miércoles, 21 de septiembre de 2011

CONSIGNA

Les propongo escribir un relato que hable de... "Eso que hay en vos" o "Una mujer/hombre con temple"

martes, 20 de septiembre de 2011

Bienvenida Stella Maris

Espero que disfrutes de este sitio, y que además de comentar te atrevas a escribir algo.

Estás en tu casa.

Novedades

A partir de hoy se incorpora a la columna de la derecha el apartado “Páginas”, con el propósito de facilitar el uso del blog. En él encontraremos las siguientes páginas:

-Finalidad del blog: aquí encontraremos datos sobre su origen, y por supuesto, una semblanza de su propósito.
-Cómo sumarse al blog: para saber de qué forma incorporarse a este sitio.
-Normas del blog: aquí encontraremos nuestra forma de asegurar la buena convivencia en “CONTAR” con Amigos.
-Uso de las etiquetas: donde veremos la manera de utilizarlas.
-novelarios.com.ar y otros sitios: para que los miembros del blog publiciten sus propias páginas, blogs, o foros.
-Página principal: para regresar a ella cuando navegamos alguna de las otras.

Espero que les guste la novedad. Gracias.

sábado, 17 de septiembre de 2011

EL MIRADOR

Miguel había visto a Santillán sin saber quién era, ese viernes siete de febrero.
Aquel día el vendaval había comenzado a soplar después de las cuatro. No podía dormir debido al calor agobiante pero aun así se las arregló para leer el diario con su interés habitual de estar bien informado. Los cortes de luz habían comenzado a la hora anunciada pero su falta de conocimiento por ser nuevo inquilino en la zona, lo había hecho suponer que la cercanía al río, templaría la noche sin aire acondicionado con alguna brisa fresca y húmeda. Por eso abrió los ventanales.
El letargo de la vecindad era absoluto. Si Miguel no hubiera sabido que la zona estaba habitada, habría supuesto que era tierra de nadie. Lo único que se escuchaba eran sus propios pasos. Los pies descalzos emitían sonidos de arenisca, que quizá no eran sonidos, sino lo que sus dedos y talones percibían al tacto sobre el piso de cerámica que también estaba tibio, como las paredes, los vidrios y las cortinas.
Salió a mirar, a tomar aire por la puerta de la cocina y encendió tres espirales que colocó a su alrededor antes de sentarse en una de las reposeras. Cuando se percató de que eran las tres y cuarto supo que para lograr dormirse o intentar al menos adormecerse, el único modo sería emborracharse. Volvió a buscar la botella empezada de whisky, el vaso y los cubitos. El primero lo tomó de un trago sin hielo y a partir de ese momento percibió que lo pegajoso del ambiente, y hasta los mosquitos, ya eran amigables.
Escuchó lejanos, aullidos de perros comunicándose en ese lenguaje de sentimientos puros que no se esconden nunca, y, cercanos sintió ruidos de pajas secas invisibles, como si alguien estuviera escarbando.
De lo poco que había en la botella no quedaba ni una gota. Entrecerró los ojos y meditó Miguel, si para dormir acaso no sería conveniente abrir la que le había regalado Clara. El olor a viento de lluvia había empezado a hacerse sentir. El ruido suave y envolvente de las ramas de álamos y ciruelos zarandeaban el aire, por fin, después de tanta quietud.
Abrió los ojos para confirmar que el viento venía del sur. Y se puso de pie. En ese momento, justo antes del vendaval, sentado en la reposera a su derecha, Miguel lo vio.
La cara demacrada, chupada y endurecida, resaltaba sus ojos azulados impenetrables, concentrados y ausentes con su frente angosta y arrugada. El marco lo conformaba su pelo tupido, largo, opaco y enrulado. Era bajo, con piernas cortas y flacas. Podría haber sido amable pero no, más bien del tipo campechano huraño, de los que imponen un estado de alerta.
Cuando Miguel le preguntó, no dijo desde cuándo estaba ahí, ni cómo había llegado.
El viento venía bufando quién sabe desde dónde, arrastrando pedazos de ramas y haciendo volar sin destino papeles, cartones, y ropas arrancadas de algún cordel.
Con la mirada sostenida y midiéndolo, el hombre aclaró con voz cada vez más fuerte para hacerse escuchar, que él había creído que la casa estaba vacía, pero que al notar su presencia ahí afuera, no había querido interrumpir esa calma nocturna de verano de un tipo solo que ha decidido emborracharse.
Miguel entró y prendió una vela. El hombre cerró los ventanales desde afuera y fue hacia la cocina. Los dos, ya resguardados de semejante tormenta se miraron sorprendidos ante esa tácita aceptación de los hechos. Los truenos y el aluvión externo de chispas eléctricas hacían temblar la casa. Sin mirar a Miguel, el hombre dijo que no quería molestar, pero que no iba a poder irse hasta que pasase la tormenta. Le pidió una manta y se tiró en el sofá del living a dormir.
Cuando Miguel se despertó, en la cocina encontró café hecho y frío, pan tostado y migas en la mesada. El hombre no estaba. La botella que le había regalado Clara tampoco. Sí había doscientos pesos a la vista trabados bajo la frutera.
Miguel supo recién el diez de junio que aquel hombre se apellidaba Santillán cuando vio la noticia en el diario con la foto. Supo que la policía le había disparado por resistirse a la autoridad que lo venía persiguiendo desde meses atrás. Supo por la fecha, la hora y el lugar invocado del asesinato que se le imputaba, que Santillán nada tenía que ver con eso. Meditó Miguel mil veces si debía presentarse a declarar aun sabiendo que Santillán estaba muerto.
Recordó la madrugada del 7 de febrero, el calor, el esfuerzo para leer sin luz el diario por ese maldito hábito de estar informado, el whisky, las reposeras, aquella cara endurecida de ojos azulados y su gesto, los destellos, la tormenta y los papeles volando sin destino.
Dieciocho de junio. Miguel ve los titulares en el diario. Siempre palabras y palabras de tinta oscura. Útiles herramientas impresas, comunican, conforman y deforman, significan y siguen, informando.

