jueves, 5 de enero de 2012

DERIVACIÓN

Sí, resignada es la palabra justa. Así me sentía esa mañana de noviembre, con esa clase de frustración por no poder modificar y por tener que aceptar a regañadientes después de reconocer que no había chance alguna de evitarlo. Sumisa ante la normativa que me imponía el requisito, tomé el coraje necesario y me dirigí a Sanidad de fronteras para que allí se me aplicara la vacuna, sencillamente porque si no entregaba el certificado de vacunación en el consulado, no me otorgarían la visa, y sin visa, no era factible el viaje programado. Evalué el consabido y notable esquema de costo beneficio, y pensando en el beneficio del viaje, asumí el costo de hacer lo debido.
No, no fue doloroso ni fue grato. Lo que sí me resultó gratísimamente grato ni bien entré a la sala, estaba de pie detrás del escritorio de admisión a los “vacunandos” dentro de los cuales yo me encontraba autoidentificándome en mis pensamientos como un conejillo más. Lo miré atónita. Es que hacía muchísimo tiempo que no tenía la oportunidad de ver a un hombre con cara de feliz. Exultante. Eran risueños sus ojos negros repletos de paz y su sonrisa nacarada. Eran sus cejas, arcos espesos de triunfo. Era su voz varonil y serena. Era él o la bata verde en él, que expandían confianza en los presentes que allí estábamos sentados en el banco largo de madera, esperando a que nos asignaran por orden de llegada alguna de las seis salitas que permanecían a puertas cerradas.
Detrás de cada puerta cerrada, de las que deben franquearse por algo o para algo inevitable, hay siempre un enigma que pulsa. Consientes del enigma, se desata ineludiblemente cierto temor a lo desconocido, temor que aumenta a medida que transcurren los segundos y las puertas continúan cerradas, abriendo paso a la imaginación. Agujas, ampollas, líquidos, alguien de anteojos pequeños con guardapolvo blanco listo para arremeter, mi brazo flaquito y tembloroso entregándose a la aguja experimental, el líquido pasando interminablemente a través de la aguja, la mirada del vacunador y el algodón en su mano con una cinta blanca…
Cuando escuché que una voz ronca se asomaba detrás de un lugar incierto “número cincuenta y ocho, pase por la sala dos”, mis piernas no tenían ánimo de obedecer, mi parte izquierda me decía no vayas, mi parte derecha me decía no seas cobarde, mujer grande. Yo me decía el corazón tiene razón, no debo ir. No es necesario hacer ese viaje, ni ningún otro. Además, el avión puede caerse y puuuuun, hasta la próxima vida que no habrá.
Cuando escuché la voz varonil y serena, miré y me encontré con esos ojos chispeantes azabaches interrogativos y sonrientes, observándome, diciendo “cincuenta y ocho, es su turno”, mis piernas obedecieron y di los catorce pasos hasta la sala dos que abrió su puerta. Ya dentro intuí que no había escapatoria. Nadie a quien decirle buenos días. Un fichero sobre el escritorio. Un certificado de cartulina amarilla para que constatara mis datos con mi lugar de destino, y la fecha. Validez por diez años. Diez años pensé… Y apareció él, con esa bata verde, con esos ojos, transfiriendo la seguridad necesaria y haciendo desvanecer los temores fundados tan bien arraigados en mi corazón.

2 comentarios:

Daniel Angel Ríos dijo...

¡Muy bien! Un escrito que hace interesante al intrascendente hecho de aplicarse una vacuna. Tiene algo de suspenso y un final que se vislumbra pero que de no ser tal, hubiera desencantado a cualquier lector. El mérito está en la forma de contarlo. Felicitaciones.

Mercedes Raquel dijo...

Totalmente de acuerdo con Daniel, nadie puede contar un hecho tan comun con la trascendencia que tu le has dado. Me encantó. besos Adela!!!