tras decir aquello, el detective salió del despacho de Ontiveros, aunque al transponer la puerta tuvo tiempo para soltarle…
-¡Ah!... Me olvidaba. Gracias por los datos confidenciales que me dio sobre la muerte de Barrios. Los acabo de leer en Atalaya.
Visiblemente enojado, en su trayecto hacia la salida Spadafore pasó frente al mostrador donde estaba el cabo Basualdo.
-¡Eh! ¡Qué cara de culo! –exclamó el suboficial- ¿Qué le pasó, detective?
-¡Imagine! –fue toda la respuesta.
 
Al día siguiente, en plena calle, Osvaldo Saldivar hacía declaraciones frente a varios periodistas que lo habían estado esperando a la salida del palacio municipal, y se encimaban para preguntarle al intendente…
-Lo que publicó Atalaya -decía Saldivar- no tiene ningún sentido. Mi hijo Martín está en la municipalidad trabajando y no de ñoqui. En cuanto al pasado de la señorita Girado, a mí no me consta lo que publicó Hubieta, pero sí puedo afirmar que es una excelente madre, y que en el tiempo que se desempeñó en mi casa mostró eficiencia y un comportamiento ejemplar, igual que está mostrando ahora en la municipalidad.
-¿Y qué tiene que decir sobre el asesinato de Barrios y lo lento que va la investigación?
-Sobre ese tema le tendría que preguntar al juez, no a mí, señorita.
-¿Es cierto que Aldea Clara es una zona liberada?
-Afirmar eso, señor periodista, resulta una barbaridad. Es cierto que los hechos de delincuencia han aumentado, pero se trata de un fenómeno que se está dando a nivel mundial, y Aldea Clara no es la excepción.
-¿Qué hacía la señorita Samanta en la oficina de su hijo el día del robo, intendente?
-Discúlpame –respondió el intendente- Sé que estás estudiando periodismo, pero date cuenta de que Samanta es la prometida de Juan, ¿qué tiene de extraño que estuviera en su oficina? Además, ¿cómo sabés que hubo un robo? Tendrías que ir a decírselo al juez. No busquen cosas raras donde no las hay.
-¿Por qué el detective Spadafore está trabajando para su hijo Juan, señor intendente?
-Señor, son ustedes mismos los que dicen que la investigación va lenta. ¿Por qué se admiran entonces de que mi hijo haya contratado a un prestigioso detective para ayudar a esclarecer las cosas? ¡Por favor!
Continuará... (sigue Adela)

viernes, 24 de febrero de 2012

IN



El brillo de la luna  que no es su luna,
ni  su brillo,
oculta entre las aguas  su mirada.
La noche de este luto  que no es su luto,
ni  su noche,
sepulta entre las  nubes  sus  palabras.
Las  crestas  de este río que no es su río
ni sus crestas,
naufragan  en sus  puntos cardinales.
El  puente  de  madera  que no es su puente,
ni  su madera,
desvencija   sus  rachas  del destino
La estrella con nombre que no es su estrella,
ni su nombre,
constela  entre  colores de su cielo.
La bruma del verano   que no es su bruma,
ni su verano,
susurra  murmurando su silencio…

domingo, 12 de febrero de 2012

CÓMO VOLVER...

Cómo volver…
Tomo el teléfono, y aunque dentro de mí  sé que es ella, igual atiendo. Y doy por sentado que regresaré apenas pueda. Cuelgo y mirando por la ventana, ajeno a ese paisaje que ante mí se presenta sin capturar mi atención, aunque si lo hace la oscuridad tras las luces, me quedo pensando.
Era una especie de animal cruzando un circulo de fuego, debía volver… los tiempos habían expirado. Mi oasis se acabó, el aire que lento entraba a mis pulmones se despedía, las noches de sonrisas copa en mano también, todo volverá a ser arena golpeando en mi rostro he de regresar a mi desierto. Y lo haré doscientos cincuenta veces más,  aún sintiendo que un perro enfurecido desgarra mi alma, pero a pesar del dolor que me causa, lo haré.
Dejaré aquí mi oasis para cuando el desierto ahogue, cuando el aire se envicie demasiado y el dolor  más que doblar me quiebre.

sábado, 11 de febrero de 2012

De Alfredo Leuco, y lo suscribo

No me gusta la demagogia. Ni los que se prestan a las operaciones de marketing del gobierno. No me gusta que me usen. Me parece una falta de respeto a la inteligencia de los argentinos que una serie de ricos y famosos intente mostrarse como almas sensibles y caritativas. Ayer lo definimos acá como jueguito para la tribuna o venta de humo.
A mí y a la inmensa mayoría de los argentinos nos van a sacar los escandalosos subsidios sin que movamos un dedo.
Por supuesto que tampoco voy a hacer nada para que me mantengan los subsidios. A todas luces no los necesito. Pero tampoco necesito hacer exhibición de mi bondad para que el gobierno haga propaganda y oculte el tema de fondo. La única verdad es que acá muchos sectores que no son desocupados ni excluidos van a ser castigados con la quita de los subsidios. Conozco infinidad de gente que se va a agarrar la cabeza cuando le lleguen multiplicados por dos o por tres el gas, la luz y el agua. Son ciudadanos argentinos a los que esa situación les hace un agujero terrible en su frágil economía. Gente que vive con lo justo. Que mantiene a sus suegros o a sus viejos porque todavía son castigados con la injusticia de no recibir el 82% móvil (denegado por la excelentísima sra. Presidenta – agrego yo). Parejas jóvenes en los que uno solo de los integrantes tiene trabajo con un sueldo apenas modesto. Pero les van a sacar los subsidios porque tienen un departamentito de 60 metros cuadrados. Lo heredaron de sus viejos y es lo único que tienen en el mundo. Todo es una farsa. Una gigantesca improvisación, un volantazo tras otro de parte de un gobierno que quiere disfrazar este paso atrás como un paso adelante en la equidad social.
Los que pueden pagar no necesitan ayuda del estado. OK. ¿Cual es la novedad? ¿Cómo explican los millones y millones que les regalaron a grandes empresas y a millonarios con el dinero de todos los arge ntinos?
¿Quieren tapar todo con esta cortina de humo? Tratan de instalar un campeonato de ricos y famosos para ver quien es más generoso y desprendido. Para un gobierno que se dice progresista, ¿No sería mejor una reforma tributaria para que el sistema sea menos regresivo? En la lista hay de todo.
La encabeza la presidenta de la Nación porque quieren transmitir que ella es la que se pone a la cabeza del operativo desprendimiento para todos y todas. Preguntas: ¿Renunció a los subsidios en las 25 propiedades que tiene?
Porque la presidenta es propietaria de 2.905 metros cuadrados de 18 casas, 688 de 4 departamentos, 558 de dos locales y 2.100 de un terreno. ¿Todos tenían subsidios?
Otra pregunta: ¿A que renunciaron Amado Boudou y Julio de Vido? Porque sus viviendas en Puerto Madero y en un country ya habían perdido el privilegio del subsidio. ¿O la idea es desviar la atención y disfrazar de épica revolucionaria un simple hecho administrativo que además es innecesario porque el subsidio se lo van a sacar igual? En la lista de los primeros que renunciaron a los subsidios hay de todo. Gente que elude y evade impuestos.
Gente que tiene que rendir cuentas a la justicia por mentir en sus declaraciones juradas para pagar menos, o que fingió una quiebra o que no dan facturas para embolsar en negro parte de lo que ganan o que dibujan sociedades extrañas en el culo del mundo para no ser tan solidarios como quieren mostrarse ahora. Tiene razón Beatriz Sarlo cuando dice que todo esto se parece más a una campaña de autopromoción y a una especie de test moral o examen de ingreso para los que quieren participar en la kermesse de las almas bellas.
Yo no voy a hacer ninguna presentación y por lo tanto me van a sacar los subsidios. Y sin hacer tanta alharaca. Que el gobierno deje de gastar dinero en la publicidad oficial que intenta hacer creer a la gente que el desprendimiento invadió la vida de ricos y famosos. Que el gobierno proceda. Que pague los costos políticos correspondientes por haber mantenido durante tanto tiempo una política arbitraria, injusta y de absoluta oscuridad ética.
Dejen de tirar fuegos artificiales. Dejen de sobreactuar para esconder estos ajustes y los que se vienen. Conmigo no cuenten. Conmigo no, De Vido. Yo no renuncio.

