domingo, 18 de diciembre de 2011

EL OTRO

No sé si existe algo más insólito que la mente humana, y quizá no lo sé, porque todavía no deja de asombrarme la capacidad inasible que nos habita de relacionar. Pensada, creo, atinamos a elucidar argumentaciones vinculantes a través de los porque fundados, que tejen un entramado vasto pero que al fin, se limita a nuestro pequeñísimo mundo propio, contenido en aquello que imaginamos, decimos, percibimos, vemos, sentimos, somos y vivimos y que, por más que lo consideremos el todo, ese todo nuestro resulta ser una mínimísima exteriorización de la vida de la que somos parte, sin serlo.
Cuando lo vi, me hizo recordar al hijo de Agripina, que jugaba a la escondida con un ovillo de lana, agazapándose detrás del sillón para no ser visto, como si el mundo se limitase a la superficie en la que se desplazaba, esos siete cuadrados luminosos de parquet.
El maullido luctuoso fue transformándose de a poco en esa clase de simulada demanda de quien se siente seguro del juego que reinicia y dando por descontado que es grato el juego. Es que los jugadores nocturnales tan diferentes a los diurnos, tienen ese qué se yo, donde no queda claro quién es la presa, ni quién el cazador.
La diagonal del alfil negro queda perturbada por la ele del caballo blanco, y viceversa, y aunque pausados siguen el objetivo sereno de la partida, a veces resulta un final de tablas que, sin resultar una derrota, tampoco resulta una victoria. A veces.
Cuando lo vi, me hizo recordar a la hiedra, tan perpetua la consideraba durante mi niñez, tan ornamental y sin un para, trepando sobre la ventana abierta, jugando a ocultar el sol, a desterrar la brisa, a expulsar la lluvia, queriendo ser telón. Queriendo ser la tiara que cura la embriaguez.
El as de espadas por jerarquía es la más brava, y el de bastos de las bravas la segunda. En juego limpio, sólo uno sabe las tres cartas que el azar le ha dado. Y ninguno, las treinta y cuatro que se ocultan en el mazo. En juego limpio, no siempre son las cartas las que ganan, a veces, vence quien miente más, y otras, quien miente mejor.
Cuando lo vi, me hizo recordar al Cabo de Hornos, que constituyéndose por una masa de tierra aglutinada, juega y se expande hacia el interior del mar, intentando afectar el fluir de las aguas costeras y jugando por su naturaleza, a dificultar el arte de navegar.
Cuando ya no lo vi, lo pensé como una lejana imagen atenuada, entre colores pastel aquietándose, acaso por la distancia y el paso del tiempo, que quizás engrandecen, empequeñecen o equilibran. Y, me quedé cavilando, si no será que ese otro, cualquiera, en pasado, presente, o futuro, es nada más que quien nuestra propia mente con nuestras ineludibles limitaciones, sin querer o queriendo, ha ido construyendo. A veces con barro, otras con roca, a veces con cobre, otras con madera, a veces con zafiro, otras de acero. Diversos materiales con qué cimentar, pero siempre de una manera dúctil.
 
Fin

2 comentarios:

Mercedes Raquel dijo...

Lo del paso del tiempo es verdad, a la distancia todo toma otro tono incluso en las acciones...
Excelente relato Adela...
Mil besos.

Daniel Angel Ríos dijo...

Sí, claro. Nuestra mente construye y por qué no destruye a su gusto, acertando o errando respecto a la realidad. A veces pienso que del mismo modo que no manejamos el flujo sanguíneo, el hígado, o los riñones, nos es imposible manejar nuestra mente, como si ésta fuera un órgano más, o lo que es peor, como si la mente nos manejara a nosotros.
Tu relato pinta esa situación con fantásticas pinceladas de ejemplos. El hombre, su mente, y las cosas que ve, cree ver, o no ve jamás.