Espero el taxi justo ahí, en la intersección de las calles Independencia y Solís, en esta ciudad hermosa a la que siempre quise y cada día quiero más. Adorable contra viento y marea, aunque no todos piensan como yo; me gusta que así sea, para nadie indiferente, discutida, porque la diversidad es siempre enriquecedora.
Es domingo y aunque el semáforo habilita a los peatones inhabilitando el paso de todo medio de transporte, incontables colectivos completos con la hinchada de un club de fútbol avanzan a toda velocidad ignorándolo. Van con custodia quizá, debido a quien ha sido el rival en el partido. El señor que conduce el taxi, se detiene para que yo ascienda y ni bien me siento, me explica que le han robado el partido a los custodiados hablando del poder de la iglesia con una convicción admirable y una verborragia digna de ser escuchada sin entender yo, cómo es que concatena una idea con la otra. Me habla de uno de los clubes de fútbol, justamente del rival de los custodiados de ese día, y de su otrora dirigente cuando se retiró con todos los laureles por la exitosa gestión llevada a cabo, y, como si fuera poco lo que ya había dicho, me aclara que le consta que ese buen hombre nunca había sido simpatizante de ese cuadro. Que las intenciones de la iglesia, apuntaban a que fuera presidente del país, y que para lograrlo era necesario que fuera bien conocido y valorado por parte del pueblo, porque no hay mejor cosa que ser valorado y bien conocido por los simpatizantes de ese club que siempre se ha dicho, resultan ser la mitad más uno.
-¿Usted, simpatiza con algún cuadro? Me interroga dándose vuelta como si no fuera él quien debiera conducir, y al momento de esperar la respuesta me observa por el espejo retrovisor que previamente acomoda con un gesto inocultable para que perciba yo, que va a mirarme cuando le conteste. Le dije que adoro a los cuervos y apenas sonrió, como si él fuera de Huracán.
Vuelve a concentrarse en el tránsito de ideas y me explica también el señor sin que nada le pregunte yo, de nada, que la muerte intempestiva de un ex mandatario de la nación, estropeó los planes de la iglesia. Que esa muerte intempestiva contrariamente a cómo se ventiló, fue el resultado de un asesinato tapadito, y, que quizá pasaría un siglo hasta que se supiese. Que la historia siempre pinta mentiras, y, que la gente siempre cree las mentiras porque las pintan lindas, y es cómodo creer y para cómodos no hay como los humanos. Aclara que el exmandatario aunque casi a cargo del mandato, estando con vida todavía esa noche, había sostenido una conversación telefónica con uno de los sindicalistas más controvertidos, y, que durante la charla, el sindicalista había sugerido que podía suceder si no cambiaban, lo mismo que le había sucedido a Allende. El único gremio que había podido parar el país y torcer el brazo a su gobierno, había sido el que agrupaba a los trabajadores del mismo gremio que él representaba. El ex mandatario según la versión del taxista, le había solicitado entonces al jefe sindical que se presentase para discutir el tema cara a cara. Y así habían quedado. Pero sucedió algo extraño, me dijo. Según las palabras del señor al volante, al poco tiempo de la conversación entre ellos, en el despacho en el que se hallaba el ex mandatario se escuchó un disparo, un disparo que mató al entonces exmandatario aunque a cargo del mandato.
¿Suicidio? Me preguntó mirándome otra vez por el espejo retrovisor. No, según la versión del taxista se trató de un homicidio, de un disparo que dio en la cara del ex mandatario. Y aunque usted no lo crea, aseguró, fue por eso que lo velaron a cajón cerrado. No es que no había cuerpo en el cajón, no, no, no. No es que esté vivo, como cree parte de la gilada, no está vivo ni disfrutando por ahí de la guita que se afanó de la provincia. Está más muerto que Maquiavelo, eso se lo aseguro yo. Bueno es una forma de decir que Maquiavelo está muerto, a decir verdad Maquiavelo, nunca estuvo más vivo que ahora ¿no le parece?