jueves, 9 de febrero de 2012

SINE DIE

Mis anteojos de miope se  caen de la mochila al  sacar las llaves  para entrar; el ruido de vidrios aplastados por  mi propia bota me  hace volver  a la realidad de este martes largo que sí, se apagó el domingo, después de haberse consumido durante cuánto tiempo… No lo sé.
La oscuridad  cede ante la hazaña  de las estrellas y  el ánimo plateado de la luna traza un sendero ya conocido, complicando la noche, única amiga fiel de la razón que, obstinada,  tanto se aleja del buen juicio y no logra separar el presente de lo que pasó y pasaba. 
Hoy es veinte de mayo  y huele a humo de hojas quemándose en las zanjas. El viento nocturno y otoñal  de este  pueblo, arrastra  desde el campo y desde los caseríos, la tierra finita  de las calles formando un remolino seco,  otra vez, en  esta esquina. Las pocas viviendas  de las cuatro manzanas que aquí desembocan, no han variado. Y quizá yo tampoco,  y es por eso que vuelvo, o por el deseo de sentir que nada cambia, queriendo ignorar  el fluir continuo de las aguas del río, desconociendo al gran Heráclito, y de paso olvidándome, para intentar olvidar.
Las puertas oscuras de madera entornadas,  los vidrios quebrados que adivino, nadie ha deseado cambiar, concuerdan con los sonidos  apartados de los cubiertos siempre resistentes en  una mesa en la que se está cenando.  Y sucede  una noche más,  donde  hasta la rutina de  los chistidos agudos reclamando silencio y  el ladrido constante del perro de Sil, se confunden. 
No hablar del pasado, para disfrutar el presente.  No preguntar, para contentarse. Contentarse por lo que no se dice, con lo que se oculta. Recrear sin palabras que comprendan el antes para  conformar un presente sin hilos, entonces sin nudos, entonces sin cortes. Conducen los hilos.
Hacer desacontecer el antes y borrarlo, como cuando  el amor se va y deja ese sabor amargo, vacuo y quieto muy dentro, por  todo lo que  en el pasado, ha sido. 

lunes, 30 de enero de 2012

LA RAQUEL - Capítulo I


Parte I (Adela)

Era cierto nomás que la Raquel estaba preñada. Se supo en el pueblo enseguida porque El Zángano lo dijo a boca de jarro en el boliche de don Pascual. Que la Raquel había ido a consultarle a qué podrían deberse las tres últimas faltas, y, que muchas razones no había para que eso sucediese en una mujercita sana, en edad fértil, y con la clase de vida que llevaba, activa y promiscua.
Hay que ser zángano, sin querer ofender a los animalitos, para despacharse así, siendo el doctor del pueblo, nada más ni nada menos que sobre una paciente como la Raquel.
La Raquel es por sobre todo, una mina buena, discreta como ninguna, querendona y solidaria, y si hay algo que la distingue de todas las otras, es que es incapaz de hacerle mal a nadie. Seguro que se le ha negado al Zángano en más de una oportunidad y por eso habla así. Por despecho. Habría que colgarlo de los huevos en la plaza para que aprenda. Y de paso para medirle la hombría, a ver qué resulta.
Ahora Santibáñez, Ludueña, Gorriti y Valdez, andan con la cola entre las patas. Crápulas. Piensan que la Raquel les va a hacer algún reclamo de algo, como si alguna vez le hubiera pedido algo a alguien. Los cuatro que no se cansaban de hablar de días o noches calientes con ella, dicen que no tienen nada que ver. También la preñez ha de poder ser por obra del espíritu santo, ¿por qué no?, si con María sucedió de ese modo, por qué no puede sucederle igual a la Raquel.

Parte II (Iris)

En fin, que la Raquel no es María y ahora tiene que apechugarla y hacerse cargo solita del hijo que lleva en su vientre. Ella sabe bien quien es el hombre que la preñó. Fue la noche en que el Paco la tiró sobre la cama y usando de su fuerza bruta la enclavó. Ella no quería, pero nunca se respetaron los deseos de la Raquel. Tampoco hubiera querido trabajar en lugar de estudiar, ni soportar a ese padrastro borracho que le pegaba duro hasta que logró escaparse, ni llegar a ese pueblucho de mala muerte a prostituirse. No, la Raquel no lo hubiera querido. Buena mina la Raquel. Ahora sólo piensa en el hijo que va a traer al mundo.
La Chola, dueña del boliche de la esquina, le comentó que en casa de los Saldívar necesitaban una cocinera y allí se largó la Raquel sin pensarlo. Sí, porque ella de cocina no sabía nadita pero era muy voluntariosa. Así fue como empezó a trabajar para esa adinerada familia.
Una noche la Raquel no podía dormir. Se levantó sin hacer ruido para llegarse hasta la cocina. Vio luz en el escritorio y pasó en puntas de pie para no molestar. Alguien en el lugar tampoco podía dormir.

Parte III (Daniel)

Aclaremos que esa noche, la Raquel era en la casa de los Saldívar -donde ocurrió el asunto- una chica que hacía cinco días que trabajaba allí, sin que los patrones supieran que ella llevaba una vida promiscua, y tampoco que estaba preñada, porque no se le notaba ni un poco dada su contextura física. Seguramente Zulema, la dueña de casa, nunca la hubiese empleado conociendo la realidad. Ella pretendía una cocinera sin problemas de embarazo, y además, no le hubiera dado a la Raquel la oportunidad de calentar a su marido ni a ninguno de sus dos hijos varones. Además, nunca se expondría a las lenguas de víbora de sus amigas, cuando ellas se enteraran de las particularidades de la cocinera. A Zulema le importaba mucho el qué dirán.
Volviendo a aquella noche, la Raquel vio la luz en el escritorio a través de la ventana de su pieza, pues aunque ambos ambientes estaban alejados, sus paredes externas -con algunas habitaciones de por medio- se encontraban en ángulo recto. Igual que la ventana de la habitación de servicio, la del escritorio daba al jardín trasero.
Sabiendo entonces que había alguien más despierto en la casa, la Raquel fue sigilosamente hasta la cocina, que estaba a pocos pasos de su pieza, y una vez allí sacó un vaso de la alacena para después caminar hacia la heladera en busca de agua fresca. Ella quería tomar cierta pastilla. De pronto...
-¿Qué estás haciendo, Raquel?
-¡Señora! -se asustó la cocinera.
-¿Qué te sucede, no podés dormir?
-Vine a tomar un remedio.
-¿Cuál?... A ver.
La Raquel se lo mostró entonces a su patrona.
-Esto es un antiemético -dijo Zulema- ¿Andás con vómitos?
-No. Es una sensación, nomás. Culpa de mi gastoenteriti.
-Gastroenteritis -corrigió la dueña de casa.
-¡Eso!
-¿Sensación?... ¿Seguro que es gastroenteritis?... ¿No estarás embarazada vos, no?
-No, señora. ¡Por favor!