Fin

OTRAS LUCES


Elena se había levantado al alba. El olor al asfalto mojado, la tibieza de las medialunas del bar de Fichte, el ruido del ascensor que ahora se había detenido en el sexto, la cortina del aguacero incesante, las luces resignadas de la calle todavía soñolienta, despertaban mansa la ciudad como un misterio a develarse cada inicio.

Sería una jornada larga ese martes, que acaso terminaría en lo de los Winterson porque Juana la había invitado a su cumpleaños al que sólo iría Aída. Porqué Aída, no tenía la menor idea. Qué difícil interpretar las decisiones de otros. Quizá tanto,  como aceptar lo definitivo de  las propias.

Mientras el café la despeja, Elena lee los hechos de la demanda del divorcio de Clara, cuánta destrucción y desamor. Por qué fingió ser feliz tantos años con esas extrañas trisociaciones como un pacto de silencio consigo misma y de las que Elena hubiera preferido no saber. Ahora un contencioso y para qué si con un mutuo  se habría resuelto mucho mejor. El tironeo de los hijos y los bienes. La ansiada y peleada declaración de cónyuge culpable, su obsesión, y la única finalidad centrada en la eternidad de la cuota. Para esclavizarlo y esclavizarse y quizá nunca quiso ser libre. Quizá nadie quiere.  Decisiones de otros, uso y abuso de la ley. Ensañada por la infidelidad de Jordi, cosa extraña porque a la de ella con Tony desde siempre, la llama desliz sostenido y justificado, y como nadie sabe, no existe. Ha transferido la culpa con tanta manipulación que Jordi está dispuesto a cederle casi todo. Decisiones libres, o no.
Las nubes se escapan por tanto tumulto y  escalan colinas secretas de sol.  La lluvia ha cesado. Las gotas murieron dejando su marca y  el jilguero del quinto otra vez ensaya su canto. Acaso nostalgia de ramas y hojas. Quizá extrañaría más su vida sin rayas de jaula, quizás.

Es otro el color de ese martes.
El diario le avisa de todos los cortes y la llama a Juana para felicitarla. No será el encuentro en lo de los Winterson, y no le confirma el lugar, sólo que  a las nueve la pasarán a buscar con Aida para luego ir a  cenar a un lugar  que ya ha elegido.   Antes de salir para el trabajo descuelga el vestido amarillo, y saca los aros. Las medias, las botas, y el sacón marrón.
Si no fuera el cumpleaños de Juana, después de semejante día y tanto trabajo, se habría acostado, pero…
Las nueve en punto y llegaron. Dejarían que el camino las lleve y las tres rieron.

Hacía mucho que no se veían y repasaron las historias. Partes de las historias. Porque las historias siempre son partes.
Aída seguía casada con su tercer marido,  y lo decía orgullosa y con tono franco desde hacían ya,  cuatro   años.  Y realmente estaba magnífica.
Juana retenía a su “Winterson”, que también la retenía.  ¿Para qué cambiar?  Si después de un tiempo  todo es lo mismo.
Cuando llegaron, Juana pidió una mesa triangular y Elena le preguntó si estaba loca. Las tres se rieron y el mozo también. Les preparó una mesa redonda con tres bastones de roble sobre el mantel, formando un triángulo equilátero. Y colocó los platos dentro de cada ángulo. Como debía ser, dijo Juana aclarando:
–Porque hoy es tres del mes tres y del grupo de aquellas adolescentes, somos las únicas tres que cumplimos los años un día tres.
–Ah bueh…, ahora falta que pidas tres botellas de vino... y  estamos listas.
–Y por qué no, si el tres es nuestro número, ¿o no? el equilibrio, ¿o no? somos la siembra y la recolección, ¿o no?
–Aída ¿vos sabías de este mambo numérico?
–No, yo sabía sólo la relación del tres con la masonería y lo sé porque cuando Jordi me escribe me envía tres besos y tres abrazos...
–¿Jordi? ¿Quién es Jordi?
–Lo conocí hace dos años.  Pensé que era algo  pasajero, por eso no les dije,  además  porque él estaba casado. Ahora se está divorciando, la mina le hizo un contencioso, una reverenda yegua, porque  él sabe que ella tiene un minuso desde hace un milenio, pero por los pibes se la banca…Son raros los tipos a veces. Bueno, nosotras también somos extrañas…
–¿Pero qué, vos  pensás convivir con ese tal Jordi, viene enserio la mano?