Siguió hablando de corrido, como si leyera un libro. De ese modo, quien estaba a cargo del mandato y a quien consideró innombrable, por esas cosas de lo que no se sabe pero sí, recobró en un santiamén el afecto y la credibilidad que de los votantes había perdido. No hay mejor remedio según dijo, que siendo una persona pública en picada, transformarse en víctima. Víctima con vida por la muerte de alguien tan cercano, para sin más pasar a ser alguien a valorar y a apoyar, haga lo que haga y diga lo que diga. Y según sus palabras, dichas como si hubiera sido testigo y parte de la escena que relataba, haber ventilado el homicidio habría provocado más que desorden, una extrema gravedad institucional.
Respiró y casi sin comas, continuó con el relato. A partir del hecho luctuoso la historia se dio vuelta y la falta de credibilidad se convirtió en apoyo ciego porque acá somos todos giles. En paralelo, el candidato a presidente que apoyaba la iglesia, y la iglesia lo apoyaba y lo apoya porque siempre se ha dicho que su padre ha sido y es testaferro de la curia, a partir de esa nueva situación, no iba a tener chances de ganar en la contienda electoral para presidente. Convengamos –me dijo como si yo hubiera asentido en algo, lo que decía- que quien se candidateaba no sólo estaba al mando con el poder y la guita que el mando da, sino que había sido víctima al tener que cambiar, debido a la muerte, de un día para otro, de estado civil y estrenando viudez. Y las víctimas, cuando además quedan encuadradas dentro del género al que todo el mundo se opone y que tanto siempre invocó, y con hijos, siempre ganan, con lágrimas verdaderas o de cocodrilo. Así las cosas, -dijo el señor que parecía estar preparado para dar un discurso- esto instó a que la iglesia tuviera que modificar y hacer que su candidato se bajara de esa contienda y se postulara para gobernar ya no la nación sino uno de los distritos más importantes, donde además la víctima, ni el partido al que pertenecía, jamás tendría mayoría.
Aunque la trenza es grande, me dijo, ¿usted se puso a pensar alguna vez cuántos mechones hacen falta para trenzar? Creo que tres –le dije yo, con timidez- . Sí bueno, sí y no. Izquierda centro y derecha, mechones finos cortos o largos y lo mismo con los gruesos, créame, porque esta es una trenza cocida, señora, y muy muy difícil de deshacer, imposible creo. ¿Y sabe por qué? Muy sencillo, no me va a decir que no se le ocurre… imposible de desarmar porque están las manos santas de la iglesia siempre tejiéndola...
-Me bajo en la esquina señor.
-Tenga cuidado cuando cruce, mire que hay cada loco manejando…
Crucé y me senté a tomar una copa de vino en el bar de Fichte, la necesitaba, en las mesas de afuera para poder fumar. La noche de otoño, el recuerdo de la mirada tan dicente del checo; el ruido citadino al borde de la avenida, la música proveniente de Shalis; el aroma de los jazmines que quien sabe de dónde Don Javier consigue aún en esta época para vender en ese puesto eterno abierto las veinticuatro horas, el quiosco de Carlos exhibiendo siempre el mismo cartel no se fía carente del acento en la i sin corregir, porque dice que todos entienden igual; el menjunje de temas y de voces, de acentos, de todo, a pesar de faltar unas pocas horas para el lunes, me hicieron pensar mientras caminaba esos pasos hasta llegar a casa, que Buenos Aires, es y siempre va a ser un encanto. De los que hechizan.
Fin
2 comentarios:
Interesante revisionismo de ciertos hechos de nuestra historia reciente.
¿Habrán sucedidos la cosas tal como las contó el taxista?... ¡Y!, en nuestra querida Argentina, todo puede ser.
Me gustó la historia.
Bs.
querida Adela todo siempre lo hacen por algo y cualquier parecido con la realidad es pura casualidad...
y la verdad Buenos Aires tiene ese encanto que a todos nos hace sentir parte de el, aunque nuestro paso por esta ciudad sea pasajero...
Me ha encanto tu cuento amiga...
besis.
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