Parte IV (Adela)

–¿Estás segura, vos?
–Por lo menos hasta donde yo sé patroncita… Que no estoy, pero que si estuviera, mire, eso no iba a impedirme a mí trabajar como siempre en beneficio de usté. Y de mí. Y del bebé si lo hubiera. Una vida nueva, imagínese que nunca lo habría pensado. Un don que sólo Diosito da. Pero esas cosas no son para mí. ¿Usté cree en Dios? ¿Cree que cada vida nueva es un don que viene de él? –la miró inquisitiva y se expresó serena.
–Raquel… ¿No te parece que es tarde para tanta charla? Lo único que no quiero yo, son sorpresas. Andá a descansar nomás que el día empieza temprano y hay mucho para hacer, que es sábado –Zulema intentó simular que le creía.
La chupa cirios Doña Zulema, volvió al escritorio sin una gota de sueño, no iba a quedarse con la duda, y, si la Raquel estaba encinta tenía que saberlo para tomar medidas. ¿Pero, qué medidas podía tomar, en definitiva?
Había empezado a lloviznar y, si bien es cierto lo que dicen, que la lluvia a algunos los impacienta, no es menos cierto que a muchos otros los aquieta.
Zulema se quedó meditabunda, mirando cómo pegaban las gotas en la ventana, las flores y la altura que ya tenían los árboles que habían plantado sus hijos, cuando todavía eran chicos. Y recordó cuando nació Martín, y cuando nació Juan. Y cuando perdió al tercero que iba a llamarse Antonio. Y que Saldívar, el hombre ocupado de toda la vida, no había estado en ninguno de los tres hechos más importantes de su vida. Porque tenía reuniones, el tipo no podía estar. Si todo seguía así, el día que la muerte lo viniera a buscar a él, también iba a tener que esperar para llevárselo.
Se puso a mirar los álbumes de fotos por orden y no se percató de la hora que ya era.
–Buen día Señora Zulema, ¿le parece que le traiga el desayuno acá hoy? –preguntó la cocinera con voz sonriente y clara, acercándose con la bandeja completa.

Parte V (Iris)

El mimo le gustó a Zulema y aceptó de buen grado el desayuno ofrecido. La Raquel sabía como hacer para conquistar a la señora. Tenía que manejarse con cuidado. De a poco le haría saber la verdad y ella aceptaría a su hijo, estaba segura.
-Mirá Raquel este es mi hijo Martín, el más grande, ¿lindo no?... -dijo Zulema mostrando una foto bastante actual-. Mañana lo vas a conocer en persona, vive solo ¿sabés? Y no pasa un domingo que no me visite. Lo amo. No se lo cuentes a nadie, pero es mi preferido. No es que no lo quiera a Juan, pero no me gusta con la gente que se junta, por eso peleamos mucho. Además, tiene el carácter del padre, no nos parecemos en nada. En cambio Martín es un sol, idéntico a mí.
La Raquel la escuchaba sin pestañear y esto le gustaba a la señora.
-Bueno, podes irte nomás, si te necesito te llamo.
-Está bien señora. ¿Alguna comida en especial le gusta a su hijo?
-Sí, guiso con carne y arroz - la Raquel respiró aliviada. Ese plato lo sabía.
La mañana del domingo pintaba linda. Ya no llovía. El sol del amanecer despertó a La Raquel. Hoy era el día. Tenía que esmerarse para conquistar también al hijo de la señora. Ella sabía como hacer, no en balde había conocido a tantos hombres, de los buenos y los no tanto. Se metió en la cocina y comenzó a preparar el guiso de carne. Sudó a más no poder, pero lo condecoró con una sonrisa de satisfacción. “Ya está. Ahora me toca a mí.”
La Raquel era una linda mina. Pelo largo negro, ojos grandes color miel y una sonrisa que mostraba buenos dientes. Tampoco estaba mal de cuerpo. Al menos por ahora. Se “encolonió” -perfume barato si los hay- y bajó.
Martín estaba en el living hojeando el diario. “¡Qué hombre!... es un budinazo, hay Diosito no permitas que haga una macana, por favor salvame”.
La muy turrita ya lo estaba mirando con ojos de non santa. Martín levantó la vista y sus ojos se encontraron.
-¿Y vos, quién sos? - le dijo poco amable el varón.
-La Raquel - dijo con un hilo de voz, la cocinera.

Parte VI (Daniel)

-¡¿La cocinera?! -exclamó Martín extrañado- No sabía que mis padres habían contratado a una nueva cocinera.
-¡Ah!
-¿Y qué hiciste hoy para el almuerzo?
-Guiso con carne y arroz, Martín.
-¡Cómo! -el hombre frunció el entrecejo contrariado.
-¿No te gusta? –se afligió La Raquel- Es que tu mamá me dijo...
            El mayor de los Saldívar no dejó que la cocinera terminara la frase.
-La comida está bien. Lo que no me gusta es cómo te dirigís a mí. En adelante hacelo de esa forma: señor Martín. Tratándome de usted. ¿Te queda claro?
-¡Sí, sí! Entendí.
-Entonces podés retirarte.
Minutos después Zulema apareció por el living.
-¡Ay!... Osvaldo no contesta su celular -le comentó a su hijo- Tu padre no cambia más. Cuando está en alguna reunión lo apaga. ¿A vos te parece que tenga que verse con un cliente un domingo a la mañana?
-Mamá.
-¿Qué, hijito?
-Seguro que vos fuiste la que contrató a esa cocinera desubicada, ¿no?
.....
Mientras tanto, en la oficina de Osvaldo Saldívar -el ganadero más importante de la zona-, éste conversaba con cierto personaje que pretendía meterlo en la política.
-Usted tiene una muy buena reputación, don Osvaldo. Piénselo bien. Con su nombre encabezando la lista, no podemos perder las elecciones. Imagínese... Osvaldo Saldívar, intendente de Aldea Clara. ¿Qué me dice, eh?