–¡Están locas ustedes! Si yo estoy rebién con Guillermo. Jordi es un complemento,  nada más. Son los sesenta grados que me faltaban…

Juana se puso melancólica a la tercer copa de vino, y con su fina ironía le preguntó a Aída cuántos grados le aportaba entonces Guillermo…
Elena la miró y frunciendo el ceño pero sonriendo, como si no entendiera hacia dónde apuntaba la pregunta, intentando calmar los ánimos le dijo
–Sacá la cuenta che,  han de ser  ciento veinte grados…

Que Aída se hiciera la desentendida pareció no sorprender a nadie.
Juana  apoyó su mano, para quien estuviera mirando la escena, amistosamente sobre el brazo de Aída.
–Sabés, entonces  no me da la cuenta, tesorito…  No vas a decirme, dulzura, que Winterson te aporta  cero grado… ¿o sí me vas a decir eso?

Curiosa noche y la niebla se esfuma. La luna mirando callada las luces de siempre que con el tiempo cambian… La vida, las calles, el río, las casas, la gente. Otro amanecer.

Fin

LA PRUEBA

Jorge Umberto Malpeli


Por causa de mi retraso y tal como lo hacía cada vez que me demoraba, debí bajar al subsuelo de la facultad para comer un pancho y beber una gaseosa.
Antes de venir a estudiar a la universidad de Buenos Aires, mi padre me dio a elegir entre un internado de monjas o la casa de su hermana mayor, mi tía Baudilia. Elegí esta última opción. Y allí no estaba permitido llegar tarde a la mesa, ni a la misa.
Mi tía se sentaba a las doce en punto en una silla vestida a la cabecera de la mesa, en el comedor de su casona del barrio de Palermo, que mantenía tal cual desde la muerte de su esposo, mi tío Cruz.
Durante la comida reinaba el más absoluto silencio. Sólo se escuchaba el tic-tac o las campanadas del enorme reloj de pie que presidía la ceremonia y la voz de la tía, que como todos los días y a la misma hora, después de escuchar un solo gong, repetía: - Son las doce y media- y a veces agregaba: - No se debe preguntar qué hora son, porque hora es singular; pero está bien contestar, por ejemplo, son las doce y media, por la concordancia ¿vieron?.
Recuerdo que una vez, después de su enésima lección, me atreví a repetir en voz alta; - ¿Qué gusto tiene la sal? Y a responder yo misma : - ¡Salado!. Mi prima hermana Matilde, que se sentaba justo enfrente de mí, se levantó de la mesa y pidió perdón por su espontánea y sonora carcajada. Ese día me quedé sin el postre; arroz con leche y cáscaras de naranjas cubierto con chispas de chocolate, que por otra parte, se reiteraba durante meses.
Por varios días la tía Baudilia no me habló, ni siquiera para desearme los Buenos Días.

Semanas después, ella le concedió a un señor mayor que la pretendía una sola oportunidad de almorzar con nosotras.
Matilde y yo estábamos atentas esperando el momento en que se rompería la simpatía o el tenue hechizo de amor. Y sucedió con la sabrosa sopa de verduras y arroz, y el agregado secreto de una chiquizuela sin carne, “sólo para darle gusto”, según contaba Ramona, la señora que ayudaba en la casa.
Estoy segura de que a mi tía le dolió hasta los huesos escuchar cómo su invitado arrastró la silla vestida cuando ocupó el lugar en la otra cabecera de la mesa; en verdad, no le gustó para nada. Después me miró a los ojos con una mueca crítica cuando observó que el señor había cruzado sus piernas mostrando la suela gastada de los zapatos, eliminando de un plumazo todo el protocolo de elegancia.
Yo temblaba de miedo cuando en ocasiones similares, Ramona traía la vieja sopera Limoges con el cucharón del juego y la tía Baudilia me pedía que sirviera a cada convidado. Si por casualidad rompía algo, debía pensar seriamente en el suicidio.
Y justamente en ese momento la señora se acercaba con la porcelana, la sopa humeante y el pesado cucharón.
Comencé con especial cuidado sirviéndole primero al caballero, por educación y cortesía, como corresponde. Sin embargo, aún no había terminado la ronda cuando todas observamos asombradas que él ya se llevaba la primera cucharada a la boca. -¡Está muy caliente! - exclamó luego de probar sólo la mitad de la cuchara y soplar en el resto. Después continuó soplando sobre el plato, mientras nosotras esperábamos pacientemente que la sopa se enfriara. El invitado llenaba tanto la cuchara que debía abrir la boca exageradamente, mostrar la lengua e ingerir el contenido del utensilio en dos veces. Inclinándose sobre el plato tragaba con tanta rapidez, ruidos y resoplidos que para mi espanto lo asocié a una triste escena cinematográfica de niños con necesidades básicas insatisfechas.
Completó el cuadro cuando a la vista del postre de arroz con leche mencionó algo así como; - no, gracias... tengo intolerancia a la lactosa y me produce gases.
Inmediatamente desapareció de la casa como minúsculo “peditum” que se disipa en el aire.
En otra ocasión, recibió a un señor mucho más joven que el de los gases, aunque mayor que ella. Éste pasó con soltura la prueba de la silla, del cruce de piernas y de la sopa de verduras. Para esta ocasión, Ramona había preparado como plato principal Pierna de Cordero al Romero, presentado en una fuente de barro que mi tío Cruz había traído especialmente de Pereruela, acompañada con papitas a la española y varias ensaladas. Como todo ocurría con normalidad, llegué a pensar que el nuevo pretendiente pasaría la prueba del almuerzo. Pero no pudo ser. Lo eliminó de la competencia una sola palabra: “escarbadientes”. - Señora - le pidió a la cocinera - por favor, ¿me trae los escarbadientes?. El silencio se hizo tan denso que se podía cortar con el cuchillo del juego Solingen.
El señor literalmente voló luego de comer el postre.

