Se detuvo otra vez aislándose de la realidad para mirar al detalle lo único que quedaba sobre el escritorio. El globo terráqueo. La miel acuosa de sus ojos, la blancura cuidada y húmeda de su cutis, la asimetría prolija, lineal y desafiante del corte de su pelo lacio ahora rubio, y esos aros colgantes que vallaban con libertad el largo de su cuello, el cigarrillo consumiéndose entre sus labios creando volutas cerúleas y su respiración reflexiva, hicieron que recordase aquel día.
Se había detenido frente a la ventana de la cabaña apenas entreabierta y, como si el resto del universo no existiera, sin pestañear observaba a través de ese hueco diminuto que daba al exterior. Había fijado su retina en la silueta larga del lahuán. Un afuera inmenso impregnado de olores húmedos con suelos agrestes habían cautivado su atención, y, la cercanía del lago aturquesado pincelaba el ocaso. Todo estaba ahí en ese cuadro invisible: la muerte y la vida, lo eterno y lo efímero, la pasión y el desgano, el amor, la amistad, la furia y la calma, las broncas y los desatinos, su historia toda, los sueños, las búsquedas eternas, los desaciertos y los colores que mienten, las miradas truncas, los gestos vacuos; a lo lejos el sol escondiéndose en su propia rutina, gigante, menguando su lumbre, desvaneciéndose. Tan llano y primario, tan fuerte, tan simple su declive. Tan azul.
Azul como el océano, que al este y al oeste del Meridiano de Greenwich, al sur del Ecuador, baña las costas quietas de una esfera sin base ni soporte, sepia. Sin luz.
Fin
1 comentario:
Excelente descripción de lo que parece ser un estado de ánimo. Quizás mañana vea ella todo diferente.
Felicitaciones.
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