Parte VII (Adela)

–Le digo que… qué se yo mi amigo. ¿Sabe lo que pasa Armendáriz? Usted mismo lo ha dicho, tengo muy buena reputación, y además tengo una vida ordenada, entonces créame me siento bastante libre de hacer o deshacer a mi manera.
–¿Entonces es un sí Saldívar?
–Mire, de serle franco voy a tener que pensarlo mucho porque nadie nunca sale limpio de la política, y usted lo sabe, por más clara que sea esta Aldea.
–Pero hombre, un tipo como usted, traería otros aires Osvaldo, al partido le haría bien, al municipio le vendría de periquete, yo sé que en la provincia a un tipo como usted lo escucharían, y estoy seguro de que hasta en la Nación, su voz tendría peso.
–No alucine Armendáriz… Créame que le agradezco el alto concepto que de mí tiene, pero no hay que subestimar al enemigo… –Sonríe levantando las cejas y guiñando un ojo.
–¿Se puede saber a quién se refiere?
–Al ser humano, hombre, al ser humano en particular y en general. Pero déjemelo pensar, tengo mucho que evaluar, pero el miércoles sin falta, le doy una respuesta.
–Espero que acepte, que no esquive el bulto, hay que hacer patria hombre, una patria limpia con limpios. Ya sabemos que los lugares que los limpios dejan vacíos, se llenan de mugre.
El apretón de manos, el “hasta el miércoles entonces” y el ruido de la puerta cerrándose, fue seguido por el timbre del teléfono. Una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces, el número de la casa.
“Y seguro que es Zulema. Si la atiendo me va a reprochar que nunca estoy en casa. Que me fui temprano. Que me fui sin saludar. No sé qué mierda quieren las mujeres a veces. Tener un proveedor a quién demandarle cosas y más cosas, cosas y más cosas. Y de coger ni hablar. Cómo me equivoqué con Zulema. Era tan hembra… Qué bicho raro es la mujer, una vez que tienen hijos, a la mierda con la cama. Con los mimos. Los mimos son para los hijos, porque al padre de los hijos lo transforman en un dador de cosas para la familia y en un receptor de reproches…

Parte VIII (Iris)

-Por fin llegaste Osvaldo Saldívar. Me cansé de esperarte, vas a comer solo.
-Está bien. Servime. Estuve hablando con Armendáriz me hizo una propuesta que tal vez acepte.
-No me vas a decir que te vas a meter con ese corrupto que solo busca enriquecerse a costillas de otro, porque de laburar, nada de nada.
-Mirá Zulema, lo estoy pensando seriamente. Un puesto político nos sacaría de esta clase media venida a menos. Podríamos viajar, cosa que ambos queremos y jamás pudimos concretar. Hasta creo que le haría bien a la pareja estar solos un tiempo.
-Me estás convenciendo Osvaldo. Tal como lo pintás me seduce la idea, aunque me da un poco de miedo. Sabés que la política es para pocos, que necesita dedicación de parte de quien la ejerce y sobre todo honestidad. Esto último se practica bien poco. Ya ves, yo misma te estoy dando cátedra y pontificando el tema y minutos antes me sedujo el argumento de la plata y el uso que le daríamos. No se Osvaldo, decidí vos.
-Sí. Ya está decidido. El miércoles le contesto a Armendáriz que acepto su propuesta.

Parte IX (Daniel)

-Escuchame una cosa, ahora que caigo en la cuenta.
-¿Qué?
-¿Por qué me dijiste eso de salir de esta clase media venida a menos, Osvaldo? Nosotros no somos clase media. Somos ganaderos, y viajar, viajamos.
-¡Sí claro!...
-¿Entonces?
-Entonces, si en lugar de consentir a tu hijo mayor y de dedicarte a despilfarrar el dinero, te interesaras un poco más por el campo, te darías cuenta de cómo viene la mano, y de que ya somos prácticamente de clase media. En cuanto a viajar, no me refiero a quince o veinte días en Europa. Hablo de tres meses. De la Costa Azul. Del lujo y la buena vida. ¿Me entendés, mujer?
.....
Finalmente llegó el día miércoles, y cuando Osvaldo Saldívar se entrevistó con el tal Armendáriz, le comunicó su intención de incursionar en política, sustentada en el apoyo que a esos fines había recibido de parte de su familia. Y aquí hay que darle a las palabras “de parte”, los dos significados que podría tener, es decir, “de parte” en el sentido de que el apoyo provenía de su familia, y “de parte” en lo que se refiere a que no era toda su familia la que compartía la iniciativa del ganadero. Juan Saldívar, su hijo menor, para nada estaba de acuerdo con aquella decisión.
-¡Fantástico, don Osvaldo! -exclamó Armendáriz- Esta misma noche les daré la buena noticia a las autoridades del partido. ¡Ja, El Toro Saldívar intendente de Aldea Clara! -afirmaba el político entusiasmado, llamando al futuro candidato por el mote con el que se lo conocía.
El tiempo y los acontecimientos siguieron su curso, y un año más tarde las cosas habían cambiado bastante; en el pueblo, y en casa de los Saldívar.
Efectivamente, el vaticinio de Armendáriz se había hecho realidad, y El Toro Saldívar se había convertido en el flamante intendente de Aldea Clara, en tanto que su hijo Juan -dado el tiempo que Osvaldo debía dedicarle a su nueva actividad- había tomado las riendas del campo propiedad de la familia. De los dos hermanos, Juan era el que tenía los pies sobre la tierra, mientras que Martín se dedicaba a imitar a su madre en aquello de despilfarrar el dinero. Por supuesto, con su hermano a cargo del campo, las cosas cambiaron para el mayor de los Saldívar, quien acostumbrado a vivir del dinero fácil, convenció a su padre para que le consiguiera un puesto en el municipio, convirtiéndose pues en asesor del intendente.
Por su parte, la Raquel -ya madre- había dejado de ser la cocinera de los Saldívar, pues Juan, enterado de la clase de mujer que era, la había despedido sin miramientos. Fue así como aquella damisela se convirtió en la secretaria del díscolo Martín Saldívar, agregando un nuevo motivo para acentuar las diferencias que a esas alturas había entre ambos hermanos.

Parte X (Adela)

“En camino largo, no hay carga que no se acomode” se le escuchó decir alzando la voz en el bar de Chola al Paco Barrios, que, tocándose hondo con la mano izquierda la bragueta, brindó con dientes de hiena, al costado del mostrador, por la Raquel Girado.
“La Raquel Girado, hembra de varios…” Valdez, Gorriti, Ludueña y Santibáñez, alzaron los vasos consintiendo y asintiendo el canto del gallo en celo, en ese gallinero sucio carente de huevos.
-Vieron, le puso Francisco al pendejo, así que le gustó en forma aquello de revolcarse entre los no quiero, que eran un sí quiero bien fuerte pero calladito, y, a las pruebas me remito, camaradas -Insistió con la mano en la bragueta.
-Y, vieron que se anda rumoreando que el Tincho Saldívar, lo va a reconocer -agregó Valdez levantando las cejas.
-Sí, también se corre la bolilla que en los primeros tiempos, se hacía el exquisito con la Raquel. Que se hacía tratar de usted, el señorito -asentían todos risueños antes las palabras de Gorriti.
-¡Ja! El señorito cayó como un chorlito y yo me alegro por el pendejo, que, de ser así, ojalá, ojalá por el pibe, va a terminar siendo el nieto del intendente, y la Raquel capaz que pasa a ser una hacendada -al hablar Ludueña le sostenía la mirada a Barrios que parecía inquietarse, mientras otra vez, levantaba el vaso otra vez lleno.
-Brindemos otra vez, y ahora, por el pueblo, por el hembrón del pueblo, que es de todos. Para quien guste…
La Raquel vivía en la casa que Martín Saldívar entre gallos y medias lunas había comprado. Compartían la oficina en la municipalidad, y las noches de los martes, los jueves y los sábados en la casa de la calle Mitre.
Mirándose en el espejo, la Raquel se veía diferente ese domingo, y mientras amamantaba al pequeño Francisco, se decía “el amor viene con el tiempo, sí, el amor viene con el tiempo, hay que dejar que vaya pasando nomás…”

Parte XI (Iris)