Después de terminar el doctorado regresé a mi pueblo a ejercer la profesión de pediatra.
Aún no he vuelto a Palermo, a la casona de la tía Baudilia de la calle Charcas.
En sus cartas, Matilde me cuenta que hasta la fecha ningún pretendiente ha superado la prueba de los almuerzos y que ahora es ella la que sirve la humeante sopa de verduras desde la vieja porcelana de Limoges. ¡Ah!, y me dice también, y esto sí que me alegra; la tía Baudilia me perdonó las
demoras.

jueves, 15 de septiembre de 2011

LIBERTAD

¡Hola! Yo soy Mousimino. ¿Sabían? Un mouse que se cansó de la esclavitud, por eso me escapé de la PC que está allí. Ahora que soy libre hago y haré lo que quiera, como por ejemplo ponerme unos lindos guantes blancos y un pantalón anaranjado. Me falta conseguir un par de buenas zapatillas. ¡Sí! hoy sólo soy esclavo de la libertad, y como vi esa palabra en el encabezado de este blog, me metí aquí para ver en qué andan ustedes. No se preocupen por mí, pues no pienso traerles ningún inconveniente, al menos eso espero, sólo husmearé un poco “CONTAR” con Amigos, disfrutando de mi libertad recién estrenada. ¡Ja!... Antes estaba condenado a dar vueltas incómodo frente a la computadora, ahora gracias a mi libertad puedo ir de un lado a otro, cómodamente...
¡Bueno!... en realidad no tan cómodamente, ¡mi cola es un poquitito largaaaaaaaaaaaa!

FRASE



"La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia."
                                Sócrates

                                      

