miércoles, 7 de marzo de 2012

ELIPSIS

Se detuvo otra vez  aislándose de la  realidad  para mirar  al detalle   lo único que quedaba sobre el escritorio. El globo terráqueo.  La miel acuosa de sus ojos,  la blancura cuidada y húmeda de su cutis,  la asimetría  prolija, lineal y desafiante del corte  de su pelo lacio ahora rubio,  y esos aros colgantes que  vallaban con libertad  el largo de su cuello,  el cigarrillo consumiéndose  entre sus labios creando   volutas cerúleas y su respiración reflexiva, hicieron  que recordase  aquel  día.
Se había detenido  frente a la ventana  de la cabaña apenas  entreabierta y, como si el resto del universo  no existiera,  sin pestañear observaba  a través de ese hueco diminuto que daba al exterior.  Había fijado   su  retina en la silueta larga del lahuán. Un afuera inmenso  impregnado de  olores húmedos con suelos agrestes habían cautivado su atención, y,  la cercanía del lago aturquesado pincelaba el ocaso. Todo estaba ahí en ese cuadro invisible: la muerte y la vida, lo eterno y lo efímero,  la pasión y el desgano,  el amor, la amistad,  la furia y la calma, las broncas y los desatinos,  su historia toda, los sueños, las búsquedas eternas, los desaciertos y  los colores que mienten, las miradas truncas, los gestos vacuos; a lo lejos  el sol escondiéndose en su propia rutina, gigante, menguando su lumbre, desvaneciéndose. Tan llano y primario, tan fuerte,  tan simple su declive. Tan azul. 
Azul como  el océano, que al este y al oeste del Meridiano de Greenwich, al sur del Ecuador, baña las costas quietas de una esfera  sin base ni soporte, sepia. Sin luz.


Fin

1 comentario:

Daniel Angel Ríos dijo...

Excelente descripción de lo que parece ser un estado de ánimo. Quizás mañana vea ella todo diferente.
Felicitaciones.