Siempre había soñado con tener un hijo, la Raquel, y ahora que lo tenía soñaba con darle lo mejor, que no le faltara nada. No quería que pasara privaciones como las que había pasado ella. El pequeño era lo más. Haría cualquier cosa por él.
-Raquel te necesito -la voz de Martín sonó autoritaria desde su despacho-. Se me ha ocurrido algo que nos va a salvar para siempre. Hoy es el día que Juan visita el campo. No está en su oficina. Quiero que vayas y retires todas las escrituras que guarda en su archivo.
-Pero Martín, yo no puedo hacer eso, esas escrituras son de propietarios de Aldea Clara, el señor Juan administra esos campos.
-Por supuesto Raquel, ese es el motivo por el cual las quiero tener en mi poder.
-No puedo hacer eso, sería robar, además podría ir presa, y mi niño…
-Raquel no sigas. Jamás sospecharán de nosotros. Te prometo que tu vida va a cambiar a partir del día de hoy. A vos y a tu hijo no les faltará nada mientras vivan. De lo contrario… imaginación no te falta. Imaginá tu destino y el del purrete. Este es un duplicado de la llave de la oficina de Juan, hoy o nunca.
La Raquel era una mina que siempre se la había jugado. Jamás consiguió nada regalado. Tuvo que romperse el alma -y el cuerpo- para llegar hasta allí. Tenía miedo, mucho. Pero sabía que Martín era un tipo de armas tomar, cuando hacía falta. Y no se equivocaba. Al menos hasta lo que ella sabía de él. Además estaba su hijo.
¡Lo haría por él!...

Parte XII (Daniel)

-¿Estás seguro de que le saque todas las escrituras? ¡Se va a avivar al toque! No sé qué es lo que pretendés hacer, pero si le sacás una o dos vas a tener más tiempo para tu plan. Tu hermano en una de esas ni lo nota. ¡Total!... ¡¿Cuándo usa las escrituras?!... ¡Nunca!
La Raquel no era culta, pero la cultura nada tiene que ver con la viveza o la malicia, de manera que después de escuchar a su amante, Tincho pensó por un momento lo que ella le decía. Luego...
-¡Está bien! En una de esas hasta tenés razón, che -exclamó mientras tomaba lapicera y papel para anotar ciertos datos.
El plan de ese sujeto sin escrúpulos era quedarse con un par de propiedades de las cercanías de Aldea Clara, y la estancia El Zurrusco le pareció una buena presa. Sería la primera. Sus dueños eran dos ancianos octogenarios que confiaban en Juan como en alguien de su familia, y tenían un único hijo radicado en Europa desde hacía 28 años. Juan era una persona honesta y muy cuidadosa, merecedor de la extrema confianza que los dueños de la estancia le profesaban, razón por la que nadie lo controlaba en la administración de El Zurrusco. Así las cosas, Tincho pensaba que apoderándose de la escritura de aquella propiedad, le resultaría fácil fraguar una venta a un tercero, que luego fingiera vendérsela a él. Para perpetrar su plan, Tincho aprovecharía sus contactos dentro de la Municipalidad. Sabía que Aurelio Almirón, un escribano que trabajaba en la Secretaría de Asuntos Legales, podría conectarlo con Néstor Traversaro -el necio de mala fama, Director del Registro de la Propiedad-, quien por varios miles de dólares se convertiría sin dudas en su cómplice, junto con el tal Almirón.
-¡Tomá! -le dijo Martín Saldívar a La Raquel, dándole la nota que acababa de escribir- Aquí tenés los datos de la escritura que necesito. ¡Hacé tu parte!
La Raquel marchó entonces hacia la oficina de Juan Saldívar, y dos cuadras antes de llegar a destino...
-¡Adiós, yegüita!... ¿Cómo está mi hijo?... ¿Bien, ahora que andás con plata?
-¡Paco! -se sorprendió La Raquel- ¿Qué hacés en Aldea Clara? ¿No te habías ido del pueblo, vos? Cuando me embarazaste...
La Raque dijo aquello último con evidente rencor.
-Sí, pero volví porque ando mal, ¿sabés? Me están haciendo falta unos pesos...

Parte XIII (Adela)

–Ah… unos pesos –la decepción de Raquel se notó en el tono.
–Bueno, también me hace falta un cuerpito, para los lunes y los miércoles, y como acá se sabe todo Negrita, sé que el tuyo está libre esos días. ¿Qué me decís? Te quedaría el asueto de los domingos. ¿Qué más querés? -Paco sonreía con la mirada y su lengua recorría de izquierda a derecha su labio superior.
–Mi vida cambió Paco, tengo un hijo, un trabajo, un hombre…
–¿Un hombre? ¿Tincho Saldívar un hombre? Eso es un payaso, no me hagas reír. Y por otro lado, ¿desde cuándo un hombre a vos te alcanza, Negra? Además tengo ganas de ver a mi guachín. ¿A que se parece a mí?
–Mirá, el pasado es pasado, Paco. Yo ando apurada y tengo mucho que hacer.
–¿Ah sí? ¿y a mi guachín dónde lo dejás cuando andás apurada y con mucho que hacer?
–Eso a vos no te importa. Y ahora no puedo seguir hablando, te doy el teléfono de la Muni, mi interno es el 117, llamame mañana después de las once, a ver qué puedo hacer –sacó un papel y una birome de la cartera, lo anotó, y se lo puso en la mano.
–¡Esa es mi hembra! –Barrios cerró el puño guardando el papel y fue alejándose, cruzando la plaza en dirección a la parroquia.
La oficina de Juan Saldívar estaba ubicada en Saavedra 184 casi en la esquina de Azcuénaga, a nueve cuadras al sur de la plaza. La calle era poco transitada a esa hora, si el diablo no metía la cola, todo iba a salir como tenía que salir y no habría sorpresas.
La Raquel, miró hacia ambas direcciones con la llave en la mano y la colocó en la cerradura haciéndola girar. La puerta se abrió, la cerró desde adentro y encendió la luz, dirigiéndose a la oficina detrás de la recepción. Sobre el archivo vio junto a un potus la foto de una mujer linda, fina, rubia de ojos turquesa, a quien nunca había visto. Esa no era de Aldea Clara. La mirase desde donde la mirase parecía que la mujer la observaba siempre. Dio vuelta el maldito portarretrato mirón.
Abrió el cajón del archivo y se encontró con más carpetas colgantes de las que podía imaginarse. Cada una con una etiqueta individualizando el tema. Encontró una con su apellido y nombre, en la G, y no pudo resistirse. La abrió. Todos sus datos personales, hasta los que no sabía nadie. Fotos de distintas  épocas de su vida. Fotos que ni ella sabía que existían. Ni que se las habían tomado. Estuvo tentada de llevarse el legajo entero pero recordó que Martín le había pedido sólo la escritura de una propiedad y debía apurarse. No era cuestión de tentar al diablo. Sacó la anotación de Tincho, debía buscar la estancia El Zurrusco, y ahí estaba, en la Z. ¡De Barrios Francisco, había un legajo! ¡De Armendáriz también!
Cerró el cajón y volvió a colocar la foto de la rubia en la posición original. “Otro día vuelvo, Bonita, no le digas nada a nadie, no le digas nada a tu Juan”.