martes, 13 de septiembre de 2011

TREZIDAVOMARTIOFOBIA

Era martes por la nochecita; don Sentencioso no aparecía por el bufé del club General Lama, como era su costumbre; y la barra veinteañera empezaba a preocuparse.
-Qué raro que don Sentencioso no haya llegado -decía Chelo- ¿Le habrá pasado algo? ¡Hoy es martes trece!
-No creo -exclamó Cholo.
-¿Por? -preguntó el dicente, diría un abogado.
-Porque cuando venía para acá pasé por la puerta de la casa, y lo vi sentado en el jardín. Le pregunté si se iba a dar una vueltita por el club, y me contestó: “martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu familia te apartes”.
Y aquel comentario hizo que Beto, Cacho, Tito, Chelo, Cholo, y Pela, comenzaran a hablar sobre la siniestra jornada…
-Es un día que tiene fama mundial de ser yeta -decía Beto-. Tengo un tío que compró una ambulancia un día trece, un mes después la puso a trabajar para una empresa un martes trece, allí le tocó como número de móvil el trece, y a la semana… se la volcaron. ¡La hicieron de goma! Tuvo que venderla como chatarra. El trece trae mala suerte. ¡Creer o reventar!
-¿Le tenés fobia al martes trece? -preguntó Chelo, el más leído del grupo.
-¡Claro!
-Entonces sos trezidavomartiofóbico.
-¿Trezi qué? -exclamó Beto, y no fue el único que puso cara de espanto.
-Tre-zi-da-vo-mar-tio-fó-bi-co -puntualizó el estudiante universitario de la barra-. Sufrís de Trezidavomartiofobia, o sea, fobia al martes trece.
            Las comisuras de todas la bocas del grupo -salvo las de Chelo, obviamente-, apuntaron por unanimidad al piso, mientras las cabezas hacían cierta reverencia de aprobación, dando una señal que igual que el aperitivo que tomaban mezclaba el vermú con la soda, combinaba en este caso la admiración con la burla.
-¿Treceavomartesdafobia? -quiso asegurarse Tito, la contracara de Chelo.
-¡No animal!... Tre-zi-dav…
            Y la risotada general tapó la voz del estudiante de filosofía, que volvía a pronunciar el término sílaba por sílaba.
-Tenerle miedo al martes trece es una verdadera pelotudez -dijo Cacho cuando se apagaron las risas- Es de ignorantes.
-Será de ignorantes, pero desde la antigüedad el número trece fue considerado como de mal augurio, ya que en la Última Cena, eran 13 los comensales; y la Cábala enumera a 13 espíritus malignos; y en el Apocalipsis, su capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia -detallaba Chelo-. Además, la palabra martes viene del nombre del planeta Marte, al que en la edad media lo llamaban "el pequeño maléfico" y que significa voluntad, energía, tensión y agresividad.
            Y al terminar Chelo de decir esto, otra vez fueron las comisuras hacia el piso, y las cabezas aprobaron.
-Si viene don Sentencioso le vamos a preguntar qué opina del martes trece-dijo Pela.
-¿Nunca pensé que don Sentencioso fuera supersticioso? -acotó Tito- ¡Es raro siendo él un hombre tan inteligente!-Tenerle miedo al martes trece es una verdadera pelotudez. Es de ignorantes -repitió Cacho, y al intentar tomar su vaso, torpemente lo tiró al piso, desparramando vermú y vidrios a veinte metros a su alrededor… ¡Bueno!... exageré un poco… digamos, tres metros.
-¡Ja! Martes trece -exclamó Beto.
-¡Terminala con eso, loco! -se quejó molesto el accidentado, diría un periodista- ¿Qué tiene que ver el martes trece?
            En ese momento, sonó el celular de Pela, que atendió distraído y aún sonriente por el percance de Cacho.
-¡Hola!
-msmsmsmsmsms.
-¿Qué?
-msmsmsmsmsms… msms.
-¡Uh! ¡Qué cagada!
            Después de cortar, Pela les decía a sus amigos…
-Le siento muchachos, me tengo que ir, mi viejo se acaba de quebrar una gamba. Tengo que llevarlo a la Clínica.
            Cuando Pela se fue maldiciendo al martes 13 y preocupado por su padre, los amigos que quedaron a la mesa se miraron en silencio, y con el seño fruncido…
-Tenerle miedo al martes trece es una verdadera pelotudez. Es de ignorantes -dijo Cacho, por tercera vez.
-¡Puede ser!... Antes le pregunté a don Sentencioso -acotó Cholo.
-¿Y qué te dijo el viejo? -preguntó Beto, y lo de viejo fue cariñosamente.
-"Martes buenos martes malos, los hay siempre en todos lados"... Me dijo.
-¡Sí, claro! -rezongó Chelo- Pero él se queda en su casa.
-Cacho tiene razón -apuntaló Tito- A estas alturas de la civilización, no se puede seguir siendo supersticioso. ¡Estamos en el tercer milenio, viejo!
            La puja por el dichoso y supuestamente maléfico día, siguió cada vez más apasionada. “Que yo conozco a uno que un martes trece se le incendió un no sé qué”… “Que sin embargo yo conozco a otro que se ganó no sé qué cosa”… “Que no me jodas porque yo me acuerdo de una que tuvo un ataque de algo”… y así estuvieron hasta que a Tito se le hizo la hora de irse…
-¡Chau, muchachos! Mañana tengo que madrugar para ir al laburo -aclaró y luego llamó al mozo- ¡Gallego! ¿Cuánto es lo mío?
-Trece pesos -contestó el preguntado, diría un fiscal- mientras se acercaba a la mesa.
-¡Uh! -se asombró Beto- ¡Justo trece!
            Tito metió la mano en el bolsillo de su pantalón, y…
-¡Ohia!
-¿Qué? -preguntó Cacho sospechando.
-¡Uy! -decía ahora Tito sin responderle a su amigo, mientras con las manos escarbaba sus sus bolsillos como perro que rasca la tierra para desenterrar un hueso.