Parte XIV (Iris)

Con la escritura bajo el brazo la Raquel abre la puerta. Sudaba, ella no quería hacer estas cosas pero la vida y Martín la habían puesto a prueba y ella aceptaba el reto. Cuando estaba a punto de irse de allí, siente que alguien toca su hombro. “¿Quién es usted y qué hace acá?” Era la voz de una mujer que sonaba fuerte y segura a sus espaldas. Tembló. Creyó morir del susto. Se dio la vuelta despacio y se encontró frente a frente con la rubia del retrato. -Perdón señora, soy empleada de los Saldívar, vine por pedido del señor intendente a buscar unos papeles. “Quiero verlos”, dijo la rubia. La Raquel sintió que el piso se abría a sus pies. Estaba perdida. Miró con desesperación a su alrededor como para buscar protección. Sin darle tiempo a nada la mujer la toma del brazo para impedir que se aleje. Al querer zafarse, la Raquel tropieza con un cenicero de pie que había detrás suyo y trastabillando logra evitar caer al piso. Desesperada se aferra al tubo dorado y con las dos manos y sin pensarlo lo descarga sobre la cabeza rubia. La mujer se desploma sin un quejido. La sangre que corre por el cuello de la víctima comienza a manchar la alfombra. Aterrada la Raquel sale corriendo del lugar.

Parte XV (Daniel)

            Las cosas empezaban a complicarse para los planes de Martín Saldívar. La mujer rubia que sorprendió a La Raquel robando la escritura de El Zurrusco, era Samanta Fabbro, la novia de Juan Saldívar, una muchacha efectivamente de un pueblo cercano, que había comenzado su relación con el menor de los Saldívar apenas dos meses atrás, y que acababa de llegar por primera vez Aldea Clara. El amor de la pareja había nacido con tal fuerza, que Juan supo de inmediato que debía presentarle a sus padres a la mujer que lo había cautivado a primera vista. Esa era la razón por la que Samanta se encontraba en la oficina, y mas precisamente esperando a Juan, que había salido por unos minutos para hacer cierto depósito bancario, mientras su novia lo aguardaba retocando su maquillaje. Y tenía ella sumo interés en hacerlo, porque ese día iba pues a conocer a sus futuros suegros.
            Evidentemente aquella no era una jornada que respetase la rutina del menor de los Saldívar -tal como suponía Martín que habría de ser-, y a poco estuvo La Raquel de toparse con el hermano de su amante, en su “excursión” por aquella oficina.
            Cuando Juan regresó del banco, encontró a su novia desmayada y sangrante. Minutos más tarde, la chica estaba en la guardia del hospital, con una fuerte conmoción cerebral, y atendida por el doctor Laurentino Dieguez, más conocido como, El Zángano.
            Mientras tanto, La Raquel escuchaba las histéricas maldiciones de Martín Saldívar, que enterado de lo ocurrido y blandiendo en su ira la escritura de El Zurrusco, estaba seguro de que Samanta pronto reconocería a su secretaria, y de que terminarían todos frente a un juez. Temeroso de lo que pudiera sucederle, cuando Tincho dejó de vociferar llamó por teléfono a su cómplice Traversaro, para ponerlo al tanto de los acontecimientos. “Vos y tu mina van a tener que buscarse un buen abogado”, le dijo su secuaz, mientras Martín pensaba que en realidad la única que necesitaba de los servicios de un letrado era La Raquel. A él nada le podrían probar.
            De todas formas, en principio la suerte jugó para el mayor de los Saldívar, pues al día siguiente, cuando Samanta recuperó el conocimiento, una amnesia parcial producto del golpe recibido hizo que no recordara nada de lo sucedido en la oficina de su novio. Mientras las cosas siguieran así -pensaba Tincho- él y La Raquel estarían a salvo, el tema era saber si Samanta recordaría alguna vez lo sucedido...

Parte XVI (Adela)

La Raquel, en la oficina del municipio miraba a través de la ventana hacia la parroquia. Se sentaba, se paraba y volvía a asomarse. Estaba más que inquieta por el modo en que habían resultado el día anterior las cosas y enfurecida internamente, por la reacción cobarde de Tincho -abriéndose de gambas, como si él estuviera ajeno a la cuestión-. Había escuchado la conversación telefónica que había mantenido con el sinvergüenza de Traversaro. Si había quilombo, entendió bien claro que Martín iba a borrarse. Pensó en su hijo, y, le dio miedo suponer que quizá ella, por tarada, hasta podía terminar en la cárcel.
¿Quién la había mandado a meterse en semejante asunto? Si al final con sus más y sus menos siempre había podido arreglárselas sola, corriendo riesgos pero sólo con su propio cuerpo. Quizá debía presentarse ante Don Osvaldo y cantar toda la tira. Quizá no era don Osvaldo la persona indicada. Quizá debía presentársele a doña Zulema para contarle la verdad de la milanesa. Quizá debía entregarle como prueba de sus dichos, la copia que había sacado de la escritura de la estancia. Quizá…
Había escuchado esa mañana en la radio del pueblo “del hecho delictivo acaecido en la oficina del Señor Juan Saldívar, hasta ahora nada ha podido dilucidarse. A pesar del secreto de sumario, sí ha trascendido que la víctima con allegados en Aldea Clara, nada ha podido recordar aún debido a una supuesta amnesia temporal” ¿Sería cierto, o sería una treta de la cana para hacer saltar la liebre?
El interno comenzó a sonar:
–Un tal Barrios, pregunta por vos Raquel, ¿te lo paso? –anunció una voz femenina.
–Mmm, sí gracias.
–¿Hola?
–¡Hola mi reina! Hoy es viernes. ¿Pensaste en todo lo que te dije? –la voz de Paco sonó sonriente y despreocupada.
–Hoy no puedo nada Paco. Tengo muchos problemas.
–Parece que a tu cuñadito le han querido matar a la prenda, la Fabbro, no anda con chiquitas Juancito, eh... ¿te enteraste Negra?
–No sé de lo que hablás.
–Así que no sabés eh...no me vengas con chicanas a mí. Mirá, hoy a eso de las cinco me encontrás en tu casa y te prometo que no vas a querer que me vaya Negrita, aunque mañana a la mañana te juro que te dejo libre para cuando llegue tu Tincho.
–No podés ir a mi casa Paco porque no es mi casa, es de Martín.
–¿Cómo que no puedo ir? Si puedo, creémelo, porque ya estoy en tu casa. ¿A que no sabés de dónde te estoy hablando? ¿Escuchame, el gil de cuarta este que tenés ahora, no toma nada, che? No encontré ni una botella de vino siquiera…

Parte XVII (Iris)

-Andate Paco, no quiero que te quedes un minuto más allí.
-¿Desde cuando me das órdenes putita? Vos no tenés ni voz ni voto en esta historia, mirá que si yo hablo se pudre todo, cerrá el pico.
-Por favor andate, yo después te llamo.
-Así nos vamos entendiendo negrita, ya tiene otro sonido tu voz. Me voy, pero no dejes de llamarme.
Cuando colgó el teléfono la Raquel temblaba de miedo y de impotencia. No sabía qué hacer. El Paco con sus amenazas y ella con un hijo suyo. Martín y sus aprietes para mandarla al frente. Y ahora el problema con la infeliz amnésica. “Rubia de mierda ¿qué tenías que hacer allí? Complicarme la vida, como si la tuviera poco enquilombada. Me quiero morir.” Tenía que parar al Paco, eso era lo primero de lo primero. Se encontrarían en la casa de Barrios el sábado por la tarde. La Raquel no quería que la vieran con él, en esa pocilga al menos se sentía segura.
-No pensaba estar en tu casa un sábado por la tarde pero es urgente que hablemos Paco.
-Te escucho Negrita.
-Es verdad Paco, estoy metida en un lío y necesito tu ayuda. Si no te mueve un poco de afecto hacia mi persona al menos teneme compasión.
-¿Y porqué habría de tenerla? ¿Acaso yo te importo? Si seguro. Un rábano te importo.
-En algún momento fuimos hasta felices Paco. Pensá en la pobre criatura que no tiene la culpa de nada. Se que no sos mal tipo. Hacelo por él.
-¿Qué pretendés que haga?
-Sacame de este balurdo.
-¿Cómo?
-No se, tal vez si Martín me dejara tranquila, si Martín desapareciera…
-¿Qué me estás pidiendo loca?
-Martín se interpone entre vos y yo Paco. Pensalo.
-Basta. No quiero escucharte más.
El portazo que dio Barrios al salir hizo temblar las paredes. “Me dejó sola en su casa. Cuando se le pase la furia va a volver como un perrito cansado y solo. Hará lo que le pida. Al Paco lo tengo conmigo”.
La Raquel se tiró sobre la cama a descansar. Estaba agotada y se durmió sin más.
Apenas amanecía. El ruido de la llave en la cerradura y la puerta al cerrarse la sacaron de la cama en el acto. Había vuelto el Paco.

Parte XVIII (Daniel)

-¿En dónde anduvistes, Paquito?
-Yirando y pensando en eso que me dijistes.
-¿Y?
-Decime, che, si en una de esas lo liquido, ¿hay plata?
-¡Claro que hay plata!... Vení a la cama, negro.
La Raquel tenía muy presente la amenaza de ese tipo, “mirá que si yo hablo se pudre todo”, y sabía que las únicas armas de que disponía para mantenerlo callado, eran el dinero y, su propio cuerpo.
Años atrás, y en un pueblo distante a 1350 kilómetros de Aldea Clara, Raquel Girado había sido absuelta por falta de méritos, en una causa por estafa que contra ella había iniciado cierto empresario que cayó en sus embustes. En aquella oportunidad, Paco tenía una prueba que demostraba la culpabilidad de La Raquel, pero a cambio de 30.000 pesos que le dio ella, quien con el tiempo sería el padre de un hijo de ambos, guardó silencio. Ahora, la amenaza de ese sujeto y la posibilidad de perder todo lo que había conseguido -un lugar de trabajo, dinero, y Marín, un hombre que estaba dispuesto a reconocer a su hijo-, le indicaban que había llegado el momento de actuar, y tenía un plan...
La Raquel haría que Paco fuese a matar a Martín, pero ella lo denunciaría antes a la policía, que lo cazarían con las manos en la masa, antes de asesinar a Saldívar. Paco, un sujeto con varios antecedentes policiales, tras el intento de homicidio pasaría -pensaba La Raquel- varios años a la sombra, y de ese modo se libraría de él. Por supuesto, La Raquel se encontraba muy a gusto disfrutando del dinero de Tincho Saldívar, y aquel “Martín se interpone entre vos y yo, Paco”, que le dijera a Barrios, era obviamente una mentira y parte de su plan.
Al día siguiente, por boca de La Raquel, Martín se enteraba del peligro que corría, aunque... a través de una versión cambiada de los hechos. Ella le decía que Paco planeaba secuestrarlo y pedir un cuantioso rescate por él. Paco se ilusionaba conque una vez en poder de ese dinero -seguía la fábula de La Raquel- podría marcharse al exterior llevándose a su hijo y a la madre del niño, una mujer a quien él amaba profundamente. Por ellos había regresado al pueblo aquel hombre.
Por supuesto, y una vez que La Raquel jurara no tener ninguna intención de irse con ese tipo, la reacción de Martín no se hizo esperar...

Parte XIX (Adela)

Dicen que a veces el miedo se presenta sólo cuando se ha estado pensando en la circunstancia que supone un riesgo. También dicen que a veces, el miedo se diluye y desaparece cuando se ha estado pensando en la circunstancia que supone un riesgo. Como si en la cuestión del ir diciendo, fuera todo factible. Como si entre las palabras -o los pensamientos- y las circunstancias que las motivan no hubiera diferencia alguna.
Había sentido miedo Tincho Saldívar de quedar al descubierto por el incidente con la Fabbro. Díscolo como era, los primeros momentos se dijo que él de ningún modo quedaría pegado en el asunto, al fin y al cabo él estaba en su despacho en el momento en que todo eso ocurría. Y, ¿qué razón podría tener él para dañar a Samanta? ¿Qué móvil? Ninguno. Si era cierto lo que la Raquel le había dicho, y si de alguien no dudaba era de la Raquel, la Fabbro no había alcanzado a ver los papeles. Algo habría que inventar para despegar también a la Raquel del asunto. Si es que Samantita volvía a recordar algo alguna vez. Desgracia con suerte. Que fuera Laurentino Dieguez el doctor que la atendía, le venía como caído del cielo, como esas buenas señales con las que se dobla en una ruta de ripio, porque indican caminos nuevos y lisos a tomar en eso de ir transitando.
Nunca se hubiera imaginado aquel domingo en la casa de sus padres, que esa morocha de pelo largo, atrevida y bonita con tan buenas tetas, que su madre había tomado como cocinera, fuera a formar parte de su vida ni que iba a engancharse con ella de ese modo. Quizá había influido el desprecio que Juan había puesto de manifiesto desde el primer día con respecto a ella. Siempre había bastado que Juan dijera que algo debía ser blanco para que Martín impusiera el negro como color preferido.
La Raquel era de confiar, porque si no ¿a título de qué, le había confiado el plan de Barrios? Era útil en la Muni, todo lo captaba en un santiamén, de la escuela de la calle sin duda egresaban los mejores alumnos para la vida. Porque si de algo estaba seguro Tincho era de que la Raquel sí que había aprendido a vivir. Quizá era cierto lo que su madre le decía, influenciada por Juan, de que era una mujer de la calle, ¿y qué? ¿Haberse ganado la vida con su cuerpo cuando necesitó sin pedirle nada a nadie, no era más digno que lo que hacían ahí dentro de la Muni, de acostarse con quien sea para obtener un cambio de categoría? “No sabés nada de la historia de esa mujer, nene…” “Nosotros somos una familia, respetable…” “Martín, de qué me disfrazo en el club social cuando me pregunten por tu pareja…” “No puede ser Martín que la quieras…” “Hay momentos de pasiones fuertes en la vida de casi todos los hombres, pero eso pasa rápido, no te dejes engañar…” “Te pido por favor, en esto te ruego, hacele caso a tu hermano…”
Sabía que iba a ser grande la sorpresa, no sólo para sus padres y su hermano, también para todos los habitantes de Aldea Clara. Pero fundamentalmente para Raquel.

Parte XX (Iris)

Martín estaba preocupado, sabía que lo primero que tenía que hacer era meterse de lleno en el tema del tal Barrios, ese cretino malparido que le había hecho un hijo a la Raquel y ni siquiera se hacía cargo de su “hazaña”. Ahora por lo visto le tocaba a él, advertido del turbio manejo a que sería sometido, Tincho debía actuar sin pérdida de tiempo. Mina buena la Raquel, mostró una faceta que su madre desconocía. Lealtad. De todas formas esto quedaría en el más absoluto secreto entre la Raquel y él, no quería correr riesgo alguno. Por lo demás tenía gente que lo protegía y a la que le pagaba muy bien como para que se ocuparan de sacar del medio al desgraciado de Barrios.
Aldea Clara esa mañana despertó con una triste noticia. El cuerpo de Francisco Barrios había sido hallado flotando boca abajo en el caudaloso río “El Costero”. Su deceso se habría producido luego de ser golpeado con una maza objeto de hierro en la cabeza. Según evidencias obtenidas por expertos, ya muerto fue arrojado a las aguas turbias del río donde se lo encontró horas más tarde.
La Raquel recibió la noticia casi con alegría. Al fin se había sacado de encima la amenaza constante de un ser despreciable al que aborrecía. No sabía si él la había amado, nunca se lo demostró, por el contrario, la usaba cuando la necesitaba. Su hijo jamás sabría que el Paco era su padre. Ahora llevaría con orgullo el apellido de los Saldívar y su vida estaría libre de privaciones. El plan, “Su” plan, había resultado.

Parte XXI (Daniel)

-¿Te enteraste de lo de Paco, mi amor?
La Raquel conversaba a media mañana con Martín, en el municipio.
-¿Enterarme de qué? –preguntó él, intrigado.
-Su cuerpo apareció flotando en el río hoy temprano. Lo encontraron unos pescadores. Dieron la noticia en la radio del pueblo. Dijeron que Ontiveros -ella se refería al comisario de Aldea Clara- no tiene ninguna pista sobre los que lo mataron. Tus muchachos saben lo que hacen.
-¡¿Cómo?! –Martín, hasta ese instante sentado tras su escritorio, se puso de pié.
-Que tus muchachos saben lo que hacen.
-¿Mis muchachos?... Yo todavía no di ninguna orden respecto a Paco.
-¿Entonces vos no lo mandaste matar?
-¡Por Dios, mujer! Bajá la voz. Si alguien te escucha me metés en un quilombo gratis. No... Pensaba hacerlo, pero todavía no di la orden. Yo no lo mandé matar.
-¿Entonces quién fue?
-Entonces que mierda sé yo quien lo liquidó. Ese paco no era trigo limpio, ¿no? Sus enemigos tendría.
-¡Y!... Me supongo que sí.
-Hablando de suponer, supongo que no habrás comentado con nadie que te lo cruzaste en la calle y que pretendía irse del pueblo con vos y tu hijo.
-¡Disculpame, hermano! Seré media bruta pero pelotuda no soy. ¡Claro que no se lo dije a nadie!
-Mejor así.
Y mientras los amantes seguían hablando del tema, en la comisaría de Aldea Clara, Juan ampliaba la denuncia que hiciera oportunamente respecto a lo ocurrido en su oficina días atrás. Según el menor de los Saldívar, revisando su documentación, advirtió ahora que le faltaba una carpeta conteniendo la escritura de la estancia El Zurrusco.
-¡Listo! -exclamó el comisario luego de leer la ampliación de la denuncia- Si está de acuerdo, señor Saldívar, fírmela, y le recuerdo no comentar esto con nadie. El juez que investiga los hechos todavía no levantó el secreto de sumario.
-No se preocupe, Ontiveros, no lo voy a comentar ni con mi almohada.
-¡A propósito! Su novia, la señorita Samanta, muy bonita por cierto, sigue sin recordar nada de lo que pasó.
-Nada. Por suerte Dieguez dice que no es algo de que preocuparse...
-Del resto de las cosas se acuerda, ¿no? -interrumpió el comisario.
-Sí, se acuerda. Le decía... Dieguez dice que estos casos son más frecuentes de lo que uno imagina. Que tal vez recuerde todo en cualquier momento, aunque lleve días, o meses, como también puede ocurrir que jamás se acuerde de lo que sucedió. Lo único nuevo que dice ahora es que tiene en su cabeza la imagen de una mujer.
-¡Entonces si la ve podría reconocerla! -se entusiasmó Ontiveros.
-No, comisario. No recuerda su rostro, sólo tiene de ella una imagen muy difusa... Borrosa.
-¿No recuerda al menos si era joven o vieja, rubia o morocha, alta o baja?
-Nada. Sólo que era una mujer.
-¡Pucha, qué macana!
-De todas formas, si algo en concreto viene a su mente el juez va a ser el primero en enterarse.
-¡Seguro!
Al día siguiente, Juan Saldívar iba a la municipalidad acompañado de Samanta, convertida ya en su novia oficial. Necesitaba hablar con el resto de los Saldívar sobre un tema de la estancia familiar. Le habían ofrecido un buen número de cabezas de ganado a bajo precio, y como se trataba de un negocio de mucho dinero, quería al respecto las opiniones de su padre y de su hermano.
La secretaria de Osvaldo le informó que en ese momento el intendente no estaba, de manera que Juan fue en busca de Martín, siempre acompañado por Samanta. Los recibió La Raquel...
-¡Hola! -el saludo de Juan fue parco- Necesito hablar con mi hermano.
-¡Buenos días! -dijo Samanta mirando fijamente a la secretaria de su futuro cuñado.
            La presencia de Samanta perturbó a La Raquel, que trató de disimular sin demasiado éxito, pues se mostró insegura.
-¡Eh!... La señorita es su mujer... ¡perdón!... su novia, ¿cierto Juan?
-Sí, mi novia –respondió el manteniendo su parquedad.
-Gusto de conocerla, señorita Samanta.
            La Raquel reaccionó pronto, y se acercó a Samanta dándole un beso en la mejilla que la novia de Juan retribuyó sin mucho entusiasmo, después, le pidió a la pareja que tomara asiento mientras ella los anunciaba con Martín.
-La mirada de Samanta siguió con especial atención los movimientos de aquella mujer de la que desconfiaba por instinto.
-¿Por qué la mirás así? –preguntó Juan en voz baja.
-Cuando salgamos de aquí te digo. No quiero que ella me escuche.
            Un minuto más tarde la pareja estaba frente a Martín, de manera que Juan le comentó a su hermano el negocio que le habían propuesto, y luego de escucharlo atentamente, Tincho estuvo de acuerdo con hacer la operación, comprometiéndose a informarle a su padre sobre el tema, cuando éste regresara a la intendencia.
-Decile a papá que me llame -se despidió Juan-. Tengo que darle una respuesta al vendedor en cuarenta y ocho horas. Parece que necesita la plata urgente.
            Instantes después, cuando pasaron frente al escritorio de La Raquel, ambos saludaron de lejos y sin detenerse, mientras Samanta miraba a La Raquel con ojos inquisidores.
            No bien estuvieron el la calle Juan le preguntó a su novia qué era lo que pasaba con aquella mujer
-¡Bueno! Ya estamos afuera. Decime ahora por qué mirabas así a Raquel.

-Es que pensaba en la imagen de la mujer que había sido.
-¿La imagen de quién había sido la que te atacó? –se apresuró Juan.
-¡No mi amor!... En la imagen de quién había ido ella. Pensaba en su vida de puta con un hijo a cuestas, y no podía entender cómo tu hermano pudo poner los ojos en esa mujer. Bastante desagradable aunque se haga la simpática. No lo pude ni lo puedo entender.
-¡Ah!... Por un momento pensé que...
-¿Qué pensaste?
-Nada, una boludez, pero si la mirabas por eso, te cuento que en la familia nadie lo entiende.
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