-¿Qué te pasa, loco? -Cacho se puso nervioso.
-Que perdí la billetera, ¡la pu(piiip)a que lo parió!
-¡No me jodas! -Cacho estaba pasmado.
-¡Te digo que sí! Tenía un billete de cincuenta y dos de diez. ¡Qué mala leche!... ¡Con lo que cuesta ganarse el mango!... Van a tener que bancarme hasta mañana, muchachos.
-¡Bueno, bueno! No importa -tranquilizó Pedro el mozo, para todos cariñosamente, El Gallego, o El Gaita, aunque hubiera nacido en Valverde de la Vera, un pueblo de Cáceres, Extremadura- ¡Me lo pagas mañana, hombre!
-¡Gracias, Gaita! ¡Sos un fenómeno!... ¡Qué mala leche!
            Tito se fue despotricando contra el martes trece, y Beto miró a Cholo y le dijo…
-¿Cómo?... ¿No era que éste no creía en la yeta del martes trece?
-Tenerle miedo al martes trece es una verdadera pelotudez. Es de ignorantes -apuntó de nuevo Cacho y era la cuarta vez que lo hacía.
            Un rato más tarde, la hermanita de Chelo vino a buscarlo porque lo había llamado a su casa un compañero de la facultad, para avisarle que al examen que tenía el día 19, lo habían adelantado para el 14.
-¡Hasta mañana, muchachos! Tenía que ser martes trece -bramaba Chelo echando chispas contra el titular de la cátedra.
            No había pasado media hora, cuando cayó la policía buscando a un ladrón que se escondía por el barrio…
-¡Documentos! -exigían los uniformados de malas maneras.
            Cholo se pudo pálido...
            Un rato más tarde, Cacho le decía a Beto…
-¡Eso no es por el martes trece, loco! ¿A quién se le ocurre salir sin documentos? ¿Cómo no se lo iban a llevar?... ¿Le avisas vos a la madre de Cholo?
-¡Es por el martes trece, Cacho! Don Sentencioso tenía razón… Mirá, mejor me voy antes de que me pase algo.
-¡Dejate de hinchar, Beto! No pasa nada. Es la fama que le hicieron al día… Fama… Pura fama.
            Un instante después, Beto, parado junto a la caja del bufé, pagaba un par de balones, siete platitos de los ingredientes, y dos cervezas, es decir, las cosas que se rompieron cuando él -mientras caminaba mirando para atrás, hablándole a Cacho- atropelló a Pedro, y le voló la bandeja donde llevaba el pedido para la mesa 13.
-¿Te das cuenta, boludo? -le gritó Beto a Cacho mientras se iba, un minuto más tarde- ¡Qué fama ni fama! Es este maldito martes trece.
Cacho quedó solo, se comió el último maní, el último palito salado, la última aceituna, y la última rodaja de cantimpalo que había en su mesa, se bebió el vermú que quedaba en su baso, y lentamente sin hacer ruido, se fue de bufé.
-¡Chau, Gallego!
-¡Adiós, Cacho! Ten cuidado que todavía no ha terminado el bendito martes. ¡Válgame Dios! -bromeó el mozo.
            Cacho se subió a su auto y marchó para su departamento. En el camino pasó frente a la casa de don Sentencioso; vio al viejo -dicho esto cariñosamente- aún tomando fresco en el jardín, y se detuvo a saludarlo.
-¿Cómo anda, don Sentencioso? ¿Guardado en su casa por el martes trece?
-¡Hombre prevenido vale por dos!
-¿Así que este día tiene fama de traer mala suerte? ¿Será verdad?
            Don Sentencioso se encogió de hombros y dijo…
-Hazte fama y échate a dormir.
-¡Tenerle miedo al martes trece! -esta vez Cacho no fue tan cortante, por respeto al anciano- ¡Fama, don Sentencioso!... ¡Pura fama!
-Si Dios no te ha dado Gloria, confórmate con la fama -dijo aquel hombre y sorpresivamente señaló el auto de Cacho.
            El muchacho miró entonces hacia su coche, y vio que en el lateral derecho, le habían pintado un graffiti que en letras negras y escritas con apuro, decía: ¡AGUANTE KISS!
            Cuando el auto de Cacho se perdía doblando la esquina, don Sentencioso todavía escuchaba las maldiciones del defensor del martes trece, que gritaba…
-Terzivomarti… Trezidamarti… Tedazivofobia… ¡Chelo!... ¡La con(piiip)a de tu hermanaaaaaa!… -dicho esto, cariñosamente.

~~~~

¡Hasta el próximo cuento!

¡CUIDADO!

Dicen que ha aparecido un extraño personaje en el blog, y nadie sabe si es o no peligroso. Aparentemente se trata de un ratón escapado de una PC, o quién sabe expulsado de allí, o tal vez reemplazado por otro más moderno. Como sea, el tema es que anda suelto por estos lados y vaya uno a saber qué disturbios podría causar. Por suerte alguien ha podido sacarle una foto mientras dormía, por lo tanto se las dejo para que tomen las precauciones del caso si lo llegan a ver. Tengan presente que nada se sabe de él. ¡Ah!... Me olvidaba. Hay algo que sí se conoce de este recién llegado: su nombre. El tipo se llama, Mousimino.
¡Uy! Justo apareció hoy, que es martes 13!... Espero que no traiga problemas.

lunes, 12 de septiembre de 2011

RECUERDO A BB LA OTRA - c/Adela

Recuerdo a BB siempre de buen humor. Aún en los momentos difíciles la risa se perfilaba en su rostro, los ojos de un verde claro sometían al que la miraba. Su cuerpo delgado mostraba formas perfectas. Vestía a la moda. Faldas ajustadas y cortas dejaban ver sus torneadas piernas, que, apoyadas en tacos altos y finos, hacía más llamativo su contoneo al caminar. En un estilo muy de ella; pasos breves y seductores, aunque premeditados.
Recuerdo que cuando íbamos a bailar me decía: -¿Ves ese rubio que está en aquel grupo? Bueno, en menos de diez minutos me lo levanto. Sabía que así sería, ella clavaba su mirada en el susodicho, y ya estaban bailando. Cuando volvía con una sonrisa triunfal, tenía arreglada una cita.
Recuerdo nuestra amistad. Pasamos la niñez y parte de la adolescencia juntas. Vivíamos en el mismo edificio, nos llamábamos por el hueco que dejaba ver su departamento en el primer piso. Las charlas duraban horas, no había secretos entre nosotras. Juntas estábamos bien. Sin duda era mi mejor amiga. Con el tiempo las ocupaciones de ambas y sobre todo su ambición sin límites en la que priorizaba su trabajo, hizo que nos fuéramos distanciando.
Recuerdo la última vez que nos vimos, fue en mi casamiento, nos prometimos llorando que nos encontraríamos para charlar, como antes. No fue así, no la vi más. Pasaron muchos años, nuestras vidas tomaron rumbos diferentes. Para mi sorpresa una tarde me llamó por teléfono para encontrarnos. Había conseguido mi número y no quiso esperar más. Quedamos en reunirnos durante la semana. Nos despedimos con la emoción contenida y la urgencia por vernos.
Recuerdo que elegí muy bien la ropa, me esmeré en peinarme y maquillarme, sabía que BB era más bonita que yo, siempre lo había sido, pero quería causarle buena impresión. El lugar del encuentro fue en una confitería de la esquina de su casa, a las seis de la tarde. Llegué puntual, ansiosa por verla. Mis ojos recorrieron las mesas, pero no la encontré. Pensé: Ya va a llegar. Cuando estaba por sentarme el mozo me indicó que alguien me llamaba. –Es una señora que dice ser su amiga. Me acerqué hasta el lugar, la impresión fue tan fuerte que no supe qué decir. Ella se paró con esfuerzo diciendo: – ¡Hola, soy Beatriz!... ¿No me conocés? Ante mis ojos vi una mujer mal vestida, con el pelo recogido en un rodete, y un cuerpo que evidenciaba el descuido del desamor.
Recuerdo que no solo no la conocí sino que empecé a buscarla con desesperación. Primero en los ojos; el verde claro se había apagado, ya no brillaban y parecían cansados. Luego en su risa; un rictus de amargura se dejaba ver en su boca que apenas sonreía, más tarde en su voz; ya no era cristalina, sino más bien gruesa y tosca producto del cigarrillo, según pude ver después. Nos sentamos, comenzó a hablar. Toda su conversación era un largo y lastimero quejido. Se quejaba de estar sola, se quejaba de sus hijas, se quejaba, se quejaba, se quejaba…En tanto yo la seguía buscando, ya sin escucharla, sólo oía una voz monocorde, sin matices. Esa no era BB, no solo por su ropa, su pelo, su sonrisa, sus ojos. No era ella quien hablaba sin parar, con frases incoherentes. En qué lugar había dejado sus amenas charlas, su seducción, su belleza natural, su glamur y toda ella.
Recuerdo que…no, no quiero recordar, me produce una profunda pena. No era esta la BB que había guardado celosa en mi memoria.
No la volví a ver. No quise seguir buscándola. Preferí dejarla en el recuerdo, además… ya no la encontraría jamás… ni ella a mí.

DANIEL & CÍA : YO JUGUÉ...



...¡acerté! ¿Qué me gané? ¡Naaaaaaaaaaaaaaa!
Siga participando. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! 
El espíritu primaveral me ha invadido.
                      Besos para los aldeaclarenses,
Alicia ;)

     Les dejo una poesía. Espero les guste.
    .     
El divino amor
 
Te ando buscando, amor que nunca llegas,
te ando buscando, amor que te mezquinas,
me aguzo por saber si me adivinas,
me doblo por saber si te me entregas.

Las tempestades mías, andariegas,
se han aquietado sobre un haz de espinas;
sangran mis carnes gotas purpurinas
porque a salvarme, ¡oh niño!, te me niegas.

Mira que estoy de pie sobre los leños,
que a veces bastan unos pocos sueños
para encender la llama que me pierde.

Sálvame, amor, y con tus manos puras
trueca este fuego en límpidas dulzuras
y haz de mis leños una rama verde.
                                                                


Alfonsina Storni.

domingo, 11 de septiembre de 2011

SECCIÓN, ¿QUIEN ES ESTE ESCRITOR?

Les propongo el siguiente juego: en la columna de la derecha, hay una foto bajo el título “¿Quién es este escritor?”, y una palabra clave que sirve como pista para ubicar al protagonista de la imagen. La cuestión consiste en descubrir quién es el personaje de la foto, y dar algún detalle sobre él.
¡A jugar, pues!...

sábado, 10 de septiembre de 2011

DE INMIGRANTES

¿QUIEREN UNOS MATES?
           
Discusión entre amigos en casa de Charly. Tema: los coreanos del supermercado nuevo.
            Néstor recorría el dial buscando música que sirviera de fondo a la porfía...
-¿Tango? -exclamó Willy.
-¡Sí!    
-¡Sacá eso! -le dijeron a coro.
-Poné heavy metal. ¡Loco! -sugirió Ricky.
            A pesar de Néstor, habían almorzado en Mac Donalds, y ahora tomaban Coca desechando su sugerencia de mate.
-¿Con qué guita ponen los supermercados estos chinos? -protestaba Charly- Son mafiosos.
-¿Dónde viste un mafioso trabajando? -decía Néstor- son gente de laburo, y coreanos, che.
-¡Vos qué sabés!, boludo -saltó Ricky.                    
-¡Dejalo! -dijo Willy- Ahora se dedica a defender inmigrantes.
            Néstor perdió la paciencia.
-¡Miren quienes hablan!... Se hacen llamar Charly, Willy, Ricky; morfan en Mac Donalds; tienen puestas una camiseta del Barcelona, otra de la Juventud y esa con una inscripción en inglés; su héroe es Homero Simpson; usan zapatillas importadas... ¡Mate no!, coca... ¡Tango no!, heavy metal... Argentina no, Yanquilandia. Saben una cosa, ¡boludo!, ustedes son más inmigrantes que los coreanos.
            Después, hubo un silencio prolongado y reflexivo que Charly rompió con un...    
-¡Muchachos!... ¿Quieren unos mates?      

EN UN CAFÉ DE PARÍS

            Camina con paso apurado. Va bien vestido y lleva un maletín de cuero. Obligaciones profesionales motivan su prisa. Al llegar a la esquina se encuentra con el Sena. Dobla por la calle costanera y unos metros más adelante, pasa frente a un café parisino de cuyo interior sale una melodía universal. Tras dejar atrás la puerta del local, se detiene bruscamente. Mira su reloj de pulsera; y lentamente vuelve sobre sus pasos para sentarse a una de las mesitas de la vereda.
            Pide un café, y minutos después, mientras lo bebe cierra los ojos y cruza el Atlántico montado en su nostalgia. La música continúa. El Sena se transforma en un río color de león; la torre Eiffel en un obelisco blanco; el letrero del café donde está anuncia Tortoni, y él recorre una bella calle Florida sin flores.
            Al rato, la melodía termina con un “sol” “do” marca registrada y abre los ojos. El Sena sigue allí. Ya no tiene más tiempo. Llama al garçon, paga, y se aleja con paso apurado perdiéndose entre la indiferencia de la gente.


PERRO MALO

            Corpulento, irlandés, de pocas palabras y ningún amigo, vivía sólo y para trabajar. Lo llamaban, Perro Malo.
            Amante violento -hizo dinero y con él las muchachas eran más fáciles de conseguir- desechaba a sus parejas poco tiempo después de seducirlas.
            Mal vecino, fastidioso con los chicos y los animales, pendenciero y alcohólico, Perro Malo tenía el apodo bien ganado, y nadie encontraba la razón que justificara su carácter irascible.
            Cierta noche, borracho en la cantina del pueblo, Perro Malo se descompuso y cayó cual largo era sobre el piso de tablas de madera, arrastrando la mesa y la botella de “scoth”.
            En el hospitalito los médicos no podían explicarse cómo había vivido aquel hombre, que murió esa noche.
-¡No tenía corazón! –comentó días después un parroquiano en la cantina.         
-Sí. Era malo como el diablo –contestó otro.                      
-No, Cosme -aclaró el primero- Los doctores dijeron que no tenía corazón. Que tenía un hueco en medio del pecho.
            Y aquella historia que luego fue leyenda, era absolutamente cierta, porque el corazón del pobre Perro Malo se había quedado definitivamente en Irlanda.


SU GUITARRA

            Estaba solo en el aeropuerto, faltaban 50 minutos para que su avión despegara, y 2 horas antes había llegado en otro vuelo para hacer el trasbordo. Su casa estaba tan lejos...
Aunque había despachado el equipaje, la guitarra permanecía con él. Era lo único amado que pudo llevarse al dejar Argentina; desolado.
            Sin embargo, ahora sonreía. Rocío, una españolísima que había conocido chateando, compraba chicles en un quiosco cercano y pronto estaría sentada junto a él, esperando abordar el vuelo, juntos.
-¿Feliz? -preguntó ella al volver.                  
-Desde el instante en que te vi, pero... ¡tengo tantas sensaciones distintas! Nunca pensé que pasaría por esto.
-Olvídate ahora, ¿vale?                   
-Aquí volverá a sonar mi guitarra, ¿no?                   
-¡Pues claro que sí!                          
            Seis horas más tarde, el avión que los traía tocaba pista y aquel cantante -de protesta en los años 70-, abrazado por Rocío, su esposa desde hacía 15 años, reía y lloraba mirando el paisaje desde la ventanilla. Habían salido de Madrid, y luego del trasbordo estaban en Buenos Aires. Tras 20 años de exilio, Andrés había dejado de ser... un inmigrante.

HORIZONTE

        Bajó del avión y pensó en correr hacia el mar. Estaba angustiado y seguramente el golpeteo de las olas le devolvería la calma. Una hora más tarde había colgado su hamaca paraguaya de los árboles, y ocupaba un exclusivo balcón hacia el Atlántico. El horizonte fue refugio de su mirada. No precisaba otra cosa.
        En eso acertó a pasar un joven de su vecindario, que exclamó...
-¡¿Disfrutando del paisaje, chico?!
-¡Seguro! Es incomparable.
-Arena blanca, mar azul y... ¡mujeres!... ¡Qué mujeres, hermano! ¿Dónde hay iguales?
-En ningún lado, hermano -consintió-. Esto es el paraiso.
-¡Claro que lo es!
        El muchacho prosiguió su marcha portando una envidiable sonrisa mulata, y él bebió su primer sorbo de coco, para inmediatamente volver a aislarse en el horizonte. Hacía cuatro años que vivía en el caribe, lejos de su tierra natal, de la que lo corrieron el desempleo y la inflación. Hoy estaba de vuelta en el edén, pero mirando el mar, a lo lejos en el horizonte, la imaginación le devolvía el perfil de su añorada Buenso Aires.
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¡Hasta el próximo